Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 62 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Lady Justia se adentraba a paso firme en la densa niebla. El muchacho, que observaba su espalda como si tuviese los pies clavados en el suelo, pensó:
'Haber anhelado escapar de los callejones no fue solo para sobrevivir.
Haber contemplado la espada del viejo herrero no fue únicamente por mera admiración.
Fue para seguir avanzando hacia adelante.'
"Sin duda te convertirás en caballero."
No era posible conformarse con el simple hecho de subsistir. Para hallar el sentido de la existencia, uno debía albergar algo en lo profundo de su pecho.
"Por eso debes comprenderlo. Nuestra espada necesita una causa justa y una responsabilidad."
Sir Gregory sujetó por la nuca al muchacho, quien parecía a punto de salir corriendo en cualquier instante, y le habló con mirada solemne:
"Ahora repite lo que voy a decirte."
"¿Qué cosa?"
Ante la pregunta del chico, Sir Gregory vaciló por un instante. Se preguntó si acaso no sería demasiado prematuro. Sin embargo, precisamente por ser tan pronto, quizá eran las palabras más necesarias en ese preciso momento.
"Es la única causa justa a la que podemos aferrarnos ahora."
Mientras escuchaban el aliento de los niños volverse cada vez más tenue.
Mientras oían los desgarradores alaridos de los padres.
En medio de aquella pequeña plaza anegada por la bruma, el caballero de barba recia comenzó a recitar un antiguo precepto.
Era una regla forjada por el hombre que fue el más grande esgrimista y el caballero entre los caballeros.
Aquel precepto, firme y austero por su antigüedad, estaba erigiendo un pilar más en el interior del mundo del muchacho.
\*\*\*
Una iglesia construida con sillares de piedra grisácea.
Las pupilas verdes de Lady Justia contemplaban el campanario erigido en lo más alto del templo. El aliento vital de los niños se congregaba allí, ascendiendo hacia la cúspide de aquella iglesia profanada por la inmundicia.
"¡Abrid las puertas! ¡Este no es lugar para que moréis!"
Pese a su advertencia, las pesadas puertas del templo, firmemente trancadas, ni siquiera se estremecieron. Mas nada de eso importaba. Por mucho que un halo de oscuridad lo envolviera, el templo ante sus ojos se asentaba sobre la tierra creada por Dios. Como doncella consagrada que moraba en la casa del Creador, poseía el legítimo derecho de erguirse con dignidad en cualquier rincón del mundo.
¡Buummm!
Un golpe impregnado de la voluntad divina destrozó las mudas puertas de madera de la iglesia.
Al cruzar el umbral hacia el interior sumido en tinieblas, lo único que se presentó ante los ojos de Lady Justia fueron patrones carmesíes embadurnados por doquier.
"..."
Eran los vestigios de una blasfemia atroz y descarada.
"Ha llegado usted más rápido de lo que esperaba."
En lo más profundo de la nave principal, sobre el altar mayor que debía hallarse más cerca de Dios que ningún otro sitio, se encontraba de pie un clérigo sosteniendo unas voluminosas Escrituras sagradas.
Al contemplar a aquel hombre que, vestido abominablemente con los hábitos sacerdotales, absorbía el aliento de niños pequeños, Lady Justia alzó su espada en alto.
"¿Por qué ha venido a solas? Con tan solo usted y yo, me temo que no seremos suficientes para elevar plegarias por todas las personas aquí presentes."
"..."
Ante las palabras teñidas de mofa del sacerdote, Lady Justia desvió de inmediato la mirada para recorrer el recinto. No había nadie visible ni se percibía presencia alguna, pero era indudable que el hombre ante ella se había referido a las personas presentes en aquel lugar.
En el instante en que Lady Justia entrecerró los ojos al percibir la extraña y disonante energía que flotaba en el interior del templo:
¡Ggraaaaaah!
Un profundo y lastimero gemido comenzó a brotar desde las entrañas del suelo que Lady Justia pisaba. No pertenecía a un solo ser, sino a una multitud entera.
Y todas y cada una de aquellas almas derramaban míseras lágrimas negras.
Tan... Tan... Tan...
La campana de la iglesia comenzó a doblar. Eran las campanadas que anunciaban la hora del servicio divino.
"Las tenías ocultas en el sótano."
A pesar de la acuciante premura de la situación, Lady Justia reaccionó con serenidad templada. Era una mujer resuelta, alguien que lo había previsto y se había preparado de antemano. Lo único de lo que carecía era de unos días de margen.
Sin embargo, Lady Justia sabía a la perfección que la voluntad de Dios es una puerta estrecha, y que para cruzarla se precisaban incontables tribulaciones y una paciencia inquebrantable.
"Dígnate a escuchar mi plegaria."
Lady Justia se apresuró a iluminar el lóbrego interior del templo con el brillo de su espada y concentró su atención en los sonidos que resonaban. No provenían de un individuo solitario, sino de una muchedumbre. No eran pasos pesados, sino pisadas ligeras. Parecía el rumor de pies descalzos trepando a toda prisa sobre el gélido suelo de piedra.
¡Clac!
Finalmente, las presencias que trepaban abrieron de golpe y con violencia la compuerta que sellaba el subterráneo, y desde aquella hondura comenzaron a emerger incontables manos teñidas de azabache.
"Mi hijo... Mi niño..."
"Está demasiado oscuro..."
"¡No puedo ver nada!"
Eran mujeres que derramaban lágrimas negras. Mujeres en cuyos rostros solo había un vacío tenebroso allí donde debían haber estado sus ojos. Se debatían a ciegas, manoteando en medio de la oscuridad.
"¡...!"
Al presenciar una escena tan desgarradora que resultaba insoportable a la vista, incluso a Lady Justia le resultó imposible conservar la compostura. Pues mucho más espantoso que las cuencas oculares destrozadas de aquellas mujeres que aullaban era el estado de sus vientres, empapados en sangre.
"Haber cometido semejante atrocidad..."
Solía decirse que el mundo siempre era despiadado con los débiles, pero la aberración presente rebasaba todos los límites concebibles. Un simple extravío moral jamás podría engendrar semejante monstruosidad. Solo aquellos seres que hubieran cruzado una línea irreversible eran capaces de tal abominación.
"¡¿Es que acaso no temes a Dios?!"
"Temer a Dios, dice..."
Ante la fulminante increpación de Lady Justia, el rostro de aquel hombre, que parecía incapaz de borrar su perenne sonrisa, comenzó a tornarse despacio en una expresión carente de emoción alguna. Fue un cambio sumamente natural, como si esa hubiera sido su verdadera faz desde siempre.
"Ciertamente, Él es alguien digno de pavor, pero al mismo tiempo es alguien que no me concierne en lo más mínimo."
Como si ya no viera motivo alguno para seguir disimulando, el hombre dejó caer el libro sagrado que sostenía en las manos.
Bajo los pies de aquel que se había liberado de la muerte.
"Pues yo ya no tengo la necesidad de regresar jamás a su regazo."
"¡...!"
Al escuchar aquello, los ojos de Lady Justia vibraron con furor. Viendo ante sí a aquel miserable que mancillaba todo su mundo interior, Lady Justia dio rienda suelta a la ira que ardía en su pecho y prorrumpió en un bramido formidable:
"¡Oh, glorioso comandante de los ejércitos celestiales, vos que permanecéis al lado de Dios, San Rozino!"
Invocando con voz colérica el nombre del santo que brillaba con esplendor en los anales de la fe, la espada de Lady Justia comenzó a irradiar un resplandor cegador.
"¡Acudid a rescatar a estas almas desdichadas, pagando el gravoso precio bajo la tiranía del mal!"
Las mujeres continuaban extendiendo sus brazos renegridos en busca de algo. Eran mujeres que habían sido sacrificadas y despojadas de todo por manos infames.
Lady Justia no podía estrechar las manos de cada una de ellas, por lo que se dispuso a abrir una senda de luz capaz de atravesar cualquier tiniebla.
"¡Y seré yo quien pague ese precio!"
Una antorcha solitaria que resplandecía en mitad de la oscuridad comenzó a consumirse a sí misma como combustible para emitir una lumbre aún más colosal. Era una luz tan diáfana que podía ser vista aun careciendo de ojos, un fulgor que permitía ser hallado incluso en el abismo más negro.
El Gran Exorcismo.
El milagro concedido exclusivamente a los paladines consagrados que acataban la sagrada providencia descendió implacable sobre la iglesia profanada.
"Vaya, resultó ser usted una persona más formidable de lo que creí."
Ante la luz abrumadora que se alimentaba de la propia esencia de la paladín como mecha, el falso sacerdote no tuvo más remedio que apartar el rostro momentáneamente. Aunque era una marea de luz desprovista de fuerza física material, la columna luminosa erigida por la voluntad inquebrantable de Lady Justia sacudía con fiereza los cimientos de la sacrílega edificación.
¡Aaaahhh!
La cálida y gloriosa luz descendida desde lo alto secaba la pesadumbre y el rencor de las mujeres que lloraban lágrimas negras. Les devolvía el descanso, encaminándolas de regreso al lugar al que verdaderamente debían pertenecer.
"¡Jajajajaja!"
Sin embargo, en medio de la luz que calcinaba las intenciones inmundas, el falso sacerdote no hacía más que reír.
"¡Por muy brillante que sea una antorcha, la fuerza de una sola persona tiene sus límites bien marcados!"
Aunque las yemas de sus propios dedos se chamuscaban ante la columna de luz que expandía su alcance de manera incesante, el hombre sonreía con sarcasmo sabiendo perfectamente cuál sería el desenlace. La destreza de la paladín para desatar el Gran Exorcismo sin ritual preparatorio alguno era digna de admiración, pero, a fin de cuentas, ahora se encontraba completamente sola.
Para disipar por entero la tiniebla que imperaba, habrían hecho falta muchísimas más antorchas.
"..."
Tal como sentenciaba el falso sacerdote, una gota de sudor comenzó a formarse en la frente de Lady Justia, quien mantenía los ojos cerrados orando a Dios. Era un conjuro cuya repercusión resultaba demoledora, un milagro que exigía a cambio la propia longevidad de quien lo invocaba.
Pues aunque este mundo estuviera colmado por la voluntad del Señor, Él mismo se hallaba en las lejanías inalcanzables del firmamento.
Al compás con el que menguaban los desgarradores lamentos de las desdichadas mujeres, la luz del Gran Exorcismo ejecutado por Lady Justia también comenzó a extinguirse paulatinamente.
Al presenciar aquello, el falso sacerdote extrajo una espada de entre su propia sombra.
Era una espada de un matiz tan oscuro que parecía absorberlo a uno con tan solo mirarla.
"..."
Al contemplar al hombre que se aproximaba con lentitud hacia ella empuñando aquella hoja, Justia afianzó su determinación. Como paladín obligada a prever siempre el peor de los desenlaces, al menos había preparado un último recurso para llevarse consigo al varón que tenía frente a sus ojos. Quienes ostentaban la condición de paladines eran almas adiestradas con el propósito de afrontar instantes como este.
"...Que Vuestra Iglesia derribe a todos los enemigos."
Justia se dispuso a recitar una plegaria para convocar las gloriosas llamas de Dios, valiéndose esta vez no de su acero, sino de su propia carne como ofrenda. Cada vez que sus labios se entreabrían, sus pupilas verdes vacilaban con violencia.
Justo en el instante en que se aprestaba a consumar aquel postrer y desesperado esfuerzo...
¡Bummm!
Un estruendo atronador resonó a sus espaldas. Las puertas del templo, previamente destrozadas por Justia, volvieron a salir despedidas con violencia.
"¡Empujen!"
"¡Goat! ¡Apártate ya!"
Acompañados de clamores enconados, varios hombres irrumpieron a través de la abertura. Venían empujando un carruaje que ardía al rojo vivo.
"¡...!"
En un parpadeo, la atención de todos convergió en ese punto. Incluso la de aquellas mujeres privadas de la vista. Hacia el corazón de la iglesia, que se colmaba sin tregua de sombras, una nueva antorcha avanzaba a la carga.
"¡Apártense ahora!"
Cuando Sir Gregory dio la orden, los dos hombres que empujaban el carruaje en llamas junto a él se echaron a un lado.
"¡Aaaagh!"
Al comprobar que una desconcertada Justia rodaba con premura sobre el suelo, Sir Gregory arrojó el carruaje como si lo catapultara con las manos desnudas directamente hacia el enemigo frente a él.
"¡¿Qué locura es esta?!"
Incapaz de concebir semejante maniobra, el falso sacerdote descargó su espada contra el carruaje. Fue un tajo impulsado por el desconcierto, asestado sin medir las consecuencias.
¡Pummm!
En medio de una pequeña detonación, el carruaje estalló y las brasas saltaron despedidas en todas direcciones. Diversos rincones del templo comenzaron a arder, y sobre aquel espacio anegado en tinieblas comenzaron a propagarse las llamas que Gregory había previsto.
Hágase aquí la luz.
"¡Ahora!"
En medio del tumultuoso estrépito, abriéndose paso a través de los fragmentos ardientes, un muchacho se abalanzó contra el falso clérigo.
'¡Toma la iniciativa con esplendor!'
"¡Aaaagh!"
Una entrada imponente, digna de la más inveterada tradición de los caballeros. Vlad se hallaba allí, con el ojo izquierdo cerrado y desplegando su propio mundo. La punta de su espada desprovista de adornos resplandecía con mayor nitidez que nunca.
¡Klaaang!
Con un estruendo tan colosal como el estallido previo del carruaje, dos espadas chocaron de frente. En medio de las llamas en expansión, los dos combatientes, con los filos trabados, cruzaron sus miradas.
"Meterse con los niños ya cruza la maldita raya, bastardo."
"...Vaya."
Al observar las pupilas centelleantes del muchacho que gruñía de furia, el falso sacerdote compuso una mueca sumamente sutil.
"Nos volvemos a encontrar aquí. Ahora por fin te reconozco."
"¡Déjate de estupideces y muérete de una vez!"
Mientras los ojos azules de Vlad ardían fijos en el impostor, Sir Gregory y Sir Cade rodearon de inmediato a Justia para levantar una formación defensiva.
"¡¿Se encuentra bien?!"
"Si intervienen aquí... se verán en apuros, ¿no es así?"
Ella contempló a Gregory con un semblante compungido. La espada de un caballero debe tener tanto peso como filo. Un golpe carente de causa legítima no pasa de ser mera violencia, y para impedir tal desvío, los caballeros consagran sus armas a quienes pueden responder por ellas.
"No quedaba alternativa", replicó Gregory, esbozando una sonrisa amarga mientras ayudaba a Justia a ponerse en pie. "Los niños están muriendo".
"...Se lo agradezco."
Gregory había forjado una causa bajo su propio juicio y blandido su acero. A partir de este momento, él cargaría con todo el peso de las consecuencias. Al atestiguar el sacrificio, una de las virtudes que debía adornar a un caballero, Justia recordó el motivo primordial por el que había acudido a ese sitio.
"Debemos alcanzar el campanario. Allí reside el origen del maleficio."
"...Entendido."
Al divisar las siluetas que reptaban desde la penumbra con intenciones de abalanzarse sobre ellos, Gregory cerró su ojo izquierdo.
¡Pum!
En cuanto descargó una pisada firme contra las losas, un fulgor pardo y pétreo comenzó a envolver su figura entera.
"No nos queda tiempo."
Las palabras de Justia eran certeras. Aun en este instante, los niños debían de estar agonizando con respiraciones entrecortadas.
'Primero tendré que quitarle de encima a ese canalla.'
Ante la gravedad de la crisis, resultaba imposible avanzar despejando el camino paso a paso. En trances semejantes, forzar las cosas y dispersar al adversario era la única salida. Por fortuna, justo al frente había un muchacho que combatía con formidable ímpetu.
"¡Huuumpf!"
Gregory hinchó el cuello al engullir una bocanada descomunal de aire.
"¡Aquí he llegadooo!"
Acto seguido, envuelto en un rugido atronador, su cuerpo salió disparado como un proyectil, cayendo sobre el falso sacerdote. Dotado de una celeridad inverosímil para su figura achaparrada, Gregory embistió contra aquel enigmático hombre. Al verlo cargar a semejanza de un bisonte embravecido, la mirada atónita de Vlad pasó fugazmente sobre él.
¡Bummm!
El impacto arrastró al falso sacerdote hasta el muro del fondo, y una lluvia de cascotes se desplomó sobre los hombros de Gregory.
"...¡Sir Gregory!"
"¡Maldición, dicen que hay algo en el campanario!", bramó Gregory mientras inmovilizaba al impostor que forcejeaba. "¡No sé qué diablos sea, pero sube y hazlo pedazos!"
"...¡Entendido!"
Al recibir la orden, Vlad asintió con la cabeza. Si de sus deseos dependiera, habría destrozado a aquel hombre que fingía ser clérigo, pero la prioridad inaplazable consistía en preservar la vida de los infantes. Poseído por la cólera pero con la razón intacta, Vlad giró la cabeza y comenzó a escudriñar la penumbra.
'¡¿Es por allí?!'
Más allá de la sombra que cubría la nave de la capilla, divisó una escalera de caracol. Pese a que oscilaba de forma precaria, no había otra vía visible que ascendiera; sin duda debía de ser esa.
"¿A dónde... pretende ir?"
En ese momento, de la boca del falso sacerdote brotó una lengua aberrante, incomprensible para el entendimiento humano. Aquello constituía una maldición y, a la vez, una señal.
'¡Allí está!'
'¡Mi hijo se encuentra allí!'
Las mujeres cuyas almas aún no habían ascendido comenzaron a converger como una marea oscura sobre Vlad.
"¡Maldita sea!"
Con cada paso que se demoraba, se extinguía un aliento de los niños. Consciente de la premura, Vlad concentraba todas sus fuerzas no en blandir el acero para combatir, sino en abrirse camino hacia adelante.
Afiladas uñas le laceraron el rostro, y para rechazar la incesante marea de hostilidad, la bendición de la Serpiente Blanca resplandeció.
'¡Son demasiadas!'
Pese a todo, los zarpazos de aquellas desdichadas mujeres se aproximaban cada vez más.
¡Fiuuut!
Al ver cómo la cabeza de una de las apariciones estallaba frente a sus propios ojos, Vlad giró el rostro. Un caballero empuñaba flechas revestidas con la bendición de Justia. Se trataba de Sir Cade.
"¡Yo te cubro!"
Transmitiendo su determinación con un gesto apremiante mientras volvía a tensar la cuerda, disparó hacia otra mujer que se abalanzaba sobre Vlad. Era una saeta luminosa que hendía las tinieblas.
"¡Haaap!"
Respaldado por las flechas de Cade, Vlad pisoteó las cabezas de las atacantes y logró proyectarse hacia las escaleras. Zafándose de las manos renegridas que se extendían por doquier y desoyendo los conjuros del falso sacerdote que no cesaban de tronar a su espalda, el muchacho se aferró a la única ruta que conducía hacia el cielo.
'¡Apresúrate!'
Dejando atrás la nave de la capilla asfixiada por la oscuridad, el muchacho de ojos azules trepaba hacia el firmamento velado por la niebla. Aquel joven, que no daba tregua a su espada, guardaba una estrella en su pecho, y para hacerla brillar en lo alto debía remontarse hacia las alturas. Hacia el rincón donde aún latiera el aliento de los niños.
En el dedo con el que se sujetaba a la barandilla colmada de polvo, descansaba un anillo de flores desprovisto de flor.
"¡Apártense de una veeez!"
La oscuridad saturaba aquel templo impío. Y en medio de esas sombras, resonaba el clamor de un muchacho resuelto a alcanzar el firmamento.
※※※※
Todos los mundos existentes en esta tierra son dignos de veneración, mas no todos poseen la fuerza para defenderse por sí mismos.
Sin embargo, vosotros sois aquellos que pronunciaron un voto para proteger.
Por tanto, si os encontráis en el lugar donde debéis estar, si permanecéis en pie en el instante en que debéis actuar, jamás vaciléis en consumiros a vosotros mismos para ser la antorcha que ilumine la oscuridad.
Ese es mi Segundo Precepto.
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• Autor: Q10
• Traductor: Inmensurable
⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨

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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela)
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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 62
Estás leyendo el capítulo 62 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 19 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.