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Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 78 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Crujiiido. "Kugh...... aaargh". Junto a un estertor agónico y apagado, las pupilas del guerrero bárbaro comenzaron a desorbitarse. Incluso las últimas lágrimas carmesíes que brotaron de sus ojos terminaron congelándose al instante por efecto de aquel hálito glacial. Un intenso color rojo esparcido sobre un manto de nieve impoluta. Y esparcidos sobre ella, los montones de cadáveres de los bárbaros. No, aquellos que aún no se habían convertido en despojos inertes se arrastraban desesperadamente sobre el suelo helado, intentando alejarse del dragón blanco, pero sus patéticos forcejeos resultaban fútiles por completo. Puesto que los brazos y las piernas que debían moverlos yacían cercenados, rodando sobre el manto blanco. Crrraj, crrrac. Con las fauces empapadas hasta el borde de densa sangre fresca, el dragón alzó la cabeza con gesto de plena satisfacción. Era muy distinto de la carne correosa de los orcos. Muy distinto del hedor grasiento de los monstruos ordinarios. El dragón blanco, Lindwurm. Habiendo grabado el sabor de la carne humana en su lengua por designio perverso de alguien, el dragón abrió de par en par sus fauces y lanzó un rugido ensordecedor. Fue un bramido tan descomunal que ni siquiera la neblina de nieve que se arremolinaba pudo terminar de engullirlo. ※※※※ "¡Ha llegado el señor Rutger!". "¡Abran las puertas!". Al clamor de los centinelas, la pesada puerta sostenida por gruesas cadenas de hierro comenzó a descender. Rutger clavó la mirada en la puerta que bajaba lentamente frente a sus ojos y posó la mano sobre el pomo de su espada. Huéspedes no invitados: la Orden de Caballeros Matadragones. Que ellos, que jamás en la vida se habían interesado por los asuntos del norte, hubieran viajado de pronto hasta este confín más septentrional debía de obedecer a razones de peso. Y que hubieran izado su estandarte sobre la fortaleza sin el consentimiento del comandante a cargo también tendría que tener una justificación contundente. "¡Señor Rutger!". "Informa". Cruzando el puente sobre el foso con una expresión inusualmente sombría y el paso acelerado, un caballero corrió a toda prisa hacia él y comenzó a rendir cuentas del estado de la situación. "Hace aproximadamente dos días llegó la Orden de Caballeros Matadragones enviada desde la capital central". "¿El motivo?". Ante el súbito cambio en la imponente presencia de Rutger, el caballero tragó saliva de manera involuntaria antes de abrir la boca. "Afirman haber venido para someter a Lindwurm". "...... Esos tipos sí que manejan información rápida". Rutger chasqueó la lengua con fastidio y una expresión hosca se dibujó en su rostro. Despachar un contingente armado a las tierras de otro señor feudal no solo constituía una grosería inadmisible, sino que rozaba una declaración de guerra encubierta; sin embargo, los caballeros matadragones que ocupaban la Fortaleza de Bernhem habían ingresado provistos de una justificación intachable. "Rápida, demasiado rápida". La Orden de Caballeros Matadragones. Tal como delataba su nombre, se trataba de un cuerpo militar fundado expresamente para dar muerte a los dragones, avalado directamente por el Emperador del Imperio y operado bajo la égida del Duque Sangre de Dragón, uno de los magnates más influyentes de la nobleza central. En otras palabras, en cualquier asunto concerniente a los dragones, contaban con el respaldo explícito del soberano y la garantía de actuar al amparo de las leyes imperiales. Al haber ingresado enarbolando un estandarte amparado por semejante legitimidad formal, los caballeros apostados en la fortaleza no habían podido hacer nada para impedírselo. "......". Vlad seguía de cerca los presurosos pasos de Rutger mientras curioseaba de un lado a otro por pura costumbre. Edificada íntegramente con bloques de piedra debido a la ausencia de madera en los alrededores, la Fortaleza de Bernhem presentaba escaleras estrechas y pasillos zigzagueantes, dejando al descubierto una estructura tan cruda y pragmática que cualquiera comprendería a simple vista con qué propósito había sido concebida. "A la Fortaleza de Bernhem se la conoce también como la atalaya de señales de Bayezid". "¿Hay una atalaya de señales aquí arriba?". Ante la pregunta de si existía una gran almena visible desde la distancia, Ramund se limitó a encogerse de hombros. "La fortaleza entera es la atalaya. Cuando arde en llamas, se la ve perfectamente desde cualquier rincón". "...... Ah". Ante aquellas palabras pronunciadas con tono casual por Ramund, Vlad volvió a examinar los muros circundantes con renovada atención. Aunque se habían esforzado por disimularlo aplicando capas de argamasa de cal, por doquier asomaban los vestigios tiznados de negro por el fuego. Perder la posición y volver a reconquistarla. Reconstruir una y otra vez la fortaleza reducida a cenizas humeantes. Para los bárbaros y los monstruos, un muro infranqueable; y para la gente de Bayezid, el símbolo indiscutible de su indomable voluntad: eso era precisamente la Fortaleza de Bernhem. "Están aguardando allí delante". "......". Habiendo clavado su propio estandarte sin autorización alguna en semejante monumento al orgullo de Bayezid, Rutger no tenía motivo alguno para refrenar la furia que hervía en su interior. "Por fin habéis llegado. Os estábamos esperando". Pese a la estrechez de los pasillos, el vestíbulo principal había sido construido con amplitud suficiente para congregar a los caballeros. En el punto más elevado de aquella estancia, erigida peldaño a peldaño sobre la sangre de Bayezid, había un hombre de pie aguardando la llegada de la comitiva. "Es un placer conoceros. Soy Mircea, comandante de la Orden de Caballeros Matadragones". Aquel hombre, enfundado en una refulgente armadura plateada, contemplaba con una sonrisa relajada al grupo que entraba en el salón, con un aplomo tan señorial que parecía encontrarse en su propia morada. Pese a la arrogancia que destilaba, sus facciones noblemente esculpidas conseguían que incluso un gesto que en otro resultaría repulsivo luciera con natural elegancia. "...... Vaya, parece que hemos recibido a un huésped de alcurnia sin que yo estuviera enterado". En el instante en que sus miradas se cruzaron, el corazón de Rutger comenzó a latir con violencia, encendido de rabia ante la insolente actitud de Mircea, quien pretendía doblegarlo con su temple en su propia casa. "Rutger Bayezid. Comandante interino de la Fortaleza de Bernhem". Al observar las pupilas oscuras de Rutger, que le devolvían la mirada de hito en hito sin el más mínimo amago de retroceder, la sonrisa de Mircea se acentuó aún más. Tum-tum. Y el corazón de Vlad, que contemplaba a aquel individuo llamado Mircea, también empezó a desbocarse. Una vibración similar a la que había experimentado al enfrentarse al gusano mortal emanaba con claridad de aquel hombre encumbrado en lo alto. El galope del corazón no era algo que pudiera gobernarse a voluntad, pues respondía exclusivamente al dictado del instinto más primario. "......!". Obligando a su corazón a serenarse mientras alzaba la vista, Vlad se llevó una sorpresa al descubrir que Mircea lo miraba fijamente a él. El muchacho no había sido el único en reaccionar guiado por el instinto. "¿Los cadáveres de bárbaros que yacen afuera son obra de la Orden Matadragones?". "...... En efecto. Era una medida necesaria". Recomponiendo sus facciones con pasmosa naturalidad ante la pregunta de Rutger, Mircea respondió conservando aquella sonrisa complaciente. Allá afuera yacían los despojos de los bárbaros desparramados en la nieve, con heridas espantosas grabadas en sus carnes por el filo de espadas expertas, no por mandíbulas monstruosas. "Lindwurm es el espécimen más veloz entre todos los vestigios de dragones caídos. Lo que significa que resulta imposible alcanzarlo a la carrera para abatirlo". Josef había intentado transmitir información sobre Lindwurm a Rutger por mediación de Age. Sin embargo, aquel hombre frente a ellos ya dominaba los pormenores de la criatura sin necesidad de ningún informante nativo. Fundada bajo la venia del Rey Fundador Prausen, la Orden de Caballeros Matadragones atesoraba una experiencia forjada a lo largo de más de varios siglos de historia. "Puesto que no podemos darle caza al galope, no queda más alternativa que hacer que venga hacia nosotros. Los cadáveres del exterior no son más que el cebo dispuesto para tal fin". "¡Hijo de perra!". Antes de que Mircea terminara de pronunciar la frase, Age lanzó un alarido de furia incontenible y se abalanzó hacia el frente. "¡Perros del Imperio! ¡Malditos sean, no descansaría ni arrancándoles las tripas a mordiscos!". De no haberle confiscado el arma con anterioridad debido a su condición de prisionero, habría desenvainado en el acto. De no haber sido por Ramund, que lo vigilaba de cerca y le puso una zancadilla implacable, el bárbaro ya se habría lanzado escaleras arriba contra Mircea. "¡Uaaagh! ¡Apártate, viejo!". "...... Si dices una sola palabra más, te corto el cuello". La cólera de Age era legítima por donde se la mirara. ¿Qué ser humano no escupiría sangre de rabia al enterarse de que habían utilizado a sus propios congéneres como vil carnada? Sin embargo, por muy justa que fuera la indignación, requería de la fuerza correspondiente para hacerse valer. La ira de los bárbaros desprovistos de poder no pasaba de ser un pataleo insignificante que terminaba mordiendo el polvo, tal como le ocurría a Age en ese instante. "Veo que el noble vástago de Bayezid cría a un perro bastante maleducado". Mircea contempló con ojos gélidos a Age, que no dejaba de proferir improperios en el suelo. "Y a una gata también, por lo que veo". Dorothea agachó apresuradamente la cabeza al sentir sobre sí aquella mirada helada. No por temor a los ojos de Mircea, sino por miedo a que su mera presencia pudiera acarrearle un perjuicio a Rutger. "Ignoro si os habéis esmerado lo suficiente en domesticarlos. Las criaturas viles suelen olvidar su posición con pasmosa facilidad". "......". Ante las palabras de Mircea, Rutger guardó un pétreo silencio. Los nobles de la corte central y los señores feudales de las tierras del centro. Aquellos que se creían el ombligo del mundo siempre acostumbraban a mirar con semejante desdén a quienes habitaban más allá de sus fronteras. No solo hacia los bárbaros o la raza de los hombres bestia, sino también hacia los propios habitantes del norte. "...... Al menos ellos permanecen en el lugar que les corresponde". Asintiendo como quien toma una resolución inapelable, Rutger soltó un largo suspiro. Daba igual si había sido con intención premeditada o no. Aquel aristócrata engreído había cruzado la línea, y Rutger representaba a cada uno de los norteños congregados en aquel bastión. La cólera profunda que siempre enmascaraba tras una sonrisa desahogada comenzó a filtrarse poco a poco hacia el exterior. El mundo interior de Rutger era de un rojo ardiente, semejante a un volcán en erupción. Hacia Mircea, que usurpaba el sitio reservado exclusivamente a Bayezid, una furia viscosa como la lava hirviente empezó a desatarse sin contención. "Así pues, vos también deberíais buscar vuestro sitio adecuado, comandante Mircea". Paso a paso. Pisar los escalones labrados por Bayezid para ascender hacia la cima. Con la pisada firme y soberana de quien posee el derecho legítimo sobre aquel suelo, Rutger avanzó hacia Mircea, y los caballeros matadragones apostados alrededor comenzaron a posar las manos sobre las empuñaduras de sus espadas uno tras otro. "¿Con permiso de quién izasteis vuestro estandarte?". Habiéndose aproximado tanto que sus frentes casi rozaban, Rutger clavó la mirada en los ojos azules de Mircea sin pestañear lo más mínimo. "Fui yo quien lo solicitó. Y puesto que nadie se movía a hacerlo, mis hombres lo izaron". Sin gruñir como Age ni escudarse tras una sonrisa altiva como Mircea. Solo así, con una quietud aterradora. "¿Con permiso de quién os habéis encumbrado en este puesto?". "...... Vaya". Aunque no era una reacción imprevista, Mircea esbozó una sonrisa glacial al ver a Rutger plantarle cara con semejante desafío abierto. "La Orden de Caballeros Matadragones, consagrada a erradicar el azote calamitoso de los dragones, ostenta por ley imperial el legítimo derecho a disponer de todas las instalaciones y efectivos ubicados en territorio del Imperio". "Siempre y cuando cuente con la anuencia previa del señor del lugar, por supuesto". Rutger y Mircea giraron lentamente sobre sí mismos al compás del choque invisible de sus presencias. El temple justificado de Rutger empujaba a Mircea en dirección a la escalera. "¿Acaso insinuáis que os negáis a cooperar?". "Pienso cooperar". El dedo de Rutger señaló con firmeza hacia el suelo del vestíbulo inferior. "Siempre y cuando os sometáis a los procedimientos correspondientes". Habiendo comprendido las intenciones de Rutger, los caballeros de Bayezid abrieron de par en par las puertas del vestíbulo y comenzaron a correr escaleras arriba hacia la cúspide de la fortaleza. "Rogad que se os permita izar el estandarte, comandante Mircea". "......". En el punto más encumbrado del bastión, junto al estandarte de Bayezid que ostentaba su inexpugnable muralla de piedra, la insignia del dragón ondeaba cabizbaja. "Rogad por nuestra colaboración para que se os permita dar caza a un dragón en el suelo de Bayezid". Legítimo, soberano y depositario de la lealtad incondicional de sus huestes, su señor feudal enseñaba los colmillos a los matadragones. "¡Que nadie dé un solo paso!". "¡El señor de este dominio no lo ha autorizado!". Lanzando una advertencia cortante como el filo de una cuchilla, los caballeros de Bayezid rodearon a la Orden Matadragones en un abrir y cerrar de ojos, bloqueándoles el paso. Rutger contra Mircea. Los caballeros de Bayezid contra los caballeros matadragones. La lacerante tensión que emanaba de ambos bandos envolvió el vestíbulo con un frío mucho más despiadado que el viento gélido de los confines del norte. "Volvamos a empezar desde allá abajo". Mircea volvió la cabeza y miró en la dirección que Rutger señalaba: el centro del vestíbulo inferior. Una posición en la que, para sostenerle la mirada a Rutger, tendría que levantar la cabeza hacia arriba. "Os vais a arrepentir de esto". "De todas formas, elijas lo que elijas en esta vida, todo acaba en arrepentimiento". Frente a la velada amenaza de Mircea, Rutger se limitó a soltar una risa queda. "Y si de cualquier modo voy a arrepentirme, prefiero hacerlo después de haber hecho lo que debía". Las pupilas oscuras heredadas del linaje de Bayezid contemplaron al hombre frente a él, mientras un aura tan espesa como la lava se desprendía de su cuerpo. Cabello rubio, ojos azules y una estirpe de rancio abolengo. Clavó la mirada sobre aquel individuo de corazón helado que no dudaba en servirse de seres humanos vivos como vil carnada para un dragón. \----- • Autor: Q10 • Traductor: Inmensurable ⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨
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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 78

Estás leyendo el capítulo 78 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 19 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.