arrow_back

Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 77 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
"Esta vez nos llevará al menos un mes". Tras pronunciar aquellas palabras, Vlad acercó un pequeño taburete, se apoyó contra la pared y comenzó a dar mantenimiento a su espada. Iluminada por la vacilante luz de la vela, la hoja desprovista de adornos le infundía, como siempre, una profunda serenidad en el corazón. "Mmm. Mantenerse ocupado es bueno". Jemina, que había respondido con desgano a las palabras de Vlad, se encontraba sentada al borde de la cama, sosteniendo el pendón en su regazo mientras cosía afanosamente. Junto a los emblemas bordados con esmero por una dama noble de alta cuna, la muchacha pelirroja estaba plasmando con su aguja un nuevo blasón. "Últimamente te va de maravilla, Vlad". Jemina, que mantenía todos sus sentidos concentrados en la costura para que su labor no desmereciera al lado de las insignias ya presentes, levantó la cabeza de pronto como si algo le hubiera venido a la mente y miró a Vlad. "Si tu madre pudiera verte ahora, se habría alegrado tanto". Vlad observó con una expresión indescifrable a la muchacha, quien de improviso sacaba a relucir el recuerdo de su madre. De vez en cuando, Jemina solía desconcertarlo con conversaciones tan imprevistas y carentes de contexto como aquella. "... ¿Por qué sacas ese tema tan de repente?". "No sé, se me vino a la cabeza sin más". Habiendo transcurrido ya más de diez años, eran contadas las personas que aún guardaban en su memoria el recuerdo de la madre de Vlad, pero Jemina era una de esas escasas almas. Una de las poquísimas personas con las que podía evocar recuerdos que nadie más atesoraba. "A mi propia madre ni siquiera la recuerdo, pero de la tuya sí que me acuerdo bien". "... ¿En verdad?". Bajo las palabras que la muchacha soltaba con aparente indiferencia, se filtraban los vestigios de viejas heridas. La madre de Vlad se había desprendido de su hijo únicamente al ser arrastrada por la muerte, pero el caso de la madre de Jemina era muy distinto. Al igual que una multitud de huérfanos en los callejones, Jemina era una niña abandonada. "Yo tampoco me acuerdo muy bien de mi madre". Hay heridas que uno mismo es incapaz de consolar. Al percibir ese pesar oculto tras las palabras de Jemina, Vlad se limitó a responder con fingida tibieza, como si no tuviera la menor importancia. Pues esa era una de las pocas atenciones que podía brindarle a la muchacha. "Listo, ya quedó". Sin que quedara claro si de verdad había escuchado la prudente respuesta de Vlad, Jemina se sacudió las manos, se puso en pie y desplegó con orgullo el blanco pendón al aire para que él lo viera. "Apenas se nota la diferencia, ¿verdad? Es que la condesa tenía una maña tremenda para la costura". El blanco pendón con el que el muchacho se acreditaba a sí mismo. Allí descansaba ahora un nuevo blasón, grabado de puño y aguja por la joven pelirroja. "... De lejos nadie notaría la diferencia". El blasón de San Rozino relucía con viveza bajo el fulgor de la vela. Del mismo modo en que Vlad había velado por Jemina fingiendo indiferencia, la muchacha también cuidaba de él a su manera habitual, viéndolo partir hacia parajes llenos de peligros. Jamás había visto a un dragón en persona, pero sin duda debía de ser una criatura temible. De no haber sido así, no habría motivo alguno para que el curtido caballero veterano de la habitación contigua se pertrechara con semejante rigor. "Entonces no volverás hasta bien entrado el invierno". "Supongo que así será. El otoño es una estación que pasa en un suspiro". "En ese caso, llévate esto también". Vlad frunció el ceño con desconcierto al ver el pedazo de tela que Jemina arrojó con descuido sobre la cama. "¿Y esto qué es?". "Un pañuelo". Al bajar la mirada hacia aquel pañuelo tan inmaculadamente blanco como su propio pendón, Vlad no pudo evitar dejar escapar una risa ahogada. Al parecer, la muchacha había estado rumiando ese asunto todo este tiempo. "Parece que tenías demasiado tiempo libre, ¿eh?". "Te lo hice porque me daba lástima verte cargando con un pañuelo que ni siquiera podías usar, desagradecido". Ante el reproche de Jemina, Vlad tomó el pañuelo y lo examinó con detenimiento. Tal y como ella decía, el pañuelo que le había entregado Alicia estaba confeccionado con una seda tan suntuosa y delicada que jamás había sido concebido para un uso práctico cotidiano. "Es de puro algodón. Te vendrá bien para limpiarte en cualquier momento". Al contemplar la huella del empeño que Jemina había puesto dentro de sus modestas posibilidades, Vlad apretó con suavidad la tela entre sus dedos. Tras desearle que regresara con vida y con sumo cuidado, Jemina se marchó. A solas en la estancia vacía, Vlad dobló minuciosamente el pañuelo que llevaba bordado el nombre de la muchacha y se lo guardó a la altura del pecho. "... Dices que es para usarlo, ¿y vas y le bordas tu nombre?". Al parecer, el pañuelo de Jemina, destinado a reposar junto al de Alicia, tampoco cumpliría el propósito práctico para el cual su dueña lo había ideado. Pues Vlad lo había acomodado en lo más profundo de su coraza para asegurarse de que no se le cayera por nada del mundo. \* \* \* La comitiva avanzaba con rumbo al norte a través de páramos nevados donde las planicies blancas parecían extenderse hasta el infinito. Tras más de una semana de constante marcha, alcanzaron por fin el extremo septentrional del Condado de Bayezid, hallándose apenas a medio día de camino de su destino final: el Fuerte Bernhem. En aquel bastión, apostado para contener el avance de los bárbaros hacia el sur y vigilar de cerca los movimientos del Lindwurm, aguardaban los caballeros que Rutger había desplegado con antelación para recibirlos. "Estoy seguro de que fui muy claro al pedirle que solo me enviara a ti". "..." "Pedí a una sola persona y me mandó a tres. ¿Qué se supone que significa esto?". "... ¿No habrá sido una muestra de consideración hacia su hermano mayor?". Ante la titubeante y poco convincente respuesta de Vlad, Rutger sacudió la cabeza con firmeza y rotundidad. "No me cabe duda de que ese mocoso de Josef tiene algún resentimiento guardado contra mí. Tú también lo piensas, ¿a que sí?". Viendo la expresión rebosante de convicción con la que hablaba Rutger, Vlad se limitó a encogerse de hombros sin decir palabra. No parecía probable que Josef lo hubiera hecho a propósito con mala intención, pero al contemplar a los dos hombres que se fulminaban con miradas asesinas unos pasos más atrás, resultaba fácil comprender por qué cualquiera caería en semejante malentendido. El guerrero de una tribu bárbara y el veterano caballero de Bayezid. Bajo un mando adecuado, sin duda ambos constituían piezas de formidable valor; sin embargo, en aquel instante, ver a dos individuos tan absolutamente incompatibles e incapaces de conciliarse le provocaba a Rutger un dolor de cabeza insoportable. "Ni siquiera hemos llegado al fuerte y ya siento que he agotado todas mis energías. A partir de este momento, tú te encargarás de controlar a esos dos". "Mi señor, yo no poseo la posición ni el rango para asumir semejante tarea". Vlad expuso su negativa con razones más que fundamentadas; no obstante, al contemplar el rostro de Rutger, sobre el cual se cernían unas ojeras tan profundas y oscuras como las del mismísimo Josef, no le quedó más remedio que asentir en señal de resignación. Dejando a un lado a Age, Sir Ramund era un caballero que había servido a la Casa Bayezid durante largo tiempo, por lo que Rutger, aunque solo fuera por deferencia hacia él, difícilmente podía hablarle con excesiva dureza. "Intentaré hacer lo que pueda..." "Te lo agradezco". Por esa misma razón, tal vez Vlad, que podía permitirse acercársele sin tantos miramientos, fuese una alternativa mucho mejor. A ojos de Rutger, la actitud de Ramund al tratar con el muchacho mostraba a todas luces cierta indulgencia. "Es un milagro que salieras arrastrándote con vida de la prisión". "Y usted, vejestorio, es un milagro que siga respirando a estas alturas. Con solo estar a su lado ya apesta a tierra de tumba". "Jo, jo, jo. La partida al otro mundo no respeta turnos, muchacho". En el mismo instante en que Rutger apretaba los párpados ante las punzantes pullas que continuaban cruzándose el bárbaro y el anciano caballero, Vlad levantó una mano e hizo detenerse al grupo. "Un momento". 'Ya está surtiendo efecto'. Rutger asintió con semblante complacido, pensando que en verdad había hecho bien en pedírselo; sin embargo, la advertencia de Vlad obedecía a un motivo por completo ajeno a sus deseos. "Parece que hay algo ahí delante..." "¿Mmm?". Al oír aquellas palabras, Rutger dirigió una mirada tensa hacia donde apuntaba el dedo de Vlad. El manto blanco de la nieve se extendía sin fin por la llanura helada del norte. Habiendo señalado hacia aquel horizonte donde la vista apenas alcanzaba a distinguir nada, Vlad miró a Rutger con expresión severa. "Guíanos". Durante la semana que llevaban cabalgando hacia el norte, Vlad había hecho gala una y otra vez de una agudeza sensorial fuera de lo común. Oído, vista, olfato y hasta la percepción de la sutil hostilidad que erizaba el aire. Convencido de que en esta ocasión también habría detectado alguna anomalía gracias a semejantes facultades, Rutger no desestimó en absoluto el aviso del muchacho. "Vaya alboroto han armado..." "..." Y cuando la comitiva alcanzó el centro de la llanura helada siguiendo las indicaciones de Vlad, descubrieron allí una escena atroz. Cadáveres de bárbaros esparcidos por doquier en un estado espantoso. Los caballos que conducían, las ovejas y las propias personas. Al contemplar a aquellos seres, antaño rebosantes de calor, tendidos sobre la nieve y trocados en despojos gélidos, el rostro de Age se endureció por momentos. "Parece que consiguieron descender hasta aquí". Rutger desmontó y volteó uno de los cuerpos tendidos boca abajo. Una herida atroz le hendía el pecho. Al examinarla, Rutger frunció el ceño ante una realidad que contradecía por completo sus expectativas. "... Fueron tajados". A todas luces parecían fugitivos empujados hacia el sur por el furor del Lindwurm, pero las heridas que exhibían contaban una historia enteramente distinta. No eran desgarros brutales ni mutilaciones provocadas por las fauces de una bestia, sino cortes asestados por un filo acerado. Al constatar que semejantes heridas solo podían haber sido infligidas por manos humanas, Rutger alzó la vista hacia Age. "¿Son de tu tribu?". "... No lo son". Ante la pregunta de Rutger, Age negó en silencio con la cabeza. Los cadáveres de los bárbaros, cubiertos enteramente de tatuajes, guardaban a simple vista una innegable semejanza con el aspecto de Age, pero no pertenecían a la tribu Buda-at. "No son de los míos, pero nos conocíamos de vista". Resultaba un alivio que no fuesen de su gente, mas la situación no permitía exhalar un suspiro de tranquilidad. El éxodo de los bárbaros hacia el sur se estaba produciendo en múltiples frentes a la vez, y en el origen de todo ello se hallaba la amenaza del Lindwurm. La tribu Buda-at, arrastrada por esa misma corriente, sin duda andaría errante en algún rincón de las inmediaciones. "Dudo que hayan sido los hombres del norte". Rutger asintió ante las palabras de Ramund, que llegaban desde sus espaldas. Aunque los bárbaros y los norteños se profesasen un odio mutuo, compartían frontera y coexistían hombro con hombro, por lo que carecían de motivos para perpetrar una matanza tan desmedida. Ambas partes sabían de sobra que un acto de tal calibre desataría una sangrienta contienda donde la sangre solo se lavaría con sangre. Y con mayor razón aún tratándose de los caballeros de Rutger apostados en la Fortaleza de Bernhem. "Movámonos deprisa". Algo fuera de lo ordinario estaba ocurriendo en los confines del norte. Al advertirlo, la determinación de Rutger fue alcanzar cuanto antes la Fortaleza de Bernhem para comprender el estado de la situación. "..." El grupo avanzó apremiando a sus monturas con urgencia. No obstante, sobre el lomo de su corcel azabache, Vlad permanecía en silencio, sujetándose el pecho con el ceño fruncido. \*Tum, tum.\* Recordando los latidos desbocados que había experimentado al toparse con el gusano de la muerte gigante, Vlad se mordió el labio mientras se aferraba el pecho, que palpitaba de forma anómala a medida que ganaban terreno. En medio de aquella marcha apremiante, solo el animal, intuyendo el malestar del muchacho, procuró estabilizar el lomo con prudencia para reducir al mínimo las sacudidas del galope. \* \* \* La Fortaleza de Bernhem. La plaza fuerte militar que demarcaba el confín más septentrional del Condado de Bayezid. Al llegar a aquel baluarte al que Peter prestaba tanta atención como a las tres grandes ciudades del condado, los recién llegados contemplaron con perplejidad el punto más alto de las almenas. "Hay dos banderas...". Vlad, quien menos enterado estaba de las circunstancias, formuló la observación al divisar las enseñas que flameaban sobre la Fortaleza de Bernhem. Una de ellas lucía el blasón de la Casa Bayezid, con el que ya estaba familiarizado, pero la otra mostraba un emblema con una forma que jamás había visto en su vida. "¿Por qué están ellos aquí...?". Sin embargo, Rutger y Ramund, que sí reconocieron la bandera, también se quedaron desconcertados, incapaces de comprender lo que sucedía. Vlad se acercó al veterano caballero, quien parpadeaba atónito, y le tocó con cuidado el hombro. "¿Qué bandera es esa?". "... No es una enseña del norte". Ante la pregunta del joven, Ramund frunció el entrecejo y chasqueó la lengua. "Procede del Centro". "¿Del Centro?". "Así es. Del Centro". Al oír a Ramund referirse al Centro y no a la región central, Vlad volvió a alzar la mirada hacia la bandera que se agitaba contra el viento. En ella se recortaba la silueta de un dragón que exhalaba fuego. "Es el blasón de la Orden de Caballeros Matadragones, la orden bajo el mando directo del Duque de la Sangre de Dragón". Sobre la figura del dragón que escupía fuego bordada en la enseña, se apreciaba un corte singular: un trazo que plasmaba la trayectoria de esgrima de una espada segando con precisión la garganta de la bestia. \----- • Autor: Q10 • Traductor: Inmensurable ⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨
El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela)

Continúa leyendo

El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela)

Capítulo 78

Siguiente Capítulo ›

El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 77

Estás leyendo el capítulo 77 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 19 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.