Leer EL PODER QUE EL UNIVERSO OLVIDO (Novela) Capítulo 2 online gratis en español
🏴 Grupo: olvidado134✍️ Traducción: olvidado134
Mas allá de una galaxia lejana y distinta, el inmenso universo fue testigo de un nacimiento. Ocurrió sobre un cuerpo celeste pequeño, frágil y casi insignificante, un lugar que apenas brillaba a la luz de las estrellas: el Planeta Ling Yue. Un mundo olvidado, de recursos escasos y tierras áridas, donde la propia existencia era ya una lucha constante.
Truenos retumbaban con furia, sacudiendo los cielos grises y oscuros, mientras una lluvia implacable y helada caía sin cesar, golpeando la tierra y todo lo que habitaba en ella. El frío calaba hasta los huesos, un frío que parecía querer apagar cualquier rastro de vida que encontrara a su paso.
En medio de aquella tormenta, se alzaba una humilde cabaña de madera y barro, vieja y destartalada, que se desmoronaba poco a poco bajo el peso de los años y las inclemencias del tiempo. Las rendijas de las paredes dejaban entrar el viento cortante y el agua de lluvia, y el calor apenas lograba sobrevivir en su interior; era tan escaso que apenas alcanzaba para mantener viva una pequeña brasa en el centro de la habitación.
Allí, sobre un jergón de paja gastada y cubierta con mantas remendadas mil veces, Su Qing luchaba por su vida y por la de la pequeña existencia que llevaba dentro. Su apariencia era tan frágil y demacrada que parecía que, en cualquier momento, daría su último respiro y su alma se iría con el viento. Sin embargo, en su rostro pálido y agotado brillaban sus ojos: unos ojos hermosos, profundos y negros como la noche más oscura, donde todavía ardía la fuerza de la voluntad. Su largo cabello negro, empapado de sudor y agua, se esparcía sobre el lecho, y con cada contracción, hacía el esfuerzo más grande de su vida, aferrándose a la única cosa que le daba consuelo.
Junto a ella, tomando su mano con desesperación, estaba Chen Mu, el padre de aquella criatura que aún no veía la luz. Él, un hombre de trabajo duro y manos ásperas, ahora se veía reducido a su forma más humana y vulnerable. Sus labios estaban secos y agrietados, su cuerpo entero temblaba —no solo por el frío, sino por el miedo que le helaba la sangre—. Sin fuerza, sin poder hacer nada más que estar ahí, apretaba con suavidad pero con desesperación la mano de su amada esposa. Sus ojos, rojos e inundados de lágrimas que no se atrevía a soltar, la miraban con una mezcla de amor infinito y angustia desgarradora.
—Tú puedes lograrlo, mi vida… —susurró con voz ronca y quebrada, sintiendo cómo su propio corazón se partía en mil pedazos al verla sufrir así—. Por favor… aguanta un poco más. No te rindas… Tú puedes, lo sé…
En ese instante, en medio de la tormenta, en medio de la pobreza más absoluta, en el lugar más insignificante de todo el universo… el destino comenzó a girar de nuevo.
Y entonces, un llanto rompió el sonido de la lluvia.
Un grito agudo, claro y fuerte, que pareció cortar el mismo aire helado de la habitación.
Había nacido.
Chen Mu, con manos temblorosas y torpes por la emoción y el cansancio, recibió al pequeño cuerpo, envuelto en trapos limpios que eran lo único que tenían para ofrecer. Y al mirarlo, ambos —padre y madre— se quedaron sin aliento.
No era un niño cualquiera.
A pesar de haber nacido en la miseria, en ese cuerpo pequeño y débil había algo que no se podía explicar. Su piel era pálida, casi translúcida, y lo más sorprendente de todo… en su frente, justo en el centro, una marca muy tenue, casi imperceptible, con la forma de la mitad de un sol, brilló por una fracción de segundo con una luz blanca y dorada, para luego desvanecerse rápidamente como si nunca hubiera estado allí.
Su Qing, con las últimas fuerzas que le quedaban, levantó la mano y acarició la pequeña mejilla de su hijo. Sus ojos negros brillaban con una mezcla de amor y asombro, y una lágrima rodó por su mejilla demacrada.
—Es hermoso… —susurró casi sin voz, sonriendo con dulzura—. Antes de que nacieras… tuve un sueño. Soñé con luz, con estrellas, con un lugar infinito… y escuché un nombre, un nombre que retumbaba en todo lo que existía…
Hizo una pausa, respirando con dificultad, mientras Chen Mu se inclinaba más cerca, protegiendo al pequeño con su propio cuerpo del frío que entraba por las rendijas.
—Lo llamaremos… Chen Xuan Lie —dijo ella con firmeza, como si estuviera cumpliendo una promesa escrita en las estrellas—. Ese será su nombre. Que el cielo le sea favorable… aunque en este Ling Yue, la fortuna es algo que casi no existe.
En ese preciso momento, el pequeño Chen Xuan Lie abrió los ojos.
Eran ojos oscuros, iguales a los de su madre… y sin embargo, al mirarlos fijamente, Chen Mu sintió un escalofrío que nada tenía que ver con el frío de la habitación. Por un segundo, en lo más profundo de esas pupilas infantiles, pareció brillar la inmensidad del universo: recuerdos de batallas, de fuego, de dolor y de una promesa de venganza que trascendía la propia muerte.
Xuan Lie…
El nombre resonó en la mente del recién nacido, no como algo nuevo, sino como algo que había estado grabado en su alma desde el principio de los tiempos.
¿Dónde estoy? —pensó, mientras todo a su alrededor era confusión, dolor y frío—. ¿Por qué… por qué siento que lo he perdido todo? ¿Por qué este nombre… pesa tanto en mi corazón?
Había muerto. Lo recordaba. Recordaba la mano que lo atravesó, recordaba las palabras que le marcaron el alma, recordaba la caída de Xuan Yu, su hogar, su vida… todo convertido en polvo.
Y ahora… abría los ojos de nuevo.
En una cabaña destartalada, bajo una lluvia helada, en los brazos de dos personas que apenas tenían nada, pero que le entregaban todo su amor.
No… —pensó, mientras la conciencia regresaba poco a poco, mezclando la inocencia de un recién nacido con la sabiduría y el orgullo de quien un día fue el ser más poderoso del universo—. Pero… ¿acaso todo saldría bien, incluso en un planeta tan duro y escaso como Ling Yue?
De repente, un estruendo sacudió la puerta destartalada de la cabaña. Golpes fuertes, brutales, resonaron por encima del sonido de la lluvia y los truenos. Voces ásperas, llenas de maldad, gritaban en medio de aquella tormenta helada, acompañadas del sonido metálico de espadas y cuchillos chocando entre sí.
—¡Chen Mu! ¡Sal ahora mismo y paga tu deuda! —bramaron desde fuera, con una crueldad que helaba la sangre.
Chen Mu se quedó inmóvil un segundo. Miró a su esposa, que yacía débil y pálida sobre el lecho, y con una sonrisa que intentaba transmitir calma —aunque por dentro su corazón se desgarraba— le acarició la mano.
—Todo estará bien… no te preocupes —le susurró con voz suave, tratando de ocultar el miedo que sentía—. Solo hablaré con ellos, ya volveré.
Con la poca fuerza que le quedaba en su cuerpo cansado y malnutrido, se puso de pie y salió al exterior, enfrentando el viento cortante y la lluvia que le golpeaba el rostro. Allí estaban ellos: aquellos hombres a los que él, en su desesperación, había pedido ayuda tiempo atrás, sin saber que se convertirían en su pesadilla.
Chen Mu levantó las manos en señal de paz, intentando razonar.
—Por favor… os pido un poco más de tiempo, dadme unos días más y os pagaré todo lo que debo… —suplicó, pero no le dejaron terminar ni una sola palabra.
Sin misericordia, sin escuchar razones, aquellos hombres comenzaron a golpearlo. Puños, patadas, golpes con las empuñaduras de las armas cayeron sobre el frágil cuerpo de Chen Mu, quien apenas podía moverse para defenderse. Cayó al barro, recibiendo cada golpe en silencio, protegiendo su cabeza, sabiendo que cualquier ruido o resistencia podría hacer que entraran en la cabaña.
En ese preciso instante, Su Qing, desde el interior, logró incorporarse a duras penas, casi sin fuerza en sus miembros. Arrastrándose hasta las rendijas de la puerta, vio aquella escena desgarradora. El miedo invadió todo su ser —no por ella, ni por su esposo, sino por lo que podía pasarle al pequeño ser que acababa de traer al mundo si aquellos hombres entraban y lo encontraban—.
El pánico de ver a su hijo indefenso en manos de aquellos monstruos la obligó a tomar la decisión más difícil de todas, una que le partía el alma en mil pedazos, pero que era la única forma de salvarlo.
Con las fuerzas justas que le quedaban, abrió sigilosamente la puerta trasera de la cabaña, la que daba hacia el pequeño río que pasaba por allí. Fue hasta donde había dejado a su hijo, lo tomó entre sus brazos temblorosos y lo colocó con mucho cuidado dentro de una cesta de mimbre vieja, apenas lo suficientemente grande y resistente como para mantenerse a flote sobre el agua turbulenta.
Con manos que no dejaban de temblar por el dolor y la debilidad, sacó de su cuello un pequeño amuleto de piedra —lo único de valor que poseían— y lo ató a la ropa del bebé. En él estaban grabados, de forma sencilla, su nombre: Chen Xuan Lie, y los nombres de quienes le habían dado la vida: Chen Mu y Su Qing.
Lo miró por última vez, con lágrimas que corrían sin cesar por sus mejillas pálidas, y empujó la cesta hacia la corriente, dejando que se fuera alejando entre la oscuridad y la lluvia, lejos de aquel lugar de muerte.
Cuando regresó junto a la puerta y miró de nuevo a través de las rendijas, su corazón se detuvo.
Allí, en el barro, bajo la lluvia que no cesaba, vio a su esposo. Chen Mu estaba tirado en el suelo; su respiración se hacía cada vez más corta y difícil, su vida se le escapaba entre el agua y el lodo. Aún así, con los ojos llenos de lágrimas, miró hacia su humilde hogar, sabiendo que ella lo estaba viendo, y con sus últimas fuerzas pronunció unas palabras que habrían hecho llorar a las mismas estrellas: una frase cargada de dolor, de tristeza y de un amor infinito.
—Lamento… no haber sido lo suficientemente fuerte… —susurró con voz quebrada, mientras la sangre teñía el suelo bajo él—. No haber podido protegerte, mi amada Su Qing…
Hizo una pausa, tosiendo sangre, y su pensamiento voló hacia el pequeño que acababa de nacer, hacia ese hijo que ahora debía sobrevivir solo en un mundo cruel.
—Hijo mío… nunca te dobles ante nadie… —murmuró casi sin voz, con el último aliento de su vida—. Haz que los cielos se postren ante ti… y no cometas jamás el mismo error que yo…
Su Qing no pudo contenerse más. Abrió la puerta de golpe y salió corriendo hacia él, cayendo de rodillas a su lado, abrazando su cuerpo ya sin vida, llorando con una angustia que parecía querer rasgar el cielo.
Y entonces ocurrió algo extraño. El frío que antes faltaba, de repente se sintió cálido y reconfortante alrededor de ellos. La lluvia cesó de golpe, las nubes se abrieron un instante y un silencio profundo y absoluto lo invadió todo, como si el mismo universo se detuviera para darles su última despedida.
Su Qing lo abrazaba con fuerza, su rostro bañado en lágrimas, pero en sus labios se dibujó una sonrisa débil, llena de amor y de gratitud por todo lo vivido.
—Gracias… por haber sido mi pareja de vida —le susurró al oído, acariciando su rostro frío—. Si existe otra vida para frágiles mortales como nosotros… prometo encontrarte una vez más, Chen Mu. Te lo prometo…
Pero aquel momento de paz fue breve.
Detrás de ellos, las risas y carcajadas de los bandidos rompieron la quietud. Se acercaron lentamente, mirando la escena con burla y desprecio, como si lo que estaban viendo fuera algo ridículo y sin importancia.
—Ya es hora de terminar con esto… —dijo uno de ellos con indiferencia, desenvainando su espada larga y afilada.
Sin piedad, sin dudar ni un segundo, el hombre alzó el arma y atravesó con ella el cuerpo de Su Qing, y luego el de Chen Mu, clavándolos juntos en el suelo frío, poniendo fin definitivo a la vida de aquellos dos simples mortales que solo habían sabido amar y sufrir.
Cayeron así, unidos hasta el último suspiro, dejando atrás solo el recuerdo de su amor… y a un pequeño bebé que flotaba río abajo, hacia un destino que ni los dioses ni los demonios podrían haber imaginado jamás.
La corriente arrastraba la pequeña cesta río abajo; a lo largo de su recorrido chocaba suavemente contra las orillas y las piedras. Se escuchaba el llanto de aquella pequeña vida, frágil y mortal: era Chen Xuan Lie, quien, en medio de lo desconocido, entre la oscuridad y el frío, solo sabía llorar.
En su mente, la conciencia de lo que un día fue aún no lograba comprender toda la situación por la que estaba pasando. Quería pedir ayuda, querer gritar su nombre, querer reclamar su destino… pero de su boca solo salían débiles lamentos. Era evidente: había renacido, y ahora estaba atrapado en el cuerpo indefenso de un bebé.
Por un momento, su llanto cesó. Abrió los ojos y se quedó observando el paisaje que pasaba ante él, un lugar que solo guardaba silencio, pero que respiraba un peligro único y latente en cada rincón.
En ese preciso instante, apareció alguien. Un anciano al que le gustaba correr riesgos y aventurarse donde otros no iban, caminaba por la orilla llevando consigo su propia cesta y su caña de pescar. Al ver algo flotando extrañamente entre las aguas, le entró la duda y también el miedo. Por un momento se detuvo, pensando en regresar a su vieja cabaña y olvidar lo que había visto, pues en Ling Yue nada aparecía por casualidad y todo podía ser una trampa.
Pero entonces, el llanto del pequeño volvió a escucharse, rompiendo el silencio del lugar. Al oír aquel sonido desgarrador, el corazón del anciano se conmovió. Decidió acercarse, pero lo hizo con mucha precaución, paso a paso, temiendo lo que pudiera encontrar.
Cuando por fin llegó hasta la orilla y miró dentro de la cesta, vio el rostro del niño: pálido, frágil, tan indefenso, tan expuesto a ser presa de cualquiera de las bestias que habitaban aquellas tierras salvajes.
El cielo comenzaba a oscurecerse; era el momento en que la noche tapaba el sol, y el anciano sabía muy bien el peligro que traía la oscuridad misma en este planeta olvidado. Sabía que si lo dejaba allí, antes de que saliera la luna el pequeño ya no existiría más. Sin dudarlo más, tomó con cuidado al pequeño entre sus brazos y se lo llevó con él, caminando rápido hacia su humilde morada.
Ya dentro de la cabaña, protegidos del viento y de las sombras, el anciano lo recibió y lo arropó con lo poco que tenía. Lo miró con una sonrisa cálida y bondadosa, mientras unas lágrimas se le escapaban de sus ojos viejos y cansados. Con voz suave y ronca le habló al pequeño ser que tenía en sus manos:
—Tan frágil y tan débil… —murmuró sacudiendo la cabeza con tristeza y ternura a la vez—. ¿Serás capaz de sobrevivir en este mundo donde nosotros, los mortales, somos tan insignificantes? No lo sé, pero te cuidaré, pequeño. Desde ahora, yo seré tu abuelo.
Lo miró con más detenimiento, pasando su mano arrugada por la pequeña frente del bebé.
—Si vas a sobrevivir… ¿cuál es tu nombre? —preguntó como si el niño pudiera responderle, mientras revisaba entre sus ropas y encontraba aquel amuleto de piedra atado a su cuello.
Lo leyó despacio, con atención, y sus ojos se abrieron un poco más al ver las palabras grabadas que eran la fuente de toda su historia.
—"Chen Xuan Lie"… —leyó en voz alta—. Entonces te llamas así, ¿verdad?
Una sonrisa más amplia y sincera iluminó su rostro demacrado.
—Xuan Lie… yo soy el Abuelo Weng. Desde hoy, me haré cargo de ti. Mientras este viejo corazón siga latiendo, tendrás un lugar donde estar.
Y así fue como comenzó la verdadera vida de Chen Xuan Lie en esta estrella desconocida, en este lejano Planeta Ling Yue, al lado de un anciano solitario, humilde y valiente que lo cuidaría y le enseñaría todo lo que sabía.
¿Qué camino tomaría Xuan Lie en esta nueva oportunidad que le daba el destino?
¿Qué misterios se escondían aún en su pasado que ni él mismo recordaba del todo? ¿Qué nuevos poderes despertaría en su interior al crecer en un mundo donde la energía es escasa y el esfuerzo es todo? ¿Qué villanos surgirían para intentar detenerlo, igual que hicieron en su vida anterior? Y sobre todo… ¿qué nuevo horizonte le esperaba, mucho más grande y aterrador de lo que jamás imaginó?
Había muchas cosas por descubrir para Xuan Lie. Su historia apenas comenzaba de nuevo.
Continuará…
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AUT: OLVIDADO

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