Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 83 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Un candado enorme y gruesas cadenas de hierro.
Dos arquetas firmemente selladas, en las que se habían grabado fórmulas mágicas junto con las plegarias consagradas de la iglesia.
Frente a aquellas arquetas, un hombre permanecía de pie con las manos a la espalda.
"Rinde tu informe."
Era un veterano caballero de cabellera plateada, tan clara que rozaba la blancura nívea. Su barba crecida con fiereza y su cabello revuelto en todas direcciones semejaban la melena de un león indómito.
"La subyugación del Lindwurm concluyó con éxito."
Detrás del anciano caballero que contemplaba las arquetas, Sir Volkov permanecía firme con porte disciplinado.
"Por fortuna, los caballeros de Bayezid dieron el golpe de gracia, lo que evitó que le cediéramos una justificación a la Orden de Caballeros Matadragones."
"¿Y ese sujeto?"
Hablaba en voz baja, pero sus palabras poseían una resonancia que estremecía el entorno. El hombre había alcanzado un reino en el que bastaba su sola voz para proyectar una presencia imponente.
"Mircea, el comandante de la Orden de Caballeros Matadragones, ha abandonado el norte. Los caballeros de Bayezid vigilaron sus pasos hasta el último momento en que partió."
"Ya veo."
Al escuchar el informe de Sir Volkov, el hombre asintió y contempló las arquetas frente a él.
Hacía apenas unos días habían resonado entre sí liberando el ímpetu titánico de un dragón, pero en ese instante se limitaban a guardar silencio, como si estuviesen sumidas en un sueño profundo.
"En tal caso, ya no hay motivos para que estas reliquias se desboquen."
El dragón blanco, el Lindwurm, estaba muerto, y Mircea, comandante de la Orden de Caballeros Matadragones, había partido del norte. Aquello significaba que ya no quedaba ningún dragón en estas tierras septentrionales al que estos fragmentos pudieran llamar. Pues los dragones conscientes de su propio potencial ya no existían en el norte.
"Es improbable que aquel Lindwurm fuera el único de su estirpe, señor duque."
"Ciertamente."
Timur Baranov, el Duque de Acero.
Él coincidió con las palabras del mago que lo aconsejaba a su lado.
Aun ahora, en algún rincón de las llanuras nevadas del norte, debía de haber crías de dragón conteniendo el aliento. Y cuando llegara el momento de redescubrir su potencial latente, nadie podía asegurar que no volviera a ocurrir una calamidad semejante.
"Después de todo, custodiar dos fragmentos en un mismo lugar acaba provocando esta clase de problemas."
La arqueta que siempre había estado resguardada en el norte, y la arqueta del oeste que los sacerdotes habían evacuado casi como en un rescate tras la caída de la Casa Romanov.
Cuando estaban lejos no había problema, pero al quedar confinadas tan cerca la una de la otra, se había desencadenado semejante efecto pernicioso.
"Hay que separar los fragmentos."
Debían distanciar los dos fragmentos que resonaban entre sí. Sin embargo, ¿quién asumiría la custodia de una de las arquetas? Siendo una labor que requería un deber y una responsabilidad tan colosales, jamás sería una decisión que pudiera tomar basándose únicamente en su propio criterio.
"Señor duque, tengo algo más que comunicarle."
"¿Hay algo más que debas informar?"
Ante las palabras de Timur, Sir Volkov asintió en silencio.
"Ha nacido un nuevo matadragones."
Sobre las llanuras cubiertas de profunda nieve, hubo un muchacho que persiguió al dragón blanco. No era el más fuerte, pero sí el más veloz, y aquel joven no desperdició la oportunidad que él mismo se había forjado.
"¿Su nombre?"
Las espesas cejas de Timur se crisparon al escuchar sobre aquella súbita presencia. Siempre había pensado que, en la actual generación de la Casa Bayezid, solo Rutger era digno de atención.
"Se trata de un muchacho llamado Vlad. Todavía es tan solo un escudero, pero el potencial que alberga parecía resplandecer con singular brillantez."
"Un escudero..."
Al oír el parte de Sir Volkov, Timur se acarició la barbilla mientras contemplaba las arquetas que contenían los vestigios del dragón.
"Y un muchacho, además."
Era un nombre que jamás había escuchado hasta ese momento.
Ignoraba si lo habían mantenido oculto o si había emergido al mundo por su propia fuerza, pero las criaturas jóvenes siempre eran existencias impredecibles.
"Los jóvenes tienden a crecer en un abrir y cerrar de ojos."
Eran seres de los que resultaba imposible prever en qué llegarían a convertirse o qué rumbo tomarían.
El tiempo fluía y las generaciones cambiaban. Timur era plenamente consciente de que el tiempo ya no jugaba a su favor.
Antes de que un nuevo dragón oculto en alguna parte despertara a su verdadero potencial, debía alejar aquellos fragmentos.
Porque ese era el deber ineludible que le correspondía como guardián del pacto.
\* \* \*
Vlad dejó su bandeja sobre la mesa y miró a su alrededor.
Hacía mucho tiempo que no pisaba el comedor de los escuderos. En apariencia nada había cambiado, pero era capaz de notar que las miradas de los escuderos que comían a su lado convergían en la espada que llevaba al cinto.
"¿Ha ocurrido algo por aquí?"
"Nada en especial. Al menos, no a mí."
Portly esbozó una amplia sonrisa al encontrarse con Vlad después de tanto tiempo. Tal vez porque ya nadie se atrevía a acosarlo, su rostro regordete parecía resplandecer con un lustre saludable.
"Si tienes algo que decir, dilo."
"... ¿Puedo preguntar algo?"
Al ver a Vlad llevarse la cuchara a la sopa, Portly vaciló un momento. Aunque su situación había mejorado de forma considerable, su timidez innata parecía un rasgo imposible de desarraigar.
"Una pregunta cuesta una salchicha."
"A todo esto, ¿esa espada te la dio lord Rutger?"
Portly soltó la pregunta al instante, como si no necesitara ni un segundo para considerar la oferta de Vlad.
Vlad frunció el ceño al ver su reacción, preguntándose si no habría cerrado el trato con demasiada ligereza.
"... ¿Tanta curiosidad te da eso?"
"No solo a mí; ¡seguro que a todos les pica la curiosidad!"
Con las palabras de Portly, Vlad sintió cómo los alrededores se sumían en un repentino silencio.
Sin duda alguna, todos querían saberlo: si la espada que el muchacho llevaba al cinto se la había otorgado de verdad Rutger.
"La que tenía antes se me rompió durante la misión. Era natural que recibiera una nueva."
Para abatir al Lindwurm, el muchacho se había esforzado al límite y en el proceso terminó quebrando su propia espada. Y Rutger, como comandante a cargo de la expedición, tenía la responsabilidad de compensar lo ocurrido.
"Es increíble."
Vlad habló con absoluto desapego, como si no fuera la gran cosa, pero Portly y los escuderos a su alrededor asintieron con los ojos brillantes de fascinación.
"¿El qué?"
"Es el principal candidato a convertirse en el próximo patriarca de la casa. Que alguien como él te haya concedido una espada es, sin duda, un acontecimiento extraordinario."
La gente a su alrededor no consideraba que Vlad hubiera recibido la espada de Rutger como una simple compensación material. Aquella arma significaba que Rutger lo reconocía, y era una prueba fehaciente de su respaldo personal.
"¿No será que te ofreció una opción para elegir bando?"
"... Déjalo hasta ahí."
Un muchacho que había sido el escudero de Josef, pero que ahora contaba con el reconocimiento de Rutger. A ojos de los demás, resultaba indiscutible que Vlad se hallaba inmerso en una corriente turbulenta y compleja. Sin embargo, a Vlad no le agradaba en lo absoluto que la gente a su alrededor diera rienda suelta a sus conjeturas sobre él.
"Tengo una deuda que saldar con el señor Josef".
"...... Si te he ofendido, me disculpo".
Vlad rememoró el pasado mientras partía en silencio un trozo de pan y lo sumergía en la sopa. Hubo un tiempo en que un acto tan insignificante como aquel había constituido el sueño más anhelado de toda su vida. Aunque su figura actual pudiera parecer resplandeciente ante los demás, Vlad jamás olvidaba de qué rincón del mundo provenía.
Si había logrado echar raíces en una tierra como Bayezid, lejos del fango inmundo de los callejones, fue únicamente porque un hombre llamado Josef había sabido reconocer su valía. Vlad sentía el deber ineludible de corresponder a esa fe con lealtad. Porque él mismo deseaba que así fuera.
"Por cierto, ¿sabes una cosa?".
Al percatarse de que el semblante de Vlad se ensombrecía, Portly desvió el tema con presteza.
"¿El qué?".
Al advertir el esfuerzo de Portly por aligerar la atmósfera, Vlad levantó la mirada y contempló al escudero, quien mostraba un semblante apurado. De haberse tratado de cualquier otra persona, lo habría ignorado con frialdad; sin embargo, Vlad le guardaba una deuda de gratitud a Portly y a la Familia Cannor por diversas razones. Sin ir más lejos, Sir Gregory compartía lazos de sangre con el muchacho que tenía enfrente.
"Dicen que todos los caballeros de Bayezid se están reuniendo aquí en este momento".
"¿Todos?".
Ante la reacción de Vlad, que abrió los ojos con manifiesto interés, Portly pareció respirar aliviado; tomó la cuchara y añadió:
"Al menos, parece que todos los que estaban cerca ya vienen en camino".
"¿Por qué tan de repente?".
"Eso ni yo mismo lo sé".
Sturma era la capital de la Casa Bayezid. Que los caballeros se concentraran en semejante plaza podía parecer natural hasta cierto punto; no obstante, al escuchar las palabras de Portly, resultaba evidente que algo fuera de lo común estaba ocurriendo.
"Incluso dicen que los caballeros que cumplían misiones fuera han recibido la orden de congregarse. Según corre la voz, fue el mismísimo señor conde quien los convocó en persona. ¿Acaso has oído algo al respecto?".
Portly suponía que Vlad, habiendo combatido en el exterior, estaría mucho más al tanto de los rumores que él, que no había abandonado los confines de Sturma.
"No".
Sin embargo, Vlad tampoco lograba discernir los motivos tras aquella repentina llamada a filas. Los caballeros eran el emblema supremo del poder marcial. Que semejantes figuras se estuvieran congregando tal vez indicaba que se cernía otra amenaza colosal, comparable a la del Lindwurm.
"Con el tiempo lo sabremos".
No había necesidad de inquietarse de antemano por lo que estuviera por venir. Al fin y al cabo, el muchacho estaba listo para desenvainar su espada en cualquier instante.
El apagado tintineo de los cubiertos reverberaba por el refectorio. Entre aquellos sonidos quedos, los escuderos observaban con cautela las reacciones de Vlad. Aunque Vlad lo ignorara, los escuderos que volvían a contemplarlo tras tanto tiempo lo percibían con absoluta claridad: aquel muchacho rubio que antaño compartía su misma condición se hallaba ahora a una distancia tan inalcanzable que apenas podían sostenerle la mirada. La imponente presencia que emanaba de cada uno de sus gestos y de cada uno de sus destellos lo confirmaba con creces. Aquel joven se había vuelto demasiado grandioso para permanecer confinado al rango de escudero.
Solo el propio muchacho, abstraído en su plato de sopa, permanecía ajeno a esa realidad.
※※※※
"Pienso dar por concluida mi peregrinación".
"¿Ha tomado ya una decisión?".
En el despacho del patriarca, Ramund posó la taza de té que tenía delante y prosiguió:
"Aunque fue una senda que elegí por mi propia voluntad, en verdad ha sido un período extenuante".
"...... Lo comprendo".
Con esas palabras, Peter posó la mirada sobre la moneda dispuesta junto a la taza de té de Ramund. Tan miserablemente gastada que incluso mostraba un óxido cobrizo y rojizo, parecía un objeto que nadie recibiría con agrado si se le ofreciera.
"¿Entonces piensa entregar ese último ducado al muchacho llamado Vlad?".
"Ese muchacho es digno de recibirlo".
Ramund asintió con gravedad ante las palabras de Peter. Desde la estremecedora impresión de su primer encuentro hasta la reciente subyugación del Lindwurm, el viejo caballero, que había sido testigo de cada paso de Vlad a su lado, guardaba la certeza absoluta de que el joven poseía méritos más que suficientes para ser el depositario de aquella moneda.
"Habiendo recibido el precio del honor, los hombros de ese muchacho llamado Vlad cargarán con un peso temible".
"Para eso mismo se lo entrego".
Ramund reclinó pesadamente la espalda contra el respaldo de la silla, como si por fin se hubiera desprendido de una inmensa zozobra, y exhaló un hondo suspiro.
"Como caballero y como vasallo de Bayezid, siento un profundo alivio al haber dado cumplimiento a todos mis deberes".
"Ha cumplido con un servicio encomiable".
A pesar de ser un noble de ilustre alcurnia y el patriarca de la Casa Bayezid, Peter no vaciló en inclinar la cabeza profundamente ante Ramund para rendirle su más sincero respeto. Habiendo cumplido con su deber y con su honor, el viejo caballero por fin podía abrazar un retiro auténtico. Era la consumación con la que todo caballero soñaba.
"Aun así, le ruego que permanezca aquí unos días más antes de marcharse".
"¿Acaso ocurre algo?".
Ramund mostró una expresión de extrañeza ante la petición de Peter. El Peter que él conocía jamás había sido un hombre dado a lamentar las despedidas.
"Si alguien se retira, ¿no es natural que alguien nuevo haga su aparición?".
Ante las palabras de Peter, Ramund ladeó la cabeza un instante, pero no tardó en vislumbrar su significado y se palmeó el muslo con la mano.
"De modo que el señor patriarca también le ha concedido su reconocimiento".
"Aunque considero que el momento es algo prematuro".
Apenas había transcurrido un año desde que el muchacho llegara a estas tierras. Y en toda la historia de Bayezid, jamás había existido un escudero que obtuviera semejante reconocimiento en tan solo un año.
"Con este nombramiento, se pulverizarán tanto el récord de juventud como el del plazo más breve".
"Semejantes tradiciones pueden quebrantarse cuantas veces sea necesario".
Al escuchar aquellas palabras brotar de los labios de un viejo caballero que siempre había guardado reverencia por la tradición, Peter esbozó una leve sonrisa.
"...... Oírlo de boca de Sir Ramund en persona afianza aún más mi convicción".
Con esa sentencia, Peter dirigió la mirada más allá de los ventanales. Las murallas de Sturma, que siempre habían protegido la urbe con firmeza inmutable. Sobre aquellos parapetos revoloteaban los blancos copos del invierno. Y Peter recordaba con nitidez al muchacho que había arribado a Bayezid de la mano del invierno.
Hacia Sturma confluían los caballeros, portando los estandartes de Bayezid. Todos a la espera del nacimiento de un nuevo honor.
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• Autor: Q10
• Traductor: Inmensurable
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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela)
Capítulo 84
El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 83
Estás leyendo el capítulo 83 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 19 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.