Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 56 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
En el interior del carruaje que se alejaba del convento.
En aquel coche traqueteante, una muchacha pelirroja permanecía sentada con recato, con lágrimas a punto de desprenderse de sus grandes ojos. Apretando contra el pecho un hatillo tan escaso que ni siquiera formaba un bulto decente, su estampa habría despertado la compasión de cualquiera que la mirase.
"¿Fue muy duro allí?"
"...... Pasable."
"¿Acaso no te daban bien de comer? Ya eras menuda, ¿por qué has enflaquecido tanto?"
"...... Me daban lo justo."
Jemina respondía con parquedad a la seguidilla de preguntas, sin dejar de rehuir la mirada de Vlad.
"¿Qué te pasa?"
"¿Qué de qué......?"
"¿Por qué me miras de reojo a cada momento?"
"......"
Jemina era incapaz de sostenerle la mirada a pesar de los reproches de Vlad. Aquella era la escena con la que la muchacha tanto había soñado; sin embargo, al hallarse inmersa en ella, solo un aire de incómoda extrañeza flotaba entre los dos.
"Apenas nos dejamos de ver medio año, ¿y ya estás tan distante?"
Vlad se sentía un tanto dolido por la sutil reserva que mostraba Jemina, mas era algo inevitable.
'...... Es que has cambiado demasiado.'
Las delicadas emociones de una muchacha en la pubertad eran un misterio insondable incluso para los padres que la habían engendrado. Aquella sutil distancia en sus sentimientos también era culpa de Vlad, quien se había apartado por entero y por capricho de la imagen que la joven guardaba en su memoria.
'Parece un auténtico noble.'
Jemina cavilaba para sus adentros mientras miraba de soslayo a Vlad, quien la observaba con ojos desapasionados. Aquel espeso cabello rubio que tan codiciado era entre las rameras de los callejones relucía ahora con un brillo tal que resultaba suntuoso. Sus ropas, sus piezas de armadura... todo rezumaba una opulencia incuestionable, componiendo la estampa imponente de un caballero a los ojos de cualquiera.
"......"
Frente a semejante figura resplandeciente yacía sentada su propia presencia andrajosa. Temiendo que la vista de Vlad pudiera posarse en ella, Jemina ocultó presurosa el puño deshilachado de su manga bajo la palma de la mano.
Aunque hiciera eso, no lograría disimular toda su miseria.
Cuando rodaban juntos por los callejones, se daban cobijo bajo una única manta hecha jirones; sin embargo, el muchacho que contemplaba ahora parecía pertenecer a un mundo inalcanzable, y un peso de melancolía se abatió sobre Jemina. Temiendo que ya ni siquiera se le permitiese permanecer a su vera, no hizo más que hundir la cabeza en el hatillo que abrazaba.
"¡Oye!"
"¿Eh?"
Jemina levantó la cabeza ante el repentino reclamo de Vlad. Con la boca entreabierta por el desconcierto, sus ojos se abrieron como platos al sentir cómo algo no identificado se colaba súbitamente en ella.
"Cómete eso y espabila. Llevas ida desde hace un buen rato."
"......"
Sintiendo el dulzor que se extendía por su boca, Jemina reposó la lengua despacio.
"¿Qué es esto?"
"Caramelo. Se lo saqué a un caballero que conozco."
"¿Cómo conseguiste algo tan caro? ¿No lo habrás robado?"
"...... Piensa lo que te plazca."
Con esas palabras, Vlad desvió la mirada hacia la ventana del carruaje, como si le diera demasiada pereza seguir hablando.
Al contemplar el perfil indiferente de Vlad, Jemina halló en él la silueta del muchacho de antaño.
En aquel entonces también era así. Incluso en aquellos días en los que sobrevivían pasando hambre a diario, Vlad siempre aparecía con un mendrugo de pan para ella, sacado de algún rincón desconocido. Y se lo arrojaba con total desdén. Justo como acababa de hacer ahora.
"Hic......"
El sabor salino de las lágrimas que caían rodando, la dulzura del caramelo que saboreaba por primera vez.
Al percibir en la punta de la lengua aquel tenue y agridulce sabor del reencuentro, la muchacha dejó escapar por fin las lágrimas que venía conteniendo.
"¿Por qué lloras otra vez? De verdad..."
"¡Es que tardaste demasiado en venir!"
Viendo a la muchacha desahogar por fin el llanto que tanto había reprimido, Vlad no hizo más que arrugar el ceño como si aquello fuese un incordio.
Habiendo descubierto al muchacho que conocía tras la apariencia transformada de Vlad, Jemina pudo derramar sus lágrimas con alivio.
Por mucho que transcurriera el tiempo y los entornos cambiasen, había cosas destinadas a permanecer intactas. Y para Jemina, aquello era un consuelo inmenso.
※※※※
En cierto muelle de los callejones.
Frente a las aguas del río que fluían con pausada cadencia, Haben y Vlad conversaban con sendas botellas de licor a su lado.
"¿Cómo es posible que, entre tantos barcos, no haya ni uno solo mío?"
"......"
Embarcaciones que acudían en tropel a los atracaderos para resguardarse del sol poniente. Desde diminutos esquifes de pesca hasta los veleros mercantes encargados de sostener el tráfico fluvial de Shoara. Al contemplar cómo las naves fondeaban en estricto orden según su tamaño, Haben soltaba un lamento que no terminaba de ser amargo.
"Tú lo sabes bien, ¿verdad? Que mi verdadero sueño era ser vigía."
"Lo sé de sobra."
Haben solía ser un hombre sensato y parco que solo decía lo justo; no obstante, cada vez que el alcohol le bajaba por la garganta o tenía barcos ante sus ojos, mostraba una faceta muy distinta a la habitual. Y el muchacho rubio era quien mejor conocía ese costado suyo.
"Aunque lo de ser vigía ya se echó a perder. ¿Cómo demonios voy a trepar al mástil con esta pierna?"
"......"
Ante las palabras de Haben, Vlad recogió una piedra cualquiera y la arrojó al agua. Sabía a la perfección que él mismo era una de las razones por las que el sueño de Haben se había truncado.
"Por eso estos días he estado aprendiendo a interpretar mapas y constelaciones, ¿te enteras? Bien pensado, ser vigía era un oficio demasiado sacrificado."
"...... No cambias en absoluto."
Vlad ladeó la cabeza, miró a Haben y esbozó una leve sonrisa.
La voz, Zayar, Josef e incluso Jorge.
Fueron muchos los que le enseñaron conocimientos, técnicas y el rumbo que debía tomar su vida, pero tal vez aquel hombre de cabello castaño sentado a su vera hubiera sido su primer maestro. La tenaz actitud de Haben, buscando sin descanso una salida a los callejones de la vida, sin duda había dejado una profunda huella en el muchacho.
"¿Así que Marcela y Jemina van a seguir quedándose allí? ¿En esa posada de la avenida principal?"
"No puedo dejarlas a las dos solas en La Sonrisa de la Rosa empapada en sangre."
"Tiene sentido. Tendrás que cuidar de ambas por un tiempo."
"Así es."
Sir Bordan, quien se encargaba de liquidar los bienes de Jack el Manco, le había entregado a Vlad los pagarés vinculados a La Sonrisa de la Rosa. Era un derecho que le correspondía al muchacho en calidad de vengador legítimo, pero también respondía a la voluntad expresa de Josef.
Y esas escrituras de deuda descansaban ahora en manos de Marcela.
Pues el muchacho jamás olvidaba los favores recibidos en el pasado.
"¿Y Marcela piensa seguir regentando el burdel?"
"Quién sabe. No tengo la menor idea."
"Qué lástima. Era un negocio provechoso conseguir tragos gratis tomando prestado tu nombre de vez en cuando."
Al escuchar los viejos recuerdos que brotaban de los labios de Haben, Vlad empinó la botella de whisky que sostenía en la mano. Viendo la nuez de Adán de Vlad moverse rítmicamente mientras el licor bajaba sin tropiezo, Haben se relamió los labios de pura envidia.
"...... ¿Tan bueno está eso? ¿Me lo cambias por el mío?"
"...... ¿Es una broma?"
No existía motivo alguno para cambiar un costoso licor de la nobleza por un ron barato, pero Vlad accedió a intercambiar las botellas sin protestar.
Porque con Haben también arrastraba una deuda.
"¡Aaah! ¡El buen licor se distingue con solo olerlo!"
"...... El malo también."
Vlad aspiró el hedor acre que desprendía el ron de baja estofa y apretó con mesura el tapón de la botella.
"......"
A pesar de la inminencia del verano, Haben todavía cubría sus antebrazos con mangas largas. Al divisar las cicatrices que se asomaban cuando Haben alzaba la botella de whisky, Vlad pasó la lengua por el interior de su mejilla sin poder contenerse.
Aquellas marcas recientes en la carne de Haben eran el precio que había pagado por fletar una barca en secreto cuando el muchacho intentaba huir de Shoara.
"...... De milagro sigues con vida."
"Solo me mataron a medias."
Por alguna extraña razón, a Vlad le pareció que la sonrisa de Haben, teñida por el crepúsculo, desprendía una sombra de tristeza.
En los callejones, donde nadie poseía nada que ofrecer salvo la propia vida, Haben lo había arriesgado todo por Vlad. Siendo un simple secuaz de la organización, se atrevió a robar el bote de su jefe y echarlo al cauce. Si los hombres de Jack el Manco no se hubiesen agolpado en el muelle al advertir aquella maniobra, quien se hubiese cruzado en el camino del muchacho bien podría haber sido otro despiadado miembro de la banda en lugar de Otar.
Aquel fatídico día, el muchacho no fue más que un deudor insolvente que mendigó favores y compasión a diestra y siniestra para salvar su pellejo.
"Dijeron que les causó asombro ver a un tullido botando una barca él solo. A nuestro jefe le divierten esas excentricidades. Por eso solo me dio media muerte."
"Vaya gustos más retorcidos."
"Bueno, gracias a eso sigo respirando. Y gracias a eso puedo paladear un licor de tanta alcurnia."
Al ver a Haben tragar el whisky a grandes sorbos como si fuese una prodigiosa medicina, Vlad sonrió con silenciosa calidez.
"¿Qué piensas hacer ahora? ¿Regresarás a Sturma?"
"Me quedaré aquí por el momento. Digamos que estoy en una especie de espera."
"Vaya, da gusto verte. La viva estampa de un hombre que recibe órdenes de una casa noble. Sí que has ascendido."
Vlad pasó por alto las palabras de Haben —que si Jemina se entristecería si él se marchaba tan pronto, que si debía llevársela consigo cuando subiera a la alta sociedad—, desestimándolas como desvaríos de un ebrio.
"Mientras tanto, tengo la intención de buscar a ciertas personas por aquí."
"¿A quiénes?"
Al contemplar el sol que se hundía poco a poco al oeste del río, Vlad relamió sus labios con sequedad. Para algunos, aquella escena marcaba el fin de la jornada, pero para la gente de los callejones era la señal inequívoca del inicio del día.
"Tengo que rastrear las fortunas ocultas de Jack el Manco o los bienes que aún no se hayan podido recuperar. Esas alimañas del dinero siempre andan cavando madrigueras por todas partes."
"Si se trata de eso, tal vez pueda darte una mano."
"Je, je. Ese whisky no te salió gratis."
Al ver a Vlad dedicarle una sonrisa socarrona, Haben acarició su bastón. Por alguna razón, hoy aquel bastón tallado por el muchacho le parecía más firme y confiable que nunca.
"Además, da la impresión de que Marcela desea encontrar a las demás rameras."
"¿Acaso no las vendieron a todas?"
"En algún rincón de por aquí estarán."
"Mmm..."
Josef deseaba sacudir hasta la última mota de polvo oculta de Jack el Manco en los callejones. Y madame Marcela, por su parte, anhelaba dar con el paradero de aquellas rameras que se habían dispersado por su culpa.
Monedas de oro y rameras.
En las huellas dejadas por aquellas mujeres vendidas por el usurero, sin duda estarían grabadas relucientes monedas de oro forjadas con sus lágrimas.
Entre el deber de una misión y el ruego de un favor, Vlad —emisario de la Casa Bayezid y último caballero de las rameras— descifró con absoluta certeza lo que le correspondía hacer.
"Ambos asuntos parecen converger en un mismo punto."
"Aun así, presiento que será un dolor de cabeza. Eché un vistazo superficial, pero algunas no han dejado el menor rastro."
"¿Quiénes?"
"Hay una llamada Anna. Y algunas más aparte de ella."
Vlad recordó a la ramera que solía recibir palizas de aquel hombre que se hacía llamar mercenario. Como arrastraba una cuantiosa deuda desde el principio, había imaginado que la venderían a un sitio todavía más miserable, pero jamás esperó que se desvaneciera de tal forma, sin dejar rastro alguno.
"Es verdad. Que no haya dejado la más mínima pista resulta bastante extraño."
Al percatarse de que las palabras de Vlad no eran una simple charla vacía, Haben frunció el ceño. En los tiempos en que Jack el Manco controlaba los callejones a su antojo, solían suceder demasiadas cosas que jamás debieron haber ocurrido.
"Si necesitas una mano, llámame. Aunque la banda se ha encogido tanto estos días que tal vez no pueda serte de gran ayuda."
"Entendido."
Haben descargó su peso sobre el bastón y, manteniendo el equilibrio con admirable destreza, se puso en pie. Aunque su cuerpo estuviera lisiado, la estampa de Haben cumpliendo con su deber a toda costa siempre le daba mucho en qué pensar al joven Vlad.
"Me largo."
"De acuerdo."
Vlad alzó una mano para despedirse mientras contemplaba la espalda de Haben, quien regresaba a su puesto de trabajo. El crepúsculo, teñido de un rojo encendido, proyectaba una sombra alargada tras de sí. Aquella silueta que se bamboleaba con más torpeza que antes no lo hacía únicamente por los efectos del alcohol.
"Tendré que devolvérselo con creces."
Josef lo había dicho en su momento: fuera una gracia o un rencor, a la hora de saldar las cuentas, siempre se debía devolver al menos el doble. Una simple botella de whisky jamás bastaría para compensar la deuda de gratitud contraída con Haben.
"Tendré que hacer una visita."
Vlad dio media vuelta y empezó a caminar en la dirección contraria a la que había tomado Haben. Mientras se internaba en aquellos callejones impregnados de amor y desprecio, el muchacho recordaba vívidamente las palabras de Josef. La vida era una cadena ininterrumpida de pagar y ser pagado. Y el joven sabía perfectamente que ahora había llegado su turno de saldar sus cuentas.
Entre los tenues destellos de los callejones, los cabellos del muchacho ondeaban al viento. Poseían un tono más vívido y resplandeciente que cualquier otra cosa en aquel lugar.
\*\*\*
Frente a una herrería destartalada y anegada de fango.
Un viejo herrero, de porte tan deslucido y marchito como la propia fachada de su taller, permanecía sentado con semblante desganado. Los escasos clientes que aparecían de tanto en tanto no eran más que mercenarios atraídos por rumores infundados o rufianes insignificantes de los callejones.
"..."
Al anciano apenas le restaban días de vida, y una profunda desolación se apoderaba de su pecho al constatar que su existencia terminaría por apagarse de una manera tan vacía.
Sin importar en qué rincón de este mundo se hubiera nacido, cualquier persona tenía el derecho de abrigar al menos una estrella en su pecho. Sin embargo, elevar esa estrella anidada en el corazón hasta el firmamento nocturno era un asunto completamente distinto.
"... Quizás debería cerrar por hoy."
Abrumado por un desgano que no hacía más que agravarse con los días, el anciano se puso en pie dejando escapar un quejido en el que resonaba el peso de los años. Mientras recogía sus herramientas, sus movimientos se detuvieron en seco al toparse con un clavo incrustado en el punto más alto de la herrería.
Una espada que solía pender de ese clavo. Y el muchacho que solía contemplar aquella misma hoja. El viejo herrero aún los recordaba.
Aquella espada sin ornamentos, en la que había volcado sus propios sueños truncados, ¿dónde estaría y qué destino habría corrido? ¿Seguiría estando bien junto a ese muchacho?
"Seguro que le va bien."
Conocedor de la implacable frialdad del mundo, el anciano ya comprendía que su estrella tal vez jamás resplandecería con un brillo deslumbrante. Tan solo anhelaba que flotara en un cielo nocturno mucho más digno que este cenagal.
"¿Ya cierra por hoy?"
"Sí. Vuelve en otro momento."
"No me conviene; justo a partir de ahora es cuando voy a estar ocupado."
Ante la voz que resonó a sus espaldas, el anciano soltó una risita seca y desdeñosa.
'Por muy ocupados que anden bastardos como ustedes, ¿qué más da? Para ensartar al prójimo con los pinchos de hierro que cargan, no necesitan un filo afilado forjado por mis manos.'
"Esta espada necesita un arreglo. Lleva demasiado tiempo sin mantenimiento."
"... ¿Qué?"
El anciano reaccionó ante las palabras que le llegaban por la espalda. En lo que acababa de oír resonaba, sin lugar a dudas, el vocablo "espada".
"Otros herreros dicen que no pueden repararla. Dicen que el único capaz de arreglarla es usted, viejo."
"..."
El viejo herrero depositó las herramientas que sostenía y se giró lentamente.
"Oh..."
Ante sus ojos gastados, que dolían con el simple acto de mantenerlos abiertos, se reveló una reluciente cabellera dorada. Era el mismísimo color que aquel día él había arrojado hacia el exterior del mundo junto a la muchacha.
"¿No se puede?"
"No, no. Claro que se puede. ¡Faltaría más!"
Al ver a un huésped tan añorado y bienvenido tras una larguísima espera, el anciano comenzó a accionar el fuelle del fogón con renovado brío. En el vientre de la fragua, que hasta hacía un momento jadeaba como si fuera a extinguirse en cualquier instante, la pasión del viejo herrero volvía a arder con ímpetu después de tanto tiempo.
"Siéntate aquí."
Tras ofrecerle un asiento al muchacho, el viejo herrero recibió con manos reverentes y cautelosas la espada sin adornos forjada por él mismo.
\*Srrk—\*
"Así es..."
Al contemplar la hoja repleta de marcas y mellas por doquier, el viejo herrero esbozó una sonrisa. Para un artesano, era inevitable sentir un orgullo desbordante al ver que un objeto cumplía su utilidad hasta el límite. Y más aún si se trataba de una creación nacida de sus propias manos.
"¿Dónde se hizo esta herida?"
"Esa se produjo cuando me enfrenté a un hobgoblin. Por aquel entonces todavía no estaba muy habituado a la espada, así que..."
"¿Y esta de aquí?"
"Esa fue... cuando cazamos al gusano de la muerte. Yo servía como cebo y, bueno, rasgué el suelo con el filo para forzarlo a salir."
Vlad titubeaba y alargaba sus explicaciones con tono de disculpa ante las minuciosas preguntas del herrero sobre cada cicatriz del arma, pero aquello era completamente innecesario.
"Un hobgoblin... un gusano de la muerte..."
El anciano no pretendía reprender al muchacho; estaba embargado por una profunda emoción al escuchar las hazañas que la espada forjada por él había logrado consumar.
'Habías cumplido fielmente con tu deber. A diferencia de mí, que me pudro en este rincón.'
El herrero de aquel día recordaba al chiquillo que contemplaba embobado la espada que él había forjado. Pero el herrero de hoy sonreía ante las huellas de batalla que aquel muchacho había grabado en el filo.
"Espera un momento. Te la dejaré a punto."
El anciano atrancó la puerta del taller a toda prisa y se volcó en una faena dedicada únicamente al muchacho.
En medio de los callejones, el rítmico repiqueteo del martillo que caía sobre el yunque resonaba entrelazado con el murmullo sosegado de la voz del joven.
"Y entonces azotó el escudo contra el suelo. Exigiéndome que le dijera mi nombre."
"¿De verdad? ¿Y qué pasó luego?"
Entre aquellos sonidos, el viejo herrero soñó. Se vio a sí mismo erguido en medio de aquellos parajes que los ojos del muchacho habían presenciado y que su espada sin ornamentos había conquistado.
Al contemplar los paisajes que parecían desplegarse en medio de las chispas que saltaban por los aires, el anciano herrero sonrió.
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• Autor: Q10
• Traductor: Inmensurable
⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨

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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela)
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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 56
Estás leyendo el capítulo 56 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 19 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.