Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 94 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
A la gema conocida como piedra de ámbar se la llama también la joya que alberga el tiempo. Dado que surge de la resina de los árboles solidificada al cabo de eras enteras, es habitual que se petrifique aprisionando hojas, insectos y otros vestigios del entorno que la rodeaba.
"Está limpia, ¿no?"
\[Hum.\]
Sin embargo, en la piedra de ámbar que Vlad sostenía no se apreciaba nada semejante. Estaba tan limpia y diáfana que cabía preguntarse si en verdad se trataba de ámbar, pues resultaba imposible divisar en ella la más mínima mota de polvo.
"Un campo custodiado por un arce... ¿Acaso esto es magia?"
No obstante, aun si a simple vista no se revelaba nada, el ámbar que Alicia le había entregado ciertamente albergaba el tiempo. Y es que, contemplada a través del mundo de la voz, en su interior descansaba, serenamente congelada, la estampa de un lejano día otoñal.
\[Hasta ahí, ni yo mismo lo sé.\]
Era una estampa tan vívida que, con solo quedarse mirándola en silencio, uno sentía como si estuviera parado allí mismo. Dentro de la joya yacía el paisaje de un cañaveral que se mecía al compás de la brisa bajo un arce teñido de carmesí.
"Esto no tiene sentido..."
El ojo derecho, el ojo izquierdo. Abriéndolos de forma alterna, Vlad comprobó cómo el aspecto del ámbar cambiaba drásticamente según el mundo a través del cual lo mirase, incapaz de disimular su desconcierto.
"En cualquier caso, debe de guardar relación con los elfos."
\[Yo también me inclino a pensar eso.\]
Por mucho que un muchacho inexperto y una voz desprovista de recuerdos se rompieran la cabeza dándole vueltas, no hallarían respuesta alguna. Al fin y al cabo, Vlad llegó a la conclusión de que solo acudiendo ante los elfos que entregaron aquella gema podría averiguar la verdadera causa.
"Aunque queda bastante lejos..."
Vlad, habiendo prometido que recuperaría los recuerdos de la voz, acababa de dar con una nueva pista. Y el destino al que apuntaba ese rastro se hallaba en el este del imperio, donde se extendían los bosques de los elfos.
"Toc, toc, toc."
Mientras meditaba largamente sobre cómo podría viajar hacia el bosque de los elfos, Vlad volvió la cabeza al escuchar una repentina llamada. No era el ruido de unos nudillos golpeando la madera, sino una voz imitando el sonido de tocar a la puerta.
"¿Qué ocurre?"
Tras ocultar con presteza en su pecho la piedra de ámbar que había recibido de Alicia, Vlad abrió la puerta de su alcoba. Al otro lado se encontraba una joven pelirroja que cargaba con una pila de ropa para lavar casi tan grande como su propio cuerpo, mirándolo desde abajo.
"... No hay nadie, ¿verdad?"
De pie en el pasillo, Jemina examinaba cada rincón de la estancia de Vlad con ojos entrecerrados. Su actitud recordaba a una minuciosa inspección, lo cual desconcertó a Vlad por un momento; sin embargo, pronto no tuvo más remedio que atajar la montaña de colada que voló directamente hacia sus brazos.
"¿A qué viene esto?"
Haciendo caso omiso de la pregunta, Jemina recorrió de inmediato el pasillo con la mirada; una vez comprobado que no había nadie fuera, empujó a Vlad hacia el interior sin vacilar y pasó el cerrojo de la puerta.
"Si no hay nadie, ¿por qué se oían voces?"
En el silencio del desierto corredor, la voz de Vlad se había filtrado como si estuviera manteniendo una animada charla con otra persona. No obstante, al cerciorarse de que dentro del cuarto no había dos personas, sino una sola, Jemina clavó en él una mirada afilada y penetrante.
"¿Acaso todavía sigues hablando con fantasmas?"
"..."
Vlad quiso negarlo, pero en cuanto se topó con los ojos de Jemina, fue incapaz de articular palabra. A lo largo de su vida, habían sido muchos más los días que había pasado conociendo a Jemina que aquellos en los que no. En los días en que se revolcaban por el lodo de los bajos fondos, habían sido amigos, camaradas y, en no pocas ocasiones, cómplices.
"... No es un fantasma."
Por esa misma razón, ante Jemina le resultaba imposible ocultar nada. Ella era la persona que lo había observado más de cerca que nadie en este mundo. Desde hacía muchísimo tiempo, y todavía hasta el día de hoy.
"... Cámbiate de habitación."
"¿Adónde?"
"Al fondo del pasillo."
Al pronunciar aquellas palabras, Jemina se sentó al borde de la cama y dejó escapar un leve suspiro.
"Entonces yo me pasaré al cuarto de al lado."
Jemina proponía mandar a Vlad al rincón más apartado del corredor y ocupar ella misma la alcoba contigua. Todo con el fin de que nadie advirtiera a Vlad conversando con una presencia siniestra. En ese preciso instante, Jemina le estaba haciendo saber que no dudaría en volver a convertirse en su cómplice de buena gana.
"¿De verdad estás bien?"
"... Sí."
Una mirada rebosante de honda preocupación atravesó las pupilas de Vlad. Aunque ella no lo expresara en voz alta, el joven pudo sentir en el pecho la sincera devoción que albergaban sus intenciones.
"Ten cuidado. Ahora eres alguien que ya no puede andar escondiéndose."
Aquel muchacho de los callejones en quien nadie reparaba antaño podía fundirse con las sombras cuantas veces quisiera; pero Sir Vlad, caballero de Bayezid, ya no gozaba de semejante libertad. Ahora que se había convertido en un caballero formal, dondequiera que estuviese se transformaba en un ser que atraía las miradas ajenas.
"Asegúrate de ir a la iglesia."
Sin embargo, tanto si era el andrajoso chiquillo de los callejones como un caballero radiante de honor, ante la muchacha Vlad siempre sería la misma persona que vivía en el corazón desvelado de sus preocupaciones.
"Jemina."
"¿Qué?"
Vlad extrajo una pequeña bolsa de su pecho y detuvo a Jemina justo cuando esta se disponía a marcharse. La primera paga que recibía en toda su vida. Al recibirla de manos de Sir Bordan, la primera persona en la que pensó Vlad fue en la muchacha de cabellos rojizos.
"¿No hay nada que quieras? Te compraré lo que me pidas."
Aun tratándose del valor de una misma moneda de oro, el significado que encierra difiere según quien la posea. Para un hombre rico sería una suma insignificante que se entrega sin pensarlo dos veces, mas para los pobres bien podía representar la totalidad de su existencia.
"¿Algo que quiera?"
Y aquel día, de pie frente a la herrería, la doncella se había desprendido de todo cuanto poseía con tal de poner en manos de Vlad una espada desprovista de adornos. Aunque no hubiese sido más que una espada de cinco monedas de oro, para Jemina debió de haber significado vaciar su presente, su futuro y absolutamente todo lo que estaba a su alcance entregar.
"Guárdatelo para ti y no andes llamando la atención, idiota."
Aun así, Jemina no esperaba ninguna retribución de Vlad. Sabía de sobra que todas aquellas relucientes monedas de oro que descansaban en la palma del muchacho habían sido ganadas a costa de jugarse la vida.
"Aprovecha y cómprate algún equipo decente o lo que te haga falta."
Con esas palabras, Jemina recuperó la colada y salió de nuevo al pasillo. Eran bultos tan pesados que parecían desbordar las fuerzas de su menuda figura; no obstante, avanzó por el corredor y comenzó a descender las escaleras sin tambalearse lo más mínimo.
"..."
Hubo quienes albergaban expectativas sobre él y quienes le exigían sacrificios. Sin embargo, la muchacha no le pedía nada a cambio; se limitaba a entregárselo todo y a velar por él con inquietud.
"Al menos podrías habérmelo pedido..."
Una bondad desinteresada resulta una carga demasiado pesada. Por ello, Vlad sentía siempre como si estuviese en perpetua deuda con Jemina.
\* \* \*
Un bullicio constante envolvía La Sonrisa de la Rosa. A pesar de que el sol aún no se había puesto, el establecimiento de Marcela desbordaba una vitalidad idéntica a la de antaño.
"El negocio marcha de maravilla."
"Es que a estas horas no hay otro sitio al que valga la pena ir."
Antaño un burdel, La Sonrisa de la Rosa se había transformado ahora en una posada refinada y elegante. Si Marcela había optado por semejante y audaz cambio de rumbo en su negocio, fue porque contaba con sus propias certezas.
"Todos pasan por aquí para calentar motores antes de lanzarse a la verdadera diversión de la noche."
Libertinos deseosos de gozar del ocio desde bien temprano. Hombres prudentes y estirados que anhelaban divertirse, pero sin adentrarse en lodazales demasiado oscuros. Marcela había vislumbrado las posibilidades de aquel nuevo mercado y, desplegando su destreza sin escatimar esfuerzos, había forjado una renovada Sonrisa de la Rosa.
"¿No les falta personal? Me refiero a si alguien viene a buscar camorra."
"¿Camorra?"
Ante la ingenua duda de Vlad, Marcela no pudo contener una carcajada. El muchacho que tenía delante todavía parecía incapaz de comprender la magnitud de su propia posición.
"¿Quién se atrevería?"
Si ella había sido capaz de expandir su negocio con tanta osadía, prescindiendo por completo de la protección de las bandas de los bajos fondos, era gracias a que gozaba de un respaldo sumamente formidable a sus espaldas.
"El señor caballero de Shoara se hospeda aquí mismo. ¿Quién demonios tendría el valor de venir a armar un escándalo?"
"Me alegra saber que he sido de ayuda."
"Razón de más para no cobrarte ni una sola moneda por el alojamiento."
Marcela contempló a Vlad mientras este se apoyaba con los brazos sobre la barandilla, mirando hacia la planta baja. Ciertamente había sabido que aquel chico llegaría lejos, pero jamás se imaginó que ascendería a una categoría y a un rango tan enteramente distintos a los de antes.
"Llévatelo contigo."
"¿A quién?"
El muchacho se había hecho un hombre y ahora posaba la vista sobre un mundo mucho más vasto. Siendo así, necesitaría a alguien que le cubriera las espaldas.
"En un local como el mío, donde ya ni siquiera estallan peleas, semejante corpachón es un absoluto desperdicio."
Marcela sonrió mientras señalaba con la barbilla hacia abajo. Junto a la entrada de La Sonrisa de la Rosa, un hombre de piel oscura y complexión descomunal permanecía apostado con los brazos cruzados sobre el pecho.
"Desde que le doy de comer en condiciones, ha echado bastante músculo."
"¿Segura de que no le hará falta aquí?"
Por mucho que los capos de los bajos fondos ya no se atrevieran a importunarla, la presencia de un hombre fornido y recio siempre resultaba indispensable.
Este era un lugar donde se vendía licor y donde cualquier imprevisto podía estallar en cualquier momento.
"Hay muchos muchachos que quieren hacer guardia".
Sin embargo, incluso en los bajos fondos, eran pocos los que compartían un vínculo tan profundo con Vlad como aquel hombre de piel oscura. Consciente de ello, Marcela no lamentaba en lo más mínimo cederle a Otar.
"Mientras sigas hospedándote en nuestra posada, puedes llevártelo cuando gustes".
"De acuerdo".
Por muy profundo que fuera un lazo entre dos personas, si una parte solo dependía de la otra, tarde o temprano terminaría agotándose. Marcela, que lo comprendía a la perfección, estaba dispuesta a invertir cuanto hiciera falta con tal de afianzar con firmeza esa valiosa conexión llamada Vlad.
"Si hay alguien más con quien quieras trabajar, tráelo sin reparos. En el cuarto piso sobran habitaciones".
Una relación de dar y recibir. Marcela le estaba ofreciendo La Sonrisa de la Rosa como base de operaciones para el caballero llamado Vlad.
"Son buenas condiciones".
El último caballero de las rameras sonrió al contemplar a la madame, que ya no era una prostituta. Ahora podía proteger a alguien sin necesidad de desenvainar la espada. Desde que se había convertido en caballero, aquello era precisamente lo que más le complacía.
\* \* \*
Hacia donde el sol se ponía en la ciudad.
Sintiendo el cambio sutil en el aire, Vlad caminaba en dirección a los muelles del oeste.
"Da un poco de lástima gastarlo".
\[Cuanto más alto sea el precio que inviertas en una persona, mejor\].
Las botellas de whisky que Josef le había entregado a Vlad para conmemorar su investidura como caballero habían sido tres en total. De ellas, una ya la había consumido con la Serpiente Blanca, por lo que solo le restaban dos. Llevando una consigo, Vlad se dirigía ahora hacia la guarida del Capitán Hoover.
El olor a fango y agua fluvial que soplaba junto a la gélida brisa del río. El penetrante hedor a pescado seco que flotaba por doquier. Difícilmente podía considerarse un aroma agradable, pero al respirar aquellos efluvios, Vlad sintió, por el contrario, que la calma se asentaba en su pecho.
"Aquí nada ha cambiado".
Alguien en quien apoyarse era un tesoro invaluable. Siempre que el cansancio lo abrumaba o alguna preocupación le pesaba en el alma, Vlad recorría este camino. Porque al final de esta calle, siempre había un hombre de cabello castaño dispuesto a recibirlo.
"Permítanme pasar".
"¿Eh? Sí, sí. Por supuesto, adelante, señor caballero".
Vlad pasó de largo ante el perplejo centinela y se adentró en el angosto pasillo, haciendo crujir los tablones de madera bajo sus botas. Al término de aquel corredor que se estrechaba por momentos, pendía una puerta destartalada: el destino de Vlad.
"¿Haben, estás ahí?".
"¿Eh?".
Ante la repentina voz, resonó el chirrido de una silla arrastrada, como si quien estaba adentro se hubiera sobresaltado.
Paso a paso, renqueando con dificultad. Pese a tratarse de una habitación diminuta, el dueño del aposento no era capaz de salir a su encuentro de una sola zancada.
"¿Qué ocurre, Vlad?".
Un rostro aún más pálido que en su último encuentro esbozó una sonrisa al contemplar al visitante llegado tras tan larga ausencia.
"Nada del otro mundo".
Vlad esbozó una sonrisa amarga al ver a Haben, quien parecía consumirse y enflaquecer cada vez que lo veía, y sacudió suavemente la botella de whisky que traía en la mano.
"Pensé en pagarte el Capitán Q que me diste la otra vez".
"¡Oh!".
Con solo oír el suave vaivén del líquido, Haben supo al instante que el licor que Vlad sostenía no era una bebida cualquiera. Si un huésped llegado tras tanto tiempo traía consigo semejante tesoro, resultaba imposible rechazarlo.
"Pasa rápido. Entra, entra".
Guiado por Haben hacia el interior, Vlad dejó escapar un quedo suspiro al contemplar el taller, idéntico al del pasado. Era un espacio de trabajo tan estrecho que apenas cabían un escritorio y una sola silla. Quizá por hallarse pegado a la orilla, el olor acre a cieno y agua estancada flotaba con fuerza en el ambiente, pero para un lisiado como Haben, difícilmente existiría un rincón más adecuado.
"Dicen que jamás se debe recoger a una bestia de pelo negro, pero bien se ve que los rubios son harina de otro costal".
"¿De qué tonterías hablas?".
Apartando los fajos de papeles apilados por doquier, Haben se relamió los labios y despejó con premura un hueco para beber.
"¿Terminaste tu trabajo?".
"El trabajo nunca se acaba. Uno simplemente sigue y sigue con él".
Impregnando sus palabras con la fatiga acumulada de una vida ardua, Haben retiró el tapón de la botella y tomó un vaso cubierto de polvo que yacía en un rincón.
"Aguarda un momento".
Haben frotó el vaso de madera desportillado contra su propia camisa. Con la deferencia debida a un invitado, le ofreció a Vlad el mejor recipiente que poseía y, sonriendo de par en par, vertió el whisky.
"Bien, bien. ¿A qué has venido hoy? No será para pedirme dinero prestado, supongo".
"Por supuesto que no".
Al ver a Haben regocijarse ante una simple botella de licor, un regusto amargo invadió el paladar de Vlad. Sabía muy bien que su amigo no era alguien que mereciera consumirse en un estado tan lastimoso.
"¿Todavía sigues leyendo sobre aquello? Ya sabes, navegación, constelaciones y esas cosas".
"¿Ah, eso?".
Haben, que recién saboreaba el primer trago, frunció el ceño con placentero deleite y alzó la mirada hacia Vlad.
"Lo dejé".
"... ¿Por qué?".
Por más que uno se esforzara en brillar, si nadie posaba la mirada sobre él, tarde o temprano acabaría secándose hasta morir. Después de todo, no cualquiera poseía la fortuna de asir las oportunidades venideras como lo había hecho Vlad.
"¿Quién contrataría a un cojo como navegante? Se mire por donde se mire, llegar tan lejos era imposible".
Privado incluso del derecho a soñar, Haben también se marchitaba lentamente entre las paredes de aquel minúsculo cuarto.
"... Habías dicho que querías embarcarte".
Incluso en ese instante, el aroma del río rozaba la punta de su nariz. Haben había sido un hombre con el anhelo de abandonar este sitio algún día, subir a un navío y hacerse a la mar hacia los confines más remotos.
"Con esto me basta. Uno debe aprender cuál es su lugar".
No obstante, el anhelo de Haben había terminado confinado en una estrecha leonera al final de un pasillo umbrío. El peso de la realidad jamás consentía que la gente soñara en paz.
"... ¿De veras?".
Aunque soñaran, no todos lograban alcanzarlo. El esfuerzo no garantizaba que se pudiera poseer aquello que se anhelaba. Vlad lo comprendía con dolorosa claridad, por lo que no reprochó nada a Haben. Aquello no era culpa suya.
"La culpa la tiene este lugar".
"¿Eh?".
Haben abrió los ojos desmesuradamente al ver a Vlad ponerse de pie de improviso, ignorando el licor.
"¿Qué te ocurre?".
"......".
Un pájaro enjaulado durante demasiado tiempo olvida el modo de volar. Quienes han permanecido atrapados durante años en la estrechez y la penumbra terminan por sepultar también su propio potencial. Y nadie podría culparlos únicamente a ellos por ello.
¡Bum! ¡Bum!
"¡Vlad!".
Entre los gritos descompuestos de Haben, Vlad comenzó a asestar patadas en todas direcciones.
¡Crac! ¡Crujido desgarrador!
"¡Oye, idiota!".
"¡Todo esto tiene la maldita culpa!".
Muros insignificantes que se interponían entre Haben y el río. Esas viles tablas que cedían ante un simple puntapié eran las que habían carcomido los sueños de Haben durante tanto tiempo.
"¡La culpa es de todo esto!".
Arremetiendo con la vaina de su espada y quebrando tablones a patadas, Vlad comenzó a demoler sin descanso los tabiques que encasillaban a Haben.
¡Crac! ¡Crujido ensordecedor!
'Si tú no puedes hacerlo, yo lo haré por ti. Porque tú hiciste exactamente lo mismo por mí. Porque me mostraste una meta en las alturas para evitar que la oscuridad de los bajos fondos me devorara'.
"¡Vlad...!".
Al compás de un estrépito sobrecogedor, la habitación de Haben comenzó a ensancharse. La tullidez y la cruda realidad: Vlad destrozaba los muros que, valiéndose de semejantes cadenas, habían mantenido prisionero al desdichado Haben.
"¡¿Te has vuelto loco?! ¡Detente!".
Haben aullaba consternado al presenciar la violenta demolición de la realidad en la que tanto se había esforzado por acomodarse, pero Vlad no se detuvo. No; no tenía la más mínima intención de detenerse. Con su propia perseverancia, Haben le había enseñado a Vlad que existía un mundo distinto. Si no fuera por el mundo que Haben le mostró, Vlad jamás habría podido soñar con aquella estrella llamada caballero.
"¡Ahora por fin se ve!".
Este era un rincón donde no se alcanzaban a ver las estrellas. Por eso, Vlad debía demoler los muros de Haben; porque creía con fervor que él también merecía el legítimo derecho a soñar.
"......".
Haben divisó un haz de luz que se filtraba por encima del hombro de Vlad, quien jadeaba agitado. Un resplandor carmesí que ni la densa polvareda suspendida en el aire lograba amortiguar. El río de Shoara, tiñéndose de escarlata bajo el crepúsculo poniente, se extendía imponente ante sus ojos.
La brisa del río irrumpió con fuerza. Al compás de la corriente de aire, los pliegos de papel revolotearon en todas direcciones. Todas aquellas realidades que hasta entonces habían encadenado a Haben se dispersaban al viento.
"... Aunque, en verdad, es refrescante".
El río continuaba allí, inmutable. Solo él había olvidado cómo soñar. Enfrentando el gélido viento invernal, Haben bebió un largo trago del whisky que sostenía. Sintió cómo la cabeza se le embriagaba, mientras su alma, en un destello vívido, despertaba.
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• Autor: Q10
• Traductor: Inmensurable
⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨

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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 94
Estás leyendo el capítulo 94 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 20 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.