Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 85 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
"¿En qué piensas con tanta intensidad?"
Josef, a quien la luz del sol que entraba a raudales había dejado aturdido por un instante, alzó la mirada con premura y levantó la cabeza. En su campo de visión, que se aclaraba poco a poco, distinguió la figura de Peter observándolo con detenimiento. En el rostro de su padre se dibujaba una expresión dubitativa, como si se debatiera entre preocuparse por la fragilidad de su hijo o reprenderlo con severidad en su calidad de patriarca.
"Parece que estás fatigado."
"Lo lamento."
En las pupilas de Peter comenzó a asomar, con sigilo, la calidez propia de un padre. Era comprensible que estuviese exhausto. Había partido de Shoara y cabalgado sin tregua hasta Sturma para encargarse de inmediato de los preparativos destinados a investir caballero a Vlad. Que un muchacho como Vlad fuera consagrado caballero a la edad más temprana y en el plazo más breve en toda la historia de la Casa Bayezid habría sido una quimera de no haber sido por la presencia de Josef.
"Tal como deseabas, le he otorgado la dignidad y el estatus apropiados."
"Se lo agradezco."
Josef miró con rapidez hacia la ventana para despejar su mente. Aunque la imponente figura de Peter le impedía contemplar el panorama exterior, la nieve acumulada en el marco le transmitió una punzada de frescor.
"Pronto se convocará una asamblea que congregará a todos los señores del norte."
"... ¿Es así?"
Sin embargo, no hubo necesidad de fijar los ojos en la ventana para despabilarse por completo. Las palabras que Peter pronunció a continuación sacudieron a Josef con sorpresa.
"¿Se refiere a la Gran Asamblea?"
"Así es."
La Gran Asamblea del Norte, un concilio que no se había convocado ni una sola vez en más de una década. Ante la revelación de que semejante acontecimiento tendría lugar muy pronto, la mirada de Josef se ensombreció por instinto.
'Ni siquiera sospeché el menor indicio.'
Tratándose de una cumbre donde coincidirían todos los señores feudales del norte, por fuerza debían existir señales previas en diversos rincones. No obstante, Josef no había advertido síntoma alguno. Aquello significaba que se había guardado un hermetismo absoluto o bien que todo se había orquestado con una premura tan vertiginosa que nadie fue capaz de percatarse.
"Deseo que la señora de Deomar tome asiento en esa reunión."
Una sola frase cargada de incontables implicaciones. Al ver que Josef, desconcertado, se quedaba sin palabras, Peter tomó la botella que reposaba a su lado y comenzó a servir el licor en silencio. Muy pronto, el despacho se impregnó con el aroma de aquel líquido de un claro tono ambarino y el murmullo acompasado de su caída.
"La baronesa Alicia también lo sabrá. Deomar ya no puede seguir balanceándose entre el norte y el centro."
Los tiempos de paz habían llegado a su fin. Ahora era momento de unirse por la supervivencia. Y semejante disyuntiva caería con una crueldad aún mayor sobre aquellos feudos que, al igual que Deomar, se habían aferrado a la neutralidad.
"... ¿Cree que ella nos elegirá a nosotros?"
"Sé bien lo mucho que te has esforzado hasta ahora para lograrlo."
Peter contempló con mirada profunda a su hijo, sentado frente a él. Su segundo vástago, Josef Bayezid, era perspicaz pero débil. Sin embargo, sabía que, precisamente por no haber nacido con colmillos afilados, había luchado y forcejeado con una desesperación proporcionalmente feroz.
"Te respaldaré con todas mis fuerzas. En lo concerniente a Deomar, tú eres Bayezid."
Por consiguiente, él también debía recompensar esa tenaz lucha. Tanto en su papel de padre como en su deber de patriarca de la Casa Bayezid.
"Muchas gracias, padre."
"Puesto que hacía tiempo que no subías, descansa unos días antes de marcharte. Los suficientes para que tu madre quede satisfecha."
Al comprender que la conversación había concluido, Josef esbozó una sutil sonrisa y abandonó el despacho. Peter dejó escapar un breve suspiro y tomó la copa que descansaba a su lado.
"Qué dilema..."
No era solo Deomar quien se debatía sobre qué senda tomar. Peter también se hallaba ante una encrucijada y, en el transcurso de los próximos años, se vería obligado a adoptar una resolución. La sangre de los nobles debía ser de un frío azul. Pues sobre sus hombros descansaba el peso inconmensurable del deber y la responsabilidad.
Peter se puso de pie con la copa rebosante en la mano y contempló el exterior a través de la ventana. El invierno avanzaba al compás de la nieve que caía. Tal como había advertido su consejero Ragmus, parecía que este invierno sería aún más gélido que el del año anterior.
\* \* \*
Una capa lustrosa y una armadura reluciente. Ataviado con las mismas galas del día anterior, Vlad salió de la residencia y ahora se hallaba de pie sobre la muralla de Sturma.
"Así que este era el paisaje."
Vlad habló mientras contemplaba el panorama que se desplegaba ante sus ojos. Los tintes del ocaso, hundiéndose más allá del horizonte, teñían de escarlata tanto las murallas de Sturma como la vasta llanura del norte.
"Era una vista que deseaba mostrarte al menos una vez."
Ramund habló al ver a Vlad absorto frente al horizonte. Aunque siempre había vestido con harapos miserables, su porte actual distaba por completo del de antaño. A pesar de no llevar armadura completa, iba vestido con la sobreveste predilecta de los caballeros y una capa; una estampa tan imponente y digna de un auténtico caballero que cualquiera se inclinaría con reverencia al verlo pasar.
"Las murallas de Sturma han crecido nutriéndose de sangre."
Vlad giró la cabeza instintivamente ante la voz solemne que resonó a su lado.
"La sangre de nuestros enemigos y la sangre de Bayezid."
Allí estaba Ramund, encarando al muchacho envuelto en un aire enteramente distinto al que había mostrado hasta entonces.
"Y tú también, cuando llegue el momento oportuno, habrás de entregar la tuya como corresponde."
"..."
Creyendo comprender el significado tras las palabras de Ramund, Vlad asintió en silencio sin pronunciar palabra. Para proteger algo, se requería la sangre de alguien. Y los caballeros eran hombres que habían jurado entregar con presteza su propia sangre cuando llegase dicha hora. El viejo caballero le estaba transmitiendo el principio fundamental de la caballería al muchacho que acababa de ser consagrado.
"Lo comprendo, viejo."
"Ramund."
Aquel hombre que antaño vagaba por lo más bajo reveló al fin su nombre.
"En adelante, llámame Sir Ramund."
Habiendo arrastrado su decrépito cuerpo en un peregrinaje errante en busca de los honores que no pudo cosechar en el pasado, ahora solo sostenía en la mano una última y honrosa moneda.
"Toma."
Y así, al fin, el anciano pudo liberarse de su condición de paria entre los desposeídos: entregándole al muchacho la última moneda que conservaba.
"¿Qué es esto?"
"El precio de la armadura que te destrocé."
Las comidas con las que lo había convidado, el alojamiento en la posada que había pagado por él, y el valor de todas las posibilidades que el muchacho le había revelado. Un único ducado para saldarlo todo.
"¿Solo con esto?"
"Con eso basta y sobra."
Vlad frunció el ceño al contemplar la moneda terriblemente oxidada, pero Ramund se limitó a sonreír al ver a aquel muchacho que nada sabía.
"Es más que suficiente."
El anciano había contraído una gran deuda con el joven a lo largo de aquel tiempo, y aquello no se debía a una actitud descarada, sino que era el fruto de una deliberada intención. Siguiendo los designios de Ramund, el muchacho se había convertido con naturalidad en el benefactor del más humilde entre los hombres. Por ello, aunque ahora se sentía desconcertado ante aquella vieja moneda que por fin salía a relucir, tampoco encontraba motivos para quejarse. Al fin y al cabo, el anciano que se hallaba frente a él ya no era un viejo desconocido, sino un respetable predecesor de su propio camino.
"Ven algún día a visitar mi feudo."
"Eso haré. Supongo que podré cobrar allí lo que falta del precio."
Ramund sonrió al escuchar refunfuñar al muchacho entre dientes.
"Tu visita siempre será bien recibida, Sir Vlad."
"...¿Cómo?"
Vlad se quedó desconcertado por un instante al oír a Ramund tratarlo con semejante dignidad. Jamás le habían enseñado qué palabras debía responder en una situación así.
"Fue un placer haber compartido este tiempo."
Al ver a Ramund tenderle la mano, Vlad no pudo evitar poner un gesto indescriptible. La espada desprovista de adornos se había separado del muchacho tras cumplir su cometido. El viejo caballero, habiendo cumplido con su deber, se disponía ahora a despedirse de él.
"..."
Al escuchar la despedida de Ramund, Vlad se limitó a acariciar la moneda recibida. Para el muchacho, las despedidas eran aún instantes extraños y desmañados.
El crepúsculo declinante teñía de carmesí a ambos junto a las murallas de Sturma. Y con la misma lentitud con que se desvanecía el resplandor vespertino, la mano de Vlad se alzó con parsimonia para aceptar el apretón de Ramund.
\* \* \*
Un hombre de ojos azules avanzaba por la mansión. Al ver sus cabellos dorados ondear sobre la resplandeciente armadura, los sirvientes a su alrededor inclinaron la cabeza a toda prisa. En toda la mansión que aquel varón recorría, no existía un solo rincón donde la luz no lograse filtrarse.
La luz solar que entraba a raudales por los ventanales dispuestos en todas direcciones hacía refulgir estatuas y ornatos. Aquellas piezas decorativas, cuyo porte clásico revelaba el paso de los siglos, daban fe del refinadísimo y noble criterio de su señor.
"Acabo de regresar, padre."
Mircea, que había entrado al vestíbulo con paso imponente, hincó una rodilla en el suelo con reverencia e inclinó la cabeza hacia la figura sentada en lo más alto del salón.
"...¿Has vuelto?"
La luz del crepúsculo, en su último aliento, iluminaba el sitial donde reposaba. Su mano, reseca como la madera de un árbol muerto, se teñía con el fulgor escarlata que entraba por la ventana.
"...Informa."
En aquella voz áspera y desprovista de toda humedad, semejante al chirrido de un metal gastado, se traslucían su avanzada edad y el declive de sus fuerzas. El hombre a quien Mircea llamaba padre apenas lograba sostenerse sobre el asiento, como si su cuerpo fuese una pesada carga incapaz de sobrellevar el agobio de los años acumulados.
"Perdóneme, padre."
Ante la extenuada voz que descendía desde lo alto, Mircea agachó aún más la cabeza con aire compungido y comenzó a relatar lo acontecido en el norte.
El dragón blanco, Lindwurm. Aquel vestigio septentrional al que los fragmentos de dragón habían seducido tras despertar a su propio potencial no había caído bajo la Orden de Caballeros Matadragones, sino a manos de los caballeros de Bayezid.
"...Malditos bárbaros. No conocen su lugar."
El anciano, englobando a los hombres del norte bajo el apelativo de salvajes, tamborileó sobre el reposabrazos con sus dedos esqueléticos sin poder disimular su decepción. El prejuicio contra el norte, arraigado desde tiempos remotos, aún respiraba intacto en lo profundo de su alma.
"Le pido disculpas."
Mircea era plenamente consciente de la honda desilusión que su fracaso provocaría en su padre. Sin embargo, en aquel fracaso había mediado una formidable variable, y esa variable sin duda colmaría de júbilo al apesadumbrado anciano.
"No obstante, padre... En el norte descubrí a un muchacho que os complacerá."
"...¿Un muchacho que me complacerá?"
Las cejas del marchito anciano se arquearon ante el inesperado informe de Mircea. Aunque el peso inexorable del tiempo había descolorido hasta la blancura todo rasgo de su carne, los ojos azules que conservaba aún relampagueaban con vigor.
"¿Acaso visitó alguna vez el norte? He encontrado allí a un joven dragón que todavía no ha despertado."
Ante las palabras de Mircea, el anciano cerró los ojos con pesadez. Sus párpados cerrados temblaban sin descanso, como si hurgara en los rescoldos de memorias pretéritas.
"...¿Acaso solo he visitado el norte? A lo largo de mi vida, he recorrido y contemplado cada rincón de este mundo."
Una semilla es una existencia preñada de posibilidades, ignorante de en qué llegará a convertirse. Para esparcir tales posibilidades, el anciano había vagado por todo el continente durante incontables años. Aquello constituía tanto su convicción como su anhelo supremo, una causa a la que bien valía consagrarle la vida entera.
"¿Acaso resonó tu corazón al ver a ese muchacho?"
"Así fue."
"¿De qué color eran sus rasgos?"
Ante la pregunta del anciano, Mircea alzó la cabeza y clavó la mirada en él. Cabello rubio y ojos azules. El color legado por la sangre de la Casa Dragulia residía en él.
"Es idéntico al nuestro."
"...Ya veo."
Ante la respuesta de Mircea, una densa sonrisa se dibujó en el marchito rostro del anciano. Al compás de esa sonrisa, el crepúsculo, que apenas pendía del horizonte, comenzó a ocultarse por completo.
"Aun así, dado que los fragmentos de dragón no lo llamaron, es evidente que, tal como dices, todavía no ha despertado."
Junto con la voz del anciano, que de pronto había recuperado una extraña vitalidad y humedad, las tinieblas comenzaron a filtrarse por cada rincón de la mansión. Una estampa diametralmente opuesta a la que antes bañaba la luz del sol. En cuanto las sombras densas se deslizaron sobre ellas, las estatuas antes distinguidas no hacían más que parecer siniestras, y las pinturas de paisajes espléndidos emanaban un aire lúgubre que helaría la sangre a cualquiera.
"Sembrar semillas siempre es una labor ardua, y la espera para verlas brotar resulta penosa. Mas, a pesar de ello, los humanos repiten ese ciclo sin cesar."
Al fin, en el vestíbulo donde la oscuridad se había asentado por entero, un hombre jamás visto hasta ese instante se puso de pie desde lo más alto del estrado.
"Y yo también he hecho lo mismo."
Una abundante cabellera rubia. Ojos azules de límpida claridad. Y la estampa imponente y majestuosa de un hombre en la flor de la madurez. Habiendo absorbido la savia húmeda que brindaba la oscuridad, aquel varón descendía ahora por el vestíbulo.
"Deseo ver a ese muchacho."
En Brigantes, la capital del imperio. En la mansión erigida en el corazón mismo de la urbe, la morada donde residía el Duque Dragulia, el Duque de la Sangre de Dragón, los ojos azules más antiguos de este mundo brillaban en la penumbra.
\-----
• Autor: Q10
• Traductor: Inmensurable
⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨

Continúa leyendo
El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela)
Capítulo 86
El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 85
Estás leyendo el capítulo 85 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 19 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.