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Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 76 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
En lo alto de una colina en el desierto blanco, un grupo de caballeros permanecía congregado, observando fijamente un único punto. Aunque la mordaz ventisca del viento del norte les helaba los ojos, a los caballeros poco les importaba; se limitaban a clavar la mirada en el lejano horizonte. Aguardaban. Esperaban a las antorchas que traerían consigo un aliento helado. "Ya se ven." Y los caballeros de acero que portaban las antorchas cumplían su cometido con absoluta entrega. A la distancia, una descomunal masa de frío se aproximaba a vertiginosa velocidad. Y flanqueando aquella niebla gélida, cabalgaban al galope los caballeros que empuñaban las antorchas encendidas. Eran los caballeros de la Casa Baranov del Duque de Acero. "Prepárense." "Entendido." Ante la orden del hombre que parecía estar al mando, los caballeros que vigilaban desde la colina comenzaron a montar en sus caballos uno tras otro. Sosteniendo sendas antorchas mágicas que los protegerían del frío atroz, clavaron la mirada en los despojos de aquel dragón caído, que arremetía exhalando un vaho áspero. "¡Ahora!" Con la señal manual del lugarteniente, los caballeros se lanzaron al galope colina abajo. "......" Mientras los caballeros cargaban a toda prisa, un hombre de cabello recogido en una coleta arrancó una de las lanzas clavadas en la tierra y cerró con serenidad el ojo izquierdo. La espada de un caballero es afilada, pero solo hiere si alcanza al adversario. Y aquel dragón caído al que se disponían a enfrentar era un ser tan veloz que resultaba imposible alcanzarlo con facilidad. Por esa razón, el Duque de Acero había enviado a este lugar al caballero que consideraba más idóneo para la labor. Sir Volkov de la Jabalina. La lanza que sostenía comenzó a teñirse de un azul vívido. "¡Va a exhalar su aliento!" El dragón blanco, que rugía al ver a los caballeros cernirse sobre él, debió de enfurecerse en extremo, pues abrió las fauces de par en par e inhaló una bocanada colosal de aire. Su pecho se infló de manera desmesurada y sus escamas níveas se erizaron, advirtiendo de la catástrofe inminente. Al percibir la devastación que se avecinaba, los caballeros iniciaron maniobras evasivas a toda prisa. "¡Hup!" Volkov arrojó la lanza hacia el dragón, que se había detenido un instante para concentrar su aliento. El arma, henchida de aura, hendió el viento con una trayectoria elástica y salió disparada. 'Con esto bastará.' A semejante distancia, le sería imposible advertir una jabalina en pleno vuelo. Sin embargo, en ese preciso instante, la mirada de Volkov se cruzó a lo lejos con unas pupilas azules que lo observaban con absoluta fijeza. "¿Qué...?" Los vestigios de un dragón caído. Un Lindwurm. Aquella criatura draconiana, que vivía con un frío glacial anidado en el pecho, retorció el cuerpo a una velocidad aún más ágil que la de un lobo. ¡Kuaaak! ¡Graaaagh! Había sido rápido, pero insuficiente. La lanza, tras rozarlo apenas, se clavó en lo profundo de la tierra junto a una dispersión de escamas blancas que salieron despedidas por los aires. "¡Maldición!" A Volkov se le escapó un alarido de rabia. Sabía de su formidable velocidad, pero jamás previó que sus sentidos fueran tan agudos. "¡Inmovilícenlo!" "¡Rodéenlo!" Al percatarse del fallo de Volkov, los caballeros espolearon a sus monturas sin tregua en torno al Lindwurm para cerrarle la retirada; no obstante, el dragón caído ya había advertido que se encontraba dentro de una trampa urdida por los humanos. ¡Graaaagh! Con un rugido colérico, el Lindwurm rompió el cerco de los caballeros en un instante y echó a correr hacia la densa niebla de nieve. Discernir el momento y el terreno adecuados era la regla más elemental de cualquier depredador. "¡Tras él!" "¡Córtenle el paso por delante!" Ante la huida del Lindwurm, los caballeros apresuraron a sus monturas, pero pretender que los caballos mantuvieran el ritmo de un dragón que aceleraba a tal velocidad resultaba una exigencia demasiado cruel. Extenuados tras haber conducido a la bestia hasta allí, los corceles comenzaron a frenar en seco uno tras otro, echando espuma por los belfos. "¡Maldita sea!" Al ver que el cerco se desmoronaba, Volkov lanzó la jabalina que aún le quedaba con un grito de frustración, pero el Lindwurm ya se había desvanecido en la densa bruma blanca. Desde la lejana y turbia niebla de nieve, solo resonaban con fuerza los ecos de sus rugidos enfurecidos. \*\*\* En las caballerizas dispuestas en La Sonrisa de la Rosa. En aquel establo al que Madame Marcela le había dedicado un esmero especial, Vlad observaba a Goat con la mirada perdida. "Por favor, solo una vez. ¡Por favor!" Goat llegó al extremo de juntar ambas manos en actitud suplicante, pero aquel animal azabache no hizo más que resoplar sin la menor pizca de contemplación. "¡Déjame colocarte la silla aunque sea una sola vez!" ¡Hiiiiiin! El corcel negro alzó los cascos delanteros de forma amenazante hacia Goat, que no dejaba de atosigarlo. Al ver la reacción, a Goat no le quedó más remedio que retroceder a trompicones. "¡Menudo genio de mierda tiene, por todos los santos!" Incapaz de soportar por más tiempo a aquel animal azabache que ni siquiera se dignaba a escuchar sus ruegos, Goat, bufando de rabia, giró la cabeza hacia donde se encontraba Vlad. Aquí había otro individuo con un carácter igual de insoportable. "¡Haz algo con él!" Goat descargó su furia contra el único de los dos con quien cabía la posibilidad de razonar, pero el muchacho rubio era igual de reacio a obedecer. "A mí tampoco me hace mucho caso que digamos." "¿Acaso no es tu caballo, jefe?" Al ver a Vlad encogerse de hombros como diciendo que qué se le iba a hacer, Goat alzó la cabeza y miró al techo del establo. El engendro negro y el engendro rubio. Vaya par que había venido a juntarse. "......Dan ganas de mandarlo todo al diablo." Se había preparado para esto, pero jamás imaginó que domarlo resultaría una tarea tan difícil. Supuso que, tratándose de un caballo salvaje que había seguido por propia voluntad a una persona, se las apañaría de algún modo; pero había sido un tremendo error de cálculo. Sin embargo, lo que sacaba de quicio a Goat no era simplemente su incapacidad para ensillarlo. "A Jemina se le daba de maravilla. ¿Por qué tú no puedes? ¿No será que te falta maña?" "¡......!" Al oír el tono socarrón de Vlad, Goat apretó los dientes. '¡¿Por qué demonios a esa mocosa sí le hace caso y a mí no...?!' Ese era el mayor problema. Aunque fuese una bestia salvaje e intratable, frente a la muchacha pelirroja se comportaba como un manso cordero. Puesto que ya había habido alguien capaz de amansarlo con total docilidad, la escena actual no hacía sino poner en tela de juicio las capacidades de Goat como mozo de cuadras. "......Es porque no tiene nombre." "Vaya soplapollez." "¡Es porque todavía no ha perdido su naturaleza salvaje! ¡Hay que ponerle un nombre para que comprenda cuál es su lugar!" A todas luces era un disparate sin pies ni cabeza, pero proviniendo de un antiguo estafador sonaba sorprendentemente convincente, tanto que Vlad asintió con la cabeza sin darse cuenta. Bien podría ser verdad. Al ver que Vlad se quedaba paralizado y cavilaba sobre lo dicho, Goat anunció que iría a tomarse una cerveza y se adentró en La Sonrisa de la Rosa. "......Un nombre." Vlad se rascó la barbilla mientras contemplaba a aquel corcel azabache adentrarse por su propia voluntad en el establo. "Tiene razón. Debería ponerle uno." Aquel animal que otrora galopaba libre por la estepa había seguido al muchacho hasta este lugar, habiendo transferido incluso sus sagrados deberes. Siendo así, lo correcto sería buscar al menos un nombre nuevo para aquel animal. "¿Se encuentra aquí el señor Vlad?" Vlad, que cruzaba miradas con la azabache criatura mientras meditaba un nombre, volvió la cabeza al oír la voz que lo llamaba a sus espaldas. "El señor Josef solicita su presencia." Al escuchar las palabras del emisario que había ido a buscarlo desde el ayuntamiento, Vlad asintió con la cabeza. "Nos vemos cuando vuelva." Como si hubiese entendido sus palabras, el azabache corcel cabeceó en respuesta. Aunque aún no fuera un nombre en sí, Vlad echó a andar al encuentro del hombre que le había concedido un título con el que erguirse con la frente en alto en cualquier rincón del mundo. \* \* \* Josef mostró una expresión compleja al contemplar al hombre que se había presentado de improviso ante él. No era alguien que tuviera vedada la entrada, pero tampoco alguien que fuera a buscarlo por voluntad propia sin un motivo de peso. "Debo admitir que el criterio de madre es extraordinario. Vaya adonde vaya, jamás he probado un té a la altura de este." Rutger alzó la taza que sostenía hacia Josef con un gesto socarrón. Dando fe de que sus palabras no eran ningún cumplido vano, las orejas de Dorothea, quien apuraba su propia taza, se erguían tiesas de complacencia. "¿Por qué no le pide a madre que le sirva un poco? Dudo que sea algo tan exorbitante." "…Eso no es tan sencillo." Ante las palabras de Josef, Rutger esbozó una sonrisa amarga y sacudió la cabeza. "Digamos que hay cosas difíciles de explicar con palabras. Ya sabes a qué me refiero, ¿no?" Josef asintió al ver la mirada ambivalente que le dirigía Rutger. Aunque Oksana no fuera una mujer mezquina que le negase una nimiedad semejante a Rutger, en muchos sentidos la relación entre ambos estaba condenada a ser incómoda. Al hallarse en una posición en la que forzosamente debían disputar por lo mismo, Rutger jamás había podido esperar de Oksana el afecto o el papel de una madre desde su más tierna infancia. "…" Al ver cómo Rutger hablaba con semejante desparpajo sobre un asunto tan delicado que él mismo jamás se habría atrevido a exteriorizar, Josef dejó escapar un leve suspiro. Los dos hermanos eran profundamente distintos y, a la par, cada uno poseía aquello de lo que el otro carecía. "¿A qué se debe su presencia aquí?" "Vamos, tampoco hace falta una razón ineludible para que dos hermanos se visiten." Rutger, que reposaba ambos brazos tras el respaldo del asiento mientras contemplaba a Josef, asintió como si ya esperase esa reacción al ver a su hermano menor mirándolo sin pestañear. "No me mires con esa severidad. Claro que he venido con un motivo concreto." Josef ni siquiera se prestaba a una broma ligera antes de entrar en materia, pero a Rutger aquello no lo desconcertó en lo más mínimo; era un temperamento que llevaba presenciando toda la vida. "Tras recibir el informe que enviaste, padre me encomendó investigar las tierras de los bárbaros. Y allí descubrí indicios anómalos." Josef alzó una ceja, aguardando las siguientes palabras de su hermano. "Un dragón está descendiendo. Por lo visto, aquel bárbaro que tenías a tu servicio decía la verdad." "…Un Lindwurm." Josef pronunció esa única palabra y, entrelazando los dedos, apoyó la frente en ellos. Al final, las advertencias de Age eran ciertas. El dragón que habitaba en los confines más gélidos, en medio del rigor del viento blanco del norte, estaba bajando. "Todavía es pronto en la estación como para que descienda… Además, tampoco es una criatura que se ponga en marcha sin falta por el mero hecho de que sea invierno, ¿no es así?" "Así es." Si en el oeste existía el gusano de la muerte que horadaba la tierra, en el norte moraba el Lindwurm, capaz de vivir entre las ventiscas. El dragón más frío y, al mismo tiempo, el más veloz. Si bien el gusano de la muerte no atacaba a los humanos deliberadamente, al margen de los estragos inherentes a su colosal tamaño, el dragón conocido como Lindwurm era harina de otro costal. Descendiendo hacia los dominios humanos al compás de las olas de frío extremo que regresaban cada varias décadas, el Lindwurm era una bestia despiadada que solía arrasar dos o tres aldeas por completo en cada incursión. Para los hombres, los vestigios degenerados de aquellos dragones caídos no se diferenciaban en nada de un desastre natural. "¿Hacia qué rumbo desciende?" "No lo sé. Se mueve a tal velocidad que resulta sumamente difícil seguirle el rastro." Tras apurar el té, Rutger mudó su habitual sonrisa despreocupada por un semblante grave y solemne al dirigirse a su medio hermano: "Por ello, padre me ha ordenado preparar las defensas y proceder con la subyugación del Lindwurm." "Como alcalde de Shoara, no escatimaré en brindar el máximo apoyo a mi alcance." Josef enderezó la postura al responder a las palabras de Rutger. Su hermano mayor no se presentaba con una simple petición, sino investido con el solemne e inapelable mandato del conde Bayezid. Aunque ambos compitieran por la posición de próximo patriarca de la Casa, en un trance tan crítico debían aunar voluntades. No se debía olvidar el objetivo supremo en favor de los medios. Pues lo que ambos hermanos anhelaban no era el simple asiento de patriarca, sino una Casa Bayezid inexpugnable y formidable por encima de todo. "¿En qué requiere mi ayuda?" "Exijo un reconocimiento minucioso de los alrededores de Shoara y la asignación de un caballero." Ante la demanda de Rutger, Josef asintió en señal de conformidad. Una exigencia de semejante cariz no solo entraba dentro de lo razonable, sino que era algo que ya tenía previsto. "¿A cuántos caballeros…?" "Uno solo bastará." Ante la respuesta de Rutger, incluso sir Zayar, que aguardaba de pie a un lado, lo contempló con una mirada teñida de asombro. Para medirse contra un dragón se requerían aceros de temple insuperable. En una empresa donde nadie osaría reprocharle que movilizara a todos los caballeros presentes en Shoara, Rutger reclamaba a uno solo. "¿Bastará con uno solo?" "El Lindwurm no es como el gusano de la muerte. Es un adversario al que la espada sí puede herir." Rutger tenía razón. El Lindwurm no era una criatura que se ocultara bajo tierra como el gusano de la muerte y, ciertamente, existían precedentes de haber sido abatido en el pasado. De modo que esta vez también sería factible. Siempre y cuando la espada fuera capaz de alcanzar los vertiginosos movimientos del Lindwurm. "¿A quién desea que ponga a su disposición?" Ante la pregunta de Josef, Rutger replicó con una sonrisa socarrona y enigmática: "A ese mocoso rubio al que tanto aprecias." "…¿Se refiere a Vlad?" Al ver que Rutger solicitaba al escudero Vlad en lugar de a sir Zayar o a sir Gregory, Josef frunció levemente el ceño. Aunque se trataba de un muchacho dotado de virtudes excepcionales, en sentido estricto apenas acababa de asomarse a los primeros umbrales de la caballería. "En efecto. A él." Rutger lo recordaba con total nitidez: aquel muchacho que, en un día de verano en la estepa, había rugido con gallardía frente al mismísimo gusano de la muerte. "Porque ese chiquillo es el mejor batidor de dragones que conozco." El muchacho que aquel día cabalgaba a lomos de su corcel azabache refulgía con un brillo esplendoroso. Con una presencia semejante, sin duda incluso el Lindwurm, poseedor de un corazón helado como la escarcha, sería incapaz de apartar los ojos de él. Tal como le ocurrió al gusano de la muerte, que emergió de las profundidades de la tierra sin darse cuenta con el único anhelo de atrapar a aquel resplandeciente muchacho. \----- • Autor: Q10 • Traductor: Inmensurable ⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨
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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 76

Estás leyendo el capítulo 76 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 19 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.