Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 75 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
La vida es una sucesión interminable de elecciones. Llega un momento en que nadie puede ocupar tu lugar, un instante que debes afrontar y sobrellevar en absoluta soledad.
"No puedo obedecer una orden tan inmunda".
Y es únicamente cuando se presenta esa encrucijada cuando los hombres comprenden qué clase de seres son en verdad. Porque ese es precisamente el instante en el que uno se despoja del caparazón que hasta entonces lo envolvía.
Bajo un cielo nocturno dominado por la luna llena, unos enanos sollozaban, incapaces de reunir el valor para subir a la barca fluvial que aguardaba frente a ellos. Sus rostros demacrados y sus barbas desgreñadas daban testimonio del rigor y la extenuación de sus vidas.
"Esto no está bien".
Un caballero de corpulencia descomunal. Tras desenvainar su espada, aquel hombre dio un paso al frente y cubrió con su propio cuerpo a los enanos que temblaban de terror.
"¿Acaso pretendes desobedecer una orden, Jorge?".
"Tú no eres mi señor, Sigmund".
Aquel caballero de complexión gigantesca no era otro que Jorge. Con una mirada feroz, fulminó al hombre que tenía enfrente y sentenció:
"Mi lealtad pertenece al conde Gaidar, y tú no eres él".
"La orden que he traído lleva estampado el sello de mi padre".
Sigmund agitó el pergamino con violencia ante los ojos de Jorge. El blasón de la Casa Gaidar, que resplandecía bajo la luz de la luna, era una verdad libre de toda falsificación.
"......".
Fuese cual fuese la verdadera intención oculta tras aquel mandato, el procedimiento y la legitimidad que esgrimía Sigmund eran intachables. El caballero que se negara a acatar sus palabras caería en la insubordinación, lo cual equivalía a mancillar su propio juramento de caballería.
"Soy un ser humano. No puedo acatar semejante orden de mierda".
"......".
Y así, Jorge tomó su decisión: escupir aquella orden infame junto con sus votos de caballero.
Al compás de aquellas palabras, los caballeros comenzaron a moverse. Quienes comulgaban con la postura de Jorge se situaron a su lado. Quienes optaron por obedecer la orden de su señor, aun a sabiendas de que era una farsa, se alinearon junto a Sigmund.
En el cruce furtivo de sus miradas, los caballeros no pudieron evitar morderse los labios. Godin contempló a Jorge con el corazón atenazado por la vacilación, pero su superior se limitó a asentir con su invariable semblante adusto.
"Haz lo que te dicte tu voluntad".
"......Lo lamento".
"Márchate".
En aquella encrucijada donde a nadie le correspondía juzgar qué era lo correcto o lo errado, Godin dio un paso al frente. Hacia la gloria y el honor. Hacia un mundo capaz de brillar con mayor intensidad.
Godin era un caballero.
\* \* \*
"Adelante".
Al oír la voz proveniente del interior, Vlad tomó una bocanada de aire y abrió la puerta del despacho del alcalde. La radiante claridad de la tarde se filtraba con plenitud a través de los ventanales cuyas cortinas habían sido descorridas de par en par. Con esa luz a sus espaldas, aguardaban sentados el hombre de marcadas ojeras y sus caballeros.
"Me dijeron que me había mandado llamar".
"Así es".
Josef enderezó el torso en su asiento y clavó los ojos en Vlad, que acababa de cruzar el umbral. Era la primera vez que veía al muchacho desde que le impuso el confinamiento disciplinario, y su porte parecía algo más maduro y circunspecto que en aquellos días en los que se atrevió a desafiarlo.
"He oído que has estado bastante ocupado últimamente, ¿no?".
"......Solo un poco".
Al ver a Vlad responder entre dientes con turbación, una leve sonrisa asomó a los labios de Josef. En ocasiones se abalanzaba como una llamarada ardiente, pero en momentos como este mantenía una gravedad inamovible; en verdad era un muchacho imposible de encasillar.
"Los rumores corren con fuerza por toda la ciudad. Tanto sobre ese corcel negro azabache como sobre otros asuntos".
Un destello de picardía asomó por un instante en la sonrisa de Josef mientras contemplaba al joven.
"¿O debería llamarla Lady Jemina?".
"......".
"Si la baronesa Alicia se enterara, se golpearía el pecho de pura indignación. ¿Todavía conservas bien su pañuelo?".
En cuanto salió a relucir el asunto de Jemina, Vlad no pudo evitar esbozar una sonrisa de apuro. A decir verdad, jamás imaginó que las cosas llegarían a tomar semejantes proporciones. Aunque algunos emplearan el apelativo en tono de burla, el título de Lady Jemina vagaba sin duda por los rincones de Shoara, entrelazado con la notoriedad que el muchacho había ido forjando.
"Le pido disculpas".
"¿Por qué habrías de disculparte conmigo? Tan solo procura que las chispas no salpiquen hacia donde no deben en el futuro".
Josef asintió mientras contemplaba al joven avanzar con paso firme hacia su meta de convertirse en caballero. A estas alturas, el peso del nombre del muchacho había adquirido tal valor que no solo bastaba para sostener su propia valía, sino también para dar testimonio del honor ajeno. Por ello, era momento de instruirlo. No podía permitir que siguiera desbocándose como un potro insensato que no teme a la tempestad.
"La razón por la que te he mandado llamar hoy es para entregarte algo".
"¿......?".
Vlad alzó la mirada ante la repentina gravedad en el tono de Josef.
"Aquel día, en la aldea de la baronía Utman, desafiaste mi orden directa para salvar a esos niños. ¿Es verdad?".
"......Así es".
Al escuchar de labios de Josef la mención de los acontecimientos de aquella jornada, la postura de Vlad se tornó cautelosa. No obstante, Josef no tenía la menor intención de intimidar al joven trayendo a colación un asunto zanjado. Vlad ya había purgado su falta cumpliendo con el confinamiento disciplinario.
"Si volviera a repetirse una situación idéntica, ¿qué harías? ¿Desobedecerías mi orden una vez más?".
Desconcertado por la súbita insistencia de Josef sobre lo ocurrido aquel día, Vlad vaciló por un instante. Desvió la vista a toda prisa hacia los caballeros presentes en la estancia, pero todos mantenían expresiones impenetrables y ninguno parecía dispuesto a brindarle el menor consejo. La interrogante que Josef acababa de arrojarle era un fardo que correspondía únicamente a Vlad meditar, responder y asumir en completa soledad.
"Los niños estaban muriendo".
Vlad se mordió el labio inferior antes de replicar a la interpelación de Josef. Aunque volviera a ser castigado, no había otra alternativa. Había jurado consagrar su lealtad a Josef, de modo que no podía faltar a la verdad en su presencia.
"Si me pregunta si obraría de la misma manera... Sí, lo haría".
A pesar de que su cuerpo había denotado un instante de vacilación, sus ojos no titubearon en lo más mínimo; al advertirlo, Josef asintió.
'Al fin y al cabo, tomarías la misma decisión'.
La contestación de Vlad provocó en Josef una sensación agridulce, pero al mismo tiempo dibujó una sonrisa en su rostro. Porque había sido precisamente por poseer semejante temple por lo que había elegido al muchacho.
"El honor es una luz que ilumina a los demás, pero la conciencia es la luz que alumbra el interior de uno mismo".
Josef se puso de pie con parsimonia mientras hablaba en dirección al joven. A pesar de la debilidad de su menuda fisonomía, la presencia que emanaba de su figura obligaba de manera natural a centrar todas las miradas en él.
"Asimismo, es la brújula que te señala el rumbo cuando has perdido el camino hacia dónde avanzar".
Con aquella respuesta, Josef había terminado de comprender con absoluta certeza la naturaleza del joven, y con idéntica certeza el muchacho también supo quién era en realidad.
Vlad había establecido sus propios principios para no dejarse arrastrar por el lodo de los callejones, y gracias a ello había sido capaz de contemplar las estrellas titilantes. Y si tuviera que definir ese principio con una sola palabra, no sería otra que la conciencia.
"Has encontrado tu propio camino, así que espero sinceramente que esta armadura te ayude a salvaguardar tu conciencia".
Con esas palabras, Josef retiró la tela dispuesta a su lado.
Una armadura que resplandecía al recibir la luz del sol de la tarde. Vlad se quedó boquiabierto ante aquel brillo que destellaba frente a sus ojos.
"Esto es...".
"Es una armadura enviada por San Rozino. Al tratarse de la orden que más armaduras de hierro maneja, en ella confluyen las más diversas maestrías artesanales".
En cuanto Josef terminó de hablar, Vlad bajó la mirada hacia su propia armadura de cuero, desgarrada por doquier. En cada una de aquellas lastimeras cicatrices abiertas estaba grabado el sendero que había recorrido hasta ese momento, pero ya se trataba de una protección incapaz de resguardar al muchacho.
"Acércate".
Sir Ramund, que hasta ese instante había permanecido sentado en silencio ante la mesa de recepción, asintió con la cabeza al ver titubear a Vlad.
No podía continuar cubierto para siempre bajo un cascarón quebrado. La existencia llamada Vlad ya había crecido demasiado como para quedar contenida únicamente en la promesa de un potencial bajo la mirada de la Casa Bayezid.
"Sí".
Hacia la armadura donde se derramaba la luz solar, el muchacho dio un paso al frente. Había hecho lo que deseaba hacer y había cumplido con lo que debía hacer. La archidiócesis de San Rozino dio testimonio de aquella lucha desesperada del muchacho, tomando por testigos a los caballeros allí presentes.
El joven que vestía la armadura otorgada por San Rozino. En un costado de su reluciente coraza, yacía grabada aquella frase atestiguada por los paladines en aquel día trascendental:
Una frase que rezaba: "El caballero que protegió el aliento de los niños".
※※※※
"Tal como se esperaba, en el norte debemos prestar especial atención al Duque de Acero y a los caballeros de Bayezid. Aunque últimamente corren rumores de que los caballeros de la Casa del Barón Utman muestran movimientos inusuales...".
En el interior de un despacho iluminado por las velas. En una asamblea donde se congregaban los caballeros y vasallos de Gaidar, Godin examinaba los informes.
"Habla".
"Sí".
Ante la orden de Godin, su ayudante comenzó a recitar la lista de los caballeros investigados hasta la fecha.
"De la Casa Ducal Baranov, perteneciente al Duque de Acero: los caballeros Schwanden, Mikhail, Bastro...".
"De la Casa Condal de Bayezid: los caballeros Antalas, Rutger, Agos...".
Godin escuchaba con profunda concentración los nombres de los caballeros que llegaban a sus oídos. Tras haber expulsado a la Casa Romanov, la Casa Gaidar se había erigido, por mérito y derecho, en la soberana absoluta del oeste, y ahora sus miradas apuntaban más allá de sus propios dominios.
"En la Casa Bayezid no parecen haber cambiado los nombres".
"A excepción de Rutger, el hijo del Conde Bayezid, no hay nadie en particular que llame la atención".
Mientras que en la Casa Baranov del Duque de Acero surgían nuevos nombres de manera continua, en Bayezid no había variación alguna respecto a los nombres registrados en los informes de hacía varios años.
"Al parecer, han fracasado en el relevo generacional".
"...No podemos juzgar a la ligera".
Ante el comentario que le llegó desde un lado, Godin sacudió la cabeza. El peso que albergaba el linaje de Bayezid no era algo que pudiera medirse a través de una simple hoja de informe. Quizá, al igual que le ocurrió a él en el pasado, existían caballeros que aún no habían dado a conocer su nombre al mundo.
"Ahora que lo pienso, hay una novedad un tanto peculiar en Bayezid".
"Habla".
El ayudante, que vaciló por un instante dudando si debía llegar a mencionar aquello, vio la mirada apremiante de Godin y pronunció un nombre que no figuraba en el documento.
"No es un caballero, pero dicen que hay un muchacho que destaca de forma sobresaliente entre los escuderos de Bayezid".
"¿Su nombre?".
El ayudante hurgó brevemente en su mente y rescató un nombre que yacía sepultado en su memoria.
"Se llama Vlad. Su lugar de origen es Shoara, en el condado de Bayezid".
"...".
Al escuchar las palabras de su subordinado, Godin frunció el ceño y clavó la mirada en la lejanía. Era un nombre que sin duda guardaba en el recuerdo, pero que no lograba evocar con facilidad.
"Es un muchacho que apareció por primera vez durante el duelo de honor de Deomar... Sin embargo, todo lo que rodea su figura no son más que rumores difíciles de creer, por lo que no se pudo confirmar con certeza".
Había un motivo por el cual el ayudante había dudado antes de pronunciar el nombre de Vlad.
"Dicen que en ese mismo lugar liberó aura... pero no hay nada confirmado".
"¿Aura? ¿Un escudero?".
Los demás caballeros que escuchaban el informe del ayudante resoplaron y no pudieron evitar soltar una carcajada. Resultaba mucho más sensato pensar que los informes recopilados contenían errores antes que dar crédito a la habladuría de que un chiquillo, que ni siquiera era caballero, hubiese sido capaz de manifestar aura.
"Shoara... Vlad...".
Sin embargo, en medio del escarnio de los caballeros, Godin se limitó a cerrar los ojos en silencio para rescatar las memorias de aquel día. Al murmurar el nombre de aquella urbe que no le resultaba extraña, pudo rememorar al muchacho rubio al que había conocido en el páramo blanco cubierto de nieve.
Aquel chico sentado junto a la fogata, mirándolo fijamente. En los ojos azules de aquel muchacho, quien presenciaba el aura por primera vez en su vida, titilaba una luz semejante a una estrella.
"...Entendido. Que todos graben en su memoria los nombres mencionados".
Godin, el nuevo comandante de la orden de caballeros del Conde Sigmund. Con su orden, los caballeros de Gaidar inclinaron la cabeza y abandonaron el despacho del comandante.
"Vlad... Conque Vlad".
Sentado en su sillón, Godin echó la cabeza hacia atrás y sonrió con serenidad. 'Había sido un bribón audaz'. Si hubiese tenido la oportunidad, habría querido llevarlo consigo, pero un vínculo semejante al capricho del destino los había separado. Aunque jamás imaginó que aquel escudero de Bayezid que supuestamente había desplegado aura fuera el mismo muchacho que conoció en persona, Godin se contentó con evocar los rostros de aquellos que habitaban en sus recuerdos.
"Haz lo que quieras hacer".
Junto al nombre del muchacho, otra persona emergió en sus pensamientos. Godin saboreó entre labios las palabras que Jorge le había dedicado aquella noche y reflexionó en silencio. ¿Qué habría ocurrido si, en aquel instante, hubiese decidido seguir a Jorge?
"...Jamás habría sido así".
Godin sonrió con amargura y sacudió la cabeza. En la encrucijada donde debió elegir, no cruzó la línea que conducía hacia Jorge, sino la que se dirigía hacia Sigmund. En el momento en que dio el paso y atravesó esa frontera, comprendió con claridad quién era en realidad. Supo qué anhelaba, qué quería hacer y, por encima de todo, qué era lo que debía hacer a partir de entonces.
"¿Estará viviendo bien ese chico?".
En el silencio del despacho donde ya no quedaba nadie, resonó el tenue silbido entonado por Godin. El mismo sonido con el que el muchacho de ojos azules lo había llamado a lo lejos en aquel entonces. Era el canto del cuco, aquel que anunciaba el final del verano.
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• Autor: Q10
• Traductor: Inmensurable
⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨

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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela)
Capítulo 76
El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 75
Estás leyendo el capítulo 75 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 19 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.