Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 40 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Los huéspedes indeseados se habían marchado por completo y en la mansión ya solo quedaban las gentes de Josef. Puesto que los únicos que podían considerarse verdaderos invitados de honor eran los miembros de la Casa Bayezid llegados del norte, Alicia dispuso una ceremonia de despedida que coincidiera con el día de su partida.
Si de su voluntad dependiera, le habría complacido ofrecer un gran banquete, pero la Casa Heinal apenas atravesaba el trance de recomponer sus recientes fracturas. Conociendo tales circunstancias, Josef había dejado caer unas discretas palabras con antelación, lo que permitió a Alicia organizar aquel encuentro sin sentir pesadumbre alguna sobre sus hombros.
"Que Vlad de Shoara, escudero de la Casa Bayezid, dé un paso al frente ante la dama Alicia."
Ante la llamada de Duncan, quien aún llevaba el cuerpo cubierto de vendajes, el muchacho avanzó con cierta turbación en el semblante. Se debía a que no había escuchado ni una sola advertencia al respecto de labios de Josef ni de Zayar.
"Una rodilla... no, la izquierda. Eso es, basta con que hinquéis esa."
Guiado por la inclinación de cabeza de Duncan, Vlad dobló la rodilla con cierta tosquedad y compuso un gesto reverente. Al contemplar la figura del mozo, que todavía conservaba un aire tan inocente, Alicia esbozó una sonrisa pícara. Por ganas no le faltaba importunarlo un poco más, pero la solemnidad de la ocasión le impedía tomarse tales licencias.
"Le estoy verdaderamente agradecida, Vlad de Shoara. De no haber sido por vos, la persona que soy hoy no existiría."
Ante aquella modesta ceremonia de entrega concertada en secreto solo entre Alicia y Duncan, la concurrencia reunida en el gran salón comenzó a murmurar en voz baja.
"Habéis defendido mi honor e iluminado con justicia un duelo mancillado por el engaño. Por ello, cualquier muestra de gratitud que pudiera dedicaros resultaría insuficiente. Así pues..."
La retribución por haber tomado prestado a Zayar ya se había pagado con creces. Sin embargo, en el pecho de Alicia latía el deseo de entregar por mano propia una recompensa al muchacho. Tan dramática había sido la gesta y tan inmensa era su gratitud hacia él.
Alicia extrajo del pliegue de su pecho un pañuelo primorosamente doblado. Era una pieza de tela violácea con un motivo bordado en hilo de oro. A simple vista, por el modo en que refractaba la luz con inmaculada pureza, resultaba evidente que se trataba de seda de la más excelsa calidad.
"Aquel día no erais caballero, mas fuisteis más honorable que cualquiera de ellos; y a vos deseo encomendar mi nombre. Vlad de Shoara."
"¡...!"
Los vasallos de la Casa Heinal palidecieron de asombro al ver que Alicia le ofrecía al muchacho un pañuelo con su propio nombre grabado. En cambio Josef, que escuchaba con serenidad las palabras de la dama, asintió en silencio con la cabeza.
'Mmm.'
Había calado de inmediato la intención que movía a Alicia al entregarle la prenda a Vlad.
'Es una mujer perspicaz. Pretende cimentar el lazo entre Bayezid y Heinal compartiendo a una promesa tan brillante como Vlad. Al tiempo que manifiesta su gratitud, se asegura un rédito político. Es, sin duda, la jugada más astuta a su alcance.'
'Siendo así, nada que objetar.'
Josef bien podría haber reprochado aquella ceremonia improvisada a sus espaldas, pero al no acarrearle perjuicio alguno, permitió que el acto prosiguiera su curso.
Desde luego, de haber sospechado lo que sucedería instantes después, sin duda lo habría impedido al momento.
"..."
Al ver a Alicia extendiendo el pañuelo hacia él, Vlad caviló:
'Lo que un noble te ofrece, se acepta. Esa es la norma.'
Aquellas palabras que Zayar le había inculcado estaban grabadas a fuego en lo más hondo de su mente.
'No puedo permitir que me muelan a golpes otra vez.'
¡Qué tremendo suplicio no había pasado al llegar a la mansión de los Bayezid por haberse negado a recibir los cacahuetes que le tendía Rutger! Por consiguiente, si no aceptaba este pañuelo ahora, sin duda cometería una flagrante falta de educación hacia ella. Y cabía la certeza de que Zayar volviera a propinarle una paliza.
"Muchas gracias, dama Alicia."
Por tanto, decidió aceptarlo. Lo hizo sosteniendo ambas manos juntas y con la mayor reverencia, de acuerdo con la más rigurosa cortesía que alcanzaba a conocer.
"¡...!"
Fue un ademán que aconteció con tanta naturalidad que nadie tuvo tiempo de frenarlo. Al contemplar cómo Vlad recogía con ambas manos el pañuelo que sostenía, Alicia no pudo ocultar una expresión de absoluto pasmo.
"¿...?"
Y justo cuando Vlad se preguntaba con desconcierto por qué las mejillas de aquella doncella de cabellos color agua se teñían de un rubor cada vez más encendido:
"Eso... no... no se hace de ese modo..."
El rostro del viejo caballero Duncan, plantado a su lado, se descompuso visiblemente y comenzó a balbucear.
"Ah... claro. Por supuesto. No podía saberlo."
Incluso Josef dejó escapar un suspiro de resignación, percatándose de su propio descuido. Aquel muchacho criado en los callejones carecía por entero de nociones sobre las costumbres del mundo nobiliario.
"¿Le... le daré buen uso?"
Incapaz de comprender a qué venía tanto alboroto por un simple pañuelo, Vlad no hacía más que pestañear y mover los ojos de un lado a otro con perplejidad.
Un pañuelo que llevaba bordado el nombre de lady Alicia.
Para una dama noble, existían dos formas de entregar la prenda que simbolizaba su honor: atándola a la punta o a la vaina de una espada, o bien traspasándola directamente de mano a mano.
Y Vlad acababa de recibir su nombre mediante este último proceder.
\* \* \*
De camino a Sturma tras haber dejado atrás Deomar.
"..."
Acomodado en el interior del carruaje, Josef era incapaz de contener la risita burlona que se le escapaba desde hacía un buen rato.
"Hacía muchísimo tiempo que no presenciaba un despropósito semejante. Aunque, por supuesto, admito que la mayor parte de la culpa recae sobre mí."
"...Le ruego me disculpe."
Enterado por fin de lo acontecido, Vlad no había sido capaz de alzar la vista desde el instante en que subió al carruaje. Era una pifia para la cual verdaderamente no tenía justificación posible.
"¡Primero los cacahuetes el otro día, ¿y ahora esto?! ¡¿Por qué demonios tienes que armar semejante escándalo cada vez que recibes algo?!"
Zayar, que trotaba a caballo al compás del carruaje, comenzó a rugirle a Vlad como si hubiese aguardado ese preciso instante para desahogarse.
"Es que... simplemente ella me lo ofrecía..."
"¡Si ya estabas arrodillado, ¿qué necesidad tenías de arrastrarte a gatas para arrebatárselo con ambas manos?!"
"...Pensé que no correspondía que una noble tuviera que estirarse para alcanzarme..."
"Aaah..."
Zayar se frotó la sien y soltó un hondo bufido sobre la montura.
A fin de cuentas, nada podía reprocharle dado que el chico lo ignoraba por completo; y si argumentaba que solo obedeció lo que él mismo le había ordenado hacer, tampoco le quedaban réplicas para reñirle. En consecuencia, no le restaba más que consumirse en su propia frustración.
Zayar acababa de comprender que forjar y educar a alguien como era debido exigía una cuota indecible de paciencia y sufrimiento.
"¡De ahora en adelante, cada vez que un noble vaya a darte algo, mírame a mí primero! ¡¿Queda claro?!"
"..."
Ante el bramido de Zayar, Vlad se limitó a agachar la cabeza en silencio.
Aceptar un pañuelo con el nombre de una dama conllevaba dos lecturas capitales: una simbolizaba el honor; la otra, el amor.
El espadachín que recibía el honor presentaba la vaina de su acero para que la dama anudara personalmente la prenda en ella; se trataba de un acto tan sobrio y casto que incluso una madre podía ofrendarlo a su propio hijo.
Sin embargo, si la entrega se obraba de mano a mano, la historia cambiaba de forma radical. Aquello no era sino una muestra de devoción y aliento reservada con exclusividad para el amado.
"Los bardos de esta comarca no tendrán de qué preocuparse para ganarse el pan durante una buena temporada."
Comentó Josef que no se había reído tanto en mucho tiempo, mientras comenzaba a masajearse con las manos las mejillas entumecidas.
"Bueno, comoquiera que sea, te felicito por haber ascendido a la condición de semicaballero."
"¿Semicaballero?"
Vlad reaccionó vivamente ante el vocablo pronunciado por Josef e inquirió al instante.
"Así es. Eres el varón investido con el honor de una noble y distinguida dama como lady Alicia. Al menos en las tierras donde su nombre tenga peso, recibirás los fueros de un caballero."
¡Un caballero! ¡Había dicho un caballero!
El abatimiento que hasta hacía un momento apesadumbraba a Vlad pareció evaporarse por completo, y sus pupilas azules centellearon con renovada vitalidad como si nada hubiera ocurrido.
"Claro que, considerando que apenas acaba de ser nombrada baronesa, con su nombre solo te reconocerán como tal por los alrededores de Deomar."
"Ah..."
'Conque por eso me llama semicaballero y no caballero.'
El torrente de entusiasmo que amenazaba con desbordar su pecho se enfrió a una velocidad fulgurante.
'Desde luego, no podía ser tan fácil'.
Habiendo coincidido hasta entonces, muy a su pesar, únicamente con caballeros formidables, aun si le confirieran el título de caballero en ese mismo instante, Vlad no habría podido aceptarlo de corazón. Sabía perfectamente que todavía carecía de demasiado para situarse a la misma altura que ellos.
"Tch".
Invadido por un vago dejo de pesar, Vlad manoseó el pañuelo que le había entregado Alicia. La suavidad que acariciaba sus yemas resultaba sumamente grata al tacto.
"Aunque lo hayas tomado por error en su momento, ahora que conoces su significado, procura no perder ese pañuelo por nada del mundo".
"¿Qué ocurriría si lo pierdo?".
Ante la inocente pregunta de Vlad, Josef se encogió de hombros y respondió:
"Tendrás que afrontar las consecuencias tú solo. Al recibirlo con ambas manos, así quedaron selladas las cosas".
"...... Jamás debo perderlo, entonces".
Al escuchar las palabras de Josef, Vlad guardó el pañuelo que Alicia le había entregado en lo más profundo del pecho. Era la primera vez en su vida que recibía un objeto que exigiera semejante esmero, por lo que, sin previo aviso, un rincón de su corazón comenzó a tornarse pesado.
"Bueno, aunque el desenlace haya sido insólito, gracias a ti todo salió a pedir de boca, así que esto ya no hará falta".
Josef extrajo una hoja de papel y la agitó ante Vlad. Era un pliego colmado de letras diminutas como granos de sésamo.
"Agradezco tu esfuerzo una vez más. Gracias a ti, el asunto no se enredó".
"¿Qué es esto?".
Ante la pregunta de Vlad, Josef le entregó el papel, ahora inservible. Al revelarle la verdadera naturaleza de lo ocurrido, le mostraba a su vez el rol que el muchacho había desempeñado. Aquello constituía una suerte de lección que Josef impartía a Vlad, y también una recompensa a su propio modo.
"Era una previsión por si perdías el duelo".
"...... Ah".
Al tomar el papel que Josef le tendía, Vlad rememoró los sucesos de aquel día. Josef le había pedido que resistiera apenas diez minutos, asegurándole que tenía algo preparado.
"¿Un pa...... pagaré?".
Habiendo aprendido las letras gracias a Haben, Vlad leyó titubeante lo escrito en el pliego.
"Aun así, reconozco tu mérito al haber aprendido a leer".
"Gracias, mi señor".
Respondiendo al elogio de Josef, Vlad descendió la mirada hacia la sección inferior, donde se hallaba el encasillado para la firma.
'¿Alicia?'.
Quien tomaba el préstamo era Alicia Heinal. Y la suma...
'¡Diez mil monedas de oro!'.
Al descubrir una cifra tan exorbitante, Vlad abrió los ojos de par en par y clavó la mirada en Josef. Sentado frente a él, su señor sonreía con una mueca sombría.
"Era el medio para asegurar su custodia física si perdías el duelo. Aunque, por supuesto, el dinero jamás llegó a prestarse".
Arrebatándole el papel a Vlad, Josef prosiguió:
"En caso de que perdiera toda su posición y títulos, Alicia había acordado entregarse a mí".
De haber sido derrotada por Endre, Alicia habría acabado muerta, sin duda alguna. Para Endre, resultaba inadmisible dejar con vida el menor brote de discordia. Por ello, Josef preparó de antemano un pretexto legítimo para tomar su custodia antes que nadie. Y con él, la fuerza suficiente para hacer valer semejante legitimidad.
"¿Había necesidad de traer a la señorita...... Alicia consigo a toda costa? Tengo entendido que, de haber perdido el duelo, se habrían esfumado sus derechos sucesorios".
Sintiendo la extraña impresión de que pronunciar su nombre despertaba un afecto innecesario, el muchacho inquirió.
"Cierto es".
Guardando de nuevo el pagaré en su pecho, Josef sentenció:
"Sin embargo, la legitimidad es como una brasa oculta entre las cenizas: si topa con el viento propicio, puede reavivarse cuantas veces haga falta".
Aunque Endre se hubiese erigido en el nuevo barón de la Casa Heinal, saber que Alicia obraba en manos de Bayezid le habría infligido una presión asfixiante. Así era la legitimidad: una flecha que pendía en el aire, sin saberse en qué instante caería sobre uno.
"Ya comprendo".
Tras asimilar aunque fuese una mínima brizna del mundo de la nobleza, el muchacho quedó maravillado. Por fin parecía entender por qué los nobles vivían rigiéndose por la legitimidad.
"Entonces, ¿cabe la posibilidad de que termine batiéndome de nuevo contra Sir Pablo?".
"...... ¿Tú crees?".
A tenor de lo que Vlad acababa de aprender, dado que Endre continuaba con vida, la brasa de la sucesión seguía encendida. Siendo así, cabía la posibilidad de que un día tuviera que medirse de nuevo con Pablo de Arnstein. Con esa idea en mente interrogó a Josef, pero la contestación obtenida no fue más que una réplica tibia y ambigua.
Mientras Vlad lidiaba con la perplejidad ante la reacción de Josef, Zayar intervino de pronto desde el exterior de la ventanilla.
"Lord Josef. Individuos no identificados se aproximan hacia nosotros".
"¿El color de sus ropajes?".
"Visten de negro y lucen una cinta azul anudada al antebrazo".
Ante el parte de Zayar, Josef asintió y ordenó:
"Bien. Da la señal".
"Sí".
Recibida la orden de Josef, Zayar hizo una seña a Sir Bordan con la mirada.
\*¡Fiiiiii!\*
El viejo y orondo caballero extrajo un silbato y sopló con todas sus fuerzas. Era un silbido tan agudo y sutil que únicamente los hombres instruidos podían advertirlo.
\*¡Fiiiiii!\*
O, en su defecto, alguien con un oído tan fino como el de Vlad.
"Han respondido".
"Bien. Al final, terminé empleándolos para otro propósito".
"...... ¿?".
Mientras Vlad, incapaz de sumarse a la conversación, alternaba la mirada entre ambos con desconcierto, una hueste de jinetes ataviados de negro se lanzó al galope desde la distancia. Como si hubiesen estado apostados guardando el camino, aquellos hombres cayeron sobre ellos en un parpadeo, sin dar margen alguno a reaccionar.
"Nos hemos demorado un poco cobrando el debido precio, Lord Josef".
"Buen trabajo".
El que parecía ser el cabecilla se acercó al carruaje sin traba alguna y, al tiempo que le entregaba a Josef un envoltorio de tela negra, inquirió:
"¿Es este?".
"El mismo".
"Por los alrededores ya no se habla de otra cosa".
"Trátalo con aprecio más adelante".
Al ver a un desconocido conversar con Josef con semejante soltura, Vlad dedujo a grandes rasgos que se trataba de un aliado, pero no logró disimular la tensión en su semblante.
"......".
Vlad acababa de hacer florecer su propio mundo. Y precisamente porque en su interior anidaba una percepción antes desconocida, el hombre ante sus ojos despedía una presencia más que suficiente para ponerlo en guardia.
La maraña de cicatrices grabadas en su rostro. La densa fetidez a peligro que emanaba de él. El instinto le advertía que no debía bajar la guardia ante aquel individuo de negro bajo ningún concepto.
"¿Vendrán con nosotros?".
"Nosotros debemos emprender el regreso cuanto antes".
"Una lástima. Agradezco vuestro servicio".
"Solo cumplimos con nuestro deber como espadas de Bayezid".
A la señal del hombre cubierto de cicatrices, los jinetes de negro emprendieron la marcha al unísono con movimientos depurados. Aquel porte disciplinado evocaba a un auténtico ejército.
"Mmm. Parece que en el fondo albergabas esperanzas de un duelo; es una lástima".
"¿Señor?".
Mientras Vlad se quedaba absorto contemplando a aquellos hombres que habían llegado como el viento y partido con la misma premura, Josef desató el envoltorio entregado por el hombre de negro y esbozó una sonrisa enigmática.
"Si deseas volver a ver a tu dama, me temo que tendrás que buscar una excusa ajena a los duelos".
"......".
Vlad percibió una frialdad lacerante agazapada tras la chanza de Josef. Era una sensación que había experimentado hasta la saciedad en los callejones.
Con cautela, Vlad abrió el envoltorio que Josef le tendía. Junto al tacto húmedo y viscoso, emergió un hedor que le resultaba familiar.
"...... Supongo que sí".
En el interior de aquel envoltorio negro que el muchacho contemplaba yacía, en toda su crudeza, el mundo de la nobleza.
Frío.
Cruel.
Y habitado por hombres que jamás concedían el perdón.
Endre, el hombre que osó burlarse de Bayezid.
Allí estaba.
Con los ojos desorbitados, incapaz de cerrarlos ni en la muerte.
\-----
• Autor: Q10
• Traductor: Inmensurable
⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨

Continúa leyendo
El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela)
Capítulo 41
El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 40
Estás leyendo el capítulo 40 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 19 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.