Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 99 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
En los callejones traseros, donde el ardor de la noche se había extinguido, solo quedaban míseros despojos. Era la hora en que tanto aquellos que trabajaban como los que disfrutaban yacían dormidos, buscando alguna sombra donde guarecerse. Y en aquella hora en que ni siquiera el sol había asomado, llegaron hombres marchando bajo el estandarte de la Iglesia.
"¡Alto todos!".
Soldados que avanzaban pisoteando la inmundicia del desaliñado callejón. El lugar donde se detuvieron fue la posada regentada por Madame Marcela: La Sonrisa de la Rosa.
"¡Somos hombres enviados por su excelencia Pierre, obispo de Shoara! ¡Que el dueño de este lugar abra las puertas!".
El caballero Vlad había ignorado la bula de indulgencia emitida por el obispo Pierre. Aquello equivalía a desdeñar la voluntad de Dios, un asunto de suma gravedad que constituía un sacrilegio flagrante. Y aquí, en La Sonrisa de la Rosa, se encontraban aquellos que junto a él habían dado muerte a un hombre bajo la protección eclesiástica.
"¡Si no abren las puertas ahora mismo, quienes estén adentro también serán tratados como impíos sacrílegos!".
La voz del paladín resonaba en el silencioso callejón. Era la voluntad de Dios extendiéndose hacia el lugar más necesitado de salvación, pero aquella voluntad no se manifestaba con una sonrisa cálida, sino como un juicio despiadado.
"...... ¡Sacad a rastras a los pecadores que se esconden aquí!".
Ante la tajante orden del paladín, La Sonrisa de la Rosa no se inmutó lo más mínimo. El paladín apostado bajo el sagrado estandarte asintió como si aquel silencio le viniera de perlas.
¡Chiiing! ¡Chaaang!
Los soldados del obispo desenvainaron sus armas y las alzaron hacia el nido del muchacho. El seno de Dios es misericordioso, mas sus designios son severos, por lo que todos los mortales han de hincar la rodilla ante Él.
"¡Derriben la puerta!".
Vlad había aferrado una estrella brillante, pero aquella luz era aún demasiado tenue para protegerse no solo a sí mismo, sino también a la gente que lo rodeaba. Las tribulaciones que caen a lo largo de la vida son semejantes a tempestades furiosas, imposibles de contener únicamente con dos manos desnudas.
Reeechiiido.
Por eso mismo, los seres humanos deben apoyarse hombro con hombro al vivir. Justo como en este preciso instante.
"Qué impacientes son todos ustedes".
Un hombre emergió de la penumbra de La Sonrisa de la Rosa, donde ni una sola vela ardía. El individuo, con una impresionante cicatriz cruzándole la cabeza rapada al ras y enfundado en una refulgente armadura de placas, saltaba a la vista que no era un sujeto común.
"...... ¿Quién eres?".
Un hombre provisto de un temple que no vacilaba ni un ápice pese a salir al paso frente a decenas de soldados armados.
"Soy Maksim, caballero del señor Josef".
En esta ciudad, nadie osaría negarse a ceder el paso al escuchar que se trataba de una orden del obispo. Con la única excepción, claro está, del alcalde de Shoara: Josef.
"Lamento informarles que La Sonrisa de la Rosa se encuentra actualmente bajo nuestra investigación preliminar".
Cuando se trata de dos potestades con un poder tan equiparable que resulta arduo discernir cuál prevalece, en última instancia prima la legitimidad formal. Y en este momento, quien primero había ejercido la jurisdicción judicial sobre La Sonrisa de la Rosa no era el paladín del obispo, sino el caballero Maksim bajo las órdenes de Josef.
"Los individuos en este lugar son sospechosos del delito de sacrilegio".
"Y también son sujetos sospechosos de homicidio común".
Entre la nobleza y la Iglesia existe una línea que ninguna de las dos partes debe traspasar. No obstante, puesto que el primero en quebrar esa frontera había sido el obispo Pierre, Josef tampoco tenía razón alguna para acatar las reglas tácitas mantenidas hasta entonces.
"A partir de este instante, La Sonrisa de la Rosa queda clausurada bajo nuestra custodia. Si desean ingresar, consigan primero la autorización formal del señor alcalde".
Al compás de las palabras de Maksim, soldados leales a Josef comenzaron a salir a raudales del interior de La Sonrisa de la Rosa. Provistos de la precedencia legal, los hombres de Josef empujaron sin vacilar a las tropas episcopales, ensanchando poco a poco su perímetro.
"...... Os vais a arrepentir de esto".
La cólera del paladín al ver escapar a su presa era virulenta, pero Maksim se limitó a esbozar una amplia sonrisa. Maksim, caballero de Josef. Había sido uno de los dos caballeros abatidos junto a Cade por aquella mujer que derramaba lágrimas negras.
Para poder arrepentirse, uno primero tiene que estar vivo. De no haber sido por Vlad aquel aciago día, Maksim ni siquiera estaría hoy de pie en este lugar.
"No puedo evitarlo; arrastro demasiadas deudas".
Pese a tratarse de la autoridad eclesiástica, un peso abrumador para un simple caballero, Maksim se había ofrecido voluntario para asumir la tarea. Consideraba que esto era lo mínimo que podía hacer para saldar el precio de su propia vida.
※※※※
La celda en los calabozos subterráneos del ayuntamiento. Pese a contar con una pequeña aspillera que permitía percibir el aire del exterior, la expresión de Vlad era sombría.
"¿Acaso no te repetí mil veces que siempre debías anticipar el siguiente paso?".
"......".
Ante las palabras de Zayar que llegaban desde el otro lado de los barrotes de hierro, a Vlad no le alcanzaban las palabras para excusarse.
"Al final, el señor Josef ha tenido que cargar sobre sus hombros con todo el embrollo que causaste. Pedazo de estúpido".
En resumidas cuentas, la situación no difería en nada de cuando era un simple escudero. Toda la responsabilidad por lo acontecido recaía ahora sobre su señor, Josef.
"Lo lamento mucho".
"......".
Al ver a Vlad agachar la cabeza tras las rejas balbuceando disculpas, a Zayar casi le hervía la sangre de rabia por dentro. Sin embargo, si no podía reprenderlo con mayor dureza era porque comprendía que aquello, más que una torpeza, había sido una trampa meticulosa.
'Chico insensato'.
Siendo un muchacho espabilado, Zayar sabía que de haber tenido una perspectiva un poco más amplia jamás habría caído en semejante error. No obstante, el joven aún carecía de comprensión sobre las complejidades del mundo de la nobleza y, con mayor razón, sobre los abismos de la Iglesia y las esferas más encumbradas del poder. El obispo Pierre había escogido a su presa con una puntería quirúrgica.
"...... Dentro de poco tendrás que comparecer ante la Iglesia para testificar. Prepárate a conciencia para cuando llegue ese momento".
Puesto que la legitimidad formal estaba del lado eclesiástico, Vlad no tendría más remedio que acudir ante el clero a rendir cuentas. Habiendo sido inquisidor de herejías y habiendo alcanzado la sede episcopal gracias a sus sobresalientes dotes para el interrogatorio, era un hecho consumado que el juicio de Pierre sería implacable.
"......".
Vlad contempló durante un largo rato la espalda de Zayar mientras se alejaba por el corredor.
\[No te tortures con culpas. Hiciste lo que correspondía hacer.\]
Pese al consuelo de la voz interior, Vlad no lograba sacudirse con facilidad aquel pesar que le oprimía el pecho. Ciertamente había actuado con justicia, e incluso ahora, encerrado en aquel calabozo, no consideraba haber errado al degollar a aquel canalla; sin embargo, las cosas habían desembocado en este penoso desenlace.
"Fue culpa mía".
El submundo de los callejones y el mundo de los caballeros se regían por principios distintos. A diferencia de los callejones, donde para no ser menospreciado uno debía devolver el golpe en ese mismo instante, la ira de un caballero debía asemejarse a la lava espesa que aguarda con paciencia el momento propicio.
Puesto que una espada es afilada, su peso debe ser grande. Y solo ahora Vlad parecía vislumbrar el verdadero significado de lo que implicaba ser pesado.
※※※※
"¿Para esto fue que insistieron en aguantar una semana entera?".
El obispo Pierre observaba el panorama desde el ventanal. Allá abajo, cruzando la plaza con las manos atadas como un reo vulgar, avanzaba el caballero rubio rumbo a la catedral.
Durante todos esos días, Josef se había negado obstinadamente a atender sus reclamos, protegiendo a Vlad bajo su manto, pero al fin no había podido resistir más. Aquella era una batalla de legitimidad jurídica, y por muy influyente que fuera Josef, cargar con una presión superior resultaba insostenible.
"Bastante ingenioso, he de admitirlo".
No obstante, junto a Vlad en su escolta hacia el templo no solo marchaban los soldados que lo custodiaban.
"¡Ese malnacido merecía morir! ¡Dicen que vendía mujeres embarazadas como ganado!".
"¡Hizo lo que debía hacerse! ¡¿Por qué lo tratan como a un criminal?!".
"¡No se atrevan a ultrajar a nuestro caballero!".
Vlad de Shoara. Un muchacho nacido y criado en la propia ciudad de Shoara, símbolo viviente del ascenso desde la inmundicia de los callejones. Conquistar renombre a tan tierna edad lo convertía, a ojos de los ciudadanos de Shoara, en una innegable fuente de orgullo colectivo.
"¡No reconocemos a un obispo impuesto desde la Curia Papal! ¡Esto es el Norte!".
"¡Exigimos un obispo que lleve sangre norteña en sus venas!".
No se trataba únicamente de muestras de respaldo hacia Vlad; entre la multitud estallaban también quejas acumuladas contra Pierre. A medida que el paso de Vlad se ralentizaba, las voces que clamaban desde cada rincón hacían retumbar las avenidas de Shoara.
"Vaya esfuerzos desesperados".
Al presenciar el tumulto, Pierre se apartó de la ventana con una sonrisa burlona y glacial. Atreverse a utilizar el fervor popular de Shoara para intentar desestabilizarlo. Ciertamente, a los descendientes de la sangre de Bayezid jamás se les debía subestimar a la ligera.
"¿Están listos los inquisidores de herejías?".
"Todo se encuentra debidamente dispuesto".
Pero por más ardides que urdieran, no pasaban de ser trucos menores. Al fin y al cabo, todas aquellas artimañas terminarían doblando la cerviz ante el peso incuestionable del nombre de la Verdad.
※※※※
Pese a la tensión reinante, Vlad no descuidó en ningún instante su hábito de escudriñar y evaluar su entorno.
"......".
El escenario que abarcó con la mirada infundía un agobio sobrecogedor, al margen de la carga psicológica del inminente proceso.
'Pensar que vendría a parar a este sitio'.
Habiendo residido toda su vida en Shoara, jamás había puesto un pie en este recinto. La Iglesia era un templo con un umbral demasiado elevado para aquellos que carecían de posesiones.
"Que comparezca el caballero Vlad".
La sala de audiencias de la iglesia había sido dispuesta en forma de hemiciclo. El punto donde se situarían el juez Pierre y el acusado Vlad ocupaba el centro neurálgico del tribunal, mientras que Josef, los testigos oficiales y los magnates invitados por el clero contemplaban el estrado desde las tribunas superiores.
\[Son inquisidores de herejías. Esas esferas de cristal que sostienen no son ordinarias en absoluto.\]
"......".
Vlad giró el rostro para observar a los inquisidores que lo rodeaban en círculo. Eran ocho en total, y cada uno sostenía con ambas manos una esfera de cristal del tamaño de una cabeza humana.
"...... Son ocho en total".
"Ni siquiera en una cacería de brujas desplegarían tal despliegue. Esto excede cualquier medida razonable".
Josef sintió un sabor amargo ascenderle por la garganta y frunció el ceño en la tribuna superior.
'Debo contemplar el peor de los escenarios'.
Habiendo resistido durante una semana entera, exploró todos los ardides posibles para inclinar el juicio a su favor, pero el tiempo había resultado insuficiente. Ahora no le quedaba más opción que asumir el desenlace más adverso y preparar su siguiente movimiento.
"Poned la mano sobre las Sagradas Escrituras que contienen la palabra de Dios y responded que solo declararéis la verdad, Sir Vlad".
Bajo las bóvedas del templo erigido en el nombre del Creador, Vlad posó la palma sobre la Biblia.
"Declararé únicamente la verdad".
Un juramento se pronuncia con los labios y se custodia en la conciencia, pero en esta ocasión su cumplimiento se manifestaría de manera distinta. Los encantamientos litúrgicos que cubrían el suelo del tribunal con intrincados caracteres apagarían la luz de las esferas de cristal en el mismísimo instante en que Vlad pronunciara una falsedad.
"......".
Josef clavó sus ojos ardientes sobre Pierre, situado al frente. Sin embargo, al cruzar la mirada con el prelado, solo halló una frialdad imperturbable.
"Doy inicio formal al juicio contra Sir Vlad, caballero al servicio de Bayezid".
Aunque aquellas palabras marcaban el comienzo, en cierto modo todo estaba ya sentenciado. Este juicio no era más que una pantomima formal para convalidar una condena predeterminada, y dicho veredicto distaría de ser favorable para Vlad.
"El caballero Vlad dio muerte a un varón apodado Oso Negro que portaba una bula de indulgencia. ¿Es verídico este hecho?".
Al oír la pregunta del obispo, Josef apretó los puños involuntariamente. Pierre comenzaba a tender una trampa mediante un ruin interrogatorio capcioso para endilgarle la culpa.
"Es verídico".
"Luego reconocéis vos mismo haber desobedecido la palabra divina".
"...... ¿Qué insinuáis con eso?".
Vlad se había limitado a confirmar la muerte del Oso Negro, pero bajo la sesgada interpretación de Pierre, el muchacho quedaba transformado en un impío que había despreciado los designios sagrados.
"¡Yo jamás desobedecí la palabra divina, sino que......!".
"Siguiente pregunta".
Una pregunta, una respuesta. Al tiempo que Vlad replicaba, uno de los inquisidores dio un paso fuera del círculo.
"¿Considera el caballero Vlad que, al igual que en este suceso, cada vez que ha arrebatado una vida humana ha tomado invariablemente una decisión justa y correcta?".
"...... Así es".
Había estado en el lugar donde debía estar e hizo lo que correspondía hacer. El Oso Negro era un ser abominable que traficaba con mujeres encinta, y ninguna indulgencia terrenal podía ocultar la vileza de sus crímenes.
"Es una falsedad".
No obstante, al brotar la respuesta de Vlad, una de las esferas que sostenían los inquisidores perdió su resplandor y se apagó.
"......!".
Ningún ser humano a lo largo de su existencia puede afirmar con certeza absoluta que cada una de sus decisiones ha sido indefectiblemente justa. Pierre había exigido un juicio absoluto e inalcanzable (siempre, invariable, intachable) para forzar a la esfera a dictaminar mentira.
"¡Esto es inadmisible!".
"Siguiente pregunta".
Con esa artimaña, Vlad quedaba calificado como un perjuro. Con apenas dos interrogantes, el experimentado Pierre hurgaba con saña en las fisuras de su presa.
"Hace un año se recibió la denuncia de que en los callejones de Shoara un muchacho fue alcanzado por un relámpago negro. ¿Sois vos ese muchacho?".
Tergiversando intenciones y lanzando preguntas capciosas, Pierre moldeaba a Vlad a su antojo. Su siguiente interrogante apuntaba a sembrar sospechas oscuras para mancillar el prestigio que el muchacho había conquistado con su espada.
"......".
Sin embargo, la cuestión planteada por Pierre sacudió a Vlad con una fuerza mucho mayor de la que el prelado hubiera imaginado. Puesto que en el fondo del alma del muchacho habitaba, en efecto, una voz cuya verdadera identidad él mismo desconocía.
"...... Es verdad".
"Luego habéis convivido con un presagio funesto".
Con aquella tercera respuesta, Vlad quedó señalado como un caballero marcado por un augurio ominoso. A partir de este instante, cada una de sus hazañas pasadas caería bajo el manto de la sospecha.
"¿Acaso tras ser alcanzado por ese rayo habéis comenzado a escuchar alguna voz interior? ¿Habéis recibido revelaciones de alguna entidad de naturaleza desconocida?".
Las pupilas grisáceas de Pierre centellearon con avidez. Poco importaba si lo negaba. Cualquiera fuera la respuesta que diera a esa pregunta, el renombre mancillado de Vlad jamás volvería a brillar con la pureza de antaño.
"......".
Ante la incisiva interrogación de Pierre, Vlad se quedó paralizado, incapaz de responder. Frente a una manifestación de malevolencia tan retorcida y desconocida para él, sentía que la mente se le nublaba por completo.
"¿Por qué guardáis silencio?".
Al ver vacilar a Vlad sin acertar a articular palabra, los asistentes en las tribunas comenzaron a murmurar entre sí. El runrún provenía, concretamente, de los magnates de la ciudad alineados con los intereses del obispado.
"Si me preguntáis si he escuchado alguna voz......".
Si admitía la verdad, sería tildado de hereje poseído por un ente siniestro; si lo negaba, las esferas de cristal revelarían su perjurio de inmediato. Se encontraba atrapado en un callejón sin salida, cercado por doquier.
\[Diles que sí.\]
Al percibir la angustia de Vlad, la voz resonó en su interior. Aquel ente comprendía de sobra que, en esta encrucijada, mentir resultaría infinitamente más letal. Sería preferible aducir que su mente había quedado trastornada temporalmente como secuela del impacto del rayo.
'Pero......'.
\[Si lo niegas, la esfera lo tachará de mentira. Y entonces ni siquiera tendrás oportunidad de dar explicaciones.\]
El peor de los panoramas sería que, frente a la mirada de todos los presentes, la identidad oculta de la voz quedara expuesta a la luz pública. No obstante, desde el instante en que había cruzado las puertas del tribunal, la voz ya había tomado una determinación irrevocable.
\[No temas y responde afirmativamente. Jamás permitiré que mi identidad sea descubierta.\]
"......".
Los inquisidores que lo escrutaban con sospecha y el obispo que le exigía una respuesta inmediata. Acorralado sin escapatoria, Vlad tenía que pronunciarse.
¡Paaam!
"¡Deteneos!".
Justo cuando Vlad se disponía a abrir los labios, un estruendo ensordecedor resonó desde la entrada del tribunal. Con el portal abierto de par en par con semejante violencia, el viento gélido del invierno norteño penetró como una ráfaga implacable en la estancia.
"¡Detened este juicio de inmediato!".
En el umbral abierto se recortaban varias figuras: un anciano sacerdote que jadeaba exhausto, un joven diácono que apenas dejaba atrás la adolescencia y, a espaldas de ambos, Sir Gregory, soltando un largo suspiro de alivio.
"¡Este juicio carece de toda justicia!".
Aquellos que llegaban tarde, pero a tiempo para impedir la catástrofe, acababan de arribar.
"¡Nadie puede ingresar sin autorización previa!".
Al ver a aquel hombre irrumpir de improviso, los guardias intentaron cerrarle el paso, pero quedaron perplejos al divisar las vestiduras blancas que portaba. Aquellos ropajes acreditaban a un fiel y consagrado siervo del Señor.
"¡¿Con qué insolente derecho osas cuestionar la legitimidad de un juicio en mi presencia?!".
Furioso al ver interrumpido el clímax de su celada, Pierre fulminó con ojos desorbitados al recién llegado. Sin embargo, aquel hombre que acababa de cruzar el umbral poseía sobrada legitimidad moral para denunciar la iniquidad del proceso.
"¡Yo soy quien avaló y dio fe del nombre de Sir Vlad!".
Vlad de Shoara. Aquel nombre que rodaba anónimo en el fango de los callejones había sido recogido piadosamente por las manos de un hombre que lo depositó ante el altar del Creador.
"¡Si existía alguna duda o acusación sobre su nombre, el procedimiento exigía que acudieran a mí en primer lugar!".
Al escuchar la afirmación de su garante moral, Vlad giró la cabeza hacia la entrada. Allí estaba aquel clérigo anciano, avanzando hacia el estrado con pasos fatigosos, sin haberse quitado siquiera los copos de nieve adheridos a su barba blanca, sostenido por el joven diácono.
"Padre Andrea......".
"No pronuncies una sola palabra a partir de ahora, hijo".
Andrea se situó al costado de Vlad mientras recuperaba el aliento entrecortado. Cada una de sus exhalaciones aún desprendía el vapor helado del camino.
"Yo hablaré en tu lugar".
Era un tribunal amañado y una balanza trucada desde el origen. Sin embargo, un nuevo contrapeso acababa de posarse en favor del muchacho, devolviendo el equilibrio a la balanza.
"...... Al final vinisteis hasta aquí".
En las pupilas grisáceas de Pierre se reflejó el rostro de la última persona a quien hubiera deseado ver. El padrino moral del muchacho y un sacerdote de virtud intachable, reverenciado unánimemente por todo el pueblo del Norte.
"Hacía mucho tiempo que no nos veíamos, obispo Pierre".
El hombre que había cruzado la ventisca y la gélida tormenta del norte siguiendo la guía de un caballero habló con voz solemne:
"El sacerdote Andrea os saluda".
El sacerdote Andrea. Aquel clérigo ejemplar que había decidido colocarse él mismo sobre el platillo de la balanza por amor al muchacho a quien una vez confirió su bendición.
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• Autor: Q10
• Traductor: Inmensurable
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Estás leyendo el capítulo 99 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 20 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.