arrow_back

Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 82 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Sobre la nívea llanura se esparcían salpicaduras de sangre azul. "..." Vlad permanecía sentado en la nieve, con la mirada ausente, contemplando la inmensidad teñida de azul. Aún no terminaba de asimilar los despojos del Lindwurm dispersos sobre el manto gélido. Y lo mismo ocurría con el peso desconocido de la espada sin adornos que descansaba en su mano. "Buen trabajo". Rutger hendió el aire con su arma para desprender la sangre adherida al acero y caminó hacia él. Aunque el muchacho le había asestado una herida mortal, fue la espada de Rutger la que dio el golpe de gracia a la bestia que se revolvía presa de una agonía feroz. Al fin y al cabo, el mundo de Vlad aún no era lo bastante firme como para cercenar de lleno las escamas de un dragón. "...¿Se encuentra bien el anciano?". "¿El anciano? ¿Todavía no te ha revelado su nombre?". Vlad sintió el calor de Rutger al tomar asiento a su lado en silencio. Era una calidez semejante a la de aquel viejo caballero que lo había escudado con su propio cuerpo frente al aliento del dragón blanco. "Bueno, dudo que tarde mucho en decírtelo". "..." Aquel viejo caballero, que había emprendido la peregrinación desde la condición más humilde, se había arrojado sin titubear para salvar al muchacho. Aunque no hubiese actuado previniendo una desenlace semejante, al final su gesto había engendrado un fruto extraordinario. Toda obra impulsada por la bondad siempre hallaba la forma de ser recompensada con el tiempo. "Se ha roto". Rutger observó los ojos desenfocados de Vlad. La mirada del joven se posaba en la espada sin adornos, hecha pedazos y de la que solo restaba la empuñadura. "...Hice todo lo que pude". "Sí. Pude notarlo". Rutger asintió ante las palabras entrecortadas del chico. En aquel instante en que todos se habían quedado paralizados, él había sido el único en presenciar las lágrimas del joven dispersándose entre la ventisca. "Diste todo de ti, no cabe duda". Rutger aún recordaba la figura del muchacho cuidando su arma junto a la fogata en la estepa. Al contemplar cómo Vlad pulía la hoja con devoción, como si oficiara un rito sagrado, resultaba evidente cuánto atesoraba aquella espada. "Yo me encargaré de conseguirte una buena". Era natural que una espada forjada por un maestro armero convocado por Rutger superase con creces a la fabricada por el herrero de los callejones. Además, al ser conferida por uno de los herederos de la casa condal, se trataría de un arma dotada de un significado excepcional. "..." Sin embargo, pese a que cualquier otro caballero habría saltado de júbilo ante semejante ofrecimiento, Vlad permaneció inmóvil, limitándose a aferrar la empuñadura de la espada sin adornos. Los ojos azules del muchacho, transidos por el dolor de la pérdida, se alzaron hacia Rutger. "¿Existirá alguna otra como esta?". No le importaba que no estuviese afilada. Tampoco necesitaba que resplandeciera o fuese indestructible. El muchacho tan solo anhelaba empuñar una espada provista de un significado genuino, una capaz de albergar su mundo en su totalidad. Igual que aquella espada sin adornos que le había devuelto la esperanza en medio del lodo de los callejones. "...Quién sabe". Intuyendo lo que las palabras del joven encerraban, Rutger se limitó a desviar la mirada con una sonrisa amarga. Pues ni siquiera él tenía la certeza de poder concederle algo semejante. La ventisca arreciaba. El dragón blanco yacía inerte sobre la nieve. El Lindwurm que había asolado el norte por fin había sido subyugado. Y aquella bestia dejó, junto a su cadáver, un nuevo título. Matadragones. Vlad de Shoara. El segundo Matadragones de esta generación bajo el estandarte de Bayezid. Y la destrozada espada sin adornos fue el testimonio eterno de semejante gloria. \* \* \* En el despacho de Shoara. Mientras Josef se entregaba de lleno a sus deberes aprovechando la abundante luz solar que se derramaba por el ventanal, un hombre tuerto abrió la puerta y avanzó con paso silencioso. "Mi señor Josef". "¿Qué sucede?". Al reparar en las ojeras cada vez más marcadas de Josef, Sir Zayar soltó un leve suspiro y le entregó la misiva que traía consigo. "Es una carta procedente de Deomar. La baronesa Alicia la ha remitido personalmente". "¿De Deomar?". Josef, que llevaba largo rato inmerso en la revisión de documentos, alzó la vista de inmediato al escuchar el nombre de Deomar. Para él, los asuntos relativos a ese territorio revestían tanta trascendencia como su propio cargo de alcalde en Shoara. "¿Ha mostrado la Casa Gaidar algún movimiento inusual durante este tiempo?". "Al menos, nada de carácter militar". Ante el parte de Zayar, Josef asintió. En tiempos tan convulsos como estos, la información en mano lo era todo. Solo manteniendo los secretos propios bajo el más estricto hermetismo y descifrando con claridad meridiana los designios del adversario se podían garantizar la seguridad y la victoria. "No media ninguna amenaza militar directa y, aun así, envía una carta de su puño y letra...". Josef tomó el abrecartas que reposaba a su alcance y rasgó con sumo cuidado el sobre remitido por Alicia. Aunque ella adoleciera de experiencia como señora feudal, era una persona que se esforzaba por imprimir la máxima prudencia a cada uno de sus actos. Tratándose de una aliada firme, jamás degradaría su propia valía con peticiones o reclamos triviales. "..." Zayar contempló a Josef en silencio mientras este leía la carta. El ceño cada vez más fruncido de su señor indicaba con elocuencia que la situación distaba de ser sencilla. "...Mmm". Tras sumirse brevemente en hondas cavilaciones, Josef dejó escapar un murmullo indescifrable y posó la misiva sobre el escritorio. "¿Cuándo regresará Vlad?". "Le tomará al menos un mes más. Como mínimo, deberán avanzar hasta la Fortaleza de Bernhem". Josef, ajeno aún a la noticia de que la partida de subyugación ya había abatido al Lindwurm, arrugó la frente ante las palabras de Zayar. "No tenemos tiempo suficiente". "¿Acaso se requiere a ese muchacho para este asunto?". Josef asintió con gravedad ante la interrogante de Zayar. "El margen de tiempo va a ser peligrosamente estrecho". \*Tap, tap, tap.\* Tamborileando los dedos sobre la mesa mientras se recostaba en el fondo de su asiento, Josef meditó durante más del doble de tiempo del que le había llevado leer la misiva. "Una vez concluida su misión, la partida de subyugación del dragón regresará a Sturma, ¿verdad?". "Es lo más probable". "En ese caso, yo también deberé marchar a Sturma". La repentina resolución de Josef desconcertó a Zayar por un instante, pero no tardó en inclinar la cabeza con respeto. "Dispondré los preparativos de inmediato". Una vez fijada la determinación, era imperativo actuar sin dilación. Las dudas solo devoraban las horas sin aportar beneficio alguno al desenlace. "Te lo encomiendo". En cuanto Zayar abandonó la estancia para alistar el viaje hacia Sturma, Josef entrelazó las manos y apoyó la frente sobre ellas. "Conque han decidido jugar de esta manera...". Aunque no constituyera una amenaza militar manifiesta, se trataba de una maniobra con propósitos inequívocos. Alicia se había alarmado ante semejante jugada de la Casa Gaidar, y por esa razón le había enviado la misiva. "Quién pensaría que el tropiezo de aquel día terminaría por convertirse en la mejor de las jugadas". Al murmurar aquello, Josef no pudo evitar soltar una risa ahogada. A lo largo de una existencia en la que siempre se había visto obligado a calcular el paso siguiente con frialdad, era la primera vez que un acto fortuito e involuntario definía el curso de sus futuros movimientos. Hubo una vez un muchacho rubio que cometió una osadía ante una noble dama de cabellos color agua. En aquel entonces, Josef no había podido más que contemplar la escena sumido en el más absoluto desconcierto; sin embargo, al ver que aquel percance se transformaba ahora en la llave para resolver el dilema que tenía frente a sí, no le quedaba más remedio que sonreír. "Tendré que hacer que se prepare". Aquel día, el muchacho había recibido con ambas manos el pañuelo de la dama, y al mismo tiempo contrajo un deber y una causa para con ella. Ahora había llegado el momento de compensar aquel error. Tras girar su silla, Josef contempló en silencio el exterior a través de la ventana. La estampa de la ciudad, los recios portones de las murallas y, mucho más allá, los páramos nevados del norte. La dirección hacia la que miraba Josef era el sitio donde se hallaba el muchacho rubio. ※※※※ "¡Maldito mocoso! ¿Acaso estás transportando un cadáver? ¿Por qué demonios amontonaste semejante cantidad de trapos sobre mi cabeza?" Vlad observó a Ramund, quien refunfuñaba a su lado, y respondió frunciendo los labios: "Se le va a colar el viento." "¿Desde cuándo un hombre del norte le teme al viento invernal?" "Dicen que, cuando uno envejece, el viento se le cuela sin piedad entre las articulaciones." "..." Sobre el chirriante carromato, tumbado y sepultado bajo un sinfín de pieles y mantas de tela, Ramund se quedó sin palabras ante la réplica del muchacho. "Siendo sincero, con el aspecto que tiene ahora no parece más que un cadáver parlante." "A mi edad hay ciertas palabras que hieren susceptibilidades cuando uno las oye de boca ajena, ¿sabes?" Vlad cuidaba con todo su esmero a Ramund, quien había bloqueado el aliento del Lindwurm para protegerlo. No obstante, al no estar acostumbrados ni a velar por otros ni a recibir atenciones, el anciano y el muchacho se limitaban a avanzar entre constantes disputas. La fuerza de subyugación regresaba tras abatir al dragón. Habiendo traspasado de vuelta el mando temporal de la Fortaleza de Bernhem a su caballero titular, Rutger encabezaba la hueste de regreso hacia Sturma. Marchaban junto a los caballeros del Duque de Acero, con quienes habían sumado fuerzas frente a la amenaza draconiana. "¿Acaso no tiene intenciones de acompañarnos hasta Sturma tal como estamos? Siendo huéspedes provenientes de tierras tan distinguidas, imagino que mi señor padre se alegrará mucho." Y también marchaban junto a la Orden de Caballeros Matadragones, que había irrumpido de improviso en el norte esgrimiendo su pretexto. "...Ciertamente, imagino que no se presentarán muchas ocasiones en el futuro para ver cara a cara al patriarca de la Casa Bayezid." Ante la cortés invitación de Rutger, Mircea se acarició la barbilla mientras dibujaba una sonrisa. "Sin embargo, dudo mucho que sea capaz de ir hasta allí y permanecer sosegado sin dejarme llevar por la exaltación." Ambos conversaban recurriendo a la etiqueta y la elocuencia propias de la nobleza, pero en el fondo de sus palabras yacían advertencias que resplandecían con un filo gélido. Del mismo modo en que los caballeros del norte y los del Centro se vigilaban con mutua hostilidad en ese mismo instante. "En ese caso, aquí nos separaremos." Ante la inequívoca orden de expulsión proferida por Rutger, Mircea se limitó a sonreír con amargura. La causa de la Orden de Caballeros Matadragones había sido la subyugación del Lindwurm. Sin embargo, al perder dicha justificación debido a la hazaña del muchacho, ya no poseían legitimidad alguna para permanecer en las tierras del norte sin el consentimiento de su señor. "¿Qué desean que hagamos con los bárbaros? ¿Le parecería bien que nos encarguemos nosotros?" "Deje los asuntos del norte en manos del norte y márchese." Por más que fuesen bárbaros, no podía entregárselos a la Orden de Caballeros Matadragones. Ante la rotunda negativa de Rutger, el semblante de Age, quien los seguía en silencio desde atrás, se iluminó. "Si así lo dispone." Al compás de los ademanes de Mircea y Rutger, las dos comitivas comenzaron a separarse gradualmente. Entre los caballeros del Centro y los caballeros del norte comenzó a abrirse una brecha insalvable. "¿Me permitiría, por último, saludar al nuevo matadragones antes de partir?" "..." "Tengo algunas preguntas que hacerle, después de todo." Los semejantes reconocen a los suyos. Por esa razón, la Orden de Caballeros Matadragones jamás vacilaba en brindar respeto y afecto a aquellos que se habían bañado en la sangre de un dragón. Si Mircea y Rutger no pertenecieran a bandos enfrentados, la relación entre ambos habría sido sumamente distinta a la actual. "Solo un breve instante." "Se lo agradezco." Ante la firme determinación de Mircea de no marcharse sin cumplir aquello, Rutger asintió con la cabeza. Al fin y al cabo, ponerse terco solo por impedir un mero saludo habría resultado ridículo. Mircea avanzó con lentitud, abriéndose paso entre los temibles caballeros del norte. La ominosa presencia y las miradas feroces que se cernían sobre él desde todas direcciones eran implacables, pero Mircea no parecía inmutarse en lo más mínimo. Pues aquel que posee absoluta seguridad en sí mismo es capaz de forjar su propio dominio en cualquier momento y lugar. "Escudero de Bayezid, Vlad de Shoara." Allí, tras apartar a los caballeros, se encontraba el muchacho, plantado de pie como si resguardara el carromato donde yacía el anciano. Cabellos dorados y ojos azules. Y al atisbar cierta disposición innata que albergaba en su interior, Mircea sonrió. "Lo hiciste bastante bien." "Diga rápido lo que tenga que decir." Aquel par de ojos azules que lo habían oprimido. Rememorando aquel instante que distaba por completo de albergar buena voluntad, Vlad le enseñó los colmillos a Mircea. Si no hubiese sido por su intromisión, Ramund estaría en pie en perfectas condiciones en este instante. "A mí me alegra verte, pero parece que a ti no te ocurre lo mismo." "No tengo razones para alegrarme, pero me sobran motivos para detestarlo." Aunque no empuñaba espada alguna, la ferocidad que irradiaba era tan afilada que parecía capaz de tajar. Vlad expresaba su cólera no con palabras, sino a través de su mirada y su temple. "...¿Ah, sí?" Mircea entrecerró los ojos y contempló las corrientes de aire que fluían en torno a Vlad. Tanto los cabellos alborotados del muchacho como los copos de nieve que revoloteaban a su alrededor mecidas por el viento se habían detenido por completo. Aunque no fuera de manera deliberada, el joven estaba erigiendo su propio territorio a través de su presencia marcial, tal como hacía Mircea. Era la prueba inequívoca de que su manera de proyectar su mundo interior había madurado aún más. "Vaya, esto me resulta un tanto ingrato. Parece que mi intención de advertirte que no fueras a un lugar peligroso no se transmitió como debía." "Déjate de estupideces." Al ver al muchacho gruñir frente a él, Mircea sonrió con serenidad. 'Así es como debe ser. Hay que saber alzar la cabeza con orgullo en cualquier lugar. Porque tú eres alguien nacido para ello'. "Entonces, tal como deseas, me limitaré a hacerte unas cuantas preguntas y desapareceré." Sin embargo, en comparación con el de Mircea, aquel mundo era todavía demasiado frágil. Con un único paso, Mircea desgarró el dominio del muchacho y se plantó con parsimonia frente a él. Tan cerca que sus alientos se rozaban; tan cerca que en las pupilas azules de uno se reflejaba la figura del otro. "Esta es la primera pregunta." Acto seguido, Mircea comenzó a susurrarle al oído. Sin que nadie pudiera escucharlo. Con una voz que solo el muchacho podía percibir. "Dime, ¿acaso tu corazón no se desboca cada vez que ves a un dragón?" "...!" Junto con la pregunta, Mircea liberó pausadamente su presencia. Ante aquella intimidación que, al igual que en aquella ocasión, solo un dragón podía advertir, Vlad se apretó el pecho de manera involuntaria. "...¿De qué estás hablando?" "Segunda pregunta." Al percibir los latidos desbocados del muchacho aun sin que este respondiera, Mircea sonrió. "La sangre del Lindwurm era de color azul, ¿verdad?" Vlad, quien apenas lograba sostenerse sobre sus pies mientras su corazón parecía a punto de reventar, quedó atónito ante las siguientes palabras de Mircea. La interrogante que acababa de pronunciar aquel hombre era por completo descabellada. "¿Acaso no sentiste sed al contemplar esa sangre?" "¿Qué?" Había algo torcido en aquellas preguntas. Al advertir un matiz inquietante en Mircea, Vlad retrocedió un paso lentamente sin apartar la mirada del hombre que se alzaba ante él. El comandante de la Orden de Caballeros Matadragones. Mircea. Mircea Dragulia. "Te estoy preguntando si no deseaste beber la sangre del dragón." Aquellos ojos azules, tan semejantes a los del muchacho, sonreían con una frialdad glacial. \----- • Autor: Q10 • Traductor: Inmensurable ⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨
El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela)

Continúa leyendo

El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela)

Capítulo 83

Siguiente Capítulo ›

El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 82

Estás leyendo el capítulo 82 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 19 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.