Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 50 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Peter permanecía sentado en silencio, contemplando la arqueta de madera dispuesta frente a él. Era un cofre de madera negruzca, grabado con patrones de los que resultaba difícil discernir si eran suntuosos o grotescos.
"... La Casa del Conde Rabnoma era el único linaje en el oeste capaz de honrar el pacto".
"Lo comprendo".
Junto con Andrea, numerosos sacerdotes mantenían las manos unidas en oración ante Peter. Eran plenamente conscientes del gravoso peso que estaban depositando sobre los hombros del señor de aquellas tierras.
"... Os concederé caballeros. Protegeré el pacto empeñando en ello la más sincera devoción a mi alcance".
Peter se puso en pie mientras les dirigía aquellas palabras a los clérigos. Les aseguró que les prestaría el mayor respaldo posible; es decir, que consagraría sus esfuerzos para custodiar y trasladar los vestigios del dragón, la prueba viva de aquella alianza solemne.
"Se lo agradecemos profundamente, señor conde".
"Descansad con sosiego en calidad de huéspedes hasta que los preparativos concluyan".
Al contemplar a los sacerdotes inclinarse y abandonar la estancia, Peter dejó escapar finalmente un leve suspiro.
"Después de todo, mi presentimiento era acertado".
"Para ellos tampoco debió de existir otra alternativa".
La Casa Rabnoma, señora de las regiones occidentales y guardiana del juramento, se había desmoronado. Y los sacerdotes habían rescatado el antiguo pacto de entre los escombros de su mansión en ruinas, encaminándose en busca de alguien digno de portarlo.
"..."
Abrumado por una inevitable pesadumbre, Peter caminó hacia el ventanal y contempló el exterior. Para su fortuna, en contraste con el aire cargado y opresivo de la habitación, allí fuera le aguardaba una escena reconfortante.
"Hacía mucho que no contemplaba ese estandarte".
Un carruaje avanzaba portando un pequeño pendón. Era una enseña que Peter solía ver con frecuencia en los años dorados de su juventud.
"Bien podría haber descansado un poco antes de partir".
"Tendrá el corazón ardiendo de impaciencia".
Ante la réplica de Ragmus, Peter asintió. Él mismo habría actuado de igual manera; comprendía a la perfección el sentir del muchacho.
Enarbolando aquel estandarte que solo los caballeros con pendón propio, convertidos en señores de sí mismos, tenían derecho a izar, el muchacho se alejaba de la mansión. Regresaba a casa. Volvía a su tierra natal para cumplir con el deber que por derecho le correspondía.
\*\*\*
Aquel día, como de costumbre, cierto muchacho vagaba sin rumbo por los callejones de Shoara.
Aunque la inmensa mayoría de los habitantes de los bajos fondos sobrevivía doblada por los retortijones de un estómago vacío, aquel chico había venido al mundo bajo unas condiciones todavía más desfavorables que las del resto.
Una piel renegrida. Habiendo nacido con esa piel oscura que era objeto universal de desprecio y discriminación, el muchacho no podía escapar al repudio ajeno ni siquiera en los callejones, considerados el rincón más tenebroso de Shoara.
"... Maldita sea, no hay ni un solo sitio donde hacer un trabajo".
Ned, el muchacho de piel oscura. Puesto que había abierto los ojos no le quedaba más remedio que levantarse, y una vez en pie, debía buscar algo que llevarse a la boca; sin embargo, el ambiente que se respiraba en Shoara últimamente era tan mezquino y asfixiante que conseguir siquiera un mendrugo de pan resultaba una odisea.
'En los viejos tiempos las cosas no eran tan miserables...'.
Ned movió los ojos con sigilo, escudriñando cada rincón de los callejones. Aquellos que subsistían de la limosna yacían tirados en el lodo, moviendo las pupilas sin pizca de fuerza; y los pocos que aún conservaban algún oficio suspiraban mientras sentían cómo se les hundían las mejillas de hambre, a pesar de dejarse la piel trabajando día y noche.
A todos se les estaba desangrando la vida. A manos de aquella sanguijuela voraz que solo codiciaba el oro.
"Qué buenos eran los viejos tiempos...".
Mientras dejaba escapar un lamento impropio de su corta edad, la mirada de Ned se desvió de manera natural hacia cierto edificio. En los momentos de mayor penuria, el ser humano tendía invariablemente a evocar los tiempos más felices.
'Si intentara robarle a alguien allí dentro ahora mismo, ni siquiera recogerían mis huesos'.
El edificio que Ned contemplaba era La Sonrisa de la Rosa. El burdel donde en el pasado gobernaban un jefe hosco y una madame de noble corazón.
Sin embargo, las personas que una vez lo habitaron habían muerto o habían sido vendidas como esclavas. La Sonrisa de la Rosa, que en otros tiempos rebosaba de música deleitable y de las risas de las rameras, no era ahora más que un antro colmado de lamentos desolados y alaridos de rufianes.
Incluso si lo atrapaban cometiendo un hurto en aquel sitio, ya no quedaba allí ningún muchacho rubio que fuera a acudir a salvarle el pellejo.
'¿Eh?'.
Mientras rememoraba el pasado y maldecía su suerte, los ojos de Ned divisaron a unas figuras que no encajaban en la inmundicia del callejón: un hombre gordo que parecía nadar en dinero y un sujeto de semblante afilado con aspecto de mercenario.
Al verlos dirigirse en línea recta hacia la calle de los lupanares, como si vinieran decididos a desahogar los deseos reprimidos que llevaban acumulando, Ned asomó la punta de la lengua.
"... Si calculo bien, podría salirme".
El tipo con aire de mercenario parecía ser su escolta, pero ante semejante botín valía la pena correr el riesgo. Con tal de que no lo mataran al descubrirlo, bastaría. Después de todo, no podía pasarse la vida entera dependiendo de su hermano mayor.
'...'
El hambre y la impaciencia nublaban el discernimiento del joven ladronzuelo.
Ned comenzó a seguir con cautela los pasos de ambos sujetos. La destreza con la que el chico ocultaba su silueta entre los trastos viejos y los montones de basura desparramados por doquier, aproximándose paso a paso, constituía una maniobra digna de elogio.
'Ahora'.
Sin embargo, tal como alguien le había advertido tiempo atrás, Ned no poseía el talento necesario para ganarse la vida como carterista.
"..."
Habiéndose percatado de la presencia del muchacho oscuro que se le aproximaba por la espalda, el mercenario posó la mano con total naturalidad sobre la empuñadura de su espada. Una sed de sangre invisible comenzó a espesarse en el aire, pero Ned fue incapaz de advertirla. Aunque su capacidad de concentración era notable, su grave defecto residía en su estrecha visión periférica.
Ned se abalanzaba hacia el ricachón gordo. El mercenario se disponía a desenvainar el acero con la vista clavada en él. En medio de aquella catástrofe inminente, en el preciso instante en que otro final trágico estaba a punto de desplomarse sobre los callejones...
"Sigues actuando como un idiota".
¡Zas!
De pronto, alguien se interpuso limpiamente entre los dos. Se trataba de un hombre que emergió de un ángulo ciego con una destreza que el mercenario jamás pudo anticipar, esfumándose al instante igual que una ráfaga de viento.
"¡Agh!".
Sujetándose la nuca dolorida por el impacto, Ned clavó los ojos en el hombre que acababa de pasar a su lado a paso vivo. Una cabellera rubia que se le antojaba sumamente conocida. Y, por si fuera poco, un porte y un andar que ya había visto en alguna parte.
"¿Qué demonios...?".
No obstante, la mente de Ned no llegó a asociar aquella figura con la del muchacho que en el pasado solía vender velas de rosa en La Sonrisa de la Rosa. Aquel forastero proyectaba una presencia demasiado imponente y digna como para ser la misma persona.
"Maldición, se me escapó".
Aquel chico que, a cambio de perder a su presa del día, había ganado el derecho a contemplar el sol de la mañana siguiente, soltó una maldición al aire sin enterarse de nada. Una injuria dirigida a la espalda del hombre rubio que acababa de propinarle semejante colleja al pasar de largo.
\*\*\*
Al extinguirse el crepúsculo y descender las tinieblas, existían establecimientos que recién entonces encendían sus tenues faroles.
Uno de ellos. Entre todos los locales que comerciaban con aquellas vistosas flores, había un rincón hacia el cual convergían los hombres en tropel. En el pasado, La Sonrisa de la Rosa había gozado de semejante gloria, pero en el presente la atención de la clientela se concentraba en otro burdel.
"¡Oye, por aquí!".
"¡El siguiente soy yo! ¡Ven a beber conmigo!".
"¡El que tiene más oro manda! ¡Marcela! ¡Sírveme un trago!".
"..."
Al fondo de la barra donde los hombres vociferaban con los ojos enrojecidos por la lujuria, una mujer se retocaba el maquillaje. En el pasado, había ostentado una melena azabache tan copiosa que despertaba la envidia de cualquiera; sin embargo, con el curso implacable del tiempo, sus cabellos iban perdiendo su antiguo brillo.
Se hallaba marchita hasta un extremo que ya ningún afeite suntuoso ni adorno alguno lograba disimular, pero tal vez eso careciera de importancia. Pues, incluso en ese instante, los hombres arrojaban monedas de oro teñidas de deseo con tal de poseer a quien antaño fuera el símbolo indiscutible de los bajos fondos.
"Marcela. Si ya estás lista, ¿no deberías salir de una vez?".
Una mujer que sostenía una larga pipa entre los labios se aproximó por la espalda de Marcela para apremiarla.
El humo del tabaco que aquella mujer exhalaba resultaba insoportablemente acre.
"Cuantos más hombres recibas, más rápido saldarás la deuda. De lo contrario, no saldrás de aquí hasta que tu cuerpo se pudra y se caiga a pedazos".
La mujer de mediana edad, fumando su pipa, se burlaba de ella con una sonrisa en la que cada arruga parecía impregnada de veneno.
"..."
Era una burla disfrazada de consejo, pero Marcela no respondió nada. Furia, tristeza o terror: sabía de sobra que cualquier emoción negativa que brotara de su interior sería como un licor dulce para la mujer a sus espaldas.
"...Veamos cuánto te dura ese porte tan altivo".
Disgustada porque no mostraba la menor reacción, la mujer madura le acarició la barbilla desde atrás mientras gruñía. Sin embargo, Marcela tan solo le devolvió una sonrisa límpida e inmaculada.
"Tenga una larga vida, madama".
"..."
Marcela no se había quebrado. Tan solo la habían pisoteado.
Al ver a la madama abandonar el tocador con expresión de disgusto, Marcela continuó aplicándose el maquillaje. La figura que le devolvía el espejo era desoladora en grado sumo, pero, en lugar de derramar lágrimas, eligió aplicarse una capa más de polvos sobre el rostro.
Marcela era consciente de que, para no ser más que una ramera que vendía su cuerpo, había ascendido a un lugar demasiado alto. Y los callejones de Shoara estaban repletos de gente siempre dispuesta a aplaudir con sincero regocijo la caída ajena.
"...Aun así, llegué bastante lejos".
En aquel rincón dispuesto únicamente para ella, Marcela se dedicó a sí misma una sonrisa triste. Aunque el tormento de la caída le hubiera desgarrado el cuerpo entero, ella había sido una de las vencedoras de estos bajos fondos. Al menos, había sido alguien que eligió su propio destino. Incluso la forma de su propia ruina.
"¡¿Acaso no vas a salir?!".
Ante el chillido agrio de la madama, Marcela esbozó una sonrisa forzada y se puso en pie. En lugar del encanto que antes emanaba de forma natural, ahora cargaba con una ostentación sobrecargada a fuerza de maquillaje.
"¡Marcela!".
"¡Aquí! ¡Toma mis monedas de oro, toma las mías!".
En cuanto apareció bajo las rutilantes luces, los hombres comenzaron a proferir alaridos descompuestos. Marcela tomó asiento con serenidad en el lugar asignado y contempló a los hombres frente a ella. Bestias miserables, sometidas al imperio del deseo, se agolpaban allí.
"..."
Ante ella, que sabía cocinar pero no preparar licores, se alineaban incontables botellas y copas. En realidad, nada de eso importaba. Se limitaría a prepararle un trago al hombre que ofreciera el precio más alto. Y aquel que sostuviera la copa servida por sus manos se coronaría como el vencedor de la velada, aspirando a placer la fragancia de una flor marchita. Porque este no era más que un lugar para eso.
"¡Aquí! ¡Aquí! ¡Yo pago una moneda de oro!".
"¡Qué vas a hacer con una sola moneda! ¡Yo doy dos!".
"¿Se puede juntar el dinero? ¡Entre los dos pagaremos tres monedas de oro!".
Al escuchar el vocerío feroz de aquellos hombres, Marcela cerró los ojos en silencio. Aunque los machos congregados frente a ella arrojaran monedas de oro, ninguna de las que derrocharan llegaría jamás a sus pies. Las cadenas de la deuda que Jack el Manco le había impuesto a la fuerza la ataban implacablemente.
La madama del burdel, que hasta hacía un instante se mofaba de Marcela, sonreía con deleite. Aunque fuera una flor marchita, resultaba en verdad admirable verla producir semejante miel dorada.
"Pues bien...".
Justo cuando la madama tomó su larga pipa dispuesta a adjudicar a Marcela al mejor postor:
"Cien monedas de oro".
Desde el pie de la escalera desierta, resonó una voz con sosegada firmeza. Era un timbre tan nítido y vigoroso que obligó a todos los presentes a girar la cabeza.
"...¿Qué?".
"Pagaré cien monedas de oro".
\*Creak—\*
Ante el pasmo de la madama, alguien ascendía haciendo crujir los viejos tablones de la escalera.
"...!".
Al escuchar aquel chirrido penetrar en sus oídos, Marcela se estremeció involuntariamente y apretó los ojos con fuerza. Al oír las mismas pisadas con las que aquel hombre trajo la ruina a La Sonrisa de la Rosa, Marcela ahogó un grito silencioso.
\*Creak—\*
Aunque lo había aceptado todo con resignación, la herida que le legó el recuerdo de aquel día seguía profundamente clavada en su alma, reabriendo su dolor una y otra vez.
"...Caballero, ¿dijo cien monedas de oro?".
La madama del burdel preguntó de nuevo al hombre que subía los peldaños, queriendo cerciorarse de no haber oído mal. Los hombres que hasta hacía un momento jadeaban de deseo también se quedaron boquiabiertos ante una suma semejante, clavando los ojos en el recién llegado. Sin embargo, el hombre que subió con paso firme y altivo no pronunció una sola palabra más; tan solo avanzó a grandes zancadas hacia el sitio donde estaba sentada Marcela.
"¿Aquí es donde se pide?".
"...Así es, pero...".
Aunque hubiera clamado una cifra exorbitante, la madama no se atrevió a ponerle ningún reparo. Para empezar, la atmósfera que desprendía era tan fiera que parecía capaz de matar a cualquiera allí mismo.
'Aunque parece tener dinero'.
Por encima de todo, la capa negra y la armadura de cuero que vestía aquel hombre lucían sumamente refinadas. Aunque llevaba la capucha calada y no podía verle el rostro, con ese porte sin duda debía tratarse al menos de un joven noble o de un caballero ilustre. Aunque no desembolsara cien monedas de oro, parecía un hombre capaz de pagar con holgura al menos diez. Y con eso bastaba para tener derecho a estrechar entre sus brazos a esa flor marchita.
"...¿Desea que le traiga la carta?".
"No hace falta".
Como si ya hubiera calado el ambiente del lugar, el joven contuvo a la madama con un gesto diestro y clavó la vista en la mujer que permanecía con los ojos cerrados frente a él. La madama del burdel se desconcertó un instante al contemplar la escena. En la sonrisa que esbozaba aquel hombre no había el menor rastro de lujuria; no era más que una sonrisa triste.
"...Incluso después de marcharme de aquí, siempre eché de menos estas cosas".
De los labios de aquel hombre, cuya repentina irrupción acaparaba todas las miradas, comenzaron a brotar palabras incomprensibles.
"Salchichas asadas, morcilla, tortitas de patata doradas y pan blanco de trigo...".
Todos quedaron pasmados al ver que aquel hombre pedía un desayuno en un lugar donde se venía a ordenar alcohol.
'¿Acaso está loco?'.
Pues hasta la dueña del burdel ladeaba la cabeza, perpleja sin saber qué hacer.
"...!".
Sin embargo, Marcela pudo entenderlo a la perfección. Las palabras que aquel hombre acababa de pronunciar eran recuerdos entrañables; eran las viandas que siempre aparecían en los paisajes con los que ella solía soñar.
"...Lo que Jorge comía siempre, por favor, Marcela".
Porque ese era el menú que ella siempre preparaba para Jorge.
Marcela no quería abrir los ojos. La voz familiar de aquel muchacho resonaba como si viniera de un sueño. Temía que, si abría los ojos y la realidad ante ella no correspondía a lo que anhelaba, jamás sería capaz de soportarlo.
"...Ah".
Con las lágrimas deslizándose por sus mejillas, Marcela abrió lentamente los ojos. De sus labios se escapó un suspiro de alivio. A través de su visión empañada, distinguió una cabellera rubia que resplandecía en todo su esplendor.
"Te dije que volvería, Marcela".
Al despojarse de la capucha que lo cubría, brotó de aquel joven un resplandor áureo y deslumbrante. No era el vil brillo del oro que los presentes vociferaban cegados por la codicia y la lujuria. Era el color genuino que poseía el muchacho de aquel día: aquel a quien Jorge había recogido de la calle y a quien Marcela había bañado con esmero.
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• Autor: Q10
• Traductor: Inmensurable
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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 50
Estás leyendo el capítulo 50 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 19 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.