Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 9 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Aunque se tratara de un nido reducido a cenizas y escombros, ella seguía siendo la dueña del lugar. Y por ende, aún le restaba cumplir con un último deber.
"¡Levántate!".
Una mano áspera y decidida tiró de Vlad, incorporándolo del fango ensangrentado donde yacía tendido.
"...... M-Marcela".
"Vuelve en ti. ¿Acaso piensas quedarte ahí tirado hasta morir?".
Jorge, el Caballero de las Rameras. Había sido el capo de los bajos fondos que tomó La Sonrisa de la Rosa como su cuartel general; sin embargo, en estricto rigor, aquel burdel jamás le perteneció.
"Los hombres que defendían este lugar están muertos. En cualquier momento, Jack el Manco irrumpirá por esa puerta".
Madame Marcela. Una de las flores más deslumbrantes de la ciudad de Shoara y la auténtica propietaria de La Sonrisa de la Rosa era ella.
"¿Y qué será de usted, Marcela?".
"Preocúpate por ti antes que por mí. Tú eras la daga de Jorge; los hombres de Jack jamás te dejarán con vida".
"P-Pero......".
El muchacho, que acababa de derramar hasta la última gota de sus pasiones, se hallaba completamente vacío. Desprovisto de cólera, de dolor y hasta de su agudo discernimiento.
"Tal vez Jack el Manco me perdone la vida. Yo le caía en gracia y......".
¡Plaaac!
Una bofetada resonó con una violencia cortante que hizo que todas las cortesanas que lloraban en silencio alzaran la mirada. Allí estaba Marcela con la mano aún en alto, y Vlad acariciándose la mejilla enrojecida, atónito por el golpe.
"¡Despierta de una maldita vez, mocoso!".
"......".
Madame Marcela no era una mujer ordinaria ni frágil. Había forjado con sus propias manos aquel palacio llamado La Sonrisa de la Rosa en medio de los callejones más despiadados. Había quienes afirmaban que no fue Jorge quien la eligió a ella, sino que fue Madame Marcela quien decidió acogerlo a él.
"Toma esto".
Marcela le tendió la daga que yacía rodando sobre las tablas del suelo: el arma que Jorge le había obsequiado y que Vlad arrojó para frenar a Godin.
"¿Sabes cuál es la diferencia entre las basuras de los callejones como nosotros y los bastardos que viven al otro lado de la gran avenida?".
"Marcela......".
Vlad bajó la mirada hacia el puñal y escuchó las palabras de la mujer en silencio. Al fin y al cabo, ella había venido a buscarlo a él antes incluso de ir a llorar sobre el cadáver decapitado de Jorge.
"Escúchame bien: la única diferencia entre ellos y nosotros es la oportunidad".
"La oportunidad......".
"Los que viven al otro lado de la avenida pueden permitirse fracasar una vez y volver a levantarse, porque poseen los recursos y el respaldo para hacerlo".
Marcela extendió un dedo tembloroso y señaló a su alrededor: el suelo estaba tapizado con los cuerpos inertes de los hombres de la banda.
"Míranos. ¿Qué pasa con nosotros? Tan solo cometimos un único error".
Lágrimas densas empañaron los ojos de Marcela mientras le gritaba al muchacho con el alma en carne viva:
"A nosotros nos basta con fallar una sola vez para terminar muertos. Así nacimos. Por eso mismo......".
Aferrando las solapas de la ropa de Vlad con desesperación, Marcela sentenció:
"¡Jamás dejes tu única oportunidad en manos de otros!".
Con una montaña de cadáveres a sus espaldas, la mujer le gritaba a aquel muchacho que sobreviviera a toda costa mediante sus propias decisiones. Aquellas palabras valían más que todo el oro del mundo: eran la lección más preciada que una mujer había arrancado a dentelladas a lo largo de toda una vida de penurias.
"Entendido".
Aquel consejo, empapado en el llanto de Marcela, se clavó hasta lo más profundo del alma del joven.
"Si quieres vivir, márchate de Shoara. Ahora mismo".
El ruego apremiante de la madame y la crudeza de sus lágrimas devolvieron a Vlad a la realidad.
"Tiene razón. Madame, tiene toda la razón".
"Así me gusta......".
Marcela vio cómo la chispa de la vida y la determinación volvía a encenderse en las pupilas del chico.
"Me iré. Ahora mismo".
Mientras el muchacho se ponía de pie tambaleándose, una figura de cabellos rojizos se pegó de inmediato a su costado.
"Jemina".
"Solo te ayudaré a sostenerte. No seré un estorbo".
"Aléjate de mí de inmediato".
"¡Si apenas puedes mantenerte en pie! Solo te acompañaré hasta un lugar seguro y luego me apartaré".
"......".
Viendo a Jemina decidida a compartir una fuga mortal, Vlad intentó apartarla a la fuerza; pero la obstinación de la muchacha no era algo que pudiera quebrarse con tanta facilidad. Y todos los presentes sabían de sobra que nada en este mundo lograría separarla de él.
"Ayúdalo a salir, Jemina. Y luego, antes de que despunte el alba, ven al convento".
"Entendido, madame".
"Aunque quieras marcharte con él, debes regresar. Si van los dos juntos, los atraparán en cuanto pongan un pie fuera de la ciudad".
"...... Lo sé".
Ante la orden tajante de Marcela de separarse, Jemina se limitó a asentir con resignación.
No quedaba tiempo. Los secuaces de Jack el Manco ya vigilaban La Sonrisa de la Rosa; aunque ignoraran los detalles exactos de la carnicería interna, que se dieran cuenta de la caída del edificio era una mera cuestión de minutos. Sin Jorge, La Sonrisa de la Rosa no era más que un trozo de carne abandonado a su suerte, y Jack el Manco era una fiera eternamente hambrienta.
"Volveré sin falta".
"Vlad......".
Al oír al muchacho jurar que regresaría, Marcela esbozó una sonrisa teñida de melancolía.
"¿Tienes idea de cuántos hombres me dijeron esas mismas palabras?".
"Yo seré diferente".
Al escuchar la férrea promesa del joven, Marcela rememoró el pasado: aquel día lejano en que Jorge llegó cargando a un cachorrito mugriento y desnutrido. A aquel niño que había perdido el brillo de la vida, ella lo alimentó, lo vistió y lo aseó, devolviéndole el resplandor de sus cabellos dorados.
Pero ahora había llegado la hora de dejarlo marchar.
"Vete ya, date prisa".
Aunque hubiese deseado cobijarlo bajo su regazo un poco más de tiempo.
Marcela le puso una bolsa de cuero en las manos. Las monedas que tintineaban en su interior no eran una fortuna, pero contenían toda la preocupación y el desvelo de una protectora.
"Cuídese mucho, madame".
"¡Nos vemos en el convento!".
El muchacho rubio y la chica pelirroja bajaron apresuradamente hacia el sótano. Desde allí podrían huir a hurtadillas a través del pasadizo trasero.
"...... Bien".
Habiendo puesto a salvo el último vestigio que Jorge dejó en este mundo, Marcela se secó las lágrimas y contempló a su alrededor: ojos anegados en llanto, mujeres desdichadas incapaces de sobrevivir en los callejones sin un hombre en quien apoyarse.
"Escúchenme todas".
Había llegado el momento de poner el punto final. Ese era el último deber que le correspondía como dueña y señora.
"A partir de este instante, La Sonrisa de la Rosa cierra sus puertas para siempre".
Aquello era algo que solo una ramera capaz de erguirse con orgullo sin necesidad de un varón podía proclamar.
"Les entregaré su liquidación. Las que deseen marcharse, que se vayan; las que prefieran quedarse, que permanezcan a mi lado. Y además......".
La mirada de Marcela cruzó la gran avenida hacia el otro lado.
"Que las muchachas que aún conserven su doncellez vengan conmigo".
Todas rompieron en sollozos ahogados. Jamás volverían a tener a una protectora como Marcela, ni a un Caballero de las Rameras que desenvainara su espada por ellas. A partir de hoy, regresarían a una existencia precaria, zarandeadas al capricho de manos ajenas.
El nido se había roto. Ahora, por muy tiernas que fuesen sus alas, a las pequeñas aves les tocaba emprender el vuelo por sí mismas.
※※※※
"Están todos muertos".
"......".
Los guardias apostados en la puerta trasera yacían destazados en el suelo: cortes limpios y quirúrgicos, ejecutados con una crueldad implacable.
"¡Kgggh......!".
"¿Estás bien, Vlad?".
Viendo al muchacho trastabillar, Jemina preguntó con angustia. La urgencia apremiaba, pero el cuerpo de Vlad ya había alcanzado el límite absoluto de sus fuerzas: más de cinco días a la intemperie bajo un frío glacial, el trauma psicológico de la tragedia y las secuelas del violento impacto tras haberse lanzado contra el caballero.
"...... Vámonos".
Sin embargo, aunque las fuerzas físicas flaquearan, el fulgor en sus ojos seguía intacto. El joven juró solemnemente que mataría con sus propias manos al caballero llamado Godin.
"No pienso terminar aquí".
"¡Así se habla! ¡Muévete!".
Sosteniendo el peso de Vlad, Jemina comenzó a avanzar a toda prisa por las callejuelas. Dejaron atrás los sectores conocidos para deslizarse hacia la periferia urbana, esquivando las miradas rapaces de Jack el Manco. Tal como habían hecho durante toda su infancia, el muchacho y la chica se aferraron el uno al otro, luchando con uñas y dientes por sobrevivir.
Sin embargo, el destino jamás se doblega a la voluntad de los hombres.
"¡Allí están!".
"¡Es el mocoso de Jorge!".
La codiciosa mirada de Jack el Manco los alcanzó mucho antes de lo previsto. Aunque Vlad y Jemina se movían con cautela valiéndose de su condición de huérfanos callejeros, los sabuesos de Jack hacían exactamente lo mismo. Las hienas carroñeras olfatearon el rastro del cachorro de león extraviado y se lanzaron a la cacería.
Avanzaban apoyándose mutuamente, pero aquello no era más que una huida desesperada. La perdición se cernía sobre sus cabezas.
"¡Vlad!".
"Regresa".
"¡No quiero!".
"¡Lo prometiste! ¡Vete al convento o busca a Haben!".
"¡Te dije que no!".
Viendo a Jemina sacudir la cabeza con obstinación mientras las lágrimas bañaban sus mejillas, Vlad se mordió los labios con impotencia.
"¡Maldita sea! ¡Nunca escuchas un demonio!".
Sabía que esto pasaría.
"¡Estúpida mocosa! ¡Dijiste que solo me acompañarías un trecho!".
"¡Hic...... hic!".
Al ver a Jemina deshecha en sollozos, Vlad soltó un largo suspiro.
"¿Hasta cuándo crees que podré protegerte?".
Dos vidas desvalidas apoyadas contra un muro derruido. Habían llegado hasta allí sosteniéndose y cuidándose las espaldas, pero el fango viscoso de los callejones no estaba dispuesto a soltar a sus presas tan fácilmente.
"Maldita sea".
El peso de la muchacha sobre sus hombros se sentía hoy más abrumador que nunca: una carga que le impedía rendirse incluso cuando más lo deseaba.
"......".
Tenían que escapar. ¿Pero cómo?
En medio de aquel torbellino de pensamientos angustiosos, los pasos de Vlad se encaminaron de forma natural hacia un rincón entrañable. Primero debían resguardarse bajo techo para eludir a la jauría que infestaba las esquinas.
"¡Viejo! ¡Abra la puerta!".
Los pasos del muchacho se detuvieron frente a la herrería: aquel sitio donde solía quedarse inmóvil durante horas contemplando la espada de cinco monedas de oro.
"¿Qué hacemos?...... Parece que no hay nadie".
Por más que aporreaban la entrada, el viejo herrero no respondía. Ante aquel portón mudo y carcomido, el pánico inundó los grandes ojos de Jemina.
Al contemplar su terror, Vlad presintió el destino funesto que les aguardaba si eran capturados. Jack el Manco era de esa calaña: un depredador que despedazaba a los heridos y pisoteaba a los caídos para usarlos como peldaño hacia el poder.
'Eso jamás'.
No permitiría que le hicieran semejante atrocidad a Jemina.
"¡Apártate!".
El brillo azulino resurgió en los ojos de Vlad.
"¡S-Sí!".
Tras empujar suavemente a Jemina a un lado, Vlad extrajo su daga y comenzó a forzar desesperadamente el cerrojo del taller. Aunque era una cerradura sólida forjada por un maestro artesano, actuar con fuerza bruta sin reparar en las consecuencias era la opción más certera. A veces, la violencia pura era la única llave posible.
"¡Ábrete de una maldita vez!".
El acero empuñado con la desesperación del muchacho rechinó desgarrando el mecanismo de hierro.
¡Kiiik!
Y aquel clamor desesperado encontró respuesta. Justo cuando Vlad sintió que los pasos de los hombres de Jack se aproximaban por la bocacalle, descargó el pomo de la daga con todas sus fuerzas sobre el cerrojo desencajado.
¡Klang!
Apareció una hendidura: un espacio estrecho que permitía deslizarse al interior del sombrío taller.
"¡Entra!".
El menudo cuerpo de Jemina se coló primero a través de la rendija.
"Fuuu".
Vlad la siguió de inmediato. Con movimientos febriles, arrastró hacia adentro los fragmentos de hierro que habían caído al suelo y cerró la hoja de madera.
Así lograron penetrar en el silencio de la herrería desierta.
"Jadeo...... jadeo......".
"¿Estás bien?".
"Silencio".
Aunque sus energías estaban al límite, los sentidos de Vlad continuaban afilados como cuchillas.
"Los escucho".
Tal como cuando condujo a Godin en secreto, Vlad aguzó el oído hacia el suelo para rastrear los movimientos de los perseguidores. Pisadas apresuradas y pesadas resonaban por todo el callejón.
"...... No podremos salir de aquí".
El eco de los hombres acechando llenaba los oídos de Vlad.
"¡Hup!".
"......".
El barullo se tornó tan cercano que incluso la chica pudo percibirlo. Jemina se tapó la boca con ambas manos, temblando de pies a cabeza.
"¿Adónde demonios se metieron?".
"¡Seguro que vinieron por aquí!".
Vlad empuñó la daga y se pegó contra la pared junto a la puerta. Apenas un tabique de tablas carcomidas separaba a los dos chiquillos de las hienas hambrientas.
"Son unos mocosos escurridizos. ¿No habrán doblado por la otra bocacalle?".
"¡Busquen rápido! Billy prometió una buena recompensa si le llevamos al rubio".
"¿Quiere cobrarse la venganza del diente que le rompió?".
A diferencia de los hombros de Jemina, que se estremecían de terror, la mirada de Vlad se tornó sombría y gélida. Si aquellos bastardos descubrían el escondite, tendría que matarlos: de lo contrario, el muerto sería él. Aunque la daga que Jorge le heredó estaba doblada y mellada, bastaría para degollar a un par de sabuesos.
El joven se concentró al máximo: sobre sus hombros pendía también el destino de la muchacha.
"Vámonos. Antes de que otros se queden con el botín".
"Maldición...... ¿dónde carajos se metieron esos dos?".
Vlad mantuvo el oído atento a las pisadas que se alejaban lentamente. Y por estar tan absorto en los perseguidores exteriores, no advirtió lo que ocurría a sus espaldas:
"¿Quién anda ahí?".
Un movimiento sigiloso en las entrañas oscuras del taller.
"...... ¡!".
Los secuaces de Jack aún no se habían alejado lo suficiente. Vlad se dispuso a saltar con el alma en un hilo, pero...
"N-No se mueva, anciano".
Junto a él se encontraba la chica pelirroja que lo había sostenido en la huida.
"J-Juro que lo apuñalo".
Sosteniendo un trozo de hierro afilado que encontró en el suelo, la muchacha amenazaba temblorosa al viejo artesano.
"¿Tú...... por qué estás aquí?".
Un rayo de luna invernal se filtró a través de las rendijas del viejo taller. Solo entonces el anciano herrero pudo verlo: la figura lastimera de una muchacha con las lágrimas brillando bajo la luz de la luna.
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• Novela: El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas / 별을 품은 소드마스터
• Autor: Q10
• Traductor: Inmensurable
⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨

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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela)
Capítulo 10
El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 9
Estás leyendo el capítulo 9 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 19 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.