arrow_back

Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 97 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Jemina seguía sollozando mientras caminaba tras Vlad, incluso ahora que el funeral había concluido. Aunque había presenciado la muerte de incontables personas tras haber crecido en los ásperos y despiadados callejones, las lágrimas se negaban a cesar en un día como hoy. La muerte de aquel anciano parecía haber bastado para levantar una profunda conmoción en su corazón. "Ahora de tu salario solo te quedan una moneda de oro y diez de plata." "...... No había otra opción." Aquel salario de cuatro monedas de oro, el primero que recibía en toda su vida, terminó gastándose en costear la sepultura y la lápida funeraria para el anciano. Para tratarse de los gastos fúnebres de un mero habitante de los callejones, era una suma exorbitante; sin embargo, Vlad decidió enterrarlo en el rincón más soleado posible, cerca del convento. Al menos en su descanso final, quería librarlo de los callejones. "Por cierto, averigüé por todas partes, pero nadie sabía su nombre." "¿De verdad?" Haben se había tomado la molestia de enviar gente a indagar por los alrededores, pero no hubo ni una sola persona que conociera el nombre del viejo herrero. Era como si formara parte de las piezas mismas que componían los callejones: alguien que simplemente había estado allí desde tiempos inmemoriales, alguien cuya presencia se daba por sentada. "Yo tampoco lo sabía, así que no había remedio." Por esa razón, en la lápida no hubo más alternativa que grabar, en lugar de un nombre, la imagen que Vlad guardaba de él en la memoria: el mejor herrero de Shoara. Al fin y al cabo, había sido el anciano que forjó la espada que cortó a un espectro y atravesó a un dragón, por lo que no era un título desacertado. "...... Pero ¿qué les pasa a esos?" "¿A quiénes? ¿A los chiquillos?" De camino de vuelta a La Sonrisa de la Rosa tras concluir el funeral del anciano, aquí y allá, en los recovecos de las callejuelas, había miradas reunidas en pequeños grupos que observaban fijamente a Vlad. "Últimamente andan así. Si quieren pedir limosna, que la pidan y ya." Eran las miradas furtivas de los niños, que lo atisbaban desde la distancia como si quisieran acercarse pero no se atrevieran. Ante la actitud de los chiquillos de los callejones, tan dispar a la de antaño, Vlad experimentaba una sensación de extrañeza y desasosiego. "¿De verdad no sabes por qué actúan así?" "¿Por qué lo hacen?" "Si no lo entiendes, da igual." Haben no era ajeno a las miradas que aquellos niños dirigían. Pues el mismísimo Vlad, que caminaba ahora a su lado, había tenido esa idéntica mirada en su infancia. "Este invierno es más frío que el del año pasado." "Así parece." Vlad, que cruzaba miradas una a una con los niños frunciendo el ceño sin necesidad, chasqueó la lengua y añadió: "Muchos morirán congelados." Solo quien lo ha padecido lo sabe; solo quien ha carecido de todo lo comprende. Los recuerdos de una niñez gélida y famélica bastaban para hermanar a Vlad con los niños que aguardaban a lo lejos en una misma condición. "Con una manta al menos podrían resistir, ¿no?" "Desde luego." Aclarando la garganta con una tos fingida, Vlad se rascó la barbilla y miró a Haben. "De todos modos, creo que este mes ya se arruinó la idea de ahorrar." "Te costará una moneda de oro." Haben ya sabía de sobra adónde quería llegar Vlad. "Con diez monedas de plata se puede sobrevivir más de un mes." "Hubo una época en que así era." La espada sin ornamentos que el anciano forjó brillaba por sí misma y, gracias a ello, había podido infundirle esperanza a Vlad. Y en este instante, si hubiera que señalar al ser más resplandeciente de los callejones de Shoara, ese no era otro que el caballero de cabellos dorados. Aquel que, habiendo nacido y crecido en los inmundos callejones, había aferrado con sus propias fuerzas la estrella llamada caballero. Alguien de este mismo lugar lo había logrado. "Repártelas entre los críos y diles que eleven una sola oración por el viejo." "Una oración a cambio de una manta es un trato redondo." La espada sin ornamentos había sido sepultada bajo tierra junto con el viejo herrero, pero la estrella que el anciano forjó continuaba iluminando los callejones en ese preciso instante. Aunque su nombre y su forma hubiesen cambiado. ※※※※ Era un clima tan inclemente que congelaba el aliento en cuanto salía de la boca, pero el hedor a sangre metálica y a carne podrida que emanaba por doquier no se disipaba con facilidad. "Dicen que quien descubre cómo se hacen las salchichas no vuelve a probarlas jamás......" Sir Gregory parecía hondamente perturbado ante el hecho de que se faenara carne en semejante tugurio insalubre. Hasta tal punto el precario matadero de Oso Negro exponía, con descarnada crudeza, el nivel de vida de la gente de los callejones. "Otar, Age. Ustedes abrirán la puerta primero." "Mm." Como de costumbre, Otar empuñó su hacha sin chistar ante la orden de Vlad. "¿Tienes algo que decir?" "¿Qué tal esta vez? ¿Puedo entrar en calor a gusto?" Sin embargo, Age se limitó a devolver la pregunta con total tranquilidad ante la instrucción de Vlad. Siendo un alma libre de la estepa, todavía no estaba acostumbrado a la jerarquía militar de los norteños. "Es un bastardo que vendió a mujeres encintas y a recién nacidos a unos miserables que practican magia negra. ¿Tú qué crees?" "Entonces podré matar a discreción." Age desenvainó el sable curvo propio de los bárbaros con una sonrisa socarrona, como si al fin comprendiera la situación. Al principio pensó que servir a aquel muchacho que montaba un caballo sagrado supondría una convivencia incómoda. Sin embargo, al tratarlo de cerca, aquel joven líder demostraba tener una naturaleza sorprendentemente afín a la estepa. "A estas alturas ya deben de haberse percatado." "Entraremos." Vlad asintió en silencio ante las palabras de Sir Gregory. Dos caballeros al frente de los soldados proporcionados por Josef y de sus propios hombres contratados. Aunque se habían desplazado con el mayor sigilo posible siguiendo la ruta marcada por Haben, era imposible que Oso Negro no advirtiera el avance de cerca de cuarenta soldados. "Bien." La vanguardia correspondía a las tropas de Sir Vlad. Después de todo, el caballero de cabellos dorados era el instigador y el máximo responsable de esta operación. "¡Ahora!" Ante la señal de Vlad, dos hombres se lanzaron a la carrera hacia la guarida de Oso Negro. Haciendo honor al edificio del capo más antiguo de los callejones, la puerta era maciza y robusta. "¡Hup!" Otar descargó su hacha sin piedad contra el aldabón forjado con extraños adornos de hueso. No obstante, quizá porque había hombres apuntalándola desde el interior, la puerta se estremeció con violencia, pero no cedió ni un milímetro. "Preparen las escalas." Sir Zayar solía enseñarle que el compás del combate jamás debía interrumpirse. Le había inculcado que, aun si un asalto quedaba bloqueado, siempre era imperativo tener lista la siguiente jugada para mantener en todo momento la iniciativa. "Espera." Los soldados se apresuraban a apoyar las escalas contra las ventanas del segundo piso, pero en ese instante Age alzó una mano hacia Vlad. Entre los tatuajes grabados en su palma en alto, una tenue luz comenzó a fluctuar. "Ya es hora de que yo también demuestre lo mío." El mundo de ustedes no lo es todo. La manifestación del mundo interior adopta diversas formas, y los bárbaros poseían su propio método y su propio mundo. "Miserables cobardes que se esconden tras una puerta." Al compás de un murmullo consagrado a los ancestros, los tatuajes de Age comenzaron a resplandecer con fervor. El mundo de un bárbaro es un universo erigido codo a codo junto a sus antepasados. En favor de aquel desdichado descendiente que cargaba sobre sus hombros con el deber de la supervivencia, los espíritus de la estepa le prestaron su poder. ¡Crac! La inmensa y vasta estepa del norte no toleraba nada que se interpusiera en su camino. "¡Salgan! ¡Cobardes de mierda que se esconden tras una puerta!" Bajo la patada de Age, quien había desatado el indómito mundo de la estepa, la puerta comenzó a hacerse pedazos. Entre el siniestro crujido de la madera al astillarse, los ornamentos de hueso que colgaban de ella rodaron desprendidos y sin fuerza por el suelo. ¡Ese maldito loco! ¡Es un bárbaro! ¡Un bárbaro ha irrumpido! "¡Ya les dije que no soy un bárbaro, sino de la tribu Buda-at!" Le habían dicho que eran escoria que comerciaba con los débiles y los niños. Siendo así, estaba permitido matarlos. Los espíritus de la estepa que moraban en sus tatuajes respaldaron también la cólera de Age. ¡Pum! ¡Pum! ¡Crac! Por la brecha que Age había quebrado, arremetieron sin descanso los hachazos de Otar. Ante la estampa de aquellos dos hombres que derribaban una puerta maciza valiéndose de pura fuerza bruta, los soldados de Shoara que aguardaban detrás tragaron saliva involuntariamente. "Ya podemos entrar." Ante aquel proceder, simple y salvaje pero incuestionablemente eficaz, Gregory no pudo evitar sonreír. En la vida, a veces hacían falta espectáculos tan directos y reconfortantes como ese. "Bien, pongámonos en mar..." Gregory miró hacia Vlad dando a entender que era el momento oportuno, pero el muchacho, que debería haber estado allí, ya se había lanzado hacia el frente. "¡Apártense!" Con el ojo izquierdo firmemente cerrado, el cuerpo entero de Vlad comenzó a resplandecer. "¡...!" "¡Maldición!" Un ímpetu veloz y abrumador. Como si una centella viva se abalanzara sobre ellos, Otar y Age se apartaron de inmediato a un lado. ¡Buum! La puerta, que apenas conservaba su forma, se hizo pedazos finalmente ante la feroz embestida de Vlad. Sin embargo, a pesar del tremendo impacto contra la madera, el arte del fortalecimiento corporal de Ramund protegió a Vlad con absoluta firmeza. "¡Han entrado!" "¡Deténganlo! ¡Deténganlo, joder!" Entre los adornos de hueso que rodaban desparramados por doquier, la espada de Vlad centelleó. 'Aunque tuve que cederle aquel hombre sin cabeza a la voz, para lidiar con ustedes bastarán mis propias manos.' "¡Malditos bastardos!" Desde las yemas de los dedos con las que había enjugado las lágrimas negras de Anna, comenzó a brotar un mundo resplandeciente. La tristeza y la impotencia experimentadas en la aldea anegada de niebla habían sido absorbidas por el mundo del muchacho, transformándose en un abono excepcional. Por ello, el mundo que Vlad proyectaba en ese instante era uno arraigado con una firmeza incomparable a la de antaño. "¡Adentro!" "¡Entren todos!" Age y Otar siguieron prestos los pasos de Vlad y, bajo las órdenes de Gregory, los soldados de Shoara comenzaron a irrumpir en la guarida del Oso Negro. A lo largo del vestíbulo, considerablemente espacioso, el vaho de las respiraciones y los improperios escupidos tanto por los maleantes como por los soldados comenzaron a colmar el aire. "¡Escuchen!" Hubo quienes osaron cerrarle el paso, pero cayeron cercenados por su hoja. De tal modo, tras forjar un perímetro donde nadie se atrevía a abalanzarse, Vlad extrajo el decreto de arresto que llevaba en el pecho y gritó a viva voz: "¡Soy Vlad de Shoara! ¡He venido hasta aquí para arrestar al Oso Negro por perturbar el orden de la ciudad!" Con un solo ademán de la mano de Vlad, el pergamino se desplegó cayendo hacia el suelo. En su parte inferior lucía estampado el blasón de Josef, el legítimo gobernante de Shoara. "¡Homicidio! ¡Fraude! ¡Trata de personas! ¡Y el delito de haber engañado al noble señor de la ciudad!" Relucía por marchar a la vanguardia. Estaba más imponente y altivo que nadie por hallarse en lo justo. Por ello, cuantos allí se encontraban no tuvieron más remedio que prestar oídos al grito tronante de Vlad. "¡Que el Oso Negro se presente ante mí ahora mismo!" A la orden tajante e implacable de Vlad, semejante a una solemne proclama, solo respondió un denso silencio. Nadie podía ofrecer excusa alguna ante un caballero respaldado por un decreto legítimo. "Maldición." "... Mierda." Sabían de sobra que, si caían prisioneros, los esperaba la pena capital. Sin embargo, a diferencia de los esbirros de Jack el Manco, los hombres del Oso Negro no lograban dar un paso hacia Vlad con facilidad. "A partir de este instante, ejecutaré sin piedad a cualquiera que se interponga en mi camino." Entre los párpados entornados del ojo izquierdo de Vlad florecía un tenue fulgor de Aura. Aquí se erguía un caballero que, ahora, sabía leer un pliego de órdenes sin la ayuda de nadie. \*\*\* ¡Aaargh! ¡Piedad! ¡Sálvenme, por favor! Los alaridos resonaban a lo largo de las escaleras. Eran esbirros diestros en matar y desmembrar a otros, pero cuando les tocó a ellos ser las víctimas, no supieron más que chillar y aullar por sus vidas a pleno pulmón. "..." Vlad subió las escaleras en silencio, siguiendo el paso que Age y Otar le iban abriendo. Con una presencia tan pesada como lo era ahora la vasta medida de su espíritu, ascendía pisando la sangre viscosa. "Abran." Aún quedaban hombres custodiando la estancia de su cabecilla, pero ante un leve gesto de cabeza de Vlad, no hicieron más que agacharse temblando como hojas secas. El porte de Vlad, suspendido en algún punto entre el deber caballeresco y su propia cólera, resultaba demasiado abrumador para ser soportado por simples maleantes. Chirrido. Al abrirse la estancia del cabecilla tras la orden de Vlad, se reveló la figura del Oso Negro sentado en su interior. Sus pupilas trémulas sin tregua y su frente empapada en sudor, a pesar del frío invernal, delataban cuán sumido estaba en la zozobra. "Sea bienvenido, Sir Vlad." Sin embargo, la mirada de Vlad no estaba dirigida hacia el Oso Negro. Había un hombre que se ponía de pie con parsimonia dándole la espalda. Vestía un hábito sacerdotal blanco. "... ¿Quién es usted?" Desconcertado por un instante ante la imprevista aparición, Vlad guardó pronto la debida cortesía. Pues si aquel hombre ante sus ojos era en verdad un sacerdote consagrado a la voluntad divina, ni siquiera Vlad, en su condición de caballero, podía tratarlo a la ligera. Había aprendido que entre la nobleza y el clero existían límites mutuos que ninguno de los dos estamentos debía cruzar. "Vengo de la iglesia de Shoara por mandato del señor Obispo. He venido al enterarme de que aquí se hallaba un cordero extraviado." Aunque su rostro estaba surcado de arrugas, la piel rebosaba de lozanía y brillo. Era la viva antítesis del clérigo más noble que él conocía: el sacerdote Andrea. "Yo he venido aquí siguiendo las órdenes de Lord Josef. Quien está de pie al lado de su reverencia es un criminal indiscutible y..." "Aquí ya no hay ningún pecador, Sir Vlad." Una sonrisa ciertamente reconfortante. Mostrando una sonrisa colmada de benevolencia, el sacerdote no tardó en extender un pliego de papel hacia Vlad. "Puesto que sus culpas han sido perdonadas bajo el sagrado nombre de Dios." Ante las palabras del sacerdote, el Oso Negro se secó el sudor y soltó un suspiro de alivio, como si por fin estuviera a salvo. "..." Vlad contempló en silencio el papel que el clérigo le ponía delante. Un documento donde la tinta, estampada con nitidez recién sellada, aún no terminaba de secarse. Y en el encabezado de aquella hoja destacaba escrita una sola palabra: indulgencia. \----- • Autor: Q10 • Traductor: Inmensurable ⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨
El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela)

Continúa leyendo

El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela)

Capítulo 98

Siguiente Capítulo ›

El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 97

Estás leyendo el capítulo 97 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 20 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.