Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 49 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Sturma, la ciudad de las murallas.
Peter Bayezid, señor de aquel bastión, exhaló un suspiro apesadumbrado mientras sostenía la misiva que Ragmus le acababa de entregar.
"Así que... el Conde Rabnoma ha caído."
Peter se frotó la sien con una mano y cerró los ojos en silencio. Aunque hacía tiempo que estaba al corriente de que los movimientos en las tierras del oeste no eran habituales, jamás imaginó que desembocarían en semejante desenlace.
"¿Acaso la Casa del Conde Gaidar disponía de semejante poderío militar?"
"Se dice que las familias nobles del oeste forjaron una coalición. Parece ser que, simplemente, se vieron superados en número y fuerzas."
"¿Y por qué la Familia Real se quedó de brazos cruzados?"
"Desde nuestra posición... nos era imposible alcanzar a discernir los asuntos de la corte imperial."
Aunque Ragmus habló con un tono compungido, él tampoco había tenido alternativa. El norte era una tierra con una identidad propia más arraigada que cualquier otra región. Al haber alzado una muralla tan firme, gozaban de total independencia respecto a la influencia de la Corona y del poder central, pero, a cambio, estaban irremediablemente ciegos ante los acontecimientos que sacudían a los demás feudos. Como en todas las cosas del mundo, cada ventaja conllevaba su revés.
"Pensar que el linaje condal de toda una nación pueda desmoronarse con tanta futilidad... Tratándose, además, de una casa que custodiaba un pacto solemne."
Por más convulsa que fuese la época y por mucho que el imperio se desgajase en el caos, existían líneas infranqueables que jamás debían cruzarse. Sin embargo, aquel torrente recién desatado devoraba sin piedad las normas erigidas hasta entonces. Lo hacía con una ferocidad proporcional al tiempo que había permanecido contenido a la fuerza.
"Tiempos convulsos..."
A través de aquella misiva, Peter comprendió con amarga lucidez la era en la que le había tocado vivir. Para aquellos que acababan de aferrar un nuevo poder, las reglas y tradiciones forjadas en el pasado debían de sentirse como cadenas que los asfixiaban. El orden del oeste había sido reescrito por completo; y lo había hecho a manos de la Casa Gaidar, que acababa de aniquilar a Rabnoma, el señorío que gobernó aquellas tierras durante generaciones. La caída de la Casa del Conde Rabnoma era, con toda probabilidad, la primera almenara que anunciaba el advenimiento de una nueva era.
"Vaya..."
Tras permanecer largo rato absorto en sus cavilaciones, Peter se puso en pie como si de pronto hubiera encajado las piezas de un enigma y se aproximó al ventanal.
Una comitiva de carruajes entraba en la mansión bajo la persistente llovizna de finales de primavera. Al contemplar a los peregrinos que cruzaban los portales de la fortaleza, Peter se mordió el labio en un gesto de tardía comprensión.
"No eran peregrinos."
Aquellos que cruzaban el umbral de la Casa Bayezid enarbolando en lo alto el emblema de la Santa Sede... Aquellos que decían marchar al encuentro del Duque de Acero del Norte para contemplar los vestigios del dragón, no eran devotos en peregrinación.
Eran refugiados portadores de un antiguo pacto.
\*\*\*
Vlad acarreaba el cargamento empapado bajo la lluvia incesante. En medio del frío aguacero primaveral, el vaho que escapaba de los labios del muchacho se elevaba en densas bocanadas blancas.
'El ambiente está muy extraño.'
Hasta la noche anterior, el grupo compartía risas en un ambiente bastante templado y distendido, pero la situación actual distaba mucho de aquello. Con la marcha forzada impuesta de forma repentina, la atmósfera de la comitiva se había endurecido y una sutil tensión comenzó a impregnar el aire. Como resultado, Vlad, quien había arribado a Sturma un día antes de lo previsto, se encontraba ahora trasladando el equipaje de los sacerdotes en medio de una vigilancia estricta y sombría.
"¡Cuidado, tengan cuidado!"
"¡Los sirvientes, apártense! De esto nos ocupamos nosotros."
Al percibir el alboroto, Vlad volvió el rostro hacia aquella dirección de manera instintiva.
Allí yacía una arqueta de madera negruzca que llevaba grabado un emblema sumamente singular. Por alguna razón inexplicable, aquella caja atrapaba de lleno la mirada del muchacho.
\*Tum.\*
Un latido seco le sacudió el pecho. Sin embargo, Vlad apartó la vista de la intrigante caja de madera y se apresuró a marcharse de allí. El agua de lluvia comenzaba a mezclarse con los regueros de sangre pútrida que manaban del cadáver del gusano de la muerte.
'Parece que me sienta mal.'
Aquel vuelco en el pecho bien podía deberse al hedor a sangre. Al igual que ciertas personas reaccionaban con desazón ante un aroma o un alimento específico, tal vez, en su caso, la sangre de aquella criatura le provocaba ese rechazo.
"Buen trabajo."
Tras transportar la carga hasta las puertas del gran salón de la mansión Bayezid, Vlad aguardó con la cabeza inclinada a que se abrieran las hojas dobles. Apenas un puñado de pasos lo separaba del interior, pero el límite de lo que le estaba permitido concluía justo allí.
Rutger y sus caballeros le dedicaron unas parcas palabras de agradecimiento acompañadas de una palmada en el hombro antes de ingresar al recinto. Tras ellos marchaban los sacerdotes, custodiando en círculo la arqueta de madera negra. Todos ellos eran hombres con los que había compartido camino hasta hacía muy poco, pero, al final de la jornada, el muchacho carecía del linaje necesario para cruzar aquel umbral a su lado.
'...'
A través del resquicio por el que desfilaban hacia el interior, Vlad alzó la mirada con sigilo. En sus ojos brillaba la curiosidad por aquel espacio vedado, empañada por un leve poso de frustración.
"¡...!"
En ese instante, sus miradas colisionaron.
En el estrado más encumbrado de la Casa Bayezid, allí adonde alcanzó la vista de Vlad, un mundo inconmensurable, colosal más allá de toda ponderación humana, ya lo contemplaba desde las alturas. Completamente petrificado por la presencia aplastante de Peter, Vlad fue incapaz siquiera de apartar los ojos, permaneciendo rígido hasta que las puertas se cerraron por completo.
Hasta que las hojas del gran salón, que trazaban una frontera infranqueable erigida sobre los privilegios del rango, se sellaron de manera definitiva.
\*\*\*
"Yo ya me marcho."
"De acuerdo."
Portly también debía de haberse forjado sus propias ilusiones, pues se despidió de Vlad con una expresión sombría y alicaída. Habiendo abatido una presa tan formidable como un gusano de la muerte, ambos escuderos habían regresado a Sturma con la secreta esperanza de recibir alguna recompensa o de que se celebrase al menos un modesto banquete en su honor. No obstante, envueltos en la pesada melancolía que transmitía la lluvia tardía de la primavera, no tuvieron más alternativa que regresar a sus modestos puestos de siempre.
Vlad echó a andar mientras contemplaba la espalda encorvada de Portly, que se alejaba arrastrando los pies hacia sus aposentos. Aunque ambos compartieran el infortunio de haber sido relegados al olvido, la suerte de Vlad resultaba un poco más favorable, pues al menos aún había alguien que requería su presencia.
'...'
Recorriendo los corredores, Vlad rememoró la mirada de Peter con la que se había cruzado hacía unos instantes.
'No logro recordarlo.'
Sin duda alguna había sido una primera impresión demoledora, pero el problema radicaba en que ningún rasgo fisonómico se había grabado en sus retinas. Más que las facciones del rostro de Peter, lo único que persistía en la mente del muchacho era la imponente gravedad que irradiaba su figura.
"Ejem."
En realidad, daba igual que no pudiera recordarlo con precisión. Las facciones del señor conde debían de guardar un parecido evidente con la persona a la que estaba a punto de ver.
"He regresado, señor Josef."
"Adelante."
Frente al despacho de Josef, Vlad anunció su llegada y empujó la puerta con un ademán familiar.
Aunque el majestuoso salón de los Bayezid le hubiera cerrado las puertas, el despacho de Josef, en cambio, le abría gustosamente sus estancias.
"Has llegado un día antes."
"Así se dieron las cosas."
"Sí. Ya he oído a grandes rasgos lo sucedido."
El despacho de Josef, cuya ubicación había escogido la señora Oksana con particular esmero, era el espacio de la mansión Bayezid donde la luz del sol se demoraba por más tiempo. Al principio, cuando Vlad puso un pie en aquella estancia por primera vez, tal resplandor le resultaba abrumador, pero a estas alturas ya se había acostumbrado bastante a él.
"¿Te encuentras bien de salud?"
"Estoy ileso."
"Es un alivio."
Vlad observaba con una leve tensión a Josef, que inquiría con sosiego, y a Sir Zayar, apostado a su lado. Se inquietaba ante la posibilidad de que cayera sobre él alguna reprimenda imprevista.
Haber sumado fuerzas para abatir al gusano de la muerte que acechaba a los peregrinos era, sin duda, una hazaña admirable y digna de encomio. No obstante, desde la perspectiva personal de Josef, el asunto bien podía resultar un tanto incómodo. Al fin y al cabo, había tomado el cariz de haber auxiliado a Rutger. Para Josef, sumido en una enconada rivalidad con él, era algo que ciertamente podía suscitar desagrado.
"¿Por qué me miras de esa manera?"
Sin embargo, Josef no mostraba la menor traza de incomodidad mientras revisaba unos legajos.
"...... No es nada."
Vlad respondió exhalando un suspiro de alivio en su interior. Más que por el hecho de haberse librado de un reproche, su sosiego nacía de constatar que Josef se mostraba exactamente tal como él lo había concebido.
"Me alegra que te encuentres bien, pero aun así harías bien en reponerte lo mejor posible."
Tras hojear los papeles durante un buen rato, Josef alzó la cabeza y, clavando la vista directamente en Vlad, habló:
"Ocurre que desconozco los pormenores de los callejones de Shoara, verás."
Vlad mudó el semblante en sorpresa al ver que sacaba a colación, de improvisto, el asunto de los bajos fondos.
"Tengo entendido que las disputas entre bandas solo concluyen cuando todos los miembros de una facción caen muertos o se rinden. ¿Es así?"
"...... Sí. Probablemente sea así."
Vlad bajó la cabeza mientras cavilaba. '¿Por qué me hace semejante pregunta tan de repente?' Al percibir que Josef pretendía adentrarse en su rincón más vulnerable, no pudo evitar encogerse levemente.
"¿Por eso no pudiste enviar siquiera una carta?"
"¿A qué carta os referís?"
"A tu amada, la que está en el convento."
"...... Es solo una amiga."
"En fin, da igual."
Al escuchar la réplica de Vlad, Josef se puso en pie.
"No ignoraba las circunstancias que te impedían enviar noticias debidamente por temor a que la gente de Shoara pudiera salir malparada."
Josef caminó hacia el ventanal y, cruzando las manos tras la espalda mientras contemplaba la mansa lluvia primaveral que caía, tomó la palabra:
"Quise tener consideración contigo, pero para solucionar un asunto semejante se requerían tiempo y méritos. Ese tal Jack el Manco poseía, a su manera, cierta utilidad."
Vlad asintió en silencio ante las palabras de Josef. Seguramente era la verdad. Por muy bajos fondos que fuesen, no dejaban de ser tierras amparadas bajo el dominio del condado de Bayezid. Para que alguien como Jack el Manco pudiera campar a sus anchas por aquellos callejones, forzosamente debía contar con nexos entre los hombres de poder que operaban a plena luz del día. Haciendo honor a su sobrenombre de La Sanguijuela del Dinero, era un sujeto de inmensa opulencia... si bien aquella fortuna no era más que el fruto de las lágrimas y la sangre de los desdichados de los callejones.
"......"
Vlad posó los ojos en Josef, inmóvil junto a la ventana. Y también en el pequeño pendón que colgaba a su costado. Había entrado y salido de aquel despacho en incontables ocasiones, pero jamás había reparado en semejante objeto hasta ese momento.
'¿Qué es eso?'
Un pendón blanco de forma rectangular. De proporciones algo más menudas que las de los estandartes que había visto hasta entonces, parecía ostentar el tamaño exacto para ser enarbolado con una sola mano.
Josef, que había permanecido absorto en sus pensamientos durante un instante, rompió el silencio:
"...... Sin embargo, has demostrado con creces tu propia valía."
Con estas palabras, Josef tomó con cuidado el pendón a su lado y lo alzó.
"Puesto que has luchado con denuedo por mí, me corresponde a mí saldar mi parte y recompensarte tal como prometí."
"...... ¿Cómo?"
Al ver a Josef aproximarse con paso pausado hacia él, a Vlad le pareció ver reflejada la figura de Peter que había contemplado momentos antes. La noble prestancia que emanaba de Josef al empuñar aquel pendón le trajo a la memoria aquella sobrecogedora presencia.
"...... Cuentan que, en la época de mi abuelo, los caballeros solían portar pendones idénticos a este que ahora sostengo."
Josef contempló el pendón que blandía con una mirada enigmática. Al observar un objeto que jamás podría portar por sí mismo en toda su vida, esbozó una sonrisa cargada de amargura.
"Un estandarte que simbolizaba su propio honor."
Sin embargo, Josef era un hombre que había tomado una elección: ya que sus manos no podían empuñar la espada ni alzar el estandarte, sujetaría las riendas de los caballeros que lo hicieran por él. Y justo frente a sus ojos se erguía el muchacho capaz de cumplirlo.
"Tú eres alguien digno de portar tu propio estandarte. Y esa dignidad la avalan Heinal y Bayezid."
Vlad miró con expresión atónita el pendón blanco que le era ofrecido. Aunque a simple vista parecía enteramente despojado de figuras, en el extremo superior izquierdo se hallaban bordados dos diminutos blasones heráldicos: las armas de Heinal y de Bayezid.
"P-pero... yo todavía no..."
"Toma esto y marcha a tu tierra natal."
"......!"
Al oír las palabras de Josef, Vlad sintió como si un rayo lo partiese en dos. Ante algo tan fulminante y repentino, su mente se quedó en blanco. Era el momento por el que tanto había suspirado, con el que había soñado y que se había jurado cumplir algún día sin falta... Mas jamás imaginó que ese día amanecería hoy.
"Tú, Vlad, que recibiste un nombre de manos de lady Alicia y que sirves como escudero de la Casa Bayezid: alza con orgullo la cabeza bajo este estandarte."
Con la mirada aturdida, el muchacho levantó el rostro mientras sostenía el pendón que Josef le colocaba entre las manos. Y aunque su semblante pareciese absorto, su cuerpo se estremecía con un temblor incontenible. Aquel instante tan ardientemente anhelado por fin se presentaba ante él.
"Ve allí, cercena las cadenas miserables que te ataban y regresa ante mí habiendo hallado tu verdadera libertad."
Vlad no articuló palabra. Tan solo contempló el pendón que sostenía a través de una mirada que se nublaba por momentos.
"Tal como se prometió, todo contará con el respaldo de Bayezid. Vlad de Shoara."
En aquel pacto sellado tiempo atrás, el muchacho y el joven noble se juraron reciprocidad. Y esa promesa quedaba refrendada ahora bajo el honorable estandarte que el joven sostenía entre sus dedos.
Vlad de Shoara.
Regresa a tu tierra natal.
Corta allí los lazos funestos que te aprisionan.
Y reclama lo que por derecho te pertenece.
"...... Acataré vuestra orden."
El muchacho aferró el estandarte con una fuerza inquebrantable. Hasta que sus nudillos palidecieron por completo.
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• Autor: Q10
• Traductor: Inmensurable
⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨

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Estás leyendo el capítulo 49 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 19 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.