Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 86 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
"¿Por qué todavía no llega?"
Alicia se sujetó la cabeza entre las manos y se desplomó sobre el escritorio, soltando un quejido agónico.
"Hoy se cumple un mes entero desde que envié la carta, pero no solo no ha venido, sino que ni siquiera ha enviado una mísera noticia."
Hacía ya más de un mes desde que la Casa del Conde Gaidar les había hecho llegar aquella desagradable comunicación. En vista de que ellos ya habrían reunido una comitiva y partido en marcha, no tardarían en presentarse en estas tierras.
"Tened un poco más de paciencia y aguardad, mi señora."
El veterano caballero Duncan observó con mirada afligida a Alicia, que yacía desmadejada sobre la mesa. Con la amenaza cerniéndose sobre ellos, resultaba comprensible que se sintiera abrumada y confundida. Sin embargo, Duncan sabía muy bien que era precisamente en momentos como este cuando los vasallos debían enderezar y sostener a su señor.
"Siempre debéis prepararos para lo peor. Solo así podréis encarar cualquier adversidad con prudencia y serenidad."
"......¿Y si sencillamente acepto casarme con ellos y ya?"
Murmurando con un puchero en los labios como quien refunfuña, Alicia soltó una risa vacía al percatarse de lo ridículo de sus propias palabras.
"Aunque, bien pensado, es un disparate colosal."
"......Así es."
Sigmund, el conde Gaidar, le había remitido a Alicia una carta sugiriendo que desposara a su primogénito. La Casa Gaidar era el linaje que con mayor fuerza resonaba en tiempos recientes y, por añadidura, compartía frontera directa con Deomar; de modo que, desde la posición de Alicia, no era una proposición que pudiera descartarse sin una profunda deliberación.
No obstante, el dilema residía en que en aquella misiva no se vislumbraba el menor vestigio de respeto hacia la Casa Heinal. Si Sigmund en verdad hubiese deseado con sinceridad la unión entre Gaidar y Heinal, jamás habría enviado una petición de mano con semejante cariz de notificación imperativa.
Las lisonjas plasmadas en el pliego eran ciertamente dulces, pero no ofrecían garantía alguna para el porvenir de Heinal; además, las campañas implacables que el conde Sigmund había librado hasta entonces daban fe palmaria de su naturaleza insaciable y rapaz. Dicho de otro modo, el ofrecimiento del conde Sigmund era idéntico a un veneno que jamás debía beberse.
"A nuestro alrededor no hay más que una pandilla de ladrones."
"......Mi señora Alicia."
Alicia lo sabía de sobra. La Casa Bayezid tampoco les brindaba su apoyo por mera benevolencia. Para quien carece de poder, los aliados desinteresados e incondicionales jamás han existido.
"Si tan solo disponemos de tiempo, a nosotros también se nos presentará la ocasión de ponernos en pie por nuestras propias fuerzas."
Ante las palabras de Duncan, empeñado en infundirle ánimos a toda costa, la última Heinal que quedaba sobre la faz de la tierra se enderezó en su asiento.
"Tenéis razón. Lucharé hasta donde alcancen mis fuerzas."
Agazaparse a la defensiva cuando se carece de poderío no era motivo de vergüenza. Si en este instante no tenía nada entre las manos, debía tomarlo prestado de donde fuera, y Alicia estaba dispuesta a pagar con creces el precio que correspondiese.
"¡Pero pedir prestado a un simple escudero, ni siquiera a un caballero, resulta tan difícil como esto?!"
Sin embargo, aquel muchacho a quien ella le había solicitado a Bayezid seguía sin asomar la nariz, sin dar la más mínima señal de vida.
"......Si no es más que un simple escudero."
No obstante, no era un muchacho cualquiera. Había sido el joven que protegió el honor de Heinal en aquel duelo; el mismo muchacho que, sosteniendo su pañuelo entre ambas manos, había limpiado con esmero las lápidas de sus difuntos padres.
"Mi señora Alicia. Acaban de informar que la comitiva de la Casa Gaidar ha alcanzado los confines del señorío."
Cuando todos a su alrededor abrigaban oscuras intenciones hacia el feudo de Deomar, solo existía una persona capaz de acudir en auxilio de Alicia movida por un sentido puro del deber.
"Entendido."
Y Alicia, incluso en ese mismo instante, continuaba aguardando a aquel muchacho.
\* \* \*
Había un grupo de hombres adentrándose por los accesos a Deomar. A simple vista superaban la decena, y cada uno de ellos era un caballero excelentemente pertrechado con armaduras y armas de guerra.
"Vaya un pueblo de mala muerte."
El hombre que cabalgaba a la vanguardia de la comitiva abrió la boca mientras escudriñaba los alrededores con ojos fieros y desorbitados.
"Y además, está demasiado tranquilo."
Cejas espesas y desgreñadas, hombros robustos y un semblante que, aun esbozando una sonrisa, desprendía una beligerancia indisimulable. Aquel joven, que emanaba una presencia avasalladora sin molestarse en refrenarla lo más mínimo, fruncía el ceño con desdén al contemplar las tierras que se extendían ante su vista.
"Deomar siempre ha sido un lugar de esa índole. Es un señorío cimentado más en la diplomacia que en las armas, y en los cultivos antes que en el comercio o los gremios."
"O sea, que es un soberano aburrimiento."
El hombre de complexión fornida y tosca se rascó la cabeza, desprovisto de todo interés tras escuchar la descripción sobre Deomar.
"¿Yo solo tengo que quedarme quieto sin abrir la boca, verdad, Godin?"
"Al menos tendréis que presentar vuestros respetos."
"¿Con saludar basta?"
"Fingid un poco de interés e intercambiad palabras sobre diversos asuntos."
"Tch."
Istvan, el primogénito de la Casa Gaidar. Era un hombre implacable cuando se trataba de complacer sus caprichos, dotado de un talento natural para rehusar de cuajo todo aquello que le disgustara.
"No me da la gana ocuparme de semejante fastidio."
Como si la mera noción de soportar una molestia le hiciera hervir la sangre, la repentina ferocidad que desató Istvan provocó que los caballeros que marchaban a sus espaldas se tensaran de inmediato.
"Debéis cumplir con las obligaciones inherentes a la sangre que habéis heredado."
Sin embargo, Sir Godin, quien recibía de lleno y de frente semejante torrente de agresividad, se limitó a esbozar una sonrisa serena.
Un caballero que ocultaba una espada afilada tras una faz perpetuamente sonriente. Por esa misma razón, era un hombre al que nadie podía sonreírle de vuelta con soltura.
"......Está bien."
Al percatarse de que Godin no vacilaba en lo más mínimo ante su despliegue de fiereza, Istvan no tuvo más opción que exhalar un suspiro de resignación. Después de todo, que su padre le hubiera asignado a Godin —su mismísimo brazo derecho— dejaba claro que se tomaba esta empresa con absoluta seriedad.
"Dicen que goza de una belleza deslumbrante."
Godin comprendía a la perfección que a un hombre como Istvan no se le podía aplacar recurriendo únicamente a la coacción.
"Aseguran que en todos los contornos no existe dama noble alguna que ose compararse con ella."
"......¿De veras?"
Aquel linaje de las tierras del oeste era franco con sus apetitos y jamás titubeaba en reclamar lo que codiciaba. Habiendo heredado con exactitud el temperamento de Sigmund, Istvan asintió con la cabeza, mordiendo con satisfacción el anzuelo que Godin le había presentado a plena luz.
"Parece que me entran ciertas ganas."
Aunque se trataba de una encomienda tediosa que no era de su agrado, al menos había un aliciente que despertaba su curiosidad, lo cual ya era un alivio.
En el confín del campo visual de Istvan, un grupo de jinetes que ondeaban los estandartes de la Casa Heinal se aproximaba al galope.
\* \* \*
"¡Oh!"
La primera palabra que brotó de los labios de Istvan al contemplar a la dama de cabellos aguamarina sentada en lo alto del estrado fue una exclamación de puro arrobo.
"Había oído los rumores y creía saberlo bien, pero ciertamente los rumores no eran más que rumores.
"Una belleza que las meras palabras no pueden abarcar se encuentra ahora ante mis ojos".
"..."
A diferencia de su tosco y amenazante aspecto, Istvan hilvanaba las palabras con bastante refinamiento; sin embargo, Alicia ya experimentaba un profundo desagrado hacia él. La actitud con la que Istvan osaba tratar a la legítima señora de un feudo resultaba a todas luces insolente y ligera.
"Es un placer conocerla, dama. Soy Istvan, de la Casa Gaidar".
"...Bienvenido sea, noble Istvan de Gaidar".
Istvan se había atrevido a dirigirse a ella con el mero tratamiento de dama, aun a pesar de que Alicia ostentaba el título formal y legítimo de baronesa. Duncan, apostado a su lado, desprendió una presencia punzante y amenazadora para someter a Istvan a una intensa presión, pero el joven heredero se limitó a sonreír con descaro, restándole toda importancia al gesto.
"Ha debido de ser un viaje agotador viniendo desde tan lejos. Habría sido mucho mejor que nos hubiera hecho llegar un aviso previo de su llegada".
Desde un principio, no eran hombres a los que se pudiera amedrentar con una simple demostración de fuerza. No obstante, Alicia Heinal era la legítima señora de Deomar. Y la señora de un feudo tenía el ineludible deber de hacer respetar su propia dignidad.
"Considero que una propuesta matrimonial como esta requería de ciertas coordinaciones previas. Presentarse de improviso de esta manera me parece, cuando menos, un tanto precipitado".
Sus cabellos poseían el color de las aguas cristalinas, pero las palabras que brotaban de sus labios destilaban un tono de azul gélido. Al menos de cara al exterior, Alicia había logrado revestirse con la compostura y la solemnidad propias de la nobleza.
"La actitud que la Casa Gaidar me ha mostrado resulta un tanto decepcionante".
Tal como Alicia señalaba, era indudable que el matrimonio o el compromiso formal entre familias de la nobleza jamás se concertaba mediante el simple envío de una misiva. Sin embargo, Gaidar ya había despachado al propio interesado, Istvan, rumbo a Deomar sin molestarse siquiera en escuchar la voluntad de Alicia; de modo que, aun juzgándolo con la mayor condescendencia posible, aquello no era más que una flagrante falta de respeto hacia ella.
"Nuestro señor conde solía decir que también existen lazos que florecen a partir de un primer encuentro espontáneo".
"¿Acaso existe algún linaje noble que concierte un encuentro semejante con tanta ligereza y premura?".
Encolerizado ante las zalameras palabras de Godin, Duncan sentía el impulso irreprimible de escupirle una maldición a la cara. Pues, para el veterano caballero, Alicia, su señora feudal, era alguien a quien atesoraba con el mismo fervor que a su propia hija.
"No se sulfure de ese modo. ¿Acaso no demuestra esto cuánto aprecia nuestro señor conde a la señora Alicia, habiendo enviado en persona a su mismísimo hijo para evitar que nadie más se la arrebate?".
Sin embargo, no debían dejarse arrastrar por la cólera a la ligera. El hecho de que hubiesen irrumpido de una forma tan intransigente respondía sin duda a una intención premeditada, y dicho propósito no era otro que acumular justificaciones a su favor.
"Presento mis disculpas por haber pasado por alto, en cierta medida, la debida etiqueta y los protocolos formales. No obstante, el señor Istvan aquí presente es el primogénito y legítimo sucesor de la Casa Gaidar. Su sola presencia basta con creces para reemplazar cualquier trámite insignificante".
Tal como sostenía Godin, haber enviado al primogénito del linaje a aquel lugar significaba que el conde Sigmund le atribuía una trascendencia absoluta al asunto. Si Alicia cometía la imprudencia de tratarlo con desdén en esa sala, la situación equivaldría prácticamente a una afrenta abierta y pública contra la Casa Gaidar.
"No se enfurezcan de esa manera. Nosotros no somos más que portadores de buenas noticias".
Al contemplar la sonrisa socarrona de Istvan, Alicia apretó con fuerza los pliegues de su falda. Eran intrusos indeseables que se escudaban tras el espinoso y delicado pretexto de una propuesta matrimonial. Frente a aquellos hombres cuyos designios resultaban evidentes y cuyos propósitos no podían ser más repulsivos, Alicia concentró todas sus fuerzas en ejercitar la paciencia.
"Les doy la bienvenida a mi morada. Por ahora, les ruego que pasen a descansar a los aposentos preparados y...".
"Más que descansar, preferiría entablar de inmediato una íntima conversación con vos, noble Alicia".
Los pioneros jamás se andaban con rodeos. Cuando anhelaban algo, declaraban abiertamente y sin tapujos su deseo de poseerlo.
"Primero me habría gustado presentar mis respetos ante vuestros padres, pero parece que las circunstancias no lo permiten".
Y para apoderarse de lo que querían, no vacilaban en recurrir a cualquier medio a su alcance. Al ver cómo Istvan osaba mencionar con descaro a sus difuntos padres, las pupilas acuosas de Alicia se agitaron en un violento torbellino.
"¿Cómo se atreve a...?".
La paciencia era una virtud encomiable en cualquier persona, pero incluso la templanza poseía un límite infranqueable. Si uno continuaba tolerando agravios una vez rebasada esa línea, la paciencia dejaba de ser virtud para convertirse en una humillante degradación de uno mismo.
"¡¿Dónde se cree que está para...?!".
La soberana de Deomar, la única Heinal. Enfrentada a una ofensa que bajo ningún concepto debía consentir, se puso en pie dispuesta a desatar toda su indignación.
"¡Los caballeros de la Casa Bayezid acaban de llegar!".
En el instante preciso en que el precario equilibrio que Alicia sostenía a duras penas amenazaba con romperse, el mayordomo cruzó el vestíbulo anunciando la noticia a voz en cuello. Desde la posición de un sirviente, aquello equivalía a una falta imperdonable que acallaba de golpe a su propia señora; sin embargo, al mayordomo ya se le había instruido para proceder de ese modo y debía cumplir con su deber pasara lo que pasase.
"¡Acaban de llegar a la mansión!".
Sintiendo en su espalda la punzante y abrumadora presencia que emanaban los caballeros, el mayordomo lucía un rostro pálido y perlado de sudor frío, pero luchaba desesperadamente por llevar a término su cometido.
"¡Hacedlos pasar!".
Las previsiones que Duncan había dispuesto para cualquier eventualidad surtieron efecto, y el desventurado sirviente cumplió con su misión con admirable entereza. Al unísono con la apremiante orden de Duncan, las puertas del vestíbulo de Deomar se abrieron de par en par.
A través del umbral que se descorría con lentitud, se recortaron las siluetas de varios hombres. Llevaban capas guarnecidas con pieles espesas, el atuendo característico de las tierras del norte. Eran caballeros septentrionales que desprendían un ímpetu tan cortante y gélido como el suelo invernal del que procedían.
"Ha pasado mucho tiempo, Baronesa Heinal".
Y a la cabeza de todos ellos, inclinando la cabeza con solemne reverencia, se encontraba el caballero tuerto.
"Los caballeros de Bayezid presentan sus respetos ante la señora de Deomar".
A diferencia de los hombres llegados del oeste, los caballeros del norte trataban a la gobernante de Deomar con la más estricta cortesía y deferencia feudal.
"..."
Alicia contempló al muchacho que, sin inclinar la cabeza a diferencia del resto, sostenía la mirada fija en ella. Eran unos ojos azules que la contemplaban con la misma determinación inquebrantable de aquel día. Era el joven que, cuando ella lo había dado todo por perdido, se había adentrado en solitario en el campo de duelo cargando sobre sus hombros el honor de su nombre.
"Lamento la tardanza".
El muchacho, plantado en el vestíbulo bajo una condición un tanto distinta a la de los caballeros que lo rodeaban, inclinó la cabeza con un saludo demorado.
"He acudido a este lugar para responder a su llamado, dama Alicia".
Istvan no poseía el derecho de llamarla dama. Sin embargo, el muchacho que acababa de cruzar las puertas del vestíbulo sí tenía pleno derecho a llamarla de ese modo. Porque él era la única persona en el mundo a quien ella se lo había concedido.
"Sean bienvenidos, caballeros de Bayezid".
Al compás del suave asentimiento de Alicia, las pesadas puertas del vestíbulo comenzaron a cerrarse. Porque ahora, todos los que debían comparecer se encontraban por fin dentro del recinto.
Aquellos que venían a apoderarse de una justificación por la fuerza y aquellos que traían una justificación legítima en las manos se miraban fijamente, frente a frente.
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• Autor: Q10
• Traductor: Inmensurable
⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨

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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 86
Estás leyendo el capítulo 86 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 19 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.