arrow_back

Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 84 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
"Bien, ¿hacemos los últimos retoques?" Oksana vertió aceite capilar sobre sus palmas, las frotó una contra otra y le hizo un gesto al joven para que se acercara. "Tienes que acercarte más." "...... Sí." El salón de Oksana rebosaba de una actividad silenciosa pero incesante. Las doncellas se afanaban en abrillantar la armadura del muchacho y en planchar con esmero sus vestiduras y la capa; sin embargo, Oksana y Vlad permanecían envueltos en un sosiego absoluto. "Siempre supe que este día llegaría, aunque ha sido más pronto de lo previsto." Con una sonrisa cálida y apacible capaz de infundir consuelo con solo mirarla, Oksana peinó con dulzura los cabellos de Vlad hacia atrás. Las hebras rubias se deslizaban entre sus dedos untados en aceite. Al reflejar la luz del sol, aquella cabellera dorada adquiría un brillo tan radiante que a los ojos de Oksana resultaba verdaderamente gallarda. "Cuanto más rápido ha sido, más duro debió de haber sido el camino." "......" En lugar de responder a las palabras de Oksana, Vlad cerró los ojos en silencio, dejándose mecer por el roce de aquellas manos que le acariciaban la cabeza. La mirada penetrante y comprensiva con la que Oksana lo observaba a veces se le hacía abrumadora, pero en este instante solo deseaba concentrarse en una calidez que hacía tanto tiempo no experimentaba. Aunque ante la muchacha pelirroja siempre había afirmado no acordarse de nada, la realidad distaba de sus palabras: Vlad atesoraba en lo más profundo de su ser los escasos recuerdos que conservaba de su madre. Y de entre todos ellos, el más preciado era la imagen de su madre pasándole un peine de púas finas para acomodarle el cabello. "Tienes un rubio espléndido. Tanto que deberías estar agradecido con los padres que te lo legaron." 'Aun así, me alegra que hayas heredado su cabellera dorada en vez de mi tono apagado.' Al escuchar las palabras de Oksana, que despertaban aquel antiguo recuerdo de su madre, Vlad llevó la mano de manera inconsciente hacia la empuñadura de la espada que ceñía al costado. 'Ah.' El lugar donde siempre había reposado aquella espada sin adornos que tantas veces le brindó consuelo. No obstante, ahora allí solo descansaba una espada extraña y ajena. Aquellos cuya presencia habría anhelado compartir en este instante supremo ya no pertenecían a este mundo. Una honda punzada de nostalgia oprimió el pecho del muchacho. Habría sido tan maravilloso que pudieran presenciar esto junto a él. "Listo." Vlad abrió los ojos al compás de la voz de Oksana. La luz de la tarde que se filtraba a través del ventanal resultaba tan deslumbrante como el verde esmeralda que destellaba en las pupilas de la señora. "Con este porte, nadie en el mundo se atrevería a ponerte un pero." Oksana contemplaba con orgullo su propia creación. Al verla sonreír con tanta satisfacción, Vlad esbozó por fin una sonrisa. "Muchas gracias." Con aquellas palabras, Vlad paseó la mirada con detenimiento a su alrededor, grabando en su retina cada rincón del salón de Oksana. Los sonidos, los aromas y hasta la textura del aire que fluía por la estancia: tras imprimirlo todo en su memoria, el muchacho volvió a cerrar los ojos por un segundo. A medida que avanzara tras la estela de las estrellas, las figuras que dejaba a sus espaldas se volverían cada vez más distantes. Mas no había motivo para la congoja. Cada vez que la añoranza lo embargara, le bastaría con desplegar en su mente los recuerdos cuidadosamente guardados. Tal como aquel que acababa de grabar en su corazón en este preciso instante. \* \* \* "¿Estás temblando?" "Para nada." Ante la respuesta de Vlad, quien se esforzaba por aparentar una compostura imperturbable, Zayar se limitó a arquear la comisura de los labios. "Guarda esa pose de tipo duro para cuando estés frente al enemigo, mocoso." "...... Lo digo en serio." Acompañando sus palabras, Vlad clavó la mirada en los portones que se alzaban a espaldas de Zayar. Eran unas puertas colosales. Ya las había contemplado el día en que trajo consigo el cadáver del gusano de la muerte gigante, pero en aquella ocasión el muchacho carecía del derecho de franquear su umbral. "Ya pueden ingresar." "Entendido." Ante la señal del sirviente apostado al costado, Zayar se cuadró frente al portal que conducía al salón de los caballeros. Unas puertas que hoy se abrirían exclusivamente para Vlad. Y la única persona en el mundo con la dignidad para abrírselas no era otro que el caballero Zayar, quien lo había instruido y le había entregado cuanto poseía por el bien del muchacho. "¡El escudero de Bayezid, Vlad! ¡Por mandato del señor Conde, se presenta ante las puertas de la caballería!" Zayar alzó la voz con un rugido más atronador que nunca en favor de su escudero. "¡Ruego que le sea concedido el ingreso!" Un clamor formidable porque nacía de una dignidad intachable, y firme sin el menor temblor porque rebosaba de un orgullo infinito. Tras el eco resonante de sus palabras, una respuesta solemne provino del interior de los portones cerrados: "Que pase." Un aura sutil y majestuosa fluía entretejida con el timbre de aquella voz. El mundo de los caballeros había otorgado su consentimiento para la entrada del muchacho. Chirriiiido. Apenas cayó la autorización, los pesados batientes comenzaron a ceder bajo la fuerza de las manos de Zayar. Al abrirse de par en par los portones que hasta entonces le habían cerrado el paso por falta de rango, la alfombra encarnada, antes interrumpida, se desplegó ante él señalándole el camino a seguir. "......" Vlad no pudo apartar la vista ante el sobrecogedor espectáculo que se abrió ante sus ojos. Era un recinto donde todo resplandecía con un fulgor sublime. A ambos costados, una doble fila de caballeros permanecía formada en riguroso orden marcial. Los rayos del sol que atravesaban las vidrieras estallaban en destellos cegadores al chocar contra las armaduras de gala. "......" Por un breve instante, Vlad desvió la mirada de aquel mar de destellos y miró hacia atrás. Allí aguardaba el hombre que siempre había guardado sus espaldas y lo había impulsado hacia adelante. Aquel que, al no poder empuñar una espada, jamás podría osar ponerse de pie frente a aquellas puertas. A espaldas del muchacho, el hombre de las densas ojeras sonreía con los brazos cruzados. "Ve." Josef siempre había creído que aquella era una frontera que jamás cruzaría en su vida. Sin embargo, hoy, aun cuando no fuera en persona, había logrado introducir a una de sus espadas en el corazón mismo de aquel recinto. Aquel joven que jamás se dio por vencido tenía más derecho que nadie a sonreír con legítimo triunfo. "Felicidades." La voz de Zayar resonó en un susurro grave tras la espalda de Vlad mientras este iniciaba su marcha hacia el salón de los caballeros. Ante aquel tono tan desacostumbrado en su maestro, algo cálido y punzante pugnó por brotar desde lo más hondo del pecho de Vlad, pero el joven apretó los dientes y lo sofocó con entereza. "Que el escudero de Bayezid, Vlad, avance ante mi presencia." Vlad alzó la frente siguiendo la dirección de aquella voz. El mundo de la caballería, habiéndole franqueado por fin sus puertas, le hacía señas para que se aproximara. Con la misma mirada penetrante con la que lo había contemplado aquella noche bajo la luna. "Sí." El sendero encarnado era el camino del honor. El muchacho avanzó flanqueado por las hileras de caballeros. Paso a paso. Dejando atrás el fango de los callejones marginales para alcanzar el destino con el que siempre había soñado. "Has bregado con denuedo hasta alcanzar este estrado." El muchacho siempre había soñado con las estrellas. Aun cuando sus pies se hundían en el cenagal de una realidad miserable, su mirada jamás dejó de contemplar las estrellas que titilaban en lo alto del firmamento. Y ahora, por fin había alcanzado aquella estrella. "Sostén en tu mano izquierda los Preceptos del Maestro de la Espada, inmutables por toda la eternidad." Un pergamino dorado. Vlad recibió con sumo cuidado el pliego que contenía el juramento sagrado del Maestro de la Espada. Al sentir en sus dedos aquella estrella refulgente que antaño apenas osaba imaginar, apretó las mandíbulas sin darse cuenta. "Hinca la rodilla y jura, escudero de Bayezid." El muchacho flexionó una rodilla contra el suelo y la espada gélida de Peter descendió con aplomo sobre su hombro. La frialdad y el filo cortante de aquel acero despertaron en la mente de Vlad una lucidez diáfana y cristalina. "El caballero siempre debe albergar la posibilidad. Tal es el primer precepto del Maestro de la Espada." Vlad de Shoara. Hubo caballeros que le otorgaron ese nombre. A pesar de haberse cruzado como adversarios en el campo del honor, aquellos hombres eligieron salvaguardar la posibilidad que el muchacho llevaba en su interior. Porque tal era el deber inexcusable que correspondía a un caballero. "El caballero siempre debe saber escuchar a su propia conciencia. Tal es el segundo precepto del Maestro de la Espada." En aquella aldea consumida por la niebla, el caballero Gregory se inmoló a sí mismo con plena resolución de su destino. Si te hallas donde debes estar, si te encuentras en el instante en que debes actuar, no vaciles. El único canon capaz de dictar esa determinación no es otro que la propia conciencia. "El caballero siempre debe perseguir un camino honorable. Tal es el último precepto decretado por el Maestro de la Espada." Un caballero debe conducirse siempre con honor, y para ser honorable, debe mirar sin cesar hacia las alturas y marchar hacia adelante. Sin albergar el menor atisbo de vergüenza, buscando únicamente la justa retribución. "Jura ante mi espada y ante los preceptos de la caballería, Vlad de Shoara." El muchacho siempre había contemplado la posibilidad encerrada en una espada sin adornos. La muchacha pelirroja que se mantuvo a su lado en el lodo podría dar testimonio de ello. Y aun cuando su destino transcurrió en el cenagal de los bajos fondos, el joven supo preservar lo que debía protegerse para no dejarse arrastrar por la podredumbre. El caballero de las rameras que custodiaba La Sonrisa de la Rosa podría atestiguar la pureza de la conciencia de aquel chico que siempre luchó por no traspasar los límites del bien. "Lo juro." Y porque contemplaba las estrellas, miró siempre hacia arriba; y para aferrarlas con sus manos, avanzó sin descanso, incluso cuando le tocó arrastrarse. Eran preceptos cuya existencia formal ignoraba, mas él había sido alguien que los cumplió con todas sus fuerzas. "Juro consagrar todas mis fuerzas a la observancia de los Preceptos del Maestro de la Espada." Y el último precepto del Maestro de la Espada, que el muchacho había acatado sin saberlo, quedaría atestiguado para siempre por aquella espada sin adornos que había batallado a su lado en cada forcejeo contra el destino. "Yo, Peter Bayezid, señor legítimo de Bayezid, decreto." Al compás del juramento del muchacho, el soberano de aquel salón proclamó con voz atronadora: "El joven ante mi presencia hincó la rodilla siendo el humilde escudero Vlad, mas al ponerse en pie..." Bajo el peso de su espada, una nueva estrella acababa de nacer. "¡Se levantará como el digno caballero Vlad!" El caballero de Lady Alicia. Aquel que preservó el hálito de los infantes bendecidos por San Rosino. El Matadragones aclamado por la sangre azul del Lindwurm. Y ahora, Vlad de Shoara, un caballero ungido y reconocido por la Casa Bayezid. El joven se puso en pie con un andar firme y majestuoso. \[Has hecho un buen trabajo.\] Aquel porte gallardo fue reconocido por la voz que lo había observado más de cerca que nadie en este mundo. Junto al juramento del Maestro de la Espada que el joven sostenía con orgullo en su mano izquierda. El muchacho desprovisto de raíces había forjado hoy sus propias raíces por obra de su propia voluntad. No como el hijo de alguien, ni como el descendiente de un linaje ilustre, sino exclusivamente bajo el glorioso nombre de Vlad de Shoara. Unas raíces de las que todas las estrellas allí congregadas darían fe por siempre. \* \* \* En un despacho sumido en la penumbra bajo el trémulo resplandor de las velas, el amo de la estancia, un hombre de mediana edad, fruncía el ceño con evidente fastidio. "Esos malditos enanos a mis espaldas resultan un verdadero grano en el culo." Poseía una complexión corpulenta y una estampa que a simple vista parecía torpe y pesada, pero cualquiera que lo conociese un ápice sabía de sobra que, bajo aquellos gruesos pliegues de carne, ocultaba una musculatura de hierro forjado. "Por eso he decidido actuar con mesura esta vez, al igual que el resto de esa escoria noble." Apretando entre sus dedos las nueces servidas en un plato, el hombre las trituró sin el menor esfuerzo mientras proseguía con su disertación: "Tengo entendido que la baronesa Alicia, la única superviviente de los Heinal, carece aún de consorte." "Así es." A pesar de su cuna aristocrática, el hombre chasqueaba los labios ruidosamente y sin ningún decoro al comer. Un conquistador y colonizador implacable que jamás se rebajaba a rendir cuentas ante nadie. "Semejante situación no puede permitirse. En un mundo tan despiadado como este, resulta imposible que una mujer sobreviva valiéndose únicamente de sus propias fuerzas." Para aquel apetito insaciable que jamás se colmaba por más que devorase, una nueva presa acababa de cruzar por su campo de visión. "Así que esta vez tendrás que poner un poco de tu parte." "Dígnese ordenar, señor Conde." Sigmund, conde de la Casa Gaidar. El flamante señor y dominador de las tierras occidentales. Ante el mandato que impartía, el guerrero que aguardaba en el lindero de las sombras inclinó profundamente la cabeza. "Marcha hacia Deomar en compañía de mi hijo. Y consígueme allí una justificación legítima." Ante las palabras de Sigmund, quien pretendía expandir sus dominios no mediante la violencia descarada de las armas, sino a través de un pretexto de conveniencia, el caballero asintió en señal de conformidad. Yendo de la mano de aquel vástago que llevaba la sangre de Gaidar en sus venas, le resultaría sencillo arrancarle al destino al menos una pequeña justificación. "Confío en que, como siempre, no me defraudarás. Godin." Al escuchar la sentencia de Sigmund, el caballero alzó el rostro: "Haré cuanto esté en mis manos." Godin, caballero de la Casa Gaidar. La luz azulina de la luna que se filtraba a través del ventanal se posaba con frialdad sobre su cabeza. \----- • Autor: Q10 • Traductor: Inmensurable ⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨
El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela)

Continúa leyendo

El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela)

Capítulo 85

Siguiente Capítulo ›

El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 84

Estás leyendo el capítulo 84 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 19 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.