arrow_back

Leer EL PODER QUE EL UNIVERSO OLVIDO (Novela) Capítulo 16 online gratis en español

🏴 Grupo: olvidado134✍️ Traducción: olvidado134
El aire se sentía pesado; estaban ya casi al límite de aquellas llanuras extensas y áridas, donde justo comenzaba el bosque de árboles altos e imponentes. Y allí, precisamente en ese límite que separaba ambos terrenos, flotaba en el aire una figura inmóvil y majestuosa. Pertenecía a la Raza Shen Lan, una de esas especies antiguas que había logrado mucho más que la humanidad: ellos habían llegado a conocer y comprender el 15% de la totalidad del planeta, un dominio sobre el mundo y sus leyes que ningún ser humano jamás podría igualar. Esta raza estaba gobernada por un cultivador de fuerza y sabiduría legendaria: Lan Zuiwen. Él miró fijamente a Xuan Lie y luego a Longshi, con una mirada fría y profunda que parecía atravesar el alma. Rompió la pesadez del ambiente con una leve sonrisa, y dijo con voz tranquila, pero cargada de esa superioridad antigua que lo caracterizaba: —Cuánto tiempo, Longshi… Es muy raro verte por estos lugares, y más aún acompañado de seres tan inferiores como los humanos. Longshi esbozó esa sonrisa tranquila y serena que siempre lo definía, y habló con tono amistoso pero observador: —Cuánto tiempo, Lan… Te has vuelto verdaderamente fuerte. Ya eres capaz de caminar y moverte libremente usando únicamente tus propias habilidades, sin necesidad de nada más. Has avanzado mucho. Lan Zuiwen soltó una carcajada profunda, un sonido que retumbó en el aire, más parecido a la amargura que a la alegría, y negó lentamente con la cabeza. Lo miró con esa frialdad habitual, aunque se podía notar un rastro de cansancio milenario en sus ojos: —¡Jajajaja! ¿Fuerte dices? Si yo fuera realmente fuerte… mi especie, la Raza Shen Lan, no estaría en el estado lamentable en el que se encuentra ahora, desapareciendo poco a poco. Longshi frunció levemente el ceño; su sonrisa se apagó un poco y preguntó con total seriedad, entendiendo perfectamente la gravedad de aquellas palabras: —¿Tan mal está la situación ahora mismo para tu gente? Lan suspiró profundamente, un sonido cargado de siglos de lucha y esfuerzos inútiles. Desvió la mirada hacia el horizonte, hacia los árboles antiguos, como si buscara respuestas que el destino se negaba a darle: —Haaa… Es difícil. Realmente es muy difícil intentar cambiar el curso de las cosas en este planeta. Todo está atado a leyes y designios que ni nosotros, los que más sabemos, comprendemos del todo… Entonces giró de nuevo sus ojos del azul más oscuro y antiguo directamente hacia Longshi, recuperando al instante esa actitud aguda y analítica que lo gobernaba, y cortó el tema bruscamente para volver a lo que realmente le llamaba la atención: —Pero bien… aún no me has respondido mi verdadera pregunta. ¿Qué hace un humano contigo? No recuerdo que, en todos estos siglos que llevamos caminando este mundo, te llevaras tan bien con los humanos… ni que llegaras al punto de viajar junto a uno, y mucho menos, de protegerlo como si fuera algo valioso o importante. Longshi soltó una carcajada relajada, como si aquella duda no tuviera mayor importancia, y respondió con ese tono juguetón que usaba a veces: —¡Jajajaja! Estas cosas a veces pasan, ¿sabes? Te conmueves al ver a un mortal tan solo y tan frágil en este mundo cruel… y simplemente decides tomarlo bajo tu protección, como quien toma una mascota para que le haga compañía. Nada más que eso. Lan Zuiwen entornó los ojos, y una chispa de curiosidad mezclada con escepticismo brilló en lo profundo de su mirada azul oscura. Bajó la vista lentamente hacia Xuan Lie, quien lo observaba desde abajo, sintiendo todo el peso de esa presencia antigua y poderosa sobre sí mismo. —¿Es así entonces? —preguntó Lan, arrastrando las palabras con calma—. ¿Es solo tu mascota? Longshi sonrió con tranquilidad, sin negar ni afirmar del todo, y cambió el tema con naturalidad, dando un paso al frente: —Bien… ¿Nos invitas a entrar o nos quedaremos aquí parados, tirándonos miradas de curiosidad hasta que caiga la noche? Lan Zuiwen soltó una risa suave y profunda, una risa que ya no tenía amargura, sino que denotaba el cariño de quien conoce a un viejo amigo de toda la vida. —¡Jajajaja! No has cambiado nada en todos estos siglos, Longshi… Sigues igual de directo y molesto como siempre. —dijo con cierto afecto en la voz—. Está bien entonces… vamos. Lentamente, comenzó a descender del aire, rompiendo la gravedad con la misma facilidad con la que un pájaro baja al suelo. Al tocar tierra, hizo un gesto elegante con la mano, abriendo el paso hacia la inmensa oscuridad y verdor del bosque antiguo, invitándolos a seguirlo. Xuan Lie se acercó un poco más y preguntó con voz baja, casi en un susurro, sintiendo la inmensa presencia de quien caminaba a su lado: —Señor… ¿hacia dónde vamos? Longshi esbozó esa sonrisa suya, tranquila pero que escondía la naturaleza salvaje y antigua de una verdadera bestia, y miró al frente, hacia donde la vegetación se volvía majestuosa y perfecta. Respondió con tono pausado y admirativo: —Vamos al lugar donde habita el trece por ciento que queda de su raza. Allí se encuentran unas de las construcciones más antiguas que existen en este mundo, levantadas en perfecta unión con la naturaleza de este bosque… Verás esas formas gigantescas, árboles moldeados con la técnica antigua del penjing, inmensos, artísticos y que crecieron entrelazados con los edificios. Es una arquitectura que muy pocos han visto: algo raro, único y hermoso cuando se tiene la oportunidad de contemplarlo. Este lugar se llama el Santuario Shen Lan. De repente, su expresión cambió por completo. La sonrisa desapareció, y en sus ojos brilló la mirada seria y afilada de quien conoce bien el peligro. Se volvió hacia Xuan Lie y le habló con firmeza, dándole una advertencia clara: —Escucha bien, mortal, te lo digo ahora mismo: en cuanto cruces las puertas y entres a su santuario… no toques absolutamente nada, y mantente siempre pegado a mí, sin alejarte ni un solo paso. Los de la raza Shen Lan odian profundamente a los humanos; los consideran seres inferiores. Ten mucho cuidado… aquí, un solo error podría ser tu final. Mientras avanzaban entre la inmensidad del bosque, la vista se abrió de golpe y apareció ante ellos, majestuoso y antiguo, el Santuario Shen Lan. Se alzaba imponente entre montañas y vegetación, una ciudad donde edificios de techos curvos y elegantes torres crecían mezclados con árboles gigantescos con formas perfectas de penjing, como si la naturaleza y la construcción fueran una sola cosa. Todo brillaba con un resplandor suave y antiguo, hecho de materiales que no se ven en ningún otro lugar. Rodeándolo todo, invisible pero perceptible como una presión suave en el aire, se extendía la Formación del Velo Azul: una barrera mágica antigua que ocultaba el lugar de los extraños, protegía cada rincón y mantenía intacta la belleza y la energía de este último refugio, hogar de lo poco que quedaba de su gran raza. Ya en la misma entrada del Santuario Shen‑Lan, Lan Zuiwen se detuvo en seco, giró levemente el rostro y clavó sus ojos azules y profundos directamente en Xuan Lie. Su voz ya no era amistosa ni relajada; estaba cargada de orgullo, frialdad y esa superioridad antigua que sentía sobre cualquier ser humano. —Mocoso inferior… ten mucho cuidado con lo que hagas o digas de ahora en adelante. No me obligues a hacer que este hermoso lugar sea lo último que vean tus ojos antes de morir. —dijo lentamente, marcando cada palabra con advertencia—. Solo te permito poner un pie aquí porque vas acompañado de Longshi. De lo contrario… ni siquiera habrías logrado cruzar el límite del bosque, y tu vida habría terminado antes de saber qué fue lo que te atacó… Hizo una pausa breve, dejando que sus palabras calaran hondo en el niño, y luego añadió con tono cortante y definitivo: —Bien… sin más que agregar. Entremos. Al dar el primer paso al interior, Xuan Lie se quedó inmóvil un instante, olvidando incluso respirar. Ante sus ojos se desplegaba una visión que ninguna palabra alcanzaba a describir: construcciones antiguas de estilo oriental, techos curvos que parecían abrazar el cielo, materiales que brillaban con luz propia, todo mezclado en perfecta armonía con aquellos árboles gigantescos moldeados con el arte milenario del penjing, que crecían entre las columnas y pasillos como si fueran parte misma de la arquitectura. Era un ambiente único, majestuoso, antiguo y sobrecogedor. —Es increíble… y totalmente único… —susurró Xuan Lie con los ojos muy abiertos, lleno de asombro, sin poder apartar la mirada de tanta belleza. Siguieron caminando hasta entrar en uno de los grandes palacios del santuario. Sus pasos resonaban suavemente por pasillos amplios, altos y silenciosos, flanqueados por estatuas y símbolos tallados que contaban historias de siglos pasados. Fue entonces cuando Longshi, rompiendo el silencio solemne, preguntó con voz seria y directa, sin rodeos: —Lan… ¿qué tan grave es realmente la situación ahora mismo para tu pueblo? Lan Zuiwen se detuvo en seco en medio del pasillo. No giró la cabeza, pero su postura cambió por completo. Aquella figura imponente, poderosa y temida, que había desafiado leyes del mundo y alcanzado niveles de cultivo impensables para otros, de repente pareció encogerse. Su imagen majestuosa se volvió pequeña, frágil y lamentable, como si el peso de siglos de lucha lo estuviera aplastando en ese preciso instante. Su mirada se perdió en la nada, fija en un punto invisible frente a él, y respondió con una voz apagada, cargada de una tristeza inmensa: —Es realmente difícil… más de lo que te puedes imaginar, viejo amigo. En toda mi especie, en todo este gran santuario… solo quedan treinta cultivadores capaces de mantener nuestra herencia y yo. Treinta y uno en total… —hizo una pausa dolorosa, y añadió con amargura—. Pero nuestra raza no carga solamente con el problema de la escasez de guerreros… Soltó un suspiro largo, profundo, que pareció salir desde lo más hondo de su ser, un sonido que llevaba consigo el cansancio de toda una vida y de toda una historia en decadencia. —Realmente estamos al borde mismo de la extinción —continuó diciendo, con una desolación que helaba el aire—. Cada vez nacen menos jóvenes entre nosotros, y de los pocos que nacen… casi ninguno logra despertar su potencial o cultivar como lo hacían nuestros antepasados. Lo poco que pueden alcanzar hoy en día… ya ni siquiera se cuenta ni se compara con lo que fuimos. —Entonces giró lentamente la cabeza hacia Longshi, y en sus ojos brillaban la duda y la amargura más profundas, y preguntó con voz suave pero pesada—: Dime tú… ¿qué piensas de todo esto, gran Longshi? ¿Crees que todavía hay esperanza para nosotros? Longshi guardó silencio unos instantes, y una expresión de nostalgia genuina suavizó sus rasgos. Con voz tranquila, pausada, como si estuviera mirando a través de los años, respondió: —Lo recuerdo como si fuera ayer… Claramente recuerdo aquellos tiempos gloriosos, cuando tu padre estaba al frente, fuerte, imponente y lleno de vida. En esa época, contaban con ochenta cultivadores poderosos, y a él guiándolos… —hizo una pausa, y su tono se tiñó de melancolía al recordar aquel esplendor—. Esas épocas… realmente parecía haber una luz brillante sobre tu especie, un futuro eterno que nada ni nadie podría apagar. Pero ahora… ahora solo se asoman al borde de su propia extinción. Soltó un suspiro profundo, cargado de comprensión y respeto, y miró directamente a su viejo amigo con sinceridad absoluta: —Haaaa… Tu vida no ha sido nada fácil, Lan. Luchar día y noche, siglo tras siglo, solo por mantener a tu especie con vida, respirando, aunque sea apenas… eso ya es, por sí solo, una gran victoria y un logro inmenso. Dime… ¿aún mantenéis entre vosotros a los herreros capaces de forjar vuestras armas? Lan Zuiwen bajó la cabeza por completo, como si el peso de esa pregunta fuera lo único que finalmente lograra doblar su espalda. La tristeza en su mirada era inmensa, profunda, casi insoportable, cuando respondió con voz rota: —Una plaga… una enfermedad maldita cayó sobre nuestra raza hace ya mucho tiempo. Se llevó a los fuertes, a los sabios y a los hábiles. Y con ella… solo nos quedó un único herrero con vida. —Sus palabras eran un susurro desesperado—. Y ahora… ese último maestro está muriendo, consumido por la misma enfermedad que mató a los demás. Y lo que es peor… no existe nadie más en toda mi raza capaz de aprender, ni de entender, ni de heredar su oficio. Cuando él se vaya, el arte se perderá para siempre. Hizo una pausa dolorosa, mirando sus propias manos como si buscaran aferrarse a algo que se les escapaba entre los dedos: —Con eso desaparecerá también nuestra capacidad de crear nuestras propias armas… desde las de rango bajo, medio, y hasta las más altas que alguna vez forjamos. Es tan triste… ver cómo el mundo calla a los fuertes, cómo obliga a las grandes razas a ocultarse, a esconderse entre montañas y sombras, solo para sobrevivir, aceptando una realidad que no merecemos… De repente, su voz cambió. Dejó de ser un lamento para convertirse en un grito ahogado de rebeldía, sus ojos azules brillaron con una llama que no se quería apagar, y mirando hacia Longshi, con determinación feroz, dijo: —Pero yo… ¡yo me niego a aceptarlo! No me rendiré ni me quedaré de brazos cruzados. Siento en lo más profundo de mi ser que… que aún hay esperanza. Tiene que haberla… Mientras estos dos seres, dos de las existencias más fuertes y antiguas de este mundo, conversaban sobre el destino y la muerte que acechaba a su especie, algo rompió el silencio absoluto que reinaba en aquel gran pasillo vacío. Una voz se escuchó… Era una voz de niño… sí, eso era evidente… pero al mismo tiempo, tenía un peso, una profundidad y una determinación que no pertenecían a alguien de su edad. Era la voz de un niño, pero que llevaba dentro el alma de alguien antiguo, de alguien que había vivido, sufrido y conocido la derrota mil veces. Era la voz de un ser que no estaba dispuesto a seguir el camino marcado, alguien que buscaba alterar el rumbo de su propia vida y de todo lo que le rodeaba. Esa voz resonó por todo el palacio, clara, fuerte y llena de emoción, y al instante, los dos seres poderosos se quedaron totalmente inmóviles, impresionados hasta lo más profundo de su ser. Jamás esperaban escuchar algo así, y mucho menos salir de donde salió… —YO… YO…… yo quiero ser fuerte…… —empezó a decir la voz, temblando al principio pero ganando fuerza en cada sílaba, hasta que estalló en una afirmación absoluta—. ¡NO… YO DEBO VOLVERME FUERTE! Xuan Lie se apretó el pecho con fuerza con una mano, como si quisiera sacar de su interior todo ese dolor y esa impotencia que lo carcomían. Unas lágrimas rodaron por sus mejillas, pero no eran lágrimas de debilidad ni de miedo… eran lágrimas de frustración acumulada, y al mismo tiempo, el brillo de quien ve por fin una oportunidad para cambiar su destino. En sus ojos brillaba la mirada decidida de un niño, pero detrás de ella, se escondía la voluntad inquebrantable de un alma reencarnada que ya no quería, ni podía, seguir siendo pequeña. —Yo… yo, Xuan Lie… ¡HARÉ LO NECESARIO! —gritó con toda su alma, sin importarle quién lo escuchaba—. ¡APRENDERÉ EL OFICIO! No importa lo que me hagan pasar, ni lo difícil que sea… yo aprenderé. ¡YO SERÉ SU HERRERO! Respiró hondo, con el pecho agitado, y miró directamente a Lan Zuiwen, desafiando su presencia y su orgullo, pero con el respeto y la esperanza en cada palabra: —Yo, Xuan Lie, aprenderé este oficio que lleva siglos de historia… un arte que requiere pasión, que requiere experiencia, que requiere sangre y vida… PERO YO LO HARÉ —gritó con más fuerza aún, desesperado por dejar de ser lo que era—. ¡YO… YO NECESITO DEJAR DE SER DÉBIL! ¡ASÍ QUE, SEÑOR LAN… DÉME LA OPORTUNIDAD! Déjeme hacerlo… ¡YO HARÉ LO NECESARIO! ¡YO LOGRARÉ SER EL HERRERO QUE SU RAZA NECESITA…! El silencio volvió a reinar, pero esta vez era un silencio cargado de electricidad. Aquellas palabras, dichas con tanta verdad y fuego, golpearon a Lan Zuiwen como un rayo. El rostro que hasta hace un momento mostraba solo tristeza y resignación, cambió por completo. Su expresión seria, fría y distante se transformó de golpe… y de sus labios brotó una risa. No era una risa amarga, ni burlona… era una risa brutal, potente, llena de vida, una emoción pura y salvaje que no sentía ni recordaba desde hacía siglos, desde los tiempos de esplendor de su pueblo. Lan Zuiwen abrió sus brazos con amplitud, sintiendo cómo una fuerza nueva recorría su cuerpo, y miró a Longshi con una alegría desbordante, como si acabaran de regalarle el mundo entero. —¡¡HUMANO… ERES INCREÍBLE!! —exclamó con voz potente, llena de admiración y sorpresa. Giró la vista hacia su viejo amigo y le dijo, maravillado—: ¡Longshi…! ¡¿Es así como habla un simple mortal…?! ¡¿Es así como hablan los que llamáis débiles…?! Longshi, aquella bestia antigua que llevaba apenas unos días viajando junto al niño, sonrió con esa sabiduría milenaria que ocultaba tras su apariencia relajada, y respondió mirando fijamente a su viejo amigo: —Los humanos… por regla general, son seres egoístas. La mayoría solo se interesa por sí mismos y por su propio bien. Cuando logran ser fuertes, suelen ver la vida de los demás como si fuera basura, algo sin importancia que pueden pisotear… —hizo una pausa, y su sonrisa se hizo más amplia y significativa—. Pero, Lan… este humano, lo que ha dicho y lo que siente, es real. No hay mentira ni doble intención en sus palabras. Así que… escúchame bien: tómalo. Hazlo tu herrero. Esa determinación que tiene… quizás sea justo el engranaje que le faltaba a tu raza para no detenerse, para no desaparecer en el olvido. Longshi se inclinó levemente hacia él, lanzándole la pregunta definitiva, la que ponía a prueba todo lo que eran: —Pero dime… ¿qué decisión tomarás tú? Tú y tu raza, que odiáis profundamente a los humanos, que lleváis siglos despreciándolos… ¿Serás capaz de cambiar años y años de historia, de orgullo y de creencias, solo para permitir que un humano aprenda uno de los oficios más antiguos y sagrados que tiene tu especie? Lan Zuiwen se quedó en silencio, mirando al pequeño niño que seguía allí de pie, con los ojos llenos de fuego y esperanza, desafiando al destino mismo. Una sonrisa llena de misterio, emoción y desafío se dibujó en su rostro, y respondió con voz cargada de interés y renovada curiosidad: —Se oye… realmente interesante… Continuara… © 2026 EL PODER QUE EL UNIVERSO OLVIDÓ. Todos los derechos reservados. Prohibida su copia o reproducción total o parcial. AUT: OLVIDADO
EL PODER QUE EL UNIVERSO OLVIDO (Novela)

Continúa leyendo

EL PODER QUE EL UNIVERSO OLVIDO (Novela)

Capítulo 17

Siguiente Capítulo ›

EL PODER QUE EL UNIVERSO OLVIDO (Novela) Capítulo 16

Estás leyendo el capítulo 16 de EL PODER QUE EL UNIVERSO OLVIDO (Novela), un novela. He vivido incontables años... ¿Fueron 1000? ¿Acaso 2000? La vida es tan efímera como la de un mortal: breve, llena de dolor, de sangre y de lamentos. ¿Qué es la felicidad? ¿Una mentira para quien intenta huir de la… Este capítulo tiene publicado el 10 de julio de 2026, Traducido por el grupo olvidado134. EL PODER QUE EL UNIVERSO OLVIDO (Novela) tiene 69 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.