Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 10 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
"Baja eso, mocosa a medio cocer".
"Si el viejo cierra la boca, la bajo".
Aunque se trataba de una mano tan pequeña como la de una criatura, la desesperación con que la aferraba era indiscutiblemente auténtica.
"Hic...... hic".
A pesar de que intentaba infundir terror, la pequeña muchacha, paralizada por el pánico, temblaba de pies a cabeza sin saber qué hacer.
"......".
Aquel fue el cuadro que presenciaron los ojos del anciano: un muchacho sumamente tenso ante la amenaza exterior que acechaba en las sombras, y una muchacha deshecha en llanto que no hallaba consuelo. Dos criaturas abandonadas por el mundo se alzaban desvalidas frente a él.
"J-Juro que puedo apuñalarlo. Hic".
"Ya te oí, así que cállate de una vez, mocosa".
El anciano contempló los ojos anegados de la chica con una mirada que solo los largos años de vida otorgaban. Aunque sus pestañas estaban cuajadas de lágrimas de miedo, en el fondo de sus pupilas ardía una resolución inquebrantable.
'...... Ya veo'.
Aquella chiquilla era capaz de apuñalarlo de verdad, si con ello salvaba al muchacho que estaba a su lado.
"¿Qué fue lo que pasó? Hablen".
Apenas el murmullo de los hombres en el exterior se desvaneció en la distancia, el viejo herrero preguntó con voz apagada. Sin embargo, los labios del chico se resistían a despegarse, como si pronunciar aquellas palabras en voz alta fuese una agonía insoportable.
"Perdieron, ¿verdad?".
Aunque la respuesta apenas rondaba en el aire sin terminar de salir, el viejo artesano lo comprendió al instante: al fin y al cabo, había vivido media vida en los callejones.
"Jorge ha muerto".
"...... Era un buen jefe".
"¡Hic! ¡Uaaagh!".
Al escuchar el nombre de Jorge, lágrimas gruesas y pesadas rodaron por las mejillas de Jemina.
"Ya entiendo la situación. Así que baja ese hierro de una vez, muchacha".
"¡Hic! ¡De ninguna manera!".
A pesar de que su compostura se derrumbaba, Jemina tenía meridianamente claro lo que debía hacer:
"¡Deme la espada!".
"¿Qué?".
Había que sacar a Vlad de la ciudad; ponerlo fuera de aquellos muros a toda costa.
"¡La que tenía colgada en la pared, dénosla! ¡Aunque logre salir de la ciudad sin que lo atrapen, los monstruos del bosque podrían matarlo!".
"Pero mira qué descarada esta mocosa......".
Aunque hablaba entre sollozos incoherentes, sus palabras no carecían de razón: aun si burlaba los ojos de Jack el Manco y escapaba de Shoara, afuera reinaban la madrugada más cerrada y los rigores de un invierno implacable. Emprender camino hacia el siguiente poblado sin provisiones ni un arma digna era una sentencia de muerte.
"¡No es una broma! ¡Si Vlad llega a morir, yo también me mataré de inmediato! ¡Por eso, dénosla!".
El trozo de hierro que sostenía la muchacha se cernió hasta rozar la garganta del anciano.
"¡M-Maldita chiquilla!".
Por muy diminuta que fuese la mano que lo empuñaba, el filo metálico no dejaba de ser letal. En los ojos anegados de la muchacha se arremolinaban pasiones incontenibles que escapaban a su propio dominio.
"¡¿Te volviste loca?!".
"¡Saque la espada!".
Al contemplar a Jemina amenazándolo para arrebatarle el acero, una honda amargura invadió el pecho del viejo herrero.
'Así es......'.
Esta era la auténtica naturaleza de quienes habitaban los bajos fondos: una estirpe que solo sobrevivía despojando a los demás de lo suyo. Él mismo había sido así en su juventud, y ahora a estas criaturas desamparadas les había llegado la hora de hacer lo propio.
Exactamente igual que a él en su tiempo.
"¡Jemina! ¡Bájala!".
El grito ahogado de Vlad resonó en el taller, pero la mano de Jemina continuó temblando peligrosamente en el aire. La muchacha ya había tomado su decisión: empuñaría aquel hierro sin vacilar, dispuesta a cualquier cosa con tal de mantener al muchacho con vida.
"¡Jemina!".
Junto al clamor angustiado de Vlad, el filo del metal lanzó un destello plateado.
"...... ¡!".
El viejo herrero cerró los ojos, preparándose para sentir el corte que desgarraría su cuello.
"Pagaré por ella".
Sin embargo, el filo que sostenía la chica no se dirigió hacia la garganta del artesano.
"Sé que esto no alcanza, ¡pero le juro que pagaré el resto más adelante! ¡Se lo juro por mi vida!".
Al abrir los ojos, el anciano se quedó de piedra ante lo que flotaba frente a él: mechones rizados de un rojo encendido cubrían el suelo del taller. Eran los cabellos escarlatas de la chiquilla, lo único en este mundo de lo que alguna vez se había sentido orgullosa.
"Esta mocosa estúpida......".
"Por favor, se lo suplico. Démonosla".
Entregar lo que más amaba por salvar a la persona más valiosa de su vida. La mirada ardiente de aquella joven aún no se hallaba marchita por la ponzoña de los callejones; sus ojos, desbordantes de lágrimas, apuntaban hacia un horizonte completamente distinto del que él contempló en su juventud.
"Uf......".
Sintiendo que los ojos le escocían ante aquella llamarada deslumbrante, el anciano volvió el rostro y miró al muchacho rubio.
"¿Te marcharás?".
"Sí".
Dos criaturas jóvenes a punto de intentar aquello con lo que él soñó durante toda su existencia pero jamás se atrevió a consumar: emprender el vuelo con alas que aún no terminaban de madurar.
"Estos mocosos no hacen más que causarme dolores de cabeza".
El artesano era un adulto; y un adulto tenía ciertas obligaciones hacia los pequeños que debía cumplir sin pedir nada a cambio. Mucho más si se trataba de muchachos que albergaban un potencial infinito.
"Síganme".
Hoy, por primera vez en su vida, el anciano decidió alzar la cabeza para contemplar las estrellas: aquello que anheló toda su existencia, pero que jamás tuvo el valor de hacer.
※※※※
Noche cerrada.
Un distrito marginal que aparentaba calma en la superficie, pero cuyos rincones ocultaban miradas famélicas. Entre aquellos callejones, un viejo herrero y un jovencito de corta estatura empujaban un pesado carretón de madera.
"Pesa una barbaridad".
"Cierra el pico y empuja".
En medio de unos callejones donde todo el mundo contenía el aliento, solo el chirrido lastimero de las ruedas del carro quebraba el silencio de la noche. Se dirigían hacia el confín más remoto de la periferia de Shoara: el vertedero donde se arrojaban los inmensos desperdicios de la metrópoli, el paraje donde solo subsistían aquellos parias que habían tocado el fondo más absoluto del abismo humano. Un sitio que nadie frecuentaba por gusto.
"Nunca lograré acostumbrarme a este hedor, no importa cuántas veces venga".
A pesar del invierno glacial, un vaho pestilente golpeaba las fosas nasales a cada paso.
'Si también tienen bloqueado este lugar......'.
Esta era la última salida. Los secuaces de Jack el Manco ya se habían desplegado por todos los rincones de los bajos fondos. Se ignoraba si buscaban exterminar a los miembros sobrevivientes de la banda de Jorge o si pretendían dar caza al misterioso carnicero que tiñó de rojo el burdel; pero lo cierto era que Jack deseaba ponerle las manos encima a cualquiera que intentara escapar a su dominio.
Por tal motivo, el viejo herrero y Jemina no tuvieron más remedio que arriesgarse a llegar hasta este rincón olvidado.
"Oiga, viejo".
Sin embargo, en contra de sus anhelos, los hombres de Jack ya se encontraban apostados en el vertedero.
"¿Qué quieren?".
"¿A qué demonios vienes a estas horas de la noche?".
"¿Acaso están ciegos?".
"...... ¿A tirar basura?".
"¿A tu edad ya se te pudrió la vista? ¿Qué otra cosa crees que es esto, pedazo de idiota?".
Frente a aquellas hienas sedientas de sangre, el anciano se esforzó por mantener una postura autoritaria y altiva.
"¿Y por qué vienes a tirarla justo ahora?".
Aunque respetaban al viejo herrero por sus largos años en el distrito, los esbirros de Jack tenían órdenes estrictas de inspección.
"¡Pues porque ahora es cuando puedo! ¡Ustedes, bastardos, se pasaron los últimos días bloqueando las calles con sus malditas peleas de bandas! ¡El taller estaba a punto de reventar con toda la escoria acumulada que no pude sacar!".
"...... ¿Y quién es ese mocoso?".
Uno de los hombres ladeó la cabeza y señaló al muchacho que empujaba junto al anciano: según sabían, el viejo herrero siempre había trabajado en completa soledad.
"Estoy viejo y ya no me dan las fuerzas, así que le prometí un pedazo de pan para que me ayudara a empujar. ¡A menos que ustedes, holgazanes, quieran empujar la carreta en su lugar!".
"Un momento".
Los argumentos del viejo sonaban impecables, pero en tiempos de crisis se requería una verificación minuciosa.
"Quieto ahí".
Al ver al hombre aproximarse, el muchacho que sostenía la carreta comenzó a temblar visiblemente.
"No te muevas. Hoy es un día en que las hojas de acero salen antes que los puños".
"......".
Una mano áspera tiró de la capucha del chico hacia arriba.
"¿Qué les pasa? Ni siquiera ganarse el pan en paz lo dejan a uno".
"...... Pasa".
Era un jovencito de cabellos rojizos. A juzgar por el hollín y el carbón que le manchaban el rostro, era evidente que había pasado el día rodando entre el tizne de una forja.
"¿Pero qué demonios buscan para armar tanto escándalo?".
"Al mocoso rubio de Jorge. Su cadáver fue el único que no apareció entre la pila de muertos. Y además...... tsk".
El guardia chasqueó la lengua y cortó la frase a mitad de camino.
"¿Y además qué? Si no vas a soltar la lengua, ¡déjanos pasar de una buena vez!".
"Una última cosa".
El sujeto volvió la cabeza y le gritó a alguien que aguardaba más atrás:
"¡Oye, negro! Revisa este carretón".
Ante aquella orden, los tres fugitivos tragaron saliva al unísono.
"Y hazlo más allá, que no quiero que levantes polvo aquí".
"Entendido".
Con ojos temblorosos, Jemina vio aproximarse a un hombre de complexión gigantesca ataviado con harapos miserables: un sujeto de piel profundamente oscura.
"Vayan con él".
"Maldita sea......".
Mascullando maldiciones con un hilo de voz temblorosa, el anciano reanudó la marcha empujando el carro. Por fuera fingía indiferencia, pero su espalda ya estaba empapada en sudor frío.
'¿Debimos haber buscado otra salida?'.
Lamentarse ya no servía de nada: de todas formas, no tenían ningún otro sitio al que acudir. Habían llegado hasta allí con la última esperanza en el corazón, pero las garras de Jack el Manco alcanzaban hasta las cloacas más inmundas de la urbe.
"Vaya que traen bastante carga".
"Se acumuló demasiado durante estos días".
Respondió el herrero al hombre de piel oscura con un tono visiblemente apocado.
"Habrá que comprobar...... qué traen aquí".
En ese preciso instante, mientras el hombre se disponía a levantar los desechos, sus ojos se cruzaron de lleno con los de Jemina.
"......".
"...... ¡!".
Aunque Jemina bajó la cabeza a toda prisa, comprendió que había sido descubierta: aquel hombre la conocía de antes.
"Parece que la basura de herrería suelta demasiado tizne. Será mejor empujarla un poco más adelante".
Murmuró el hombre de piel oscura como si hablara para sí mismo, empujando la carreta varios metros hacia la oscuridad. El anciano y la muchacha lo siguieron en riguroso silencio.
"¿Y por qué te cortaste el pelo?".
"...... ¡!".
Apenas se alejaron del alcance de los guardias, el hombre soltó la pregunta con una frialdad absoluta.
"N-No sé de qué hablas".
Jemina apenas logró responder con un hilillo de voz temblorosa, mordiéndose los labios con impotencia al confirmar que la había reconocido.
"......".
Al mismo tiempo, la montaña de escombros y chatarra en el interior del carretón se movió de forma sutil, abriendo un resquicio estrecho por donde cabía asomar la punta de una espada.
"Como eres tan plana por delante y por detrás, con el pelo corto pareces un muchacho de verdad".
Aunque el hombre le hablaba a Jemina, su mirada estaba fija en la figura oculta en el fondo del carretón.
"Con esa facha, nadie podría reconocerte".
Gracias al empuje de aquel gigante, el carretón se alejó a paso firme de los centinelas de Jack.
"Por aquí estará bien".
Una vez que se hallaron a una distancia prudencial de los guardias, el hombre extrajo una barra de hierro afilada: un gancho oxidado y tosco, pero que a los ojos de Jemina lucía más amenazante que cualquier espada ilustre.
"Es mi trabajo".
¡Chaaak!
Y comenzó a clavar la barra sin piedad entre la chatarra. Al ver la punta de hierro hundirse una y otra vez en los desperdicios, Jemina cerró los ojos, incapaz de seguir mirando. Sin inmutarse, el hombre de piel oscura continuó perforando el montón de basura a intervalos regulares.
"Dicen que Haben fletó un bote en el río".
"......".
Esquivando con milimétrica precisión el espacio exacto donde una persona yacía acurrucada.
"Los hombres de Jack se fueron todos hacia allá. Dicen que debe haber una buena razón para que un tullido eche un barco al agua a estas horas".
"N-No sé de qué me estás hablando".
Jemina insistió en hacerse la desentendida hasta el final; sin embargo, Vlad, agazapado en las entrañas del carretón, comprendió a la perfección el significado de aquellas palabras.
"Solo te lo comento para que lo sepas. Bien, pueden pasar".
"...... Gracias, Otar".
Un murmullo diminuto brotó desde el fondo de la carreta, pero el hombre llamado Otar giró la cabeza como si no hubiese escuchado nada.
"Largo de aquí".
Apenas dio la autorización, el anciano y la chica pelirroja se pegaron al carretón y comenzaron a empujar con todas sus fuerzas.
"Las cuarenta monedas de plata que debía mi hermano quedan saldadas con esto".
Susurró el hombre a espaldas del carretón que se alejaba. El valor de una vida solo puede pagarse con otra vida. Habiendo saldado su deuda de honor, las palabras del hombre se extinguieron en la noche mientras el carretón reanudaba su marcha rechinante hacia una hendidura abierta en la muralla: el conducto de desagüe que comunicaba con el exterior de Shoara.
A medida que el boquete se hacía más cercano, la tristeza anegó por completo las pupilas de la muchacha.
Había llegado la hora del adiós definitivo.
"Cuídate mucho, Vlad".
Frente al pozo que descendía hacia la colina de basura fuera de los muros, el anciano y la muchacha inclinaron la carreta con esfuerzo.
"Tienes que vivir sano y salvo".
Entre sollozos ahogados, Jemina pensó en el bienestar del muchacho hasta el último suspiro.
¡Fuuush!
Las agarraderas del carretón se alzaron hasta el tope y las lágrimas de la chica se derramaron al vacío.
"¿Vendrás a verme alguna vez?".
Junto al llanto de la muchacha de cabellos rojos, un aluvión de desechos se precipitó hacia el exterior de la ciudad bajo el claro de luna. Desperdicios miserables que nadie en la urbe se dignaría a mirar jamás; pero que, aun sin el reconocimiento de nadie, albergaban celosamente en su seno un resplandor eterno.
"...... Uf".
Fuera de los muros, sobre una montaña pestilente de basura, el muchacho alzó la mirada hacia el firmamento nocturno. Aunque su visión estaba empañada por las lágrimas, los destellos que titilaban en la inmensidad del cielo seguían allí, tan puros e inmutables como siempre: las estrellas de la noche.
Sin embargo, en este instante exacto, una estrella resplandecía sobre la faz de la tierra.
Aquella estrella que el muchacho aferraba con fuerza contra su pecho había sido forjada con los sueños de toda la vida de un anciano, y comprada con las lágrimas más puras de una joven.
"Volveré sin falta".
Aunque no se encuentre en lo más alto del firmamento nocturno.
Aunque yazca hundida en una cloaca donde nadie pueda verla.
Si desea brillar por sí misma...
Si aún alberga la luz en el fondo de su pecho...
Entonces, aquello ha de ser una estrella.
Tal como la que resplandece en el corazón del muchacho.
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• Novela: El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas / 별을 품은 소드마스터
• Autor: Q10
• Traductor: Inmensurable
⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨

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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela)
Capítulo 11
El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 10
Estás leyendo el capítulo 10 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 19 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.