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Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 73 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
"Venimos a ver a lord Vlad..." "..." Marcela contemplaba con los ojos muy abiertos a los hombres congregados frente a la posada, que aún ni siquiera había abierto sus puertas. Las empleadas del lugar, antiguas cortesanas ocupadas en adecentar La Sonrisa de la Rosa, compartían el mismo asombro. Habiendo pasado toda la vida como rameras, jamás habían recibido a clientes de un porte tan distinguido e intachable. "Ah... Lord Vlad acaba de salir a atender unos asuntos." Aunque no era imprescindible emplear un tratamiento tan reverente, Marcela comprendió al instante que había llegado el momento de ensalzar la figura de Vlad tanto como fuera posible. Era una certidumbre dictada por la agudeza que había forjado a lo largo de toda una vida tratando con toda clase de personas. "Últimamente anda sumamente ocupado. Al fin y al cabo, es un talento muy estimado por el señor alcalde." "¡Oh, por supuesto! Con toda seguridad debe ser así." Al ver a Marcela ofrecer explicaciones con una sonrisa amable, los hombres agolpados en la posada asintieron una y otra vez con deferencia. La distinguida compostura con la que los atendía, aunada a su mera sonrisa, infundía en aquellos hombres una confianza inmediata. "¿Sabría decirnos cuándo regresará aproximadamente?" "Me temo que ni yo misma lo sé. ¿Gusta que anote sus nombres?" Durante aquel enfrentamiento de más de un día contra los bárbaros, el anciano caballero había intimidado con el filo de su acero y el joven escudero había contenido la marea a fuerza de pura determinación. Los mercaderes en ruta hacia Barna y todos los presentes habían atestiguado con sus propios ojos la feroz lucha de ambos, y los frutos de aquella hazaña se manifestaban ahora en esta concurrencia. Los rumores que hasta entonces circulaban sobre Vlad habían cobrado un peso fidedigno y tangible, extendiéndose a paso firme entre los habitantes de Shoara. "Jemina." Tras registrar sus nombres y dejar valiosos presentes para Vlad, los hombres se marcharon. Tan pronto como partieron, Marcela llamó a la joven que había estado observando la escena desde el segundo piso. "Dígame, madame." Jemina respondió al llamado de Marcela con un semblante ligeramente alicaído. Cuanto más brillaba el muchacho, menor e insignificante se sentía ella. Una punzada de inseguridad la atormentaba, sin saber si alguien tan vulgar y deslucida tenía siquiera derecho a permanecer a su lado. "De ahora en adelante, serás tú quien se encargue de atender a todos los visitantes que vengan buscando a Vlad." "¿Cómo dice?" Conociendo a la perfección la razón de su desánimo, Marcela decidió brindarle una oportunidad a la muchacha. Ella era una de las personas que la apoyaba con la más sincera devoción, pues creía con firmeza que Jemina merecía con creces ese lugar. "Pero..." Las palabras de Marcela la dejaron desconcertada. No solo se trataba de una propuesta inusitada, sino que ella misma era plenamente consciente de sus limitaciones. "Por lo que vi, todos parecían personas de gran posición... Creo que sería más apropiado que se encargue usted, madame." A todas luces representaba una ocasión magnífica, pero Jemina encogió los hombros y declinó el ofrecimiento. No solo desconfiaba de sus propias capacidades, sino que, por encima de todo, la aterrorizaba cometer un error y perjudicar a Vlad. "Jemina." Al verla tan cabizbaja, Marcela le habló con un tono tajante. "Si alguien en este lugar posee el legítimo derecho de recibir a los invitados de Vlad, nadie lo merece más que tú. ¿Acaso no es verdad?" "..." Ante la pregunta de Marcela, las demás mujeres alrededor asintieron en silencioso acuerdo. Si no hubiera sido por la muchacha pelirroja, era muy probable que el Vlad de hoy ni siquiera existiera. Por lo tanto, Jemina bien podía permitirse caminar con la frente en alto ante el ascenso del muchacho. "¿De verdad... yo?" "Sí. Tú." "Seguro que cometeré algún error... Ni siquiera sé cómo tratar a esa gente." Marcela asintió al ver a Jemina mirarla con los ojos muy abiertos. Desde luego, no bastaba con encomendarle la labor para que la desempeñara con soltura de inmediato. Para agasajar a visitantes importantes se requería cierta experiencia y desenvoltura, virtudes con las que Jemina todavía no estaba familiarizada. "¿Y qué si cometes algún error? Vlad debería ser capaz de cargar al menos con eso." Sin embargo, no había motivo para preocuparse. En ese instante se encontraba allí la mujer más consumada en el fino arte del agasajo y el trato social. "Además, ¿no me dijiste que esta vez te pidió expresamente que llevaras de las riendas a su caballo? Míralo por ti misma: Vlad todavía te necesita." Al escuchar las palabras de Marcela resonar suavemente en su oído, Jemina asintió en silencio. En efecto, el muchacho tenía una deuda con ella. Reclamar su retribución a estas alturas no sería en absoluto una impertinencia. Y mucho menos si no era más que un desesperado intento por mantenerse a su lado. Marcela acarició los cabellos de la ensimismada Jemina y los recogió con suavidad para probar un peinado. Tal y como había imaginado, le sentaba de maravilla. "Ven más tarde a mi habitación." "¿A su habitación?" Jemina enarcó las cejas con extrañeza ante la indicación, pero Marcela se limitó a sonreír con complicidad. No solo los hombres marchaban al campo de batalla; las mujeres también tenían su propia lid. Y ese día, Marcela pensaba armar a Jemina con las armas propias de una mujer. Exactamente de la misma manera en que Jorge le había confiado una daga a Vlad. \*\*\* "La Casa del Conde Gaidar no marchará hacia el norte de inmediato." Sir Ramund paladeaba el té servido por Josef mientras compartía el juicio forjado a lo largo de sus incontables años de experiencia. "Toda expansión requiere de un periodo de asentamiento. Por más fiero e imparable que sea el ímpetu con el que se extienden, los vestigios de la Casa Romanov, sus antiguos señores, aún perduran en diversos rincones del oeste." Josef escuchaba con escrupulosa atención las reflexiones de Sir Ramund. Aunque pertenecía a las filas norteñas, durante sus años más duros y humildes de servicio, Sir Ramund había combatido en las tierras occidentales. "Además, a sus espaldas se halla el Frente de Liberación Enano. Si trazaran un orden lógico de prioridades, ¿no cree que resolverían primero las inquietudes que amenazan su retaguardia antes de avanzar hacia el norte o el centro?" "... Yo también pensaba lo mismo." Frente a Josef descansaba una carta que acababa de recibir. Llevaba estampado el sello heráldico de la Casa Heinal. "Sin embargo, no puedo evitar sentirme intranquilo." A pesar de haber intentado sosegar a Josef asegurando que no había de qué preocuparse por el momento, Sir Ramund apoyó la espalda pesadamente contra el respaldo del asiento y soltó un suspiro. "¿Qué es lo que tanto le inquieta?" Ante la pregunta de Josef, Sir Ramund esbozó una sonrisa desprovista de fuerzas y desvió la mirada. "Apenas me quedaba un único ducado en el bolsillo, y existía un motivo de peso por el cual decidí gastar esa última moneda en los escuderos de Bayezid." Aunque aquella debía ser su ceremonia de retiro para despojarse del honor y el deber y regresar al estado de un simple hombre en el ocaso de sus días, al desdichado caballero le resultaba imposible apartar a Bayezid de sus pensamientos hasta el último momento. Era la tierra a la que había jurado lealtad, la causa que había protegido toda su vida y el hogar que había amado. "Los caballeros del oeste ya han superado a los del norte." "... ¿Es así?" Sin embargo, por más profundo que fuera el afecto hacia su señorío, la evaluación debía dictarse con implacable frialdad. Sir Ramund creía firmemente que conducirse de ese modo era el mayor servicio que podía prestar a Bayezid. "No puedo evitar pensar si no habremos caído en una complacencia excesiva durante todo este tiempo." "En el momento en que contemplé a los caballeros del oeste, comprendí que mis deberes distaban de haber concluido". Con esas palabras, Sir Ramund cerró serenamente los ojos y rememoró el norte del pasado. Las hordas incesantes de bárbaros y monstruos que arremetían sin tregua. Y el desdén proveniente de las tierras centrales, más gélido aún que las ventiscas del viento septentrional. Los caballeros del norte eran hombres forjados al alzarse en armas contra todas aquellas adversidades. Por esa misma razón, eran también más tenaces y honorables que los guerreros de cualquier otra región. "Acaso debido al temple agreste de las tierras de frontera, los caballeros de allí siempre están famélicos y ansiosos de despojar a otros. Mi joven señor, deberéis estar prevenido contra ellos". Sin embargo, el curso del tiempo es inexorable, y los hombres jamás pueden recibir una nueva era permaneciendo inmutables. El imperio se resquebrajaba en sus junturas, el otrora indómito norte se había apaciguado y, en agudo contraste, el oeste se expandía sin freno. Corría una época en la que el equilibrio de fuerzas mudaba de signo. "..." Josef se levantó de su asiento ante la advertencia de Ramund y se aproximó a la ventana. La soberbia panorámica de Shoara, alzada con magnánimo esplendor, siempre guiaba sus pasos hacia aquel ventanal. "... Aun así, el norte todavía engendra frutos vigorosos, ¿no es verdad?". Y aquel paisaje que se desplegaba al otro lado del cristal solía consolar el sofocado ánimo de Josef. Ramund asintió con la cabeza ante el sosegado murmullo del joven señor. "Por descontado que sí". A lo lejos, a través de la ventana, la muchedumbre comenzaba a arremolinarse junto a las puertas de Shoara. Aunque la era de los ancianos declinara en el ocaso, una nueva era siempre volvía a alzarse en el horizonte. \* \* \* "¿Por qué demonios se arremolina tanta gente?". \["Ha llegado un espectáculo sumamente entretenido; es natural que salgan a curiosear".\] Vlad, que tiraba de aquel azabache animal con unas riendas que apenas había conseguido encajarle, se quedó sin palabras ante la respuesta de la voz. "¿Entretenido, dice?". \["Desde luego. Piensa bien en todo lo que has hecho durante estos días".\] "..." Al meditar con detenimiento en sus andanzas recientes ante las palabras de la voz, comprendió de inmediato la razón. Durante los últimos días, Vlad se había debatido en tentativas desesperadas con tal de arrastrar a la azabache bestia al interior de Shoara. Había probado a vendarle los ojos, a jalar de él empleando toda su fuerza bruta, a tentarlo con comida e incluso a inclinar la cabeza suplicándole por favor. Llegó al extremo de seguir el consejo de Goat e intentar seducirlo valiéndose de una yegua, pero aquel corcel negro ni siquiera se había inmutado. Con un muchacho cuya fama ascendía como la espuma realizando semejantes despropósitos e insensateces frente a un caballo, era apenas lógico que se le clavaran todas las miradas. "... Aun así, no era necesario que se congregaran de esta manera". Y hoy marcaba el instante decisivo que pondría punto final a toda esa serie de intentos. Mordiéndose el labio ante el morboso interés de la multitud, pero convencido de que al menos esta vez sería distinto, Vlad arrastró al corcel negro hacia el frente de las puertas de la ciudad. "¡¿Hasta cuándo piensas hacerme esperar?!". En los oídos de Vlad, que acababa de reafirmar su determinación, resonó una voz aguda y punzante. Al volver el rostro, descubrió a Jemina de pie ante las puertas de la ciudad, ataviada con un vestido carmesí y con la cabeza y el rostro cubiertos por un paño. "¿Por qué demonios te has puesto un vestido?". \["El vestido es la armadura de combate de una mujer. No puedo sino admirar su porte, apercibida para la contienda".\] A pesar de haber sido él mismo quien le hizo la petición, Vlad refunfuñó para sus adentros; luego giró la cabeza y gritó a viva voz para avisar que ya estaba listo. "¡Jemina! ¡Ya está listo!". "..." Ante la señal de Vlad, no solo Jemina, sino también todos los espectadores que se agolpaban en derredor contuvieron el aliento. "Bien". Jemina, que respiraba hondo tratando de sosegar el pulso, asintió en señal de entendimiento ante la voz del muchacho. Aunque la mirada de la muchedumbre le resultaba abrumadora y la corpulencia de aquel caballo negro era mucho más descomunal de lo que imaginaba, Jemina se mordió los labios con fuerza y se despojó del paño que la cubría. Porque si se limitaba a vacilar presa del miedo, jamás sería digna de permanecer al lado del muchacho. "... ¡Ohhh!". "¡Vaya! ¡Con razón la mantenía tan bien guardada!". Entre la determinación de la joven y la admiración de los presentes, una espléndida flor escarlata floreció bajo el sol refulgente. La cabellera roja de Jemina, revelada al fin, atrapó por completo la mirada del azabache animal, tal como habían planeado. "... ¿Y por qué te pusiste esos pendientes?". "¡Hacen juego con el vestido!". Con los pendientes centelleantes y aquel suntuoso atuendo, la joven lucía un aspecto completamente ajeno a la Jemina que Vlad conocía de siempre. Hasta el propio muchacho se quedó sin habla al contemplar su radiante estampa, mirándola embobado durante unos instantes. "Por aquí. Ven aquí". No obstante, Jemina desdeñó los reproches de Vlad y se limitó a clavar los ojos en la azabache bestia que tenía enfrente. Vlad lo ignoraba, pero Jemina se había presentado allí tras armarse de una resolución inquebrantable. "Buen chico. Ven aquí". Con una determinación solemne, la muchacha pelirroja agitó el ramo de rosas que mantenía oculto a su espalda. Al contemplar a la muchacha, que sostenía contra su menudo cuerpo un copioso ramo de rosas rojas, el azabache corcel comenzó a dar los primeros pasos. "¡Se mueve!". "¡Increíble, ha funcionado!". La multitud circundante rompió en aplausos, maravillada ante lo que presenciaba. El muchacho, la promesa viva en quien la Casa Bayezid tenía puesta su mirada. Un corcel negro de presencia tan majestuosa que imponía respeto a cualquiera. Y una joven de un colorido tan deslumbrante que resultaba inconcebible imaginarla nacida en la inmundicia de los callejones. Ante la marcha de aquel singular cortejo, que conformaba un espectáculo fascinante, la gente congregada mantenía la mirada fija, incapaz de apartar los ojos. Un relincho sonoro hendió el aire. En el instante en que el azabache corcel cruzó por fin el umbral de las puertas de la ciudad junto al muchacho que sostenía sus riendas, la muchedumbre comenzó a vitorear y a aclamar con entusiasmo. "¡¿Es que acaso no tienen nada mejor que hacer?!". Vlad, viéndose convertido en el centro de todas las miradas, abrió desmesuradamente sus ojos azules y les gritó con aspereza, pero las circunstancias ya escapaban a su dominio. "¡Eso es, sigue tirando!". "¡Bien hecho!". La multitud bramaba de entusiasmo ante aquel insólito cuadro. Porque una pequeña jovencita guiaba a un caballo gigantesco sin retroceder un solo palmo. Con los ojos abiertos con fiereza, aferrando el dobladillo de su falda con una mano y alzando el ramo de flores rojas con la otra, aquella estampa indomable y gallarda que cautivaba a cualquiera evocaba con viveza a un caballero con la espada desenvainada. "¡Jemina! ¡Lady Jemina!". Entre la multitud enardecida por la noble compostura de la doncella, alguien comenzó a clamar a voz en cuello: "¡Ella es la Dama Escarlata! ¡La Rosa de Shoara!". Un joven de cabellos castaños, que cojeaba apoyado en sus muletas, gritaba con todas sus fuerzas para que el mundo entero lo escuchase. "¡Lady Jemina!". "¡Jemina! ¡La Dama Escarlata!". Al compás del pregón inicial de Haben, las personas congregadas a su alrededor prorrumpieron en clamores unísonos. Haben contempló la escena y rio a carcajadas hasta desgañitarse la garganta. ¿Acaso los marginados de los callejones habían recibido alguna vez semejante atención de la gente? ¿Acaso habían sido aclamados alguna vez entre aplausos y el fervor ardiente de la multitud? Mas hoy, al menos por hoy, toda Shoara contemplaba al muchacho y a la muchacha. Las puertas de Shoara: este era el campo de batalla de la doncella. Lady Jemina, que empuñando un ramo de flores por arma había desmantelado las fronteras del mundo, sonrió con radiante calidez al ver al azabache animal seguir sus pasos. Una sonrisa infinitamente más deslumbrante que el fulgor de sus propios pendientes. \----- • Autor: Q10 • Traductor: Inmensurable ⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨
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Estás leyendo el capítulo 73 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 19 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.