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Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 38 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Al abrir los ojos, se topó con un techo desconocido. "Me muero..." En realidad, era un techo que llevaba contemplando desde el día anterior. Sin embargo, por más que mirara los fastuosos ornamentos labrados en él, continuaban pareciéndole del todo extraños. Para un muchacho oriundo de los callejones, el sentido estético de la nobleza seguía perteneciendo a un terreno inalcanzable. "Urrggh..." Vlad intentó alzar la mano hacia la jarra dispuesta a su lado, pero las articulaciones le punzaron como si lo azotara una fiebre devastadora. No presentaba heridas externas de consideración, pero afirmar que todo el cuerpo le dolía hasta los huesos describía con exactitud su estado actual. Y no era para menos: había destrozado con todas sus fuerzas la cáscara que lo confinaba. "...Goat." "¿Qué pasa, jefe? ¿Te duele algo? ¿Quieres que llame a alguien?" Goat, que cabeceaba adormilado en la silla junto al lecho, despertó sobresaltado ante el llamado de Vlad y empezó a interrogarlo con un desvelo exagerado. "..." A Vlad le disgustaba aquella actitud tan transparente, cuyas intenciones saltaban a la vista, pero a esas alturas optó por dejarlo pasar. Después de todo, sabía de sobra por qué permanecía a su lado. "Dame agua." "¡Enseguida! ¿Eh?" Al percatarse de que no quedaba agua en la jarra, Goat salió a toda prisa del aposento. Vlad contempló su espalda mientras se alejaba y pensó: 'Aun así, vale la pena tenerlo cerca.' Sus intenciones eran transparentes y su propósito, manifiesto; tal vez no fuera alguien de fiar, pero al menos podía conservarlo al lado y andarse con cautela de antemano. A lo largo de la vida abundaban los tipejos que se acercaban sonriendo de frente mientras ocultaban una hoja despiadada a la espalda. Antes que recibir una puñalada trapera sin margen para reaccionar, era preferible mantener cerca a un individuo como Goat. "...Además, hace bien su trabajo." Que un antiguo mercenario cumpliera cabalmente sus deberes como mozo de cuadras de la Casa Bayezid demostraba que, al menos, no era tan inepto como para morir de hambre en cualquier rincón. Aunque le costaba admitirlo, también lo había ayudado en más de una ocasión, de modo que estaba dispuesto a dejarlo recoger las migajas que cayeran a su paso. Comprendía de sobra el afán de Goat por aferrarse a él. \*Clic.\* Mientras ordenaba sus pensamientos por un instante, la puerta se abrió y entró Goat —o eso supuso él—. "Sírveme agua." "..." Con la mirada perdida aún fija en el techo desconocido, Vlad le ordenó con naturalidad que le sirviera. Si pretendía llamarlo jefe, qué menos que ocuparse de eso. \*Glug, glug, glug.\* Al oír el sonido del agua cayendo con suavidad en la copa, Vlad giró la cabeza. En vez de un grito, de su garganta solo brotó un soplido ahogado: "Huuu..." "¿Has descansado bien?" La persona que le servía el agua en silencio a su lado... "Es un alivio ver que has recobrado las fuerzas." Con una sonrisa serena y benevolente, muy impropia de su porte habitual, el hombre que vertía el agua era nada menos que Josef, aquel a quien había jurado lealtad incondicional. Al percatarse de la mayúscula insolencia que acababa de cometer, Vlad agachó la cabeza a toda prisa y balbuceó: "Lo... lo sien..." "Basta. Quédate tranquilo." Sin reparar en el dolor lacerante que le carcomía las extremidades, Vlad se apresuró a recibir la copa que Josef le tendía y bebió con desesperación, abrumado por el desconcierto. El agua que no alcanzó a tragar se derramó sobre el cobertor. "¿Te duele algún sitio en particular?" "...Ninguno, mi señor." Quizás porque la frialdad del agua le aclaró los sentidos, Vlad respondió adoptando la compostura disciplinada que había aprendido a fuerza de innumerables reprimendas de Sir Zayar. "Bien." Josef tomó asiento en la silla que Goat ocupaba instantes antes y contempló a Vlad. "Te lo agradezco. A decir verdad, jamás imaginé que llegarías a tanto." Al rememorar el formidable desempeño que Vlad había demostrado aquel día, Josef se dirigió a su escudero con absoluta sinceridad. "Gracias, mi señor." Al percibir la sinceridad que entrañaban las palabras de Josef, Vlad apretó ambos puños de manera involuntaria, intentando revivir las sensaciones de aquella jornada. Acudieron a él recuerdos tenues; reminiscencias semejantes a flores marchitas que habían perdido todo su aroma, pero que, con solo evocarlas, hacían que el pecho le palpitara con fuerza desbocada. "Por cierto... ¿qué ocurrió con el duelo?" De haberse tratado de la relación ordinaria entre un noble y su escudero, formular semejante pregunta habría sido impensable. Sin embargo, Vlad juzgó que le era lícito llegar hasta ese umbral. Sabía de sobra que era uno de los contados tripulantes a bordo de aquel imponente navío llamado Josef, y uno de los hombres en quienes su señor depositaba mayores expectativas. Vlad de Shoara era un hombre legitimado por la venia de Josef. "Cierto. El duelo. Debo ponerte al corriente." Desde el instante en que abrió los ojos en esa estancia, Vlad se había carcomido de curiosidad por el desenlace. ¿Qué habría sido de aquella dama de cabellos aguamarina que lloraba con desolación? ¿Habría obtenido Josef lo que tanto ansiaba tras pedirle que resistiera diez minutos? Eran innumerables las dudas que lo asaltaban, pero Goat no pasaba de ser un mozo de cuadras y las únicas que entraban de tanto en tanto eran las doncellas encargadas de curarle las heridas; jamás había tenido a nadie a quien interrogar. "Habiendo sido el protagonista del duelo, es indiscutible que tienes derecho a conocer los pormenores." Y ahora, ante los ojos de Vlad, se hallaba el hombre que sostenía todas las riendas del asunto. Josef asintió ante la pregunta de Vlad y habló: "El duelo ha quedado en suspenso." "¿En suspenso...?" "Significa que se ha postergado sin dictaminar un vencedor." Josef le explicó que las reglas del duelo sagrado y los Preceptos del Maestro de la Espada se habían entrelazado, tornando la situación en un dilema sumamente intrincado. Vlad asentía conforme escuchaba sus palabras. Los Preceptos del Maestro de la Espada. Aunque no le había revelado el desenlace cabal del lance, en su interior resonaba el recuerdo de cierta voz que le había esclarecido punto por punto la naturaleza de aquellos preceptos. "Para ser investido caballero, es menester prestar juramento bajo los Preceptos del Maestro de la Espada. Vlad, si la fortuna te acompaña, llegará el día en que tú también pronuncies ese voto." Al escuchar de labios de Josef el protocolo indispensable para acceder al orden de la caballería, Vlad sintió que un cosquilleo ardiente le nacía desde el fondo del pecho. Caballero. Aquella palabra que, con solo articularla entre los labios, infundía una reverencia sobrecogedora; el ideal que siempre había idolatrado. Y ahora, el muchacho acababa de plantar el primer pie sobre el sendero que conducía a ella. Era el instante en que un sueño se consagraba como meta. "Confío en que te cuides y reposes debidamente. Sería un inconveniente que te quedaras postrado en este sitio por demasiado tiempo." "Si es preciso, ahora mismo puedo..." "De ningún modo." Josef se puso en pie y sentenció: "Pues soy un hombre que sabe atesorar aquello que merece ser preservado." Josef sonrió mientras miraba a Vlad. "Habrá una recompensa por este asunto. Así que descansa con tranquilidad." Una explicación sobre el desenlace, unas palabras impregnadas de sinceridad y, además, la promesa de concederle aquello que merecía por derecho. Josef, habiendo venido únicamente a pronunciar lo estrictamente necesario, cruzó la puerta en silencio. "..." Vlad sopesó con calma las palabras que Josef acababa de pronunciar mientras volvía la cabeza hacia la espada apoyada junto al lecho. La luz bermeja del sol, que apenas comenzaba a declinar, se filtraba a través de la ventana y se posaba sobre el arma desprovista de ornamentos. "Una recompensa..." La afirmación de Josef sobre otorgar lo que correspondía por haber cumplido con el deber no era, en verdad, una regla universal. Especialmente en los callejones donde el muchacho se había criado. Una retribución no siempre llegaba como consecuencia del esfuerzo, y a menudo ni siquiera se concedía a pesar de haber obtenido resultados. Por tanto, había tenido fortuna. De haberse topado con un hombre como Josef. Vlad extendió la mano hacia la espada que lo había acompañado desde el instante en que escapó de Shoara con tales pensamientos en mente. Aquella que un viejo herrero carente de destreza forjó por última vez, empeñando en ella hasta el aliento final de sus fuerzas. La única existencia en la que siempre podía apoyarse, al margen del esfuerzo o del resultado. "Lo hice bien en ese momento, ¿verdad?" Ante la pregunta de Vlad, la espada resonó con un tenue gemido. Esta vez no provino del acero carente de adornos, sino de la voz alojada en las profundidades de su alma. \* \* \* Un corredor desierto se teñía con el fulgor escarlata del crepúsculo. A lo largo de aquel pasillo por el que parecía que nadie jamás transitaría, avanzaba un hombre. El caballero que no conocía el honor. Sir Joubert, de la Casa Shazard, se disponía a partir tras haber dado por concluidas todas sus tareas en el feudo de la Casa Heinal. Si bien cabía calificar la misión de fracaso, su señor también lo comprendería en cuanto conociera el cariz que habían tomado los acontecimientos. Pues nadie podía culpar al mar por el embate de las olas, del mismo modo que no se le podía reprochar al cielo que soplara el viento. Lo ocurrido aquel día rebasaba con creces el dominio donde incluso alguien con la destreza de Joubert pudiera intervenir. Había sido, a todos los efectos, una calamidad. 'Cuanto más lo pienso, más absurdo resulta'. Que todas las circunstancias hubieran encajado de semejante forma. Al rememorar lo acontecido en la arena del duelo, un desenlace que se antojaba más inverosímil a cada instante que lo meditaba, Joubert se humedeció los labios resecos con la punta de la lengua. Y mientras recorría el pasillo sumido en tales reflexiones... "Vaya... qué saludo tan violento." De entre las sombras situadas al final del corredor, una espada brotó de improviso. "...No había necesidad de llegar a tales extremos." "Es que a mí me apetecía llegar a tales extremos, precisamente." De la densa penumbra emergió un hombre tuerto. Sir Zayar, caballero de la Casa Bayezid. Con la furia ardiendo tras el ojo izquierdo cubierto por un parche, había aguardado en la oscuridad al caballero sin honor. "¿Cuánto tiempo lleva esperando? ¿Acaso no tiene mejores ocupaciones?" "Hoy es mi día libre." "¿No le parece un desperdicio malgastar su descanso de esta forma?" A pesar de que el frío filo de la espada le rozaba el cuello, Joubert no borró la sonrisa de su semblante. Daba la impresión de ser la clase de hombre que mantendría la sonrisa incluso en el trance de su propia muerte. "En los días libres siempre corresponde ponerse al día con los asuntos pendientes." Sin embargo, en lo tocante a poseer un carácter retorcido, Zayar distaba de ser alguien a quien tomarse a la ligera. Entre una sonrisa fingida y un semblante glacial, ambos caballeros se encaraban mutuamente. "Comprendo su resentimiento, pero yo tampoco tuve alternativa." "Me da la impresión de que yo me encuentro exactamente en la misma situación." Desde la punta de la espada de Zayar, que oprimía el cuello de Joubert, comenzó a manar una gota de sangre escarlata. La gota se deslizó y fue absorbida de inmediato por la alfombra roja que cubría el suelo del pasillo. "¿Pretende matarme?" "..." Ante la pregunta de Joubert, quien conservaba la compostura aun con la sangre brotando de su garganta, Zayar respondió con un pétreo silencio. "Qué desconsiderado. Ejerciendo ambos el mismo oficio, debería mostrar al menos un poco de comprensión." Aunque sus labios proferían reproches por semejante trato, Joubert juntó dos dedos y apartó con suavidad la punta del arma de Zayar. Un tenue resplandor titilaba en las yemas de sus dedos. "Pero ¿qué se le va a hacer? Si el amo ordena ladrar, uno no tiene más remedio que ladrar." Para un caballero, la orden de su señor ocupaba el primer lugar, y su propio honor, el segundo. Por esa misma razón, para un caballero desprovisto de honor, solo existía una cosa de auténtica importancia: la orden de su señor. "Usted también es un sabueso que solo muerde cuando su amo se lo manda, ¿no es así? Los demás nos describen llamándonos espadas, pero en el fondo la realidad dista mucho de ser esa." Zayar no se molestó en replicar a las burlas del hombre que tenía enfrente. ¡Plaf! "¡Kgh!" En su lugar, descargó un puñetazo cargado de furia. Del rostro de Joubert brotó una salpicadura de sangre carmesí. "Mi señor goza de un carácter benigno, de modo que tolera que propine un mordisco ligero." "Kgh... qué vida tan regalada la suya." Escupiendo el sabor metálico y sanguinolento de su boca ensangrentada, Joubert volvió a esbozar una sonrisa. "¿Basta con esto?" "Un golpe más." Apenas terminó Joubert de formular la pregunta, la rodilla alzada de Zayar se clavó implacable en su abdomen. "¡Cof... cof!" "Perteneciendo al mismo gremio, supongo que comprenderás esto, ¿verdad?" "Cof... hum. Ciertamente... ha sido una medida justa." Al contemplar el desparpajo que Joubert aún conservaba a pesar de la paliza, Zayar frunció el ceño. Aquel día, en el terreno del duelo, el caballero sin honor había engañado a Alicia y se había burlado abiertamente de Josef. Para Zayar, habiendo presenciado cómo ultrajaban el honor de su señor, era una afrenta que de ningún modo podía tolerar. Sin embargo, quitarle la vida al caballero que tenía frente a sí no era una resolución que él —ni tampoco el propio Josef— pudiera tomar a la ligera. Aunque los vínculos entre ambas casas estuvieran fracturados sin remedio, en aquel lugar ellos no eran más que huéspedes invitados. Además, el acto de matar a un caballero juramentado de otra casa noble equivalía prácticamente a una declaración formal de guerra. Pese a que las relaciones con la Casa Shazard se hubieran roto por completo, decidir si escalar ese conflicto al plano de las armas escapaba a la autoridad de Josef. El único facultado para disponer una medida semejante era un solo hombre: Peter Bayezid, el patriarca y señor absoluto de la Casa Bayezid. "Espero con sincero interés que nos volvamos a encontrar." "Bueno, sospecho que no tardaremos demasiado en vernos." Al corriente de tales circunstancias, ambos caballeros liquidaron, aunque fuera de forma mesurada, las deudas pendientes que debían saldar y cobrar. "¿Acaso no corren tiempos en los que el imperio se resquebraja y los hombres se congregan al compás de sus ambiciones?" Al ver a Joubert sonreír con total naturalidad a pesar de los golpes encajados, incluso Zayar chasqueó la lengua con incredulidad. "Hasta la próxima ocasión." Observando la silueta de Joubert alejarse mientras agitaba una mano en el aire por encima de la cabeza, Zayar enfundó su espada con parsimonia. Probablemente Joubert no se equivocaba. Aquellos tiempos se avecinaban a paso firme. Una época en la que, más que nunca antes, se necesitarían las espadas. \----- • Autor: Q10 • Traductor: Inmensurable ⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨
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Estás leyendo el capítulo 38 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 19 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.