Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 55 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
El convento en un frío día de invierno.
La muchacha de cabellos rojos, que había logrado alcanzar aquel lugar con la ayuda del viejo herrero, descubrió ante sus puertas una estampa desgarradora.
"¡Madre Superiora! ¡Abra, por favor!"
Una mujer aporreaba las puertas del convento, tan férreamente atrancadas como el gélido día invernal.
"¡Soy yo, Marcela! ¡Por favor, abra la puerta!"
La voz de Marcela se quebraba tanto como sus desgreñados cabellos negros. Y a sus espaldas, estremecidas por el frío y la angustia, aguardaban unas jovencitas. Eran rameras bisoñas que, al igual que Jemina, estaban a punto de hacer su debut.
"¿... Marcela?"
La puerta, que parecía condenada a permanecer sellada, cedió un resquicio al fin. La anciana monja contempló con mirada hosca e incómoda a aquella intrusa que se presentaba a tan altas horas de la noche.
"A estas horas de la noche, ¿a qué se debe..."
"¡Ah, Madre Superiora!"
Como si hubiera divisado un haz de luz en mitad de las tinieblas, Marcela se aferró a la anciana religiosa.
"Cuide de estas niñas, por favor. Son criaturas desdichadas."
"Pero qué significa esto..."
La Madre Superiora frunció el ceño al ver a Marcela presentarse sin previo aviso y, para colmo, exigirle que se hiciera cargo de las muchachas. Aquello no era una simple falta de cortesía; rayaba en el más puro descaro.
"¡No sé qué desvaríos son estos! ¡Márchese!"
Sin duda algo grave debía de haber estallado en los callejones. De lo contrario, una mujer que siempre sonreía con sosegado aplomo jamás clamaría con semejante premura y desesperación.
"¡Madre Superiora! ¡Se lo ruego!"
"¡Este no es un lugar al que cualquiera pueda entrar!"
La Madre Superiora manifestó su desagrado al observar a las muchachas que aguardaban tras Marcela. Siendo niñas traídas por una ramera, debían de ser jovencitas envueltas en la inmundicia de los bajos fondos. Aquel era uno de los recintos más próximos a Dios; era inconcebible cobijar allí a unas chiquillas tan manchadas.
"¡No es así!"
Entre la rendija de la puerta que amenazaba con cerrarse con premura, un muslo se interpuso a toda prisa.
"¡Estas niñas son vírgenes! ¡Son criaturas a las que el señor obispo vigilaba de cerca!"
"......"
Rameras vírgenes.
Seres paradójicos engendrados a raíz del aborrecimiento que el obispo de Shoara profesaba hacia la pederastia. La Madre Superiora conocía sobradamente la existencia de aquellas jóvenes.
"Aun si así fuera, no podemos acogerlas de forma tan imprevista..."
"¡¿Por qué no?! ¡¿Acaso sabe cuánto dinero he donado a este lugar hasta el día de hoy?!"
En la noche profunda, una voz fiera y desgarrada resonó ante el silencioso convento. Al contemplar cómo Marcela, lastimera y suplicante hasta hacía un instante, mudaba de actitud con semejante arrebato, la anciana religiosa se quedó atónita.
"¡Solo con ese dinero bastaría y sobraría para alimentar a las huérfanas de este sitio durante diez años! ¡¿Acaso le pido algo tan imposible?!"
Al ver la mirada de Marcela, transmutada en la de una leona dispuesta a defender a sus cachorros, la Madre Superiora quedó momentáneamente sobrecogida.
"¡Apártese!"
Ante aquel grito tajante y desesperado, la superiora retrocedió un paso. Marcela abrió de par en par las puertas del convento y se volvió hacia las jovencitas.
"¡Entren!"
"Madame..."
"¿Qué va a ser de usted, madame?"
"Preocúpense por ustedes mismas."
Al ver a las muchachas vacilar entre sollozos, Marcela las sujetó con firmeza por los hombros y las empujó una tras otra hacia el interior del convento.
"Demos por saldados los jornales atrasados con esto."
Una a una, guiadas por las manos de una ramera, aquellas almas jóvenes cruzaron el umbral hacia el regazo de Dios.
"Marcela..."
"Sí. Hiciste bien."
Marcela envolvió entre sus dos manos el rostro de Jemina, entumecido por el viento helado, y le regaló una sonrisa.
"Tanto tú como yo hemos cumplido con lo nuestro. Los hombres de este mundo nunca saben rematar bien las cosas."
Una vez que introdujo a la renuente Jemina tras el umbral, la Madre Superiora le cerró el paso con rigidez, dejando en claro que en aquel punto no pensaba ceder bajo ningún concepto.
"Usted no puede pasar."
El seno de Dios era amplio, mas para alcanzarlo se requería pureza. Marcela, una ramera entregada a la disolución, era una mujer desprovista de derecho para refugiarse en el regazo divino.
"...... De todos modos, tampoco lo pretendía."
Ante los preceptos dictados por los hombres, y no por Dios, Marcela se detuvo. Sin embargo, habiendo conseguido cobijar a salvo en otro nido a las criaturas que yacían bajo su manto, había cumplido con su deber hasta el último aliento.
"Se las encomiendo. Todas son hacendosas; sabrán trabajar bien."
"......"
Desamparada e impotente, aquella desdichada mujer quedó inexorablemente abandonada a su suerte en la oscuridad. Las garras de la codicia ajena terminaron por alcanzar, a fin de cuentas, aquel apartado rincón.
A través del resquicio de la puerta que se clausuraba, se distinguió la silueta de Marcela arrastrada hacia la gélida penumbra del invierno, aferrada con violencia de los cabellos.
"Marcel... a."
Aquella fue la última estampa del mundo exterior que alcanzaron a contemplar los ojos de Jemina.
\* \* \*
"Hoy elevará sus oraciones en este lugar junto a nuestras muchachas."
"...... La capilla es espaciosa y resulta admirable."
Vlad recorría el convento guiado por la Madre Superiora, pero sus ojos no dejaban de escudriñar con disimulo los rincones. Sabía de sobra que era una descortesía, mas albergaba la secreta esperanza de descubrir una melena rojiza familiar entre las novicias que se cruzaban a su paso.
"Asimismo, hay varias personas que aguardan para compartir la oración con usted, señor caballero. ¿Tendría a bien permitirles unirse? Después de todo, la gracia divina se multiplica cuanto más se comparte."
Sin embargo, la joven a la que buscaba no asomaba por parte alguna; en su lugar, solo unos visitantes inoportunos aguardaban la llegada de Vlad.
'...... Conque por esto era.'
Con razón habían dilatado tanto la fecha de su visita al convento; ocultaban semejante artimaña entre manos. Vlad no era más que una figura insignificante en el auténtico mundo de la alta nobleza y la caballería consagrada, pero ante los ojos de quienes contemplaban las alturas desde los estratos inferiores, constituía una presencia sumamente atractiva. Con toda probabilidad, aquellos individuos se habían valido de la Madre Superiora para tender lazos con la Casa Bayezid a través de él.
"...... Sea como dice. Es un honor."
"Agradezco profundamente su generosidad."
Aunque le causaba un hondo disgusto que pretendieran utilizarlo, Vlad no tuvo más remedio que seguir los pasos de la religiosa.
'Maldito Goat.'
Vlad soltó un suspiro amargo para sus adentros al recordar a Goat. Aquel hombre se había ufanado de haber concertado la cita, pero en ningún momento se tomó la molestia de advertir que el verdadero propósito de la visita era llevarse a Jemina consigo.
'Al final, voy a tener que resolverlo todo por mi cuenta.'
Por esa razón, a Vlad no le quedaba otra opción que congraciarse lo más posible con la superiora. Si pensaba plantear una exigencia imprevista y fuera de protocolo, debía proyectar la actitud más complaciente posible.
"......"
Mientras escuchaba las explicaciones de la monja acerca de la historia del recinto, Vlad acarició distraídamente la espada sobria y desprovista de adornos que descansaba a su cintura. Si era por la muchacha que le había entregado aquel filo, una molestia de semejante calibre no era nada que no pudiera sobrellevar con paciencia.
A fin de cuentas, aquella espada que lo había acompañado en cada paso equivalía a un acero comprado con las lágrimas de esa misma joven.
\* \* \*
La mañana en el convento transcurría con un ajetreo inusitado.
Pese a romper la rutina cotidiana, era una estampa que ya había presenciado en ocasiones esporádicas, de modo que Jemina se limitó a sumergir las manos en la tina de fregar platos en absoluto silencio.
'Parece que hoy también viene alguien importante.'
De tarde en tarde acontecían jornadas semejantes: días en los que elevaban sus oraciones en compañía de personalidades forasteras.
"¡Es increíble! ¡Es sumamente apuesto!"
"¡Tiene cabellos dorados y ojos azules! ¡Juraría que se trata de un gran noble!"
Dadas las particularidades del convento, donde las noticias del exterior rara vez lograban penetrar, los rumores acerca del forastero que las visitaba estimulaban desmedidamente la imaginación de las novicias.
"......"
No obstante, aquellas habladurías carecían de la menor trascendencia para Jemina. Habiéndose criado en la crudeza de los callejones, conocía la implacable realidad con mayor lucidez que ninguna de las presentes. No albergaba la menor intención de malgastar su tiempo en las fantasías de cuento de hadas con las que soñaban las demás muchachas.
"¡¿A qué viene tanta holgazanería?! ¡Terminen de una vez y prepárense para ir a la capilla!"
Ante la reprimenda de la monja prefecta que irrumpía en la cocina, las novicias concluyeron sus labores de limpieza a toda prisa. Sin embargo, en el puesto asignado a Jemina, los cacharros continuaban apilándose en montañas interminables. Nadie le había prestado ayuda; al contrario, las demás se habían desentendido con disimulo para endosarle su propia carga.
"......"
Ante los gritos de la prefecta, las antiguas huérfanas de Marcela que habían llegado junto a Jemina miraban de reojo con aprensión y cautela. Mas, del mismo modo en que Jemina apretaba los dientes para resistir, aquellas niñas también hacían acopio de fuerzas para sobrevivir en ese mundo inhóspito y ajeno.
Aunque aquello fuese un acto de desprecio hacia Jemina.
"Tú termina todo eso antes de venir."
"...... Sí."
Mientras todas se marchaban siguiendo las órdenes de la monja prefecta, Jemina se quedó sola frente al barreño del fregadero. En la solitaria cocina, el único sonido perceptible era el chapoteo del agua. En este lugar, Jemina se encontraba atrozmente sola.
"...... Ahora ni siquiera tengo a nadie a quien quejarme de los eccemas de mis manos."
En la apacible y silenciosa cocina, la muchacha rememoró en silencio a alguien. Si había una fuerza que le permitiera sobrellevar cada día, no era otra que la estampa de Marcela sacrificándose por ellos en aquel entonces y la última promesa que aquel muchacho le había dejado.
\*\*\*
La capilla, donde todas se habían congregado a excepción de una sola persona. En este recinto bañado por la radiante luz de la tarde, las jóvenes expresaban el palpitar acelerado de sus corazones a través de murmullos. El caballero de los rumores. La joven promesa en quien la Casa Bayezid tenía puesta su mirada. El hombre que estaba a punto de llegar poseía todas las virtudes capaces de cautivar el interés de doncellas en la flor de la juventud.
"Hoy nos honra un invitado muy especial. Proviene de la Casa Bayezid y cuenta, además, con el aval y testimonio del mismísimo sacerdote Andrea."
Las jóvenes murmuraban entre sí, repitiendo con asombro el nombre pronunciado por la madre superiora. Para cualquiera que habitase en el norte, y en especial en el Condado de Bayezid, resultaba imposible no conocer la ilustre figura de Andrea. Por muchas hazañas militares que hubiese cosechado, con el mero estatus de escudero jamás habría conseguido un recibimiento semejante. Las muchachas asentían unas a otras, convenciéndose de que, en efecto, existía una razón de enorme peso para tal distinción. Aquel hombre que hacía su entrada venía respaldado por formidables pilares a sus espaldas.
"Oremos."
Ante la indicación de la madre superiora, todos los presentes inclinaron la cabeza al unísono. Al contemplar la figura de aquel apuesto hombre rubio inclinando la cabeza en solemne plegaria, las jóvenes volvieron a emitir chillidos ahogados de admiración. La postura con la que rezaba era sumamente natural y perfecta. Bastaba con observar su porte devoto para reconocer la piedad que albergaba en su alma. Al comprobar que no se trataba de un rudo bárbaro consumido únicamente por el filo de la espada, los corazones de las doncellas se estremecieron.
"¡... Entra rápido y quédate ahí de pie!"
"Lo siento."
Habiendo terminado a duras penas la pila de platos que le restaba, Jemina se deslizó apresuradamente hacia un rincón, eludiendo las miradas recriminatorias de las monjas.
'... Uf.'
Por fortuna, no era demasiado tarde. De haberse retrasado en exceso o faltado a semejante acontecimiento, le habría aguardado un castigo implacable, de modo que Jemina soltó un suspiro de alivio.
Sin embargo, la muchacha no podía saberlo. Ignoraba que aquel hombre rubio, que fingía orar devotamente en el estrado, no había dejado de buscarla con la mirada ni un solo segundo. Y mucho menos que ya había divisado la cabellera escarlata de quien acababa de entrar al final de todas.
La oración llegó a su fin. Pasaron los saludos formales y las risas de cortesía. Y cuando ya solo restaba estrechar lazos sociales al amparo de un almuerzo ceremonial:
'¿Eh?'
Habiendo concluido su rezo, Jemina alzó la cabeza y sintió que sus ojos coincidían directamente con los del hombre rubio que permanecía de pie frente al altar.
"...... ¿?"
Desde el preciso instante en que cruzaron miradas, Jemina fue incapaz de apartar los ojos de él. Aunque su resplandeciente cabellera dorada atraía naturalmente la atención de todos a su alrededor, Jemina no lo contemplaba por su belleza.
Lo miraba porque se parecía a alguien grabado a fuego en su memoria.
"...... Tsk."
Vlad, que descendía del altar junto a la madre superiora y los distinguidos invitados convocados por ella, frunció el ceño en un gesto hosco, como si acabara de percatarse de algo inadmisible.
"¿Ocurre algún problema?"
Al notar que Vlad chasqueaba la lengua e irradiaba incomodidad, la madre superiora inquirió con una sonrisa complaciente, pero él replicó con aspereza:
"...... Está demasiado escuálida. ¿Acaso no alimentan como es debido a las niñas de este lugar?"
"¿Cómo dice?"
La madre superiora se quedó paralizada por un instante ante un reproche tan directo y carente de miramientos.
"¿Eh?"
"No, es que......"
Vlad no pronunció una palabra más; tras soltar aquella queja, bajó del altar a grandes zancadas por su propia cuenta. Ante la actitud del joven, que quebrantaba bruscamente los modales corteses demostrados hasta hacía un instante, tanto los nobles dignatarios como las muchachas se sumieron en el desconcierto.
Jemina también se hallaba atónita, aunque el desconcierto que embargaba su pecho era de una naturaleza completamente distinta.
'¿Eh? ¿Qué...?'
La silueta de aquel hombre rubio se aproximaba paso a paso. A medida que su visión se despejaba, Jemina se vio sobrecogida por la punzante certeza de que la figura que caminaba hacia ella pertenecía a alguien de su pasado. Era una persona que no debía estar allí, un alma que de ningún modo podía hallarse en semejante sitio.
"......"
Vlad se detuvo justo frente a la muchacha con el semblante ensombrecido por el ceño fruncido. Las miradas de todos los presentes en la capilla cayeron sobre ellos, pero al joven no le importó en lo más mínimo. ¿Qué importaba quién estuviese mirando? Después de todo, había atravesado el invierno y desafiado al mundo solo para alcanzar este preciso instante.
"...... Oye."
A pesar del áspero llamado de Vlad, Jemina se limitó a parpadear con sus grandes ojos, sin mover un solo músculo. Permanecía inmóvil, como si fuera absolutamente incapaz de procesar la realidad que tenía ante sí.
'Es Vlad.'
Aquellas dos palabras resonaban con furia dentro de la mente de la muchacha, pero su corazón se resistía a creerlo.
'¿De verdad es él?'
Jemina no sabía qué hacer mientras aquel hombre, que era Vlad y al mismo tiempo distaba tanto de parecerlo, clavaba sus ojos en ella sin pestañear. La reluciente capa negra, la costosa armadura de cuero gris oscuro. Y aquel cabello dorado colmado de brillo, junto a unas mejillas que habían ganado una saludable robustez, diferían por completo del muchacho seco y esquelético que ella recordaba.
'No puede ser él.'
No obstante, existía una razón fundamental por la cual Jemina no lograba reconocerlo de inmediato. En los recuerdos de Jemina, Vlad era un niño desamparado; pero quien se erguía ante ella era un hombre imponente. Los hombros anchos, la estatura crecida. Y aquellos ojos azules que la contemplaban desde lo alto...
"¿Acaso aquí ni siquiera les dan de comer como corresponde ni les permiten lavarse la ropa?"
"¿Eh?"
Jemina se desconcertó al ver cómo el muchacho desaparecía súbitamente de su línea de visión.
"...... Ah. Maldita sea."
Soltando un chasquido que no se sabía si brotaba de la indignación o de una profunda aflicción, Vlad hincó una rodilla en el suelo y comenzó a frotar con esmero el pecho de la túnica de Jemina. Eran las manchas de agua sucia del fregadero que ella no había alcanzado a secarse.
"...... ¿Qué significa esto?"
"¿Se conocen de antes?"
Al contemplar cómo el prometedor caballero a quien la ilustre Casa Bayezid colmaba de atenciones se arrodillaba sin vacilar ante una muchacha de aspecto tan andrajoso, todos los presentes quedaron estupefactos. En particular, las doncellas que habían atormentado a Jemina durante todo ese tiempo se quedaron lívidas, conteniendo la respiración.
"¿Por qué estás hecha una pordiosera como una boba? Oye, ¿es que no piensas responder?"
"...... ¡Sí!"
Solo al percibir el contacto tibio y protector de las manos del muchacho, Jemina tuvo la certeza absoluta de quién era la persona arrodillada a sus pies.
"¡Hip...! ¡Hic!"
Al ver a la muchacha acumulando un torrente incontrolable de lágrimas en sus enormes ojos, Vlad torció levemente los labios.
"...... Al diablo con los trámites y las formalidades; nos marchamos hoy mismo."
Jemina alzó una mano trémula y acarició la cabellera de Vlad, que permanecía arrodillado frente a ella. No fue un acto premeditado, pero sintió que debía hacerlo. Necesitaba cerciorarse con el tacto. La textura que recorría las yemas de sus dedos. Aunque ahora lucía mucho más suave y nutrido, era exactamente el mismo cabello de aquel muchacho de los callejones.
"Vámonos a casa."
"¡...!"
Aunque intentó contenerse apretando los labios con todas sus fuerzas, las últimas palabras de Vlad golpearon el pecho de la muchacha como un mazo despiadado.
"¡Uaaaaah...!"
A la vista de todos los presentes.
La muchacha pelirroja no pudo contener el llanto que, por más que intentara sofocar, brotaba a raudales de lo más profundo de su ser.
'Vámonos a casa.'
Eran palabras que una huérfana desamparada jamás había escuchado en toda su existencia.
Para aquellos golfillos de los bajos fondos que carecían de un techo, de una familia y de un plato de comida, ellos mismos eran el hogar y los padres del otro. Rememorando aquella cruda noche de invierno en la que se cobijaban juntos bajo una sola manta andrajosa para no morir congelados, la joven se quebró en un llanto incontenible.
En la capilla sumida en un silencio de piedra, solo resonaba el desgarrador desahogo de la muchacha.
Sin embargo...
Por estrepitoso y desmedido que fuera aquel llanto,
al menos por este día, ni siquiera Dios tendría más remedio que escuchar conmovido el clamor de la joven.
Porque ella, en ese instante sagrado, le daba gracias al Cielo con el alma desbordada, con una devoción más pura y ardiente que la de cualquier sacerdote sobre la faz de la tierra.
Aquel muchacho que en su día rodó arrojado a un vertedero de basura entre inmundicias había cumplido la promesa de aquel aciago día.
La promesa jurada de que, sin falta alguna, regresaría por ella.
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• Autor: Q10
• Traductor: Inmensurable
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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela)
Capítulo 56
El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 55
Estás leyendo el capítulo 55 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 19 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.