Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 41 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Sturma, la capital del Condado de Bayezid. En una inmensa mansión situada allí, un hombre de cabello entrecano y un anciano de luenga barba blanca conversaban entre sí.
"Dicen que un grupo de peregrinos pasará por nuestra Sturma".
"¿Deberíamos salir a recibirlos?".
Ante la pregunta de Peter, el consejero Ragmus negó con la cabeza y respondió:
"Parece que no desean tal cosa. Dijeron que, en el sentido literal de la expresión, pasarán discretamente para contemplar los vestigios del dragón y luego proseguir su camino".
"Muy clásico de su parte".
Al escuchar las palabras de Ragmus, Peter asintió en silencio.
Voces divinas que no reclaman nada a cambio. En verdad, hacía largo tiempo que no se veían peregrinos tan devotos.
"...Cuidar de ellos sin que lo adviertan no debería ser un problema, ¿verdad?".
"Sabía que diría eso".
Quienes poseen el mérito ostentan el legítimo derecho de gozar de sus frutos. Ragmus, que conocía al dedillo la disposición y el carácter de Peter, asintió y respondió que se encargaría de hacer los preparativos.
"Y mi segundo hijo y... Vlad".
Aquí se encontraban también otros que habían demostrado su valía. Por fortuna, estos pertenecían a sus propios dominios, de suerte que nadie osaría reprocharle nada, sin importar cuánto se les otorgara o recompensara.
"He oído que cumplieron con su labor de manera sobresaliente".
"Así es. En el informe figuraban palabras capaces de hacer palpitar con fuerza incluso el pecho de un anciano".
"Mmm".
Al escuchar las palabras de Ragmus, Peter asintió.
El Primer Precepto del Maestro de la Espada.
Ante unas palabras tan añoradas, escuchadas tras una larguísima ausencia, Peter esbozó una sonrisa preñada de sincero afecto.
"En estos tiempos, en los que a los caballeros se les cría como joyas entre algodones, debió de ser una escena harto difícil de presenciar".
"Habría sido magnífico que vuestra señoría hubiese estado presente en aquel sitio".
Aunque no lo exteriorizó, Peter coincidió con las palabras de Ragmus. Un caballero era un ser preciado y, al mismo tiempo, un arma estratégica que demandaba ingentes recursos e inversión. Por ello, la mayoría de los linajes nobles solían escoger desde el inicio a individuos de probada sangre distinguida o con talentos fuera de lo común, impartiéndoles una instrucción de élite destinada a forjar caballeros.
Gemas en bruto administradas con rigurosa disciplina.
En consecuencia, los jóvenes caballeros y los tiernos escuderos jamás se precipitaban a situaciones tan extremas como para precisar la invocación de los Preceptos del Maestro de la Espada. Algunos caballeros veteranos expresaban su amargo descontento ante tal estado de cosas, pero el transcurrir de las eras resultaba un curso inexorable.
Sin embargo, aquel día en Deomar brilló un haz de luz que marchaba a contracorriente de los tiempos. Para ciertas almas, debió de ser un añorado romance presenciado tras una prolongada ausencia.
"Habrá más de uno a quien le fascinará".
"Trae a la memoria la época dorada de Bayezid".
"Esos vejetes vendrán cargados de golosinas para agasajar al polluelo".
Peter depositó los documentos que sostenía y recostó la espalda profundamente en el respaldo de su asiento.
"Aun así, le pertenece a mi muchacho, de modo que se requerirá su anuencia".
"Si procede de esa forma, el señor Josef se complacerá sobremanera".
"...Qué dilema tan fastidioso".
Peter, aun sonriendo, no pudo evitar fruncir el ceño. Al verlo jadear en busca de aire, había creído que terminaría por rendirse al cabo de un instante; empero, a despecho de todo, se había revolcado en el lodazal hasta rescatar una alhaja brillante.
"Un dilema mayúsculo".
Al pensar en su segundo hijo, quien no vacilaba en revolcarse por el fango con tal de alzarse con la victoria, Peter se hundió en una densa tribulación.
Los hijos demasiado mediocres eran motivo de preocupación, desde luego.
Pero aquellos que resultaban excesivamente sobresalientes tampoco daban sosiego.
Pues, al cabo, solo habría de elegir a uno de ellos.
\* \* \*
"¿Por qué no dejas de parpadear con el ojo izquierdo? ¿Acaso se te metió una piedrecilla?".
Aquel era el primer entrenamiento con Zayar tras el retorno a Sturma. Allí, Vlad, albergando una ilusión henchida en el pecho, había ansiado concentrarse en corroborar sus propios progresos.
"...Te advertí con claridad que no intentaras sandeces para las que aún no estás listo".
Y aquello era, precisamente, el acto que su maestro más le había vedado. El muchacho acababa de quebrantar la regla impuesta por Zayar.
"¡Cof!".
Vlad vio el firmamento abalanzarse de improviso sobre sus ojos antes de rodar pesadamente por los suelos. El golpe que acababa de asestarle Zayar había sido implacable, como de costumbre, pero desprovisto en absoluto de la más mínima consideración.
"Ponte en pie".
"Ugh...".
La acometida había calado con tal violencia que a Vlad le costaba recobrar el sentido; sin embargo, al reparar en la mirada con que Zayar lo contemplaba, se apresuró a recomponer la postura. Fuese cólera, pasión o grandes expectativas, Zayar siempre había tratado al muchacho con un fuego ardiente en el alma.
"¿Acaso crees que te convertiste en alguien relevante solo por haber encajado una torpe técnica de contraataque en Deomar? ¿Tan ridículas te parecen mis advertencias que te juzgas con derecho a pasarlas por alto?".
En sus pupilas ahora solo anidaba una gélida decepción.
"..."
Quien nada espera, en primer término, jamás se desengaña. Por tal motivo, para el muchacho era la primera vez en la vida en que un adulto le manifestaba una decepción sincera. Y con esa misma intensidad, semejante sentimiento le punzaba dolorosamente el pecho.
"...Lo lamento".
"Por hoy hemos terminado".
Zayar envainó su hoja con un ademán sobrio y sentenció:
"Si vas a entrenar a regañadientes, ni te molestes en venir; y si juzgas que puedes lograrlo sin mi auxilio, tampoco vuelvas a buscarme".
"..."
A diferencia de lo habitual, en sus palabras no hubo un solo denuesto, pero Vlad sentía que habría preferido con creces ser colmado de improperios. El desprecio, la afrenta y las burlas dedicadas a una existencia insignificante eran cosas tan cotidianas para él que ya ni siquiera le laceraban. No obstante, la decepción que Zayar le mostraba en ese instante le escarbaba hasta lo más profundo de las entrañas.
Pues lo único capaz de atravesar sin piedad el corazón gélido del muchacho era la punta templada de una aguja.
Vlad experimentaba una desazón helada nacida de aquella calidez remota, sintiéndose incapaz de reaccionar.
"Vete".
"...Sí, señor".
Al conocer de sobra la índole de Zayar, quien jamás rectificaba una resolución tomada, Vlad no tuvo más remedio que inclinar la cabeza y acatar su determinación.
El entrenamiento de hoy había concluido.
Todo a causa de la torpe actitud del muchacho, que había pretendido depender del Aura.
No había podido doblegar su propia impaciencia.
'Te dije que empezaras por los fundamentos'.
"..."
Al escuchar la advertencia de la voz, Vlad envainó con apesadumbrada parsimonia su espada carente de adornos.
'Incluso yo me habría enfurecido'.
Desde el preciso instante en que Vlad liberó el Aura, Zayar lo había estado tratando con extremada susceptibilidad. Porque su condición parecía sobremanera precaria. Sin duda alguna, cuanto el muchacho había edificado relucía con mérito y gallardía; sin embargo, el lecho donde reposaba no era distinto a una ribera de arena batida por el mar.
Cimientos quebradizos que un fuerte oleaje podía barrer y disolver en cualquier momento.
Zayar no deseaba que el muchacho terminase de semejante suerte.
"...Solo quería intentar blandirla una vez más".
'No fue más que la manifestación de una posibilidad. Cuanto antes la olvides, mejor para ti'.
Y la voz también se hallaba sumida en el desasosiego por semejante estado del joven.
¿Acaso todos los caballeros podían blandir el Aura?
No era el caso.
¿Eran, por ende, guerreros de segunda fila aquellos caballeros incapaces de manifestar el Aura?
Tampoco era así.
Poder manejar el aura no era más que la manifestación del potencial para elevarse más alto en comparación con otros caballeros. Solo cuando uno lograba hacerla enteramente suya y era capaz de emplearla con destreza en el combate real, podía afirmarse con certeza que blandía el aura.
"\[No olvides que apenas acabas de empuñar la espada. Solo sobre unos cimientos firmes florece una flor magnífica\]".
"..."
Sin embargo, la voz lo comprendía. Un muchacho en la flor de su juventud acababa de sostener una espada resplandeciente entre sus manos; era de esperar que deseara blandirla. Cualquiera se sentiría igual.
"\[Medita una vez más en las palabras de Zayar. Es un hombre que ni siquiera se habría molestado en enfadarse si no te considerara digno\]".
"Lo entiendo".
Por ello, la voz solo anhelaba que comprendiera sus palabras. Que aquel muchacho que recién comenzaba a florecer soportara las innumerables tentaciones venideras y mantuviera la cabeza erguida hacia el firmamento.
Una amargura punzante trepó por su estómago, pero Vlad se limitó a fruncir los labios sin desplomarse. El entrenamiento de hoy estaba perdido, arruinado y, en todo caso, echado a perder. Y una vez echado a perder, ¿qué otra opción quedaba? Por el momento, debía olvidarlo. Aquel muchacho, que prácticamente se había criado en un pozo de frustraciones, era alguien empeñado en no sucumbir a falsas aflicciones. En ningún rincón el mundo extiende la mano con amabilidad hacia quien se rinde; muy al contrario, este mundo era un lugar empecinado en hacerte caer de rodillas para doblegarte por completo. El muchacho que había vivido en los estratos más bajos conocía demasiado bien esa faceta despiadada de la existencia.
"... Será mejor que vaya a comer algo".
Vlad se revolvió con aspereza la melena rubia y se encaminó hacia el comedor.
Con paso pesado, llevando al cinto una espada desprovista de adornos y vistiendo la camisa que le había obsequiado la condesa, el escudero hizo su entrada en la estancia.
"..."
"..."
La reacción que recibió Vlad tras regresar de una misión de casi un mes fue un silencio inevitable, seguido de un sutil vestigio de reverencia. Unos cuantos escuderos bien informados ya se habían enterado, a través de sus respectivas familias, de lo que Vlad había llevado a cabo en Deomar.
Por esa razón, todos los presentes podían discernir con absoluta certeza quién se había convertido en la figura más preciada y formidable de entre todos ellos. La prestancia de un linaje, fuera ilustre o modesta, o la brecha de cuna, alta o baja, ya carecían de relevancia. Las disputas infantiles de callejón habían llegado a su fin con la irrupción de un único individuo que habitaba un mundo enteramente distinto.
A partir de ese instante, el verdadero líder de aquel lugar era aquel muchacho rubio, la piedra recién llegada que lo había trastocado todo.
"¿Llegaste?"
"¿Te golpearon mientras estuve fuera?"
"No, para nada. Nadie me ha puesto una mano encima".
Portly le dio la bienvenida a Vlad extendiéndole una bandeja donde las salchichas se apilaban a una altura muy superior a la de cualquier otro plato.
"Cómo extrañaba esto, carajo. Esta carne".
"Come todo lo que quieras".
Vlad ni siquiera se molestó en tomar un tenedor; agarró las salchichas directamente con las manos. Al lograr tragar sus amargas emociones junto con los jugos salados de la carne, en el rostro de Vlad floreció una expresión de auténtica satisfacción.
"A esto me refiero".
Durante su estancia en Deomar, había tenido que alimentarse con ensaladas aderezadas con salsa de limón y panes de dieta saludable. Ciertamente eran manjares preparados de forma especial por Alicia para sus distinguidos huéspedes, y Josef los había degustado con sumo agrado, pero a Vlad no le complacían en lo más mínimo. No es que fueran incomibles, pero, francamente, eran insípidos. Para un muchacho en plena etapa de crecimiento, no existía nada en el mundo más delicioso que la carne.
"Al fin y al cabo, los mejores sabores son el salado y el dulce".
"Exacto. Esa es una verdad universal".
Tras escuchar el sincero acuerdo de Portly, Vlad le dio un generoso mordisco a la salchicha y miró a su alrededor.
"..."
Todos lo observaban de reojo, a hurtadillas.
"¿Ya lo saben todos?"
"A grandes rasgos..."
Portly se rascó la nuca con una sonrisa titubeante, esperando en su fuero interno que sus atenciones no parecieran una adulación rastrera en busca de favores.
"... Ya veo".
Vlad se chupó los restos grasosos de los dedos mientras se sumía en sus pensamientos. Al notar la actitud de los demás escuderos, por alguna extraña razón sintió como si ocupara un lugar que no le correspondía. Aunque, desde luego, no albergaba la menor intención de marcharse.
"Por cierto, ¿qué vas a hacer durante estas vacaciones?"
"¿Vacaciones?"
Al brotar de los labios de Portly un término en el que jamás había reparado, Vlad no pudo evitar mostrarse desconcertado.
"¿No lo sabías? A todos los escuderos nos han concedido permiso esta semana. Son las vacaciones periódicas que otorgan un par de veces al año".
Contando a Portly, todos los escuderos congregados en aquel recinto, si bien no todos pertenecían a la alta nobleza, eran hijos enviados por casas ilustres y acomodadas. Tratar a tales aprendices con suma consideración era una obligación elemental. Por ese motivo, la Casa Bayezid solía conceder descansos regulares a los jóvenes para disipar la fatiga y las tensiones acumuladas.
"... ¿Acaso yo también tengo vacaciones?"
Sin embargo, Vlad carecía de un hogar al que dirigirse. Existía un lugar que añoraba con el alma, es verdad, pero regresar allí requeriría una inmensa determinación.
Al notar la mirada momentáneamente perdida de Vlad, Portly prosiguió con su propuesta:
"... En ese caso, ¿te gustaría venir a mi casa? Mi padre dijo que deseaba invitarte formalmente".
"¿A tu casa?"
Aquellos escuderos cuyos hogares quedaban demasiado lejanos solían visitar las fincas de sus compañeros en lugar de deambular solos y sin rumbo. Su intención era forjar en tales sitios un nuevo terreno para cultivar influencias y lazos sociales.
"A decir verdad, como jamás he llevado a un amigo a casa..."
"O sea, que no tenías ningún mérito que mostrar".
Vlad asintió al sopesar la situación de Portly. Lo habían metido como escudero a toda costa para que tendiera vínculos sociales, pero todo lo que recibían a cambio eran noticias desalentadoras.
Por esa misma razón, el interés que el patriarca de la familia Cannor albergaba hacia aquel muchacho rubio, quien ahora acaparaba la atención de todo el mundo, era extraordinario. Tanto desde su posición de señor de la casa como desde la perspectiva de un progenitor, el padre de Portly ansiaba con fervor conocer al joven llamado Vlad.
"En mi hogar sabemos agasajar a los invitados como es debido, te lo aseguro".
"Mmm".
Vlad comenzó a evaluar la propuesta de Portly con detenimiento. Su misión en Deomar había sido una sucesión interminable de tensiones. Además, ya deseaba probar carne recién asada en lugar de simples salchichas.
"¿No decías que andabas buscando un caballo?"
"¿Eh?"
Y Portly sabía a la perfección qué otra cosa deseaba Vlad, aparte de buena comida.
"Como te mencioné antes, mi familia se dedica primordialmente a la ganadería y la cría de ganado. Aunque no seamos el linaje más encumbrado del norte en ese terreno, al menos tenemos los medios para conseguir cualquier montura de estos alrededores".
"... Vaya".
Nada mal. Aquello resultaba una tentación sumamente difícil de rechazar.
"Primero preguntaré si a mí también me corresponde el permiso..."
"Dicen que incluso hay algunos ejemplares con mejor pedigrí que el corcel de Sir Zayar".
"Lo pediré de inmediato. Seguro que me lo conceden".
En lo concerniente a un corcel, Josef se encargaría de suministrarle uno por iniciativa propia, pero no vendría mal inspeccionar opciones con anticipación. Podría resultar mucho más conveniente examinarlo con sus propios ojos y encontrar un animal afín a su temperamento, en lugar de conformarse con lo que otros decidieran entregarle.
"¡Ay!"
Vlad le propinó un manotazo en la nuca a Portly, como elogiándolo.
"Trato hecho".
Tanto si Portly se desconcertaba como si no, Vlad se limitó a sonreír. Después de todo, aquel era un saludo que se utilizaba en los callejones exclusivamente entre compinches de confianza.
Hacía mucho tiempo que el muchacho no rememoraba los viejos días.
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• Autor: Q10
• Traductor: Inmensurable
⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨

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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela)
Capítulo 42
El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 41
Estás leyendo el capítulo 41 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 19 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.