Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 98 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Dios está en todas partes. Sin embargo, su amparo no alcanza a todos por igual. Desciende primero sobre aquellos que moran en las alturas y otorga más a quienes más poseen. Ese era el semblante de Dios y de la Iglesia que la gente de los bajos fondos había contemplado durante toda su vida.
"¿Significa eso que este hombre ahora es inocente?"
"Por supuesto. Puesto que se trata de una indulgencia expedida en persona por el señor obispo."
El sacerdote respondió a la pregunta de Vlad, cerró los ojos y comenzó a recitar una oración con devota solemnidad. Su porte, que a ojos de cualquiera resultaba intachablemente devoto, hacía sentir como si la mismísima gracia divina hubiese descendido sobre aquel lugar.
'… ¿Solo con esto?'
Vlad era incapaz de comprenderlo. Que todos los pecados de Oso Negro quedaran absueltos por una mísera hoja de papel que el sacerdote sostenía en las manos. ¿Acaso las lágrimas de aquellas mujeres, que habían perecido en una iglesia fraudulenta, podían ser enjugadas con un simple pedazo de papel? De ser así, ¿quién demonios compensaría las oscuras lágrimas que Anna había derramado?
"Cualquier pecado puede ser perdonado en cualquier momento si media un corazón piadoso, Sir Vlad."
"..."
Al ver a Vlad inmóvil, sin saber qué hacer entre la furia y el desconcierto, el sacerdote enviado por el obispo esbozó una sonrisa benévola.
"Y-yo ahora soy inocente."
Ante la voz que sonó a su lado, Vlad giró la cabeza aturdido.
"He recibido el perdón de Dios. Ya está todo resuelto, ¿no es así?"
"... ¿Perdón?"
Hacia donde volvió la mirada, Oso Negro lo contemplaba con una sonrisa incipiente, como dando a entender que el asunto estaba zanjado. Habiendo sido declarado libre de culpa por obra de la Iglesia y de una indulgencia, sin duda consideraba que tenía pleno derecho a sonreír. Las mujeres a las que él había vendido habían muerto aterrorizadas, confinadas en la más absoluta oscuridad; y sin embargo, el hombre que las había arrojado a la muerte se encontraba allí, sonriendo.
Esto estaba mal.
"... ¿De verdad cualquiera puede ser perdonado siempre que posea un corazón sincero, señor sacerdote?"
"Por supuesto, señor caballero."
¿De verdad bastaba con recibir el perdón de Dios y de la Iglesia para quedar limpio de culpa, sin importar la atrocidad del pecado cometido?
"Ya veo."
En ese caso, yo también pediré perdón.
Porque aquel día, al secar las lágrimas que Anna ni siquiera había tenido fuerzas para derramar, juré que cobraría el precio en su lugar.
"¿Sir Vlad?"
"Confieso mi pecado, señor sacerdote."
Si en el lugar donde alguien debería estar no hay nadie.
Si nadie asume la responsabilidad en el sitio donde debe asumirse.
Entonces hazlo tú.
Porque ese es el precepto del Maestro de la Espada.
¡Fshhh!
"¡Kjjk...!"
En un instante, la sangre oscura salpicó los albos hábitos litúrgicos del sacerdote. Nadie había previsto el ataque, por lo que nadie pudo interponerse. No; incluso si alguien lo hubiese anticipado, habría sido imposible contener un tajo tan implacable y resolutivo.
"Kjjj..."
Con los ojos desorbitados por la incredulidad, Oso Negro se sujetaba la garganta. De su cuello, oprimido con desesperación, la sangre brotaba a borbotones sin cesar.
"¡Q-qué significa...!"
"Soy un pecador, señor sacerdote."
Frente al sacerdote anonadado, un caballero permanecía de rodillas confesando su transgresión. Era un hombre con un nombre de probada piedad avalado por el sacerdote Andrea, y vestía la refulgente armadura consagrada que le había otorgado la archidiócesis norteña de San Rozino.
"Por tanto, concédame a mí también la oportunidad de recibir la absolución."
La voluntad de Dios a veces se aproxima de forma deslumbrante y majestuosa, semejante al sol del mediodía; pero en ocasiones, como ahora, debe proyectarse de forma oblicua. Pues cuando desciende sobre un rincón tan bajo y envilecido como los callejones, incluso Él debe inclinar la cabeza para poder entrar.
\* \* \*
A pesar de ser una noche profunda en la que todos deberían estar entregados al sueño, Josef y los caballeros permanecían reunidos en el despacho del alcalde con semblantes graves.
"Al final ha ocurrido de esta manera."
Tras escuchar el informe de Gregory, Josef se presionó los párpados como si el cansancio le cayera encima de golpe y dejó escapar un hondo suspiro.
"¿Dices que de verdad mató a quien había recibido la indulgencia?"
"Lo lamento profundamente, señor Josef. Debí haberlo detenido."
Gregory permanecía de pie con la cabeza gacha, sintiendo que carecía por completo de excusas. Si bien el principal responsable de esta operación era Vlad, Gregory, como veterano en la orden, también cargaba con su propia cuota de deber.
"Jamás imaginamos que ese tal Oso Negro conseguiría una indulgencia..."
"Tienes razón."
Josef, que permanecía sentado en silencio con los dedos entrelazados, alzó con calma la cabeza y abrió la boca.
"Es imposible que un vulgar cabecilla de los callejones reciba por su cuenta una indulgencia concedida por el obispo."
"Pero él sin duda..."
"Se la entregaron ellos; no fue él quien la obtuvo."
Como muestra de las profundas reflexiones que albergaba, los ojos oscuros de Josef carecían de un punto fijo. Sin embargo, aun desprovista de un objetivo claro, su mirada brillaba con una intensidad superior a la de cualquiera de los presentes en la estancia.
"Ese bastardo se burla de Bayezid."
Las pupilas de Josef relampagueaban de furia. Cualquier ser humano reaccionaría igual, pero los nobles en particular montaban en cólera cuando sus posesiones eran invadidas. Habían nacido con el destino de que, si comenzaban a ceder terreno palmo a palmo, terminarían por perderlo todo.
"¿Dónde se encuentra Vlad ahora?"
"Está esperando fuera de la puerta."
"Excelente."
Aunque había sido una decisión insensata, su acción no resultaba incomprensible. Además, a juzgar por el hecho de que hubiesen entregado deliberadamente una indulgencia a Oso Negro, estaba claro que el obispo tenía a Vlad en el punto de mira desde el principio.
Por eso mismo, debía procederse de este modo.
"Arresten de inmediato al caballero Vlad."
La repentina orden resonó con contundencia en el despacho. Al escucharla, Gregory y Bordan miraron a su señor con ojos desconcertados.
"Señor Josef, a Vlad en este momento..."
"El cargo es homicidio."
Una orden tajante e implacable. En la voz de Josef no había vacilación alguna, evidenciando que ya había tomado una decisión irrevocable.
"Entendido."
Ante un mandato tan estremecedor, todos titubearon sin ser capaces de moverse con presteza; no obstante, solo Sir Zayar salió al exterior sin la menor vacilación para acatar la disposición de Josef.
"S-Sir Zayar. Mejor permítame a mí..."
"Haberlo formado con tanta torpeza ha sido mi culpa, de modo que seré yo quien asuma la responsabilidad."
La actitud de Sir Zayar era tan tajante e implacable como la propia orden de Josef. Si correspondía castigar al muchacho y levantar la vara contra él, era debido que lo hiciera su propio tutor. Al fin y al cabo, siempre resultaría más llevadero disciplinarlo con sus propias manos que quedarse al margen presenciando cómo lo hacía un tercero.
"...Por los cielos."
Gregory no pudo evitar soltar un lamento apesadumbrado al imaginarse la escena que estaba a punto de desatarse al otro lado de la puerta. Ver a un maestro arrestando a su propio discípulo... De haber sabido que las cosas llegarían a tal extremo, jamás habría permitido que Vlad subiera solo hasta allí.
"Sir Gregory."
"Sí, mi señor."
No obstante, a Gregory no le quedaba tiempo ni sosiego para entregarse al remordimiento.
"Como parte implicada en este asunto, tú también debes asumir tu parte de responsabilidad."
"Tiene toda la razón."
Mientras se dirigía a Gregory con palabras parcas, las manos de Josef no se detenían ni un segundo, garabateando notas sobre el papel con febril premura.
"Por lo tanto, parte de inmediato hacia Barna."
"¿Cómo dice?"
Gregory se limitó a quedarse de pie, aturdido, tras recibir la carta que Josef le acababa de tender. Al recobrar a duras penas el juicio y fijar la vista en el sobre, distinguió con claridad un nombre escrito en él: el sacerdote Andrea.
"Cuanto antes llegues, mejor."
"E-Entendido."
Los acontecimientos se precipitaban a un ritmo vertiginoso. Pero Josef actuaba con tal presteza, exactamente como si hubiese estado aguardando la llegada de este instante, que a Gregory no le quedó más remedio que acatar la orden en silencio.
"Sir Bordan, ve a buscar al mago. Debo ponerme en contacto con mi padre y con San Rozino."
"Entendido."
"Avisa también a Maksim y a Cade. Cancela todas las misiones que estén desempeñando y ordénales que permanezcan apostados aquí a la espera a partir de este instante."
"A la orden."
Una guerra no comenzaba únicamente cuando chocaban los filos de las espadas y las lanzas en el campo de batalla. El obispo de Shoara acababa de arrojar una declaración de guerra contra los legítimos señores de Bayezid utilizando a Vlad como carnada, y la respuesta escogida por Josef no era la sumisión, sino el choque decisivo.
"...Al final, fuisteis vos quien dio el primer paso."
Josef lo sabía bien. Sabía que las cosas acabarían desembocando en esto tarde o temprano. Tan solo había estado sopesando cuándo llegaría ese momento, o si acaso le correspondía adelantarse y asestar el primer golpe.
Esa era la razón exacta por la que el patriarca de la casa, Peter Bayezid, había enviado a Shoara a Josef en lugar de a su primogénito Rutger. Pues, si bien su segundo hijo carecía de talento para blandir el acero, había nacido dotado de un filo intelectual no menos afilado ni letal.
"Casi que mejor."
En la soledad de su despacho desierto, el joven de marcadas ojeras destellaba una mirada cargada de sombra y determinación.
Había llegado la hora de poseerla por entero. Una ciudad de Bayezid cabal, desprovista de cualquier clase de atadura.
\*\*\*
El imponente campanario que se alzaba hacia las alturas simbolizaba la proximidad con el Dios de los cielos, mientras que la vasta envergadura del edificio representaba la inmensidad de su misericordioso regazo. Aunque de menor escala que los templos de Barna, urbe impregnada de una devoción eclesiástica absoluta, la iglesia de Shoara se contaba no obstante entre las construcciones más monumentales y majestuosas de la ciudad.
A fin de cuentas, para las almas ignorantes no existía nada que calara con mayor elocuencia que la pura y abrumadora magnitud física.
"¿Dices que lo cercenó sin titubear un solo instante?"
"A-Así es, Ilustrísimo Señor Obispo."
La sala de audiencias del obispo estaba pavimentada con un patrón ajedrezado de baldosas blancas y negras que se repetían rítmicamente. En aquel recinto, forjado con el mayor primor por los maestros artífices que erigieron el templo, el obispo de Shoara escuchaba el informe del clérigo al que él mismo había despachado.
"Resultó ser un sujeto más impulsivo y fogoso de lo que decían los rumores."
Aquel hombre vestía un hábito talar de color carmesí. Su complexión enjuta y demacrada resultaba poco agraciada, pero su estatura imponente, que bien rozaba los dos metros, bastaba de sobra para proyectar una presencia sofocante y aterradora sobre cualquiera que estuviese ante él.
"Tal parece que sacudir a ese mocoso era la maniobra correcta."
El sacerdote de hábito blanco que había entregado en mano la indulgencia a Oso Negro ni siquiera se atrevía a cruzar la mirada con su señor, limitándose a permanecer inclinado con la cabeza gacha en señal de absoluta sumisión.
El obispo de Shoara: Pierre.
En aquel instante exhibía una sonrisa serena y apacible, pero antes de ascender a la mitra episcopal, se había forjado un renombre siniestro como un inquisidor despiadado y carente de toda piedad.
"Tengo entendido que su fiador fue el sacerdote Andrea, ¿me equivoco?"
"Así es, eminencia."
Al escuchar la confirmación, el obispo Pierre cerró los ojos con una sonrisa de complacencia genuina. Después de todo, cada uno de aquellos a quienes consideraba una espina clavada en su costado guardaba un vínculo estrecho con ese caballero llamado Vlad.
"Con un poco de fortuna, podré barrerlos a todos de un solo golpe."
Un clérigo de devoción tan intachable que era conocido por todos en el norte a pesar de no ostentar una alta dignidad jerárquica: Andrea. Aunque no residía en esta urbe, sino en Barna, a Pierre siempre le había resultado una presencia incómoda e irritante.
Aun si los hombres se congregaban bajo un mismo propósito, era propia de su naturaleza la inevitable dispersión y formación de bandos a medida que una organización crecía y acumulaba poder. Bajo esa perspectiva, Andrea y Pierre no eran más que dos hombres situados en los extremos diametralmente opuestos de una misma balanza.
"A los venerables señores de la Santa Sede les va a encantar esto."
La voluntad de Dios era una sola, pero múltiples eran las sendas para manifestarla y transmitirla. Y Pierre era un hombre que no albergaba la menor duda de que únicamente el camino por el que él transitaba conducía con certeza hacia la auténtica voluntad divina.
"Envía un emisario ante el nuevo alcalde. Házle saber que exijo la entrega inmediata de ese necio caballero que ha tenido la osadía de pisotear mi indulgencia."
El nuevo alcalde, Josef, bien se habría esforzado a su manera por expandir su influencia en la ciudad durante los últimos tiempos, pero la benevolencia se había agotado. Había llegado el momento de asestarle una advertencia implacable y recordarle con nitidez el peso de su presencia.
"Ordénales también a los inquisidores que estén prevenidos."
"Así se hará, Ilustrísimo Señor."
Aun si no hubiera sido en esta ocasión, Vlad habría caído tarde o temprano en las maquinaciones de Pierre. Aquel joven caballero —tan bisoño, inexperto y, por ende, imprudente— era una presa a la que Pierre llevaba tiempo observando con detenimiento.
"Veamos qué clase de semblante tienes."
No existe consecuencia sin causa. Esa era la verdad incuestionable grabada a fuego en su ser a lo largo de toda una vida ejerciendo en la Inquisición.
"Aquel muchacho al que dicen que alcanzó el Rayo Negro, ¿no es así?"
Por extraordinario que fuera el talento innato de un individuo, que alguien manifestara el Aura y fuera investido caballero en apenas un año desafiaba por completo cualquier lógica o sentido común en la mente de Pierre.
Tal vez, tal como Pierre sospechaba y anhelaba en lo más recóndito de sus entrañas, tras las deslumbrantes hazañas forjadas por ese muchacho se ocultaba una sombra perversa y profana.
\-----
• Autor: Q10
• Traductor: Inmensurable
⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨

Continúa leyendo
El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela)
Capítulo 99
El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 98
Estás leyendo el capítulo 98 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 20 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.