Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 277 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Consuegra. Una aldea común y corriente, de esas que podían hallarse en cualquier rincón, situada en la Baronía Turlek.
Aun así, incluso en aquel poblado tan ordinario existía al menos una estampa singular: la hilera de molinos de viento que se erguía a lo lejos sobre la colina.
"Urrgh..."
En la colina donde la primavera acababa de despuntar, un rebaño de ovejas que pastaba a su antojo se dispersaba como nubes blancas. A ello se sumaban las flores de vivos colores que apenas comenzaban a brotar. Visto desde la distancia, semejaba un cuadro apacible, pero en el rostro de la muchacha que se hallaba de pie en aquel paraje solo había un marcado ceño fruncido.
"¿Por qué estará tan embravecido el viento últimamente?"
Que hubiese molinos en la aldea significaba, por lógica, que se trataba de una comarca ventosa. Sin embargo, soplaba con una aspereza tan desmedida, incluso en comparación con años anteriores, que la muchacha no tenía más remedio que sujetar con fuerza el sombrero que llevaba puesto para no perderlo.
"¿Eh?"
Tras el paso de aquella ráfaga impetuosa, la colina de Consuegra recobró de nuevo la calma. Solo entonces, abriendo los ojos que había cerrado por la ventolera, la muchacha clavó la mirada con fijeza en el molino de enfrente, como si hubiese divisado algo.
"¿Qué es eso?"
A través del pequeño ventanuco del encumbrado molino titilaba una luz semejante a la llama de una vela. Un resplandor de origen incierto que parpadeaba con timidez, como suplicando que alguien reparara en él.
Mas apenas la muchacha advirtió aquella luz, otro vendaval ya se arremolinaba con fuerza sobre la colina.
\*\*\*
"¡Pero bueno! ¿Acaso hicieron este camino para que la gente camine por él?"
Había un grupo avanzando a pie por una senda trazada en medio del bosque. Iban tirando de las riendas de un caballo viejo y de un pequeño burro sobre los que habían cabalgado hasta hacía unos instantes. El hombre que caminaba resoplando de fatiga respondía al nombre de Kihano Frausen. Con el rostro plagado de hematomas amoratados, como si le hubiesen propinado una paliza soberana, Kihano forcejeaba en ese instante por sacar del fango a su montura, incapaz de avanzar por sí misma.
"¡Es que de verdad! ¡No me cabe! ¡En la cabeza! ¿Cobrar peaje llamando camino a semejante porquería?"
¿Sería por la primavera? En la brisa flotaba un aire tibio, pero precisamente a causa de ese clima templado, la vía se había transformado por entero en un lodazal. En pocas palabras, una situación en extremo engorrosa para cualquier viajero.
"Malditos dragones. Solo saben pavonearse desde las alturas y ni se les pasa por la cabeza mirar abajo para arreglar cosas como esta."
"Señor Kihano. ¿Qué hará si alguien lo oye?"
Al oír los improperios contra los dragones brotar de los labios de un Kihano encendido de furia, Jan empezó a mirar a su alrededor con visible sobresalto.
"En mi aldea también hubo alguien a quien se llevaron a rastras en el pasado por hablar mal de ellos."
"..."
"¡Se lo digo muy en serio!"
Al ver a Jan alarmarse y montar semejante escándalo, Kihano frunció el ceño. Bien mirado, así eran las cosas en este mundo. La era de los dragones, donde nadie osaba blasfemar contra ellos ni en la soledad de un sendero boscoso y desierto. Para salir indemne en una época semejante, no quedaba más remedio que tirar en silencio de las riendas y seguir caminando, justo como hacía en ese instante.
"A lo que voy es a que bien podrían abrir los caminos como es debido. Si fuera yo, tendería grandes calzadas que conectasen los cuatro puntos cardinales tomando la capital como núcleo, y luego..."
Este mundo bajo el dominio de los dragones ya era perfecto. Expresar descontento ante un mundo semejante equivalía a una abierta rebeldía contra ellos. Sin embargo, era innegable que a Kihano, un joven de esta era, se le revelaba con nitidez una visión mucho mejor que el presente.
"¡Válgame el cielo, mocoso! ¡Precisamente por soltar semejantes estupideces te echaron de tu familia!"
Mas concebir un porvenir mejor no era potestad de los humanos, sino privilegio exclusivo de los dragones. Por ende, la imagen que Kihano trazaba en su mente no pasaba de ser un delirio irrealizable.
"¡Si aún te quedan fuerzas para decir tales tonterías, preocúpate mejor por llegar cuanto antes a la aldea! Cielos, la juventud de hoy en día... Tsk, tsk."
Kihano dejó escapar un hondo suspiro ante las palabras de la rana que pataleaba sobre la coronilla de Jan. Los ideales con los que soñaba eran elevados, pero al fin y al cabo su situación actual se reducía a tirar de las riendas de un rocín decrépito sobre un barrizal. Para no desplomarse en el fango de la realidad como el viejo animal que tenía delante, no le quedaba otra salida que acatar el orden forjado por los dragones.
"... Aunque el paisaje no está nada mal."
Al pie de la colina que habían remontado a duras penas, se desplegaban las amplias y despejadas dehesas de Consuegra. Una marea verdosa cuya mera contemplación despejaba el ánimo. Ante aquella panorámica que parecía apaciguar el pecho que hasta hacía unos momentos le hervía de fastidio, Kihano respiró hondo.
\*\*\*
"Nombre."
"... Kihano."
"Edad."
"Veinte."
"¿A qué han venido aquí?"
Había pensado que se trataba de una aldea sin mayor trascendencia, pero la actitud de los guardias que les cerraban el paso era sumamente rigurosa.
"Ahí lo dice por escrito. Les repito que vine porque su señor feudal me envió."
Pese a mostrarles la orden provista del sello oficial del señor de la baronía, la hosquedad de los guardias no daba el menor síntoma de ceder. Ante su cerrazón absoluta, Kihano empezó a sentir que se le agotaba la paciencia.
"Dicen que últimamente merodea una bruja por aquí. Vine para atraparla."
Aunque su aspecto, lleno de salpicaduras de barro por doquier, no inspiraba la menor confianza, la orden del señor feudal que portaba era auténtica sin lugar a dudas. Además, dado que se presentaba en calidad de caballero y llevaba consigo a un escudero, cumplía con las apariencias formales, por lo que los guardias ya no tenían motivos para seguir reteniéndolo. Si bien la rana que llevaba encima alegando que era su mascota despertaba hondas sospechas.
"... Le damos la bienvenida a Consuegra, Sir Kihano."
"Entonces, ¿ya puedo pasar, señores?"
"Sí. Adelante."
Cuando levantaron las lanzas que obstruían el paso, comenzó a verse la empalizada que conducía al interior de Consuegra. Sin embargo, la voz de los guardias que volvió a resonar a sus espaldas hizo que Kihano detuviera el paso por un instante.
"En cuanto entre en la aldea, le rogamos que se presente de inmediato ante el señor recaudador."
"... ¿El recaudador? ¿No el alcalde?"
En una aldea de este tipo lo habitual era que el alcalde resolviera los asuntos de cualquier calibre, ¿y de pronto salían con un recaudador? El hecho de que en un poblado tan insignificante residiera un funcionario despachado directamente por el señor feudal hizo que un destello de curiosidad brillara en los ojos de Kihano.
"Sí.
"Y si es posible, guarden la compostura en la aldea...".
"Vaya, vaya. Qué aldea tan cara de visitar. Cuesta entrar y cuesta moverse una vez dentro".
Con esas palabras, Kihano se dio media vuelta y dirigió una sonrisa cargada de picardía hacia los guardias.
"¿De verdad parece que hay una bruja por aquí?".
Brujas. A diferencia de los magos, que canalizaban los misterios, eran personas que obraban prodigios valiéndose de toda clase de artes impuras. Al pensar que aquellas de las que hasta entonces solo había oído mentar tal vez se encontraran de verdad en ese lugar, en el rostro de Kihano afloró una chispa de genuino interés.
\*\*\*
"Disculpe, ¿Lord Kihano? Por aquí no es".
La voz de Jan sonaba lastimera mientras se pegaba a sus talones, sin atreverse del todo a interponerse en su camino.
"Los guardias dijeron con toda claridad que fuéramos de inmediato con el recaudador...".
"Ya lo sé".
Y es que el lugar frente al que se encontraban en ese instante no era el alojamiento del recaudador, sino, de manera completamente disparatada, la entrada de una taberna. Sin embargo, al ver a Kihano avanzar con paso firme y natural, como si aquel fuera el trayecto correcto, Jan, bisoño escudero, no pudo más que dar pisotones de pura frustración.
"Jan, hablas por hablar porque no sabes nada. Por regla general, antes de presentarse ante un responsable, la etiqueta dicta que uno debe sacudirse el polvo del camino, refrescarse el gaznate con un buen trago y solo entonces acudir a la cita".
"... ¿De verdad?".
"¿O qué pretendes hacer si no? No te queda otra que entrar detrás de mí".
Jan frunció el ceño con gesto escéptico, pero Kihano ya había empujado la puerta de la taberna para adentrarse en ella.
"Ejem. Nada mal".
A simple vista, se trataba de la típica taberna de un pueblo cualquiera: un local que servía comida y bebida en la planta baja y funcionaba como posada en el piso superior. Dotado de un olfato capaz de tasar la calidad del lugar con solo percibir el aroma de los guisos flotando en el ambiente, Kihano reconoció de inmediato que el establecimiento era bastante pasable.
"¡Para ordenar!".
"¿Qué es lo que más sale por aquí?".
"De todos modos, solo servimos un plato".
"Pues tráiganos uno de esos y una jarra de cerveza".
"Lord Kihano...".
"Que sean dos platos y una jarra de cerveza, por favor".
Tras dejar la comanda a la mujer que parecía regentar la posada, Kihano paseó la mirada con disimulo a su alrededor y se dirigió a Jan:
"Hay bastante gente".
"Ya lo creo. La comida debe de estar riquísima. En la taberna de mi aldea casi nunca se veía un alma".
En una ciudad concurrida aquello no habría llamado la atención, pero esto no pasaba de ser una aldea. Y para colmo, un modesto poblado arrinconado en los confines del feudo. Aun así, el hecho de que tantos vecinos pulularan por la taberna a aquellas horas resultaba más que suficiente para azuzar la curiosidad de Kihano.
"... ¿Qué tan buena tiene que estar para que anden todos metidos en la taberna en pleno horario laboral?".
Tras estirar el cuello y contar por encima, calculó una treintena de parroquianos. Todos ellos varones en plena edad de trabajar abarrotando el recinto.
"Aquí tienen".
"Vaya, qué presteza".
"El estofado siempre está al fuego, después de todo".
Apenas habían ordenado cuando los tazones humeantes ya estaban sobre la mesa. Frente a aquella mezcla densa y variopinta en la que costaba distinguir si se trataba de carne o de verduras, el rostro de Jan se iluminó de gozo al encontrarse con comida caliente tras tanto tiempo.
"¡Muchas gracias, Lord Kihano!".
"Sí, sí. Come cuanto quieras. De todos modos, todo esto se sumará a las veinte monedas de oro que me debes".
"... Sí".
Jan, cabizbajo y compungido, agachó la cabeza sin fuerzas, pero a Kihano no pareció importarle en lo más mínimo y se limitó a llevarse una cucharada de estofado a la boca.
"Mmm. No está nada mal".
Espeso por haber cocido a fuego lento durante horas y sustancioso por la amalgama de ingredientes arrojados a la olla: el clásico estofado de posada. Ante ese sabor rústico que solo podía disfrutarse en los parajes rurales, el semblante de Kihano comenzó a aclararse.
"... Aunque tampoco me parece como para abarrotar el local de esta forma".
Ciertamente, el sabor distaba de ser tan sublime como para justificar semejante concurrencia. Mucho menos como para que abandonaran sus faenas cotidianas solo para atiborrarse en la taberna.
"... Te digo que a mi oveja la hicieron pedazos. Al principio ni siquiera me di cuenta de que era una oveja".
"Últimamente, en cuanto anochece, a los niños les dan ataques de puro pánico".
"Son artimañas de la bruja. Si no es eso, ¿qué otra cosa podría ser?".
"......".
Una taberna en la que había decidido detenerse a propósito antes de cumplir el encargo del señor feudal. Mientras escuchaba las voces vívidas que únicamente podían captarse en un rincón como ese, Kihano masticaba lentamente la comida en su boca.
\*\*\*
"Q-que una personalidad tan insigne visite un rincón tan humilde como este...".
El crepúsculo teñía de carmín el horizonte sobre la urbe. En el ayuntamiento de Henares, la ciudad más próxima a Consuegra, una densa y pesada tensión impregnaba cada rincón de la estancia.
"Si nos hubiera avisado de antemano, habríamos salido a recibirlo...".
"......".
La figura del alcalde inclinando la cabeza con profunda reverencia resultaba bastante penosa. No era para menos: apenas conseguía tomar aire al aplastar su prominente abdomen flácido contra el torso en un intento desesperado por doblar la cintura.
"He venido tras recibir el informe de los magos. Dijeron que las investigaciones están por alcanzar su fase final".
"¡Así es! ¡Esos caballeros me transmitieron exactamente lo mismo!".
Sin embargo, como si respirar fuera lo que menos le importara, el dignatario no dejaba de frotarse las manos mientras respondía al hombre frente a él:
"Temiendo que los magos enviados por vuestra señoría sufrieran alguna incomodidad, me esforcé al máximo por atenderlos, servirles y... ¡Hice cuanto estuvo a mi alcance con la sola esperanza de resultar de alguna ayuda para el fin que perseguís!".
Su actitud rayaba en la más absoluta sumisión. Difícilmente cabía esperar semejante bajeza de quien gobernaba toda una ciudad, pero la razón por la que agachaba la cerviz con tal devoción no era otra que la indiscutible posición del noble que tenía enfrente, a quien naturalmente le correspondía tal pleitesía.
"... Buen trabajo".
Con las manos a la espalda frente al ventanal, los cabellos del noble resplandecieron. Era una melena rubia y fastuosa que no perdía su vivo color ni ante los rojizos tintes del crepúsculo.
"Si esta empresa culmina con éxito, me aseguraré de recordar tu nombre".
Al darse media vuelta, los ojos del hombre exhibieron un gélido tono azul. Al encontrarse con aquellas pupilas cuyo brillo solo la perfección de la sangre pura podía engendrar, el alcalde de Henares inclinó la cabeza con todas sus fuerzas.
"¡M-muchas gracias! ¡Lord Sarnus!".
El individuo que se había girado a contraluz del atardecer era Sarnus Dragulia. Un joven dragón que recién comenzaba a destacar dentro de su linaje. Contemplando al alcalde que se postraba sumiso ante él, curvó los labios en una sosegada sonrisa.
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• Autor: Q10
• Traductor: Inmensurable
⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨

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Estás leyendo el capítulo 277 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.