Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 37 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
"..."
Sobre una suave colina, una serpiente blanca se enroscaba en soledad alrededor de un árbol.
Una criatura que no pertenecía al mundo terrenal del muchacho mantenía los ojos cerrados, escuchando en silencio.
¡Tung!
Emanando un fulgor diáfano y puro, la serpiente blanca se desperezó con lentitud al percibir el eco que retumbaba desde la mansión.
¡Tung!
Era, sin lugar a dudas, un sonido desconocido; no obstante, en aquella resonancia latía la huella de alguien a quien había anhelado durante una eternidad.
Por esa razón, la serpiente se regocijó con aquel rumor y alzó la cabeza hacia lo alto. Hacia la inmensidad del firmamento.
"¡...!"
Abriendo sus fauces de par en par, lanzó un grito mudo que nadie en este mundo sería capaz de escuchar. Aquel alarido de infinita soledad, aunque había nacido de la tierra, fue reconocido únicamente por los cielos.
Shuaaaa.
La lluvia comenzó a descender. Eran las gotas del cielo que respondían a la llamada de la serpiente. Al recibir la llovizna sobre sus escamas, la serpiente se sintió colmada de dicha, pues ante ella se desplegaba el mismo paisaje de aquel tiempo remoto en que descendió por primera vez sobre las ramas del árbol.
Las diminutas nubes convocadas por la serpiente se congregaron unas con otras hasta cubrir el sol del día. Y la lluvia que manaba de aquellas nubes preñadas de luz solar era una llovizna tibia, idónea para un día de primavera.
Una lluvia consagrada exclusivamente para el muchacho.
\* \* \*
Un silencio sepulcral reinaba en la sala.
¡Tung!
Incapaces de articular un solo aliento, los presentes se limitaban a contemplar la escena petrificados por el asombro.
"¡Ugh!"
Gotas de sangre escarlata salpicaron el suelo. Manaban de la palma forzada con que el muchacho aferraba su arma. Aferrada con una fuerza inquebrantable, como si jurara no soltarla jamás, la espada austera y sin ornamentos destilaba un fulgor rojizo a lo largo de su hoja.
La voluntad nítida y pura del muchacho fluía a través del acero.
"¿Qué demonios es esto...?"
El gentío presenciaba el espectáculo con auténtico estupor. Los movimientos de un simple escudero interceptando y quebrando la espada de un caballero consagrado.
Wung... wuuung... wung...
Y, lejos de ser una simple ilusión, el llanto sonoro que entonaba la propia espada.
\[...\]
Aquel gemido no procedía de la voz que habitaba en el alma del muchacho.
Era la voz de aquella espada sin adornos: forjada a partir del sueño de un anciano, comprada con las lágrimas de una muchacha y blandida con la férrea voluntad de un joven huérfano.
La espada del muchacho estaba llorando.
'¡No se la mostré para que la usara de esta manera!'
Al contemplar la escena, Zayar se palpó el parche del ojo sin darse cuenta, incapaz de disimular su absoluto desconcierto.
Vlad había estado impaciente. Cada vez que daba un paso al frente, se topaba invariablemente con el rastro abrumador de guerreros formidables que le bloqueaban el paso. Sin saber apenas caminar, ansiaba echar a correr a toda prisa con tal de vislumbrar el final de un sendero que parecía no tener término.
Pero aquello era un error. Un salto poderoso solo puede ejecutarse cuando los pies pisan un suelo firme y sólido.
Por ello, con la única intención de aplacar la precipitated del muchacho, Zayar le había mostrado aquella técnica para recalcarle la importancia de los fundamentos básicos.
'¡Se la mostré para que perfeccionara los fundamentos y ya se atreve a usarla en pleno combate!'
Aquel insolente le había robado la técnica ante sus propias narices. Se había adueñado de algo que nadie le había enseñado formalmente y lo ejecutaba a su antojo. Aquello era algo que desafiaba toda lógica.
El maestro estupefacto. La multitud sobrecogida. La dama que contenía la respiración con angustia.
"..."
E incluso Josef, quien había elegido una derrota calculada con tal de evitar un mal mayor.
En medio del mutismo cargado de sentido que embargaba a cada uno de los testigos, en el centro del salón solo resonaba el choque incesante del acero contra el acero.
¡Klang!
En la espada del muchacho, que trazaba trayectorias frágiles y continuas como un hilo sutil, el filo cortante había desaparecido; pero en su lugar, se hallaba colmada de una determinación inquebrantable.
Avanzaré hacia adelante. Hacia el lugar donde moran aquellas cosas resplandecientes que jamás me fueron concedidas.
"..."
Al ver al muchacho aproximarse paso a paso hacia él, Pablo mantuvo los labios sellados con severidad. Habría podido poner punto final al duelo en cualquier momento, pero no lo hizo.
Porque en los pasos vacilantes del muchacho todavía latía un propósito nítido.
Wung... wuuung... wung...
Y porque la espada entonaba un cántico desgarrador.
Al percibir con mayor nitidez el llanto del acero debido a la proximidad, Pablo observó la espada de Vlad con extrema atención.
'¿Acaso es posible...?'
Aunque no podía afirmarlo con certeza, aquello era un presagio. Jamás imaginó que semejante milagro fuera a manifestarse en un escenario como este; pero, en ocasiones, las semillas jóvenes echan raíces incluso en los terrenos más inhóspitos donde jamás deberían germinar.
Y si en verdad lo que estaba presenciando era lo que él creía:
"¡Hup!"
Como caballero, Pablo tenía el deber inexcusable de actuar. Porque así lo había jurado ante su honor.
Con la resolución sellada, Pablo descargó su espada con todas sus fuerzas contra Vlad. No era un mandoble destinado a someter al muchacho por la fuerza.
Era un golpe para hacer eclosionar su mundo. Para invocar la flor que pugnaba por brotar en el interior del joven.
Desde el instante en que escuchó el llanto de la espada, la noción de un duelo mundano se había borrado por completo de la mente de Pablo. Lo que estaba a punto de consumar constituía el deber supremo y la mayor gloria reservada a un caballero.
"¡Intenta detener esto!"
A cada embate que el caballero descargaba, la espada del muchacho rompía en llanto.
Y a cada parada con que el muchacho respondía, un destello luminoso brotaba del choque.
"... ¿Qué es esa luz?"
"¿La espada está brillando...?"
Mientras los murmullos crecían entre la multitud al vislumbrar el tenue resplandor que emanaba del arma del muchacho...
Una espada resplandeciente.
Comprendiendo el significado trascendental de aquel fulgor, los caballeros presentes comenzaron a ponerse en pie uno a tras otro.
Zayar, el maestro de Vlad.
Duncan, el viejo caballero bañado en sangre.
Colin, que acababa de saborear la amargura de la derrota.
"... Este mocoso es un fuera de serie."
E incluso Joubert, el artífice de toda esta intriga.
Sin distinción de bandos ni rencillas, todos se levantaron al unísono. Porque todos ellos, sin excepción, eran caballeros.
Chiiik.
El chirrido de las sillas arrastradas por los caballeros se fundió con el eco de las hojas entrechocando en el ring.
La espada del muchacho resplandecía. Estaba a punto de abrir los pétalos de su propio color.
Toda criatura joven y frágil en este mundo posee el legítimo derecho a florecer. El potencial es un atributo sagrado, y los brotes tiernos capaces de manifestarlo a través de su propio mundo interior son un tesoro invaluable.
Por tanto, a vosotros os corresponde custodiar ese instante. Pues esa es la esencia misma de un caballero.
"¡El escudo! ¡Traedme mi escudo!"
Al contemplar la luz que finalmente desbordaba del muchacho, Pablo gritó con urgencia apremiante.
Respondiendo al mandato de su señor, el escudero de Pablo alzó el escudo y lo arrojó al interior del ruedo.
"¡Ven!"
Pablo de Arnstein.
¡Taang!
Hizo chocar su espada contra la superficie del escudo, desatando un estruendo formidable. Una intensa luz amarilla, originada en su ojo izquierdo cerrado, comenzó a envolver la totalidad de su figura.
"¡Yo soy Pablo de Arnstein!"
El grito de Pablo resonó imponente en cada rincón del salón, para que todos los presentes pudieran escucharlo con claridad.
Momentos antes, le había dicho al muchacho que carecía de categoría. Que aquel campo de batalla no era honorable y que aquello no merecía llamarse duelo. Por esa razón, se había negado a revelarle su propio nombre.
"¡Declara tu nombre, muchacho!"
Sin embargo, en este instante, empuñando su escudo, proclamaba su estirpe a pleno pulmón. Dirigiéndose a aquel muchacho que acababa de alcanzar su misma estatura marcial, haciéndose plenamente digno de todo honor.
"Yo soy..."
En medio de una consciencia que se desvanecía por momentos, Vlad caminaba siguiendo el rastro de sus recuerdos más lejanos.
Avanzando a través de los callejones oscuros, pasando frente a la herrería donde pendía una estrella reluciente. Cruzando su nido ahora destrozado, hacia aquel lugar donde abundaban las cosas brillantes.
La simple diferencia de cruzar una calle. A partir de esa frontera se dividían la luz y las tinieblas.
Se decidía la presencia o la ausencia de una oportunidad a la que aferrarse. Una encrucijada donde el destino quedaba sellado por el mero azar del lugar de nacimiento.
El muchacho caminó a lo largo de esa senda. Dio un paso firme hacia un paraje que jamás había osado pisar. Hacia el reino de la luz.
Muchacho que naciste en el fango de los desheredados, pero cuyos pies avanzan sin descanso hacia los dominios del resplandor: has demostrado con creces tu derecho a existir.
Por tanto, ¡proclámalo al mundo!
"... Yo soy Vlad de Shoara."
Con aquel grito nacido de lo profundo de su pecho, la espada austera quedó envuelta en un fulgor enceguecedor.
Bajo la mirada atenta de los mundos que empuñaban el acero, una flor jamás vista comenzaba a florecer.
¡... !
Desde los cielos descendía una lluvia consagrada para el muchacho.
Aunque aquella joven semilla había arraigado en un lodazal inmundo y ponzoñoso, jamás dejó de alzar la vista hacia lo alto ni renunció a albergar las estrellas en su seno.
Por esa razón, hoy era capaz de florecer en este sagrado lugar.
"¡Adelante, Vlad de Shoara!"
El mundo recién nacido y el mundo curtido colisionaron de frente, inundando el salón con una luz colosal y sobrecogedora.
Y junto con ese fulgor, una flor eclosionó finalmente.
La raíz de la flor forjada por el muchacho era de un blanco intenso.
El tallo de la flor forjada por el muchacho era de un verde dúctil y sereno.
Y el color de los pétalos que el muchacho desplegó al viento era...
"¡Haaaaah!"
El azul melancólico de la luna.
Una pálida luz de luna azul se abalanzó contra la muralla de piedra alzada por Pablo.
El muchacho que había tomado prestado el honor, hizo ascender hoy la luna en el firmamento.
Vlad de Shoara. Hoy, un nuevo mundo abrió sus pétalos ante la creación.
\* \* \*
"... Has peleado con honor."
Pablo acogió en sus brazos al muchacho que caía desvanecido. Hacia aquel joven que, a pesar de tener los ojos en blanco por el colapso, jamás soltó el puño de su espada.
Hilos de sangre rojiza descendían por la punta de la hoja que Vlad continuaba aferrando con obstinación inaudita.
Aquellos que comprendían lo ocurrido guardaban un solemne respeto por el muchacho que acababa de despertar su propio mundo interior; mientras que los profanos apenas comenzaban a murmurar, sobrecogidos por la repentina y cegadora luminiscencia de su arma.
"¡Aura...! ¡Eso fue Aura!"
El único individuo embriagado por la codicia de su propia presa saltó hacia el centro del salón chillando a voz en cuello:
"¡El uso de Aura está terminantemente prohibido en el duelo! ¡Vlad de Shoara queda descalificado!"
Quienes solo viven desviviéndose por sus mezquinos intereses contemplan una flor hermosa y solo piensan en el fruto que brotará cuando esta se marchite. La conducta de Ender era el vivo reflejo de semejante bajeza.
Ante los berridos de Ender, varios nobles que recién asimilaban la escena comenzaron a asentir con la cabeza:
"Aura... ciertamente fue Aura."
"¿Un escudero empuñando el Aura?"
"Es el escudero de la Casa Bayezid. Ahora que me fijo, el color de la armadura que viste..."
Mientras el gentío comenzaba a agitarse en acaloradas discusiones al desvelarse la naturaleza del fulgor...
"..."
Una figura descendió con paso pausado desde los asientos de honor.
Aunque bajaba en absoluto silencio, todas las miradas convergieron sobre él. Poseía una presencia imponente y la investidura de quien ostenta el legítimo derecho a ser escuchado.
Josef de la Casa Bayezid.
Aquel noble de sangre ilustre se detuvo frente al caballero que sostenía en brazos a su escudero.
"Muchas gracias."
E inclinó profundamente la cabeza en señal de gratitud.
"Le agradezco de todo corazón que haya cumplido con el sagrado deber de un caballero para con mi escudero."
"Tan solo cumplí con mi obligación."
Tras traspasar el cuerpo de Vlad a los brazos de un Zayar que subía al estrado, Pablo inclinó la cabeza devolviendo la cortesía a Josef.
"Señor sacerdote."
Habiendo expresado su reconocimiento a Pablo por haberlo dado todo para quebrar el cascarón de Vlad, Josef volvió el rostro hacia el clérigo que presidía la contienda:
"¿Fue verdaderamente Aura?"
"S-Sí, en efecto, lo fue."
Ante la confirmación del sacerdote, Josef asintió con serenidad.
Siendo así, correspondía la descalificación. Puesto que el reglamento del duelo prohibía taxativamente el uso de Aura para evitar derramamientos de sangre fatales.
Sin embargo:
"En ese caso, permítame formularle una sola pregunta más."
Josef clavó una mirada gélida sobre aquel usurpador que aguardaba salivando de codicia al otro lado del salón:
"Entre las normas de un duelo sagrado y los Preceptos del Maestro de la Espada, ¿cuál de ambos ostenta una jerarquía superior?"
"... Ah, sabía que saldría con esto."
Ante la pregunta de Josef, el clérigo se llevó la mano a la frente y dejó escapar un lamento derrotado, comprendiendo lo que se avecinaba.
Maestro de la Espada. El señor indiscutible de la espada.
Un título reverenciado que solo podía ostentar un único elegido reconocido por su época. Y existían ciertos preceptos divinos vinculados a aquel título glorioso, que en toda la historia de la humanidad únicamente un hombre había llegado a poseer.
Leyes sagradas que todo caballero estaba obligado a acatar.
"... No es un dilema que alguien de mi humilde condición pueda dirimir en este estrado."
El sacerdote que oficiaba la lid alzó ambas manos como quien declara su rendición incondicional:
"Los Preceptos del Maestro de la Espada representan el honor, el deber y están intrínsecamente ligados a la autoridad real. Como siervo de Dios, semejante dictamen escapa por completo a mi jurisdicción."
"... Comprendo."
Ante la respuesta del eclesiástico, una sonrisa asomó a los labios de Josef.
Con aquello era más que suficiente.
"Endre Heinal."
Endre, que contemplaba la escena con una mueca de creciente inquietud al presentir que las cosas se torcían, respondió al llamado de Josef:
"¿De qué se trata?"
Josef lo observó y pensó para sus adentros:
'Te pedí que me ganaras tiempo, Vlad, y me has traído una oportunidad de oro. Me disponía a aceptar un mal menor, y me has entregado el mejor de los desenlaces posibles. Por tanto, te juro que no desperdiciaré el camino que me has abierto.'
"El resultado del duelo queda en suspenso."
Ante el veredicto de Josef, el rostro de Endre se cuarteó como barro seco quebrado por la sequía.
En suspenso.
Una resolución que no era ni descalificación, ni derrota, ni renuncia voluntaria. Josef acababa de declarar que el desenlace de la contienda se postergaba indefinidamente.
"¡¿Q-Qué disparate está diciendo?!"
"Las leyes sagradas y las normas mundanas han entrado en conflicto."
Aquel hombre de densas ojeras sonrió con una frialdad tan profunda como la sombra que proyectaba su figura:
"Puesto que nadie en este recinto tiene la potestad de determinar cuál de las dos prevalece, considero imperativo elevar el informe de lo acontecido ante la Santa Sede y la corte imperial en la capital."
Pablo había alzado su escudo por propia voluntad para salvaguardar el deber de un caballero. Y desde el instante en que empuñó ese escudo, lo que se libró en este salón dejó de ser un duelo de honor convencional.
Los Preceptos del Maestro de la Espada.
Habiendo jurado acatar esos preceptos para ser armado caballero, Pablo había contribuido hoy a despertar un nuevo mundo, tal como antaño dispusiera la voluntad de aquel primer maestro.
¿Qué debe prevalecer: el honor de un duelo o el deber primordial de la caballería?
Nadie en esta sala poseía la autoridad para responder a semejante interrogante. Los únicos señores legítimos facultados para resolverlo residían muy lejos de allí, en Brigantes, la ilustre capital del Imperio.
"Por ende, propongo suspender formalmente el resultado de hoy hasta que se emita un dictamen definitivo desde la capital."
La boca de Endre se abrió de par en par, sumido en un estupor idiota.
A Josef le tenía sin cuidado cualquier improperio que brotara de esos labios a partir de ahora. Jamás soltaría la justificación suprema a la que acababa de aferrarse.
Aquella valiosa oportunidad que nadie había previsto, nacida de las manos de un muchacho al que todos daban por desahuciado.
\* \* \*
Toda criatura joven y frágil en este mundo posee el legítimo derecho a florecer.
El potencial es un don sagrado, y los brotes tiernos capaces de expresar su propio mundo interior son un tesoro invaluable.
Por tanto, tenéis el deber de proteger ese instante sagrado.
Todo aquel que empuñe una espada de honor, jurad bajo mi nombre, Frausen, rey fundador y Maestro de la Espada, que cumpliréis con vuestro deber de caballería.
Ese es mi primer precepto.
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• Autor: Q10
• Traductor: Inmensurable
⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨

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Estás leyendo el capítulo 37 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 19 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.