Leer EL PODER QUE EL UNIVERSO OLVIDO (Novela) Capítulo 18 online gratis en español
🏴 Grupo: olvidado134✍️ Traducción: olvidado134
Solo el aire solitario parecía habitar aquel lugar, recorriendo el gran umbral de piedra que tenía grabados antiguos y que daba entrada al santuario. La noche era profunda y tranquila, pero cargada de la presencia antigua y majestuosa de aquel territorio sagrado. Lan Zuiwen se detuvo un instante, observando la silueta pequeña y delgada del niño a su lado, y rompió la quietud con su voz serena pero firme:
—Bien, mocoso... es hora de entrar. Hay muchas cosas que debemos discutir, pero por ahora, tu prioridad es descansar. Mañana será un día largo, muy largo... y aún no sabemos con certeza cómo reaccionará mi gente, ni cómo tomarán la noticia de que un humano se quede entre nosotros. Hay muchas opiniones, muchas tradiciones... y no todos ven las cosas con los mismos ojos que yo.
Xuan Lie levantó la vista, sus ojos oscuros brillando con esa mezcla de inocencia y sabiduría que siempre lo caracterizaba, y respondió con calma, sin titubear:
—Creí que esa decisión ya estaba tomada... ¿Acaso no eres tú el líder de tu raza? Si tú lo has decidido, ¿qué más importa lo que piensen los demás?
Lan Zuiwen esbozó una sonrisa leve, casi imperceptible, una sonrisa cargada de experiencia y comprensión. Miró al frente, hacia los corredores iluminados por la luz tenue de las antorchas, y respondió con voz pausada:
—El hecho de ser el líder no significa que tenga el derecho de ignorar las opiniones, las costumbres o el sentir de mi pueblo. Gobernar no es solo imponer, sino también saber escuchar y equilibrar. Pero no te preocupes por eso ahora... vamos, se hace tarde.
Comenzaron a caminar de regreso hacia las estancias donde se alojaban los huéspedes, atravesando pasillos amplios y silenciosos, rodeados de una arquitectura que parecía haber sido construida por dioses. Mientras avanzaban, el líder de la raza Shen Lan se inclinó un poco hacia él, y le habló en tono bajo, como si le diera una advertencia confidencial:
—Escucha bien lo que te voy a decir: mañana, durante la reunión, trata de no hablar demasiado. Mantén la cabeza erguida, pero no busques problemas. Si alguno de los ancianos o miembros de mi raza dice algo en tu contra, te critica o te menosprecia... déjalo pasar. Si te mantienes en silencio y con dignidad, yo tendré el camino libre para defenderte y explicar tus razones. Si respondes con ira o imprudencia, solo darás argumentos a los que no desean tu presencia. ¿Entendido?
Xuan Lie asintió con seriedad, grabando cada palabra en su mente.
—Bien —concluyó Lan, enderezando su figura imponente—. Que descanses, mocoso. Nos vemos al amanecer.
Dicho esto, dio media vuelta y se alejó con pasos elegantes y silenciosos, perdiéndose entre las sombras del gran palacio, dejando al pequeño humano solo frente a la puerta de su habitación.
Xuan Lie entró y cerró la puerta tras de sí, dejando que el silencio lo envolviera una vez más. Pero esta vez, no había cansancio en su cuerpo, sino una energía inquieta y ardiente que le recorría las venas. No se fue directamente a la cama. En su lugar, se colocó en el centro de la estancia, despejó su mente y comenzó a moverse.
Trataba de imitar, con toda la precisión que su memoria le permitía, aquellos movimientos que había visto desde la ventana horas atrás: el joven guerrero de la raza Shen Lan entrenando bajo la luz de la luna, con gestos fluidos como el agua, precisos como el filo de una espada y letales como el veneno.
Sin embargo, por más que lo intentaba, por más que se esforzaba en copiar cada postura, cada giro y cada posición de sus manos... algo fallaba. Sus movimientos eran torpes, bruscos, desordenados. Le faltaba esa armonía natural, esa conexión perfecta entre cuerpo y mente que parecía innata en ellos. En varias ocasiones tropezó con sus propios pies o perdió el equilibrio, y tuvo que detenerse para recuperar el aliento.
Se quedó quieto un momento, con el ceño fruncido y una expresión de frustración mezclada con determinación. Dejó escapar un suspiro largo y pesado, y murmuró para sí mismo, mirando sus propias manos:
—Es demasiado difícil... tienen un don que yo no poseo. Pero no importa... necesito una forma de fortalecerme, y necesito que sea rápido. Solo tengo tres años. Tres años para aprender, para cambiar, para sobrevivir. No puedo dudar, no puedo titubear, ni un solo día puedo perderlo en vano.
Sabía que no podía imitar lo que no entendía, ni usar técnicas que no conocía. Pero lo que sí podía hacer, lo que siempre había estado al alcance de cualquiera, fuera de la raza que fuera, era forjar su cuerpo hasta el límite.
Y así, bajo la luz tenue de aquella habitación antigua, comenzó su entrenamiento. No eran artes marciales, ni técnicas misteriosas... eran los fundamentos puros. Se puso en movimiento, realizando una y otra vez ejercicios básicos: flexiones, sentadillas, carreras en el mismo sitio, estiramientos, movimientos de fuerza y resistencia.
Su respiración se volvió pesada, el sudor comenzó a correr por su frente y empapar su ropa, y sus músculos, aún débiles y poco desarrollados, comenzaron a arder y a quejarse por el esfuerzo. Pero él no se detuvo. Una y otra vez repetía cada movimiento, empujando su cuerpo más allá de lo que creía posible, hasta que la fatiga lo casi lo vencía y el sueño comenzaba a pesar en sus párpados.
Cuando sintió que no podía más, se limpió con un paño seco, se cambió y se dejó caer sobre la cama, mirando hacia arriba, hacia las figuras talladas en el techo de piedra que apenas se distinguían en la oscuridad. Su mente estaba clara, en paz y llena de propósito.
—Mañana será un día interesante... —susurró con una sonrisa ligera y firme, cerrando los ojos—. Y lo espero con ansias. Sea lo que sea lo que venga, estoy listo para enfrentarlo.
A la mañana siguiente, cuando la luz azulada del amanecer apenas comenzaba a iluminar los corredores del santuario, un suave golpe en la puerta interrumpió la calma de la habitación. Al abrir, Xuan Lie se encontró con un sirviente de la raza Shen-Lan: alto, de porte elegante y vestido con túnicas finas, quien lo miró con una expresión seria y educada.
—Es hora —dijo el hombre con voz pausada—. He venido a llevarte al Gran Salón, donde se celebrará la reunión. Todos ya están reunidos y solo te esperan a ti.
Xuan Lie asintió con seriedad, arregló su ropa y enderezó su pequeña figura.
—Está bien… guíame, por favor —respondió con calma, siguiendo sus pasos al salir de la estancia.
Caminaban por los amplios pasillos de piedra, rodeados de aquella arquitectura majestuosa que parecía hecha para gigantes o dioses, cuando de nuevo, como la noche anterior, llegaron a sus oídos sonidos de golpes secos, el roce rápido del aire y una energía vibrante que se sentía en el ambiente. Xuan Lie no pudo evitar mirar hacia el patio abierto que quedaba a un lado del camino, y lo que vio lo hizo detenerse un instante, con los ojos muy abiertos por el asombro.
Allí estaban: aquel joven guerrero que él había observado entrenar desde su ventana, y ahora también una joven mujer, de belleza fría y porte digno, enfrentándose el uno contra la otra en un combate de uno contra uno.
Sus movimientos eran sobrehumanos. Cada golpe que lanzaban era limpio, preciso y cargado de una fuerza inmensa, pero lo que más impresionaba al pequeño humano no era solo el poder, sino la técnica. Se movían como el viento, se desviaban con una gracia inimaginable, intercambiando ataques y defensas en una danza mortal donde cada movimiento tenía un propósito, una intención, una sabiduría profunda. Era como ver dos maestros perfeccionando su arte, algo que superaba con creces cualquier cosa que hubiera visto en su vida anterior o en este mundo.
Xuan Lie sintió que su respiración se detenía un momento, grabando cada detalle en su mente, comprendiendo aún más la inmensa diferencia que había entre ellos y él. Pero recordó dónde estaba y a dónde debía ir, así que se apresuró a reanudar el paso, siguiendo al sirviente sin hacer más preguntas, aunque su mente seguía llena de lo que acababa de presenciar.
Poco después, llegaron frente a unas puertas dobles inmensas, talladas con símbolos brillantes que parecían palpitar con vida. El sirviente las empujó con cuidado y ambos entraron.
Era el Gran Salón. Un espacio inmenso, alto y majestuoso, con columnas que se perdían en la penumbra del techo y suelos de piedra pulida que reflejaban la luz de las antorchas mágicas. Y allí, en el lugar más alto, sobre una tarima de honor y sentado en un trono construido con materiales que parecían mezclar madera antigua y cristal azulado, estaba él: Lan Zuiwen, el líder de la raza Shen-Lan. Su figura imponente irradiaba autoridad y sabiduría, y su mirada serena vigilaba todo lo que ocurría abajo.
Alrededor de la sala, dispuestos en círculos y en filas, había unas treinta personas. Todos ellos eran altos, de porte noble, y se notaba a simple vista que poseían una fuerza y un estatus que los hacían importantes; eran ancianos, guerreros y líderes de los distintos clanes de la raza, todos reunidos allí.
El sirviente caminó hasta el centro, se inclinó profundamente ante el trono y habló con voz clara y respetuosa:
—Su Majestad… he traído al huésped, tal como me ordenó.
Un silencio absoluto inundó todo el salón. No se escuchó ni un suspiro, ni el más mínimo ruido, mientras todas aquellas miradas se posaban sobre la pequeña figura de Xuan Lie.
Lan Zuiwen asintió lentamente desde su alto asiento.
—Está bien —dijo con voz grave y tranquila que resonó en todo el recinto—. Puedes retirarte.
El sirviente hizo una reverencia final y caminó hacia atrás hasta salir por la puerta, dejando a Xuan Lie completamente solo frente a todos ellos.
El niño comprendía perfectamente la posición en la que se encontraba: era un invitado, sí, pero también era el ser más pequeño, débil y extraño en aquel lugar. Sabía que la prudencia y el respeto eran lo único que podía ofrecer ahora mismo. Con paso firme y sin mostrar miedo, se inclinó profundamente, doblando la cintura hasta quedar casi tocando el suelo, y habló con una voz clara, educada y firme, que todos pudieron escuchar:
—Presento mis más profundos respetos al Gran Líder de la raza Shen-Lan, y a todos los presentes aquí reunidos.
Se enderezó lentamente, manteniendo la cabeza baja pero con la postura erguida, tal como Lan le había aconsejado.
El silencio se mantuvo unos segundos más, hasta que poco a poco, entre los treinta importantes personajes que llenaban la sala, comenzaron a levantarse murmullos. Al principio bajos, luego más claros y llenos de desconfianza, de duda y de desdén.
—¿Este es el humano? —se escuchó decir a uno, con tono de decepción—. ¿A este pequeño niño es al que el Gran Longshi trajo hasta aquí antes de partir?
—¿Será que acaso viene para ser aprendiz de algún herrero o sirviente? —comentó otro con una risa leve y burlona—. Se ve tan frágil que el viento podría llevárselo. ¿Qué puede hacer él aquí?
—¿Tiene siquiera el don? ¿Tiene talento para algo? —preguntó un anciano con voz áspera—. Se ve débil, sin energía… ¿Por qué debemos enseñarle los secretos de nuestra raza? ¿Por qué debemos ayudarlo o darle algo que nos ha costado siglos proteger? Si el Gran Longshi se tomó la molestia de traerlo personalmente y dejárnoslo, debe haber una razón… pero no logro ver cuál es.
—Es solo un humano… —decían otros—. Una raza pequeña, frágil y de corta vida. ¿Qué importancia tiene para que alguien tan grande como el Gran Longshi se haya interesado en él?
Solo eran murmullos, susurros y comentarios que iban y venían por toda la sala, y la gran mayoría de ellos no eran nada buenos. La desconfianza era palpable, y la idea de compartir sus conocimientos con un ser de otra especie parecía incomodar y molestar a casi todos.
Desde lo alto de su trono, Lan Zuiwen observaba todo con calma, aunque en sus ojos se podía ver una ligera sombra de cansancio y seriedad. Dejó pasar unos momentos más, y luego, con una sola respiración profunda, habló con una voz que no fue fuerte, pero que tuvo el poder de cortar todo el ruido al instante:
—Silencio.
La palabra resonó como un trueno suave, y al momento todos callaron y volvieron la mirada hacia él.
Lan Zuiwen suspiró lentamente, mirando a cada uno de los presentes antes de continuar:
—Los he mandado llamar a todos aquí no solo por este mortal, sino también por otros asuntos de gran importancia que requieren que todos decidamos qué camino tomaremos. Pero escuchen bien lo que voy a decir: mantengan la compostura y la dignidad. No estamos en tiempos para señalar a ninguna especie, y mucho menos para despreciar a los humanos solo por serlo. Nosotros nos encontramos en una posición mucho mejor que la suya, sí, tenemos dones y fuerza que ellos no poseen… pero eso nos obliga a ser sabios, no arrogantes.
Hizo una pausa, y su mirada se volvió más profunda y seria, recorriendo el rostro de cada uno de los allí reunidos:
—Y recuerden esto: en este mundo, la debilidad de hoy puede convertirse en la fuerza de mañana. Y lo que hoy parece insignificante, mañana puede ser lo único que nos salve.
—Bien —continuó el líder Lan, con una voz que ahora sonaba más grave y cargada de peso—. Me he tomado el trabajo de reunirlos a todos por cuatro puntos de vital importancia, asuntos que nos tocan la vida o la muerte. Escuchen con atención:
Primero: El estado de nuestro maestro herrero.
Segundo: La cantidad de armas de grado bajo que quedan en nuestros almacenes.
Tercero: Los recursos, que ya casi no existen y se agotan día a día.
Y por último, y lo más grave: Nuestra raza está al borde de la extinción. Apenas representamos el trece por ciento de lo que fuimos antaño… y esa cifra sigue bajando sin detenerse.
Hizo una pausa letal, dejando que esas palabras calaran en cada uno, antes de terminar:
—Y para todo esto, tengo una propuesta y un plan que he ideado. Un plan que dará sus frutos dentro de tres años… contando desde este mismo instante.
El silencio en la sala era absoluto, tan denso que casi se podía cortar con un cuchillo, y una presión pesada, fría y oscura se sentía en el aire, apretando el pecho de todos los presentes. Fue uno de los ancianos quien rompió esa quietud incómoda, con voz cansada y resignada:
—Todos sabemos que nuestra especie está en peligro, Su Majestad… pero ¿qué podemos hacer? Los jóvenes que nacen hoy en día no tienen la capacidad ni las habilidades para cultivar energía, y muchos de ellos llegan sin vida al mundo… no hay forma de reparar eso, es una maldición que nos persigue.
—Es cierto… —murmuró otro con desaliento.
—Y en cuanto al armamento, Señor —intervino un guerrero de alto rango, bajando la mirada—, en nuestros almacenes ya apenas queda nada. Solo nos queda un único herrero en todo el territorio, y su salud está tan deteriorada que ya no está en condiciones de forjar ni una sola arma más.
—Y los recursos… —añadió otro—. Tiene razón, casi no existen. La única forma de conseguirlos es haciendo expediciones hacia las tierras externas, pero todos conocemos el nivel de peligro que hay allá afuera… sería caminar directo hacia la muerte.
—Bien —dijo el líder Lan, y comenzó a bajar lentamente los escalones de su trono, uno a uno, con pasos firmes y pesados, hasta quedar de pie justo en medio de todos ellos, a la misma altura, mirándolos a los ojos—. Todos esos puntos que mencionan son la verdad misma, y son problemas que nos matan poco a poco. En cuanto a los recursos, no nos queda otra opción que salir a buscarlos en expediciones… es nuestra única salida.
—Pero Majestad, usted sabe muy bien el peligro que eso conlleva… —se atrevió a decir alguien con miedo.
—Lo sé —respondió Lan con voz potente, cortando cualquier duda—. Lo sé perfectamente, y es justamente por eso que aquí entra este humano… y entran esos tres años de los que hablo.
Todos fruncieron el ceño, confundidos, mirando alternativamente a su líder y a la pequeña figura de Xuan Lie.
—¿Qué está diciendo, Líder? —preguntó un anciano, sin entender.
—¡Escuchen bien! —gritó Lan Zuiwen, y su voz retumbó en todo el salón como un trueno, llena de pasión y desesperación, pero también de una fe inquebrantable—. Le daremos tres años. Tres años para que aprenda, para que comprenda nuestra esencia… y no solo eso: en ese tiempo, debe lograr forjar y crear armas de rango bajo, tal como lo hacían nuestros mejores maestros. Y solo después de que cumpla ese plazo, y demuestre lo que es capaz de hacer… solo entonces, realizaremos esa expedición.
Hizo una pausa, respiró hondo y levantó los brazos, señalando con firmeza la realidad que nadie quería ver:
—¡Escúchenme todos! ¡El último de nuestros herreros se está muriendo! ¡Nuestra raza está mirando directamente al borde de la extinción! ¡Los recursos que nos quedan se cuentan con los dedos de una mano, y lo mismo ocurre con las armas! —Sus ojos brillaban con una intensidad feroz—. Es por eso que yo, Lan Zuiwen, su líder, pondré toda mi esperanza, toda mi fe y todo el futuro de nuestro pueblo en este humano. Si logra lo que le pido en estos tres años… entonces no solo será aceptado entre nosotros, sino que será considerado uno de los nuestros, y será bienvenido en nuestras tierras y en nuestra historia por siempre.
Se adelantó un paso más, desafiando a cada uno de los presentes, y lanzó la pregunta definitiva:
—Así que ahora les pregunto: ¿Se arriesgarán conmigo en esta apuesta? ¿O prefieren quedarse aquí sentados esperando su muerte lenta y segura?
Las palabras cayeron sobre ellos como una lluvia pesada. Todos sintieron la verdad cruda, la presión, las dudas y el miedo… pero también sintieron la urgencia de sobrevivir. Los treinta hombres y mujeres importantes intercambiaron miradas, miraron al pequeño humano que permanecía firme y serio en el centro, y luego miraron a su líder, dispuesto a jugárselo todo.
Uno a uno, sin decir una palabra, todos dieron un paso al frente, alineándose firmemente.
—Estamos con usted, Líder —dijeron al unísono, con voz firme—. Que comience la cuenta regresiva de los tres años.
Lan Zuiwen levantó la mano al cielo, con el pecho lleno de determinación, y gritó con todas sus fuerzas:
—¡QUE VIVA LA RAZA SHEN-LAN!
Y todos, alzando sus voces al máximo, respondieron al unísono, haciendo temblar las columnas del Gran Salón:
—¡QUE VIVA LA RAZA SHEN-LAN!
—¡QUE VIVA LA RAZA SHEN-LAN!
—¡QUE VIVA LA RAZA SHEN-LAN!
Xuan Lie permanecía en su lugar, rodeado de esa inmensa fuerza y orgullo de esa raza, y en su mente solo resonaba una cosa: “Tres años… ahora sí, comienza de verdad.”
…Continuará
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AUT: OLVIDADO

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Estás leyendo el capítulo 18 de EL PODER QUE EL UNIVERSO OLVIDO (Novela), un novela. He vivido incontables años... ¿Fueron 1000? ¿Acaso 2000? La vida es tan efímera como la de un mortal: breve, llena de dolor, de sangre y de lamentos. ¿Qué es la felicidad? ¿Una mentira para quien intenta huir de la… Este capítulo tiene publicado el 10 de julio de 2026, Traducido por el grupo olvidado134. EL PODER QUE EL UNIVERSO OLVIDO (Novela) tiene 69 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.