Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 72 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
"¡Hiiii-in!"
Cuanto más nítido es el mundo que uno alberga, más clara se torna la frontera. Tan tajante como el color de la estepa que aquel corcel azabache guardaba en su interior, así de definida era la línea divisoria impuesta por las murallas que los seres humanos habían alzado en torno a sí.
"..."
El muchacho y la bestia, seres de colores tan intensos y vivos, seguían resultando presencias difíciles de mezclar con otros mundos. Vlad y aquel corcel negro no hacían más que contemplar los altos muros de Shoara erguidos al pie del confinamiento humano.
※※※※
"¿Ya estás de vuelta?"
Sir Ramund habló mientras apuraba su copa de licor, dirigiéndose al muchacho que subía los peldaños desde la planta baja. En aquella posada que aún no abría sus puertas, los únicos clientes eran el anciano y el joven. La sosegada voz de Ramund, aunque baja, resonó con la suficiente claridad como para llegar a oídos del muchacho.
"¿Ha surtido algún efecto?"
"Solo un poco."
Ante la pregunta del anciano, Vlad chasqueó la lengua con pesar antes de responder.
"Parece que ese salvaje no me dijo una tontería después de todo."
"Bueno, de los asuntos de la estepa son esos bárbaros quienes más saben."
Mientras pronunciaba aquellas palabras y vaciaba su copa, en la mirada de Ramund se reflejó un ramo de flores de color carmesí.
Rosas.
Un ramillete tan llamativo que bastaba mirarlo para encandilar los ojos descansaba en las manos del muchacho.
"Para no ser más que un caballo, vaya que tiene unos gustos bien definidos."
"Dicen que se mueve siguiendo esto."
El día en que por fin lograron regresar a Shoara tras eludir la persecución de los bárbaros, Vlad se había quedado profundamente desconcertado ante la rotunda negativa del corcel azabache. Mientras no sabía qué hacer, abrumado por la obstinación con la que el animal se resistía a cruzar hacia el interior de las murallas atestadas de gente, un guerrero bárbaro con el rostro cubierto de tatuajes le había dicho entre risas que a esa bestia le gustaba el color rojo, señalando la cinta escarlata con la que llevaba atado su propio cabello.
"No tenía idea de que los caballos salvajes se desplazaran siguiendo a los rosales silvestres."
"Debe de ser un método que hallaron por puro instinto. Tienen que reaccionar con extrema sensibilidad a la temperatura."
Los caballos salvajes sobreviven paciendo la hierba. Por esa misma razón, no pueden evitar ser sensibles al frío, pues una estepa congelada no tiene nada que ofrecerles. Para tales bestias, los rosales silvestres que despliegan sus brotes al compás del aire cálido son como una señal directamente ligada a la supervivencia.
"Pero parece que con esto solo no alcanza."
Vlad depositó con cuidado el ramo de rosas sobre la mesa y se sumió en hondas cavilaciones.
"Cuanto más rojo haya, mejor, ¿verdad?"
"Así es."
"Y cuanto más grande, mejor."
"Lo grande siempre abarca a lo pequeño."
"...Y si además se mueve, sería inmejorable."
Tras decir esto, Vlad desvió la mirada hacia abajo para contemplar una mancha roja que se afanaba con diligencia en la planta baja. Una muchacha pelirroja que resoplaba mientras cargaba a cuestas un edredón más grande que su propio cuerpo. El matiz de rojo más resplandeciente que Vlad conocía en este mundo se encontraba allí abajo.
"A alguien así bien se le podría llamar una rosa."
Al percatarse de lo que pasaba por la cabeza del joven, Ramund asintió con una sonrisa cargada de intención.
"Aunque últimamente pareciera que no se llevan nada bien."
"Siempre hemos sido así."
Al ver la ligereza con la que el muchacho respondía, Ramund chasqueó la lengua con pesar. Había ocasiones en que existían presencias tan cercanas que uno no alcanzaba a comprender lo valiosas que eran.
"¡¿Qué va a ser 'siempre así', mocoso?! En este mundo ninguna relación viene dada de antemano; todas son cosas que se van construyendo día a día."
Sin embargo, los ojos de Vlad seguían fijos únicamente en la cabellera escarlata de Jemina, y el reproche del anciano, teñido de lamento, no llegó a calar en sus oídos.
"Iré a verla."
Incluso ahora, varios días después, aquel corcel azabache aguardaba cabizbajo y desolado fuera de las murallas, y sin él Vlad se vería forzado a volver a una vida incierta sobre carretas. Con la esperanza de que la muchacha que en su momento le había abierto el camino para salir de Shoara lograra esta vez meter al animal intramuros, Vlad recogió el ramo de la mesa y descendió las escaleras hacia Jemina.
Al contemplar la prisa con la que el joven se aproximaba a la doncella, Ramund no pudo hacer más que volver a chasquear la lengua.
※※※※
"Jemina."
"...¿Qué quieres?"
Jemina, absorta en los preparativos de la posada para su inminente apertura, alzó la mirada con los ojos entrecerrados en un gesto hosco al ver que Vlad se interponía en su camino.
"Estoy ocupada."
"Espera, escúchame un momento."
A pesar de la apremiante insistencia de Vlad, Jemina continuó con sus faenas como si nada. De las manos de la muchacha, habituadas desde hacía tiempo a los quehaceres cotidianos, las cortinas caían en su sitio exacto y las sábanas de las camas quedaban alisadas con impecable precisión.
"No sé qué tengas que decir, pero ve a decírselo a Lady Alicia. Yo no tengo tiempo."
"..."
Jemina, todavía afligida y resentida por el pañuelo que había salido del pecho de Vlad, se limitaba a ignorarlo. Había sacrificado su propia cabellera y pasado penurias mortales para salvarle la vida, ¿y a cambio lo único que recibía era un pañuelo con el nombre de otra mujer bordado en él? Desde la perspectiva de Jemina, era más que suficiente para estar profundamente ofendida.
"Por favor, solo escúchame, es un favor."
"¡Que estoy ocupada! ¡¿Acaso no ves que no tengo tiempo?!"
En el preciso instante en que Jemina le gritaba al ver que no dejaba de cerrarle el paso...
"Toma."
"...¿Y esto qué es?"
La confusión la desarmó al ver un ramo de flores rojas extenderse súbitamente ante sus ojos.
"Sostén esto y ven a ayudarme."
"...Ya te he dicho que tus favores se los pidas a Lady Alicia."
"No."
Vlad sostuvo el ramo con una expresión de absoluta gravedad y declaró:
"Esto es algo que nadie más que Lady Jemina puede hacer."
"..."
Al escuchar aquellas palabras brotar de los labios de Vlad, Jemina levantó por fin la cabeza para contemplar al muchacho. Un joven de ojos azules que le ofrecía un ramo de flores carmesíes. Entre aquellos colores de los que resultaba casi imposible apartar la mirada, la muchacha hizo un esfuerzo por volver el rostro y replicó con fingida aspereza:
"...¿De qué se trata?"
No fue por haber escuchado el tratamiento de Lady Jemina. Aunque no hubiera recurrido a semejante cortesía, la muchacha habría terminado cediendo ante Vlad de todos modos.
"Sujeta esto y acompáñame a un sitio."
Vlad sonrió al contemplar a Jemina, cuyo rostro se encendía en un rubor cada vez más escarlata mientras apretaba entre sus manos el ramo de flores que él acababa de entregarle.
Cabello rojo, un ramo de flores rojas y un rostro que se teñía de carmín a la par. Cuanto más encarnado se pusiera, mejor. 'Con esto, seguro que a esa chiquilla también le gustará'. Con ese pensamiento, Vlad asintió con expresión satisfecha.
"Todo eso no es más que karma. Tsk, tsk."
Apoyado en la barandilla del cuarto piso mientras daba sorbos a su copa, Sir Ramund chasqueaba la lengua observando las andanzas de Vlad. Absorto por la situación que tenía delante, Vlad ni siquiera era consciente de lo que sus actos provocaban, pero para Sir Ramund, que lo contemplaba desde la perspectiva de un tercero, aquello resultaba inaudito.
"Bueno, ya se las arreglará."
Quien hace brotar una flor debe cargar con la responsabilidad de ello. Y a los ojos de Sir Ramund, en el rostro de la muchacha que se esforzaba por esquivar la mirada, se divisaba una rosa que ardía al rojo vivo.
※※※※
Sosteniendo la antorcha que el carcelero les había entregado, Josef y Sir Zayar dieron un paso al frente. En la penumbra de la lúgubre mazmorra, con los barrotes de por medio, dos hombres se miraban cara a cara.
Dos hombres plantados frente a los barrotes que separaban sus respectivos mundos. Las sombras proyectadas por la antorcha hacían aún más profundas las marcadas ojeras de Josef.
"Que el mismísimo alcalde de la ciudad se digne a visitar a un simple bárbaro... vaya un honor."
"Solo espero que haya valido la pena haber bajado hasta aquí."
Aunque Age se mofaba desde el interior de la celda, Josef no se inmutó lo más mínimo ante semejante provocación y pronunció lo que había ido a decir:
"Quiero saber la verdadera razón por la que bajaron siguiendo a ese caballo."
Age se acarició la barbilla al contemplar la mirada de Josef, de una profundidad impropia de su edad. Había visto a muchos que fingían serenidad o dignidad a la fuerza, pero muy pocos eran los que en verdad albergaban tales virtudes en su interior. Sin embargo, el alcalde de Shoara que tenía ante sí, aun teniendo una edad similar a la suya, las poseía con naturalidad.
"Porque lo necesitábamos."
"Y es precisamente por esa necesidad por lo que te pregunto ahora."
Ante la desganada respuesta de Age, Sir Zayar, que sostenía la antorcha, frunció el ceño.
"Al principio pensé que tal vez se trataba de alguna tradición o ritual de su tribu, pero no era el caso."
Josef había consultado a quienes conocían bien las costumbres de los bárbaros, entre ellos a Sir Ramund. Y ante la pregunta de Josef, todos ellos habían negado con la cabeza.
"He oído que, para ustedes, someter o montar caballos salvajes es más bien un tabú. ¿Me equivoco?"
"......"
Todo mundo posee su propio ámbito en el que brilla con mayor esplendor. Quien empuña la espada, en el campo de batalla; quien empuña la azada, en los campos de cultivo. Y a los caballos salvajes, que solo brillan cuando galopan en libertad, les correspondía sin duda la verde estepa. Los bárbaros eran personas que respetaban semejante principio.
"He venido hasta aquí para preguntarte la verdadera razón por la que rompieron ese tabú, cruzaron el dominio del Duque de Acero y llegaron hasta este mismísimo Condado de Bayezid."
Habiendo terminado de hablar, Josef cerró la boca y se limitó a clavar la mirada en Age, como indicándole que ahora era su turno. Era un temple singular que no admitía rechazo. Age, observando a Josef frente a él, pensó que tal vez aquel hombre fuera capaz de responder a sus propias dudas. Pues Age también tenía asuntos que indagar entre la gente del imperio.
"...... Mientras me traían cautivo hasta aquí, no dejé de pensar."
Ante la mirada inquebrantable de Josef, Age, que hasta entonces había permanecido sentado con desparpajo, se levantó con lentitud y se aproximó a los barrotes.
"Pensé que, tal vez, haber sido capturado y traído a este lugar haya sido lo mejor que pudo pasarnos."
Emergiendo de la penumbra, Age aferró los barrotes con ambas manos y acercó su rostro a escasos palmos del de Josef. Un perro que se dispone a morder no ladra; tan solo contiene el aliento en silencio a la espera de su oportunidad.
"La única razón por la que mis hombres y yo intentamos someter al Hijo de la Estepa, quebrando incluso los tabúes de la tribu, fue una sola: necesitábamos al ser más veloz que conociéramos."
Josef pensó al contemplar los ojos de Age, enmarcados en tatuajes, que se asemejaban a la mirada indómita de cierto muchacho.
"¿Qué demonios hicieron ustedes?"
"¿A qué te refieres con eso?"
Josef vio cómo la cólera bullía lentamente en los ojos de Age. Y aquella furia no se dirigía solo hacia él, sino hacia todo el norte.
"El dragón se ha vuelto loco y anda desbocado."
"¿......?"
Mientras Josef se desconcertaba ante semejante revelación, el lobo de la estepa comenzó a rugir desde el interior de la celda.
"¡Digo que el dragón, que había permanecido en calma todo este tiempo, ha enloquecido y causa estragos!"
Las pupilas de Age, cautivo tras los barrotes, ardían en llamas de furia. Y esa ira no era algo que solo él hubiera acumulado en su pecho; era la cólera que habían ido forjando todos los bárbaros, empujados hacia los confines y marginados sin tregua por el imperio.
"Tú eres la máxima autoridad de este lugar, así que sabrás bien de lo que hablo."
Ante el ímpetu que desprendía Age, Sir Zayar ya había posado la mano sobre la empuñadura de su espada. De tal magnitud era su fiereza.
"¿Qué hicieron con los fragmentos del dragón?"
El lobo de la estepa que gruñía frente al mandatario humano. El caballero tuerto que daba un paso al frente para someter al lobo. Y entre los dos, el hombre de marcadas ojeras que permanecía inmóvil, desentrañando los siniestros presagios ocultos tras las palabras de Age.
Un dragón desbocado y enloquecido.
El hijo del caudillo tribal había quebrantado los tabúes para bajar en busca de un caballo y así detener a un dragón furioso. Y lo había hecho adentrándose hasta lo más profundo de los dominios imperiales.
Las oscuras pupilas de Josef comenzaron a ensombrecerse profundamente.
"Tráeme al muchacho rubio que me derrotó."
"¿Para qué?"
Habiendo escupido aquella ardiente cólera, Age exhaló esta vez un profundo suspiro y apoyó la cabeza contra los barrotes.
"Porque el único ser capaz de alcanzar al más veloz de los dragones no es otro que el Hijo de la Estepa, el heredero de la sangre divina."
Los vestigios de los dragones caídos. Dispersos por los confines del mundo bajo las más diversas formas, en ocasiones eran objeto de anhelo y veneración, pero también fuente de pavor. La sangre de dragón, antaño perfecta, albergaba en su interior ese inconmensurable potencial.
"Esto no se limitará únicamente a nuestras tierras. ¿Verdad?"
"......"
Dos hombres mirándose fijamente bajo la vacilante luz de la antorcha. En el interior de la lúgubre mazmorra, ninguno de los dos volvió a pronunciar palabra.
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• Autor: Q10
• Traductor: Inmensurable
⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨

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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela)
Capítulo 73
El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 72
Estás leyendo el capítulo 72 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 19 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.