Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 275 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
La alfombra roja que engalanaba el corredor había sido retirada. En las repisas ornamentales, donde apenas quedaban unos pocos pétalos marchitos, solo reposaban jarrones vacíos.
En la mansión de Bayezid, tras la conclusión del fastuoso banquete, reinaba un silencio absoluto ahora que todos los invitados habían partido. Vlad caminaba a solas por aquel lugar donde ahora solo resonaba el trinar de las aves.
"..."
Parecía que él también había terminado los preparativos para su marcha, pues ya llevaba una capa ligera sobre los hombros. Así, en esa temprana mañana, pisando las tonalidades azuladas de la aurora, Vlad se encaminó hacia la habitación donde se encontraba la señora de la mansión, Oksana Bayezid.
"¿Cómo se encuentra de salud?"
Aunque aún no despuntaba el alba, la dueña del aposento ya estaba despierta. O tal vez había pasado la noche en vela, incapaz de conciliar el sueño a causa de los accesos de tos; aun así, la sonrisa con la que Oksana recibió a Vlad permanecía inalterable.
"... ¿Ya te marchas?"
Habría bastado con que permaneciera acostada en reposo, pero Oksana se empeñó en incorporarse en el lecho, apoyada contra las almohadas. Parecía no querer inquietar a Vlad con preocupaciones innecesarias antes de su partida.
"Sí. He pensado que ya es momento de regresar."
Sin embargo, por más que se esforzara, le resultaba imposible disimular la palidez de su enfermedad. Al ver los labios de Oksana, agrietados y tan blancos como si los hubieran untado con cera de vela, Vlad no pudo evitar esbozar una sonrisa desvaída.
"Haces bien. Si vas a partir, lo mejor es hacerlo temprano. El clima del norte es completamente impredecible, ¿no es así?"
La luz del sol, que comenzaba a filtrarse poco a poco por la ventana, se proyectaba sobre el lecho de Oksana. Era un cálido resplandor anaranjado, semejante al tono que Vlad había contemplado la primera vez que la vio en aquel lugar.
"..."
Bajo esa luz, la estampa de Oksana contemplando a Vlad parecía un cuadro. No era una estampa hermosa ni fastuosa, sino de esas pinturas que transmiten una apacible calidez, de las que uno desearía tener colgadas para siempre en un rincón de la pared.
"Ya está amaneciendo. Deberías marcharte pronto."
Aquel cuadro que uno siempre querría contemplar le decía que era hora de partir, mientras daba suaves palmadas sobre un pequeño fardo dispuesto a la cabecera del lecho.
"¿Llevas puesta ropa adecuada para la estación?"
Hubo un tiempo en que cierto muchacho vestía ropas invernales en pleno estío. Un joven que permanecía encogido sobre sí mismo, como si todavía sintiera frío ante las ráfagas del viento veraniego.
"Por lo general, la ropa que no está a la vista es la más importante. La verdadera dignidad de una persona se revela precisamente en esos detalles."
"..."
Sin duda, aquel fardo que Oksana sostenía estaba repleto de prendas interiores y calcetines para Vlad. Podía parecer un presente trivial, pero era un cuidado que solo una madre sabría dispensar con tal esmero.
"Esa señorita me pareció muy hermosa. Se llamaba Jemina, ¿verdad? Verlos juntos a los dos, uno al lado del otro, era una estampa muy agradable."
"Muchas gracias."
"... Claro."
Habiéndose dicho ya todo cuanto correspondía, había llegado la hora de despedirse. Oksana asintió en silencio con la cabeza hacia el último huésped que quedaba en la casa; no obstante, a Vlad, a quien despedían, le costaba dar el paso para marcharse.
"... Tengo planeado regresar por aquí hacia el invierno."
"¿Ah, sí?"
Vlad, volviéndose una vez más, habló con voz algo titubeante, como si le resultara difícil reanudar una conversación ya concluida.
"Para aprender a pescar. Pesca de eperlanos en el hielo; dicen que solo se puede hacer en invierno."
"¿Pescar?"
Era un tema que carecía de todo vínculo con la conversación anterior, pero Vlad se esforzaba por mantener el diálogo. Lo hacía porque deseaba ver a Oksana en movimiento; porque sabía que añoraría mucho más a la mujer que le sonreía que a una pintura suspendida en la quietud.
"Ya sabe, esas cosas... Las que uno aprende de forma natural cuando tiene un padre. Como yo no sé nada de eso, últimamente intento aprenderlas."
"..."
"La otra vez, Sir Ramund me enseñó a cultivar la tierra, y también..."
El mundo de Vlad era en verdad diverso y policromático. Aquel muchacho, que había preferido convertirse en una estrella fulgurante antes que en un dragón perfecto, era alguien que se negaba a ser definido bajo una sola palabra.
"Pero aun así, todavía no lo comprendo bien."
Para unos, un dragón nacido de la perfección; para otros, un Maestro de la Espada que esgrimía un acero deslumbrante. Sin embargo, en ese instante, ante Oksana, no era más que un chiquillo que confesaba no saber nada de nada. Y ahora, aquel niño la miraba con una expresión tímida e insegura.
"Por eso... si llego a tener alguna duda, ¿podría venir a preguntarle de nuevo?"
La imagen de Vlad, encogido mientras estrechaba el fardo contra su pecho, no resultaba en absoluto extraña. Al menos no para Oksana. Se asemejaba a una orquídea silvestre que había crecido indómita al no tener a nadie que cuidara de ella. Al observar al muchacho que la miraba sin saber bien qué hacer, un tenue matiz de color comenzó a filtrarse en el mundo apagado y monocromático de Oksana.
"... Por supuesto."
Un muchacho que había perdido a su madre y una madre que había perdido a su hijo se miraban el uno al otro. Las piezas rotas de ambos, astilladas por el dolor, no encajaban a la perfección; sin embargo, mientras se mantuvieran unidas, bastarían para resguardarse del viento gélido.
"Vuelve cuando quieras. Aquí estaré esperándote."
Ante las palabras de Oksana que lo invitaban a regresar, el muchacho que tenía enfrente comenzó a sonreír con luminosa alegría. Era un joven que, en lugar de los andrajos invernales que solía llevar, vestía las prendas de verano que Oksana le había entregado.
\* \* \*
"Te agradezco que te hayas quedado hasta el final."
Despedir a un huésped era el deber del señor de la casa, pero salir a acompañarlo hasta las puertas mismas de la fortaleza era algo inusual. Sin embargo, a espaldas de Vlad en el momento de partir, Rutger, recién erigido patriarca de la Casa Bayezid, y sus caballeros habían salido a despedirlo personalmente.
"Gracias a ti, mi ceremonia de sucesión brilló con verdadero esplendor. Quedará registrada en los anales de la familia como la más fastuosa de nuestra historia."
"Me honra que lo diga en esos términos."
A espaldas de un sonriente Rutger, algunos caballeros conocidos agitaban las manos. Eran Cade y Maksim, acompañados por aquellos camaradas que habían luchado a su lado para abatir al gusano de la muerte gigante y al lindwurm.
"Supongo que ahora regresarás a Shoara."
"Así es."
"¿Y qué piensas hacer cuando estés allí? ¿Acaso volverán a llamarte de un lado a otro como la última vez?"
La gloria resplandeciente traía consigo un costo equivalente que debía pagarse. Era el justo precio que Vlad debía abonar por haber heredado el título de Maestro de la Espada. Sin embargo, ante la pregunta de Rutger, Vlad se limitó a negar suavemente con la cabeza.
"No. Esta vez tengo intenciones de descansar un poco."
Al decir esto, Vlad lanzó una mirada de soslayo hacia el carruaje apostado a su lado. En aquel carruaje que regresaría con Vlad a Shoara, aguardaba Jemina en absoluto silencio, conteniendo la respiración por temor a que alguien pudiera dirigirle la palabra también a ella.
"... Ya veo. La verdad es que ya era hora de que te tomaras un respiro."
Como si comprendiera perfectamente a qué se refería Vlad, la sonrisa de Rutger se volvió aún más radiante.
"Creo que ya debo marcharme."
"De acuerdo."
Rutger asintió al ver a Vlad montar sobre el lomo de Noir tras un breve intercambio de despedida. Al mismo tiempo, el carruaje comenzó a ponerse en marcha entre crujidos. En cuanto el escudero del Maestro de la Espada, henchido de orgullo ante la despedida de los caballeros, tiró de las riendas, los portones de Sturma comenzaron a abrirse de par en par.
"... Hace un buen día."
La luz de la mañana que se filtraba a través de los portones colmó por completo la mirada de Rutger. Y a medida que despuntaba el sol, la silueta de Vlad avanzó hacia la verde pradera. Hacia esa figura que se alejaba, Rutger exclamó con voz contenida:
"¡Ven cuando quieras! ¡El mejor batidor de dragones de Bayezid!"
No era una exclamación lanzada con la pretensión expresa de que la oyera, pero Vlad, que iba más adelante, comenzó a agitar la mano. Aunque lo hacía sin volverse siquiera a mirar atrás, en aquella mano en alto se advertía con total claridad la satisfacción de haberlo escuchado.
\* \* \*
"... ¿Cómo se encuentra hoy?"
Peter, tras hacer retirar a las doncellas y acercarse en silencio al lecho, contempló a Oksana con semblante preocupado.
"Tendría que mejorar un poco. Para lograrlo, debería comer algo..."
En el pasado siempre había estado demasiado atado a los deberes para cuidar de ella, pero ahora era un hombre libre de tales obligaciones. Por esa razón la visitaba a primera hora de la mañana; no obstante, una escena distinta a la habitual lo aguardaba.
"Veo que ya ha comido."
"Sí."
Junto a Oksana reposaba un cuenco que parecía recién vaciado, pues aún no lo habían retirado. Aunque no era más que una sopa ligera preparada para una convaleciente, al verla completamente limpia, una expresión de genuino regocijo afloró en el rostro de Peter por primera vez en mucho tiempo.
"Me dijo que volvería."
"¿Eh?"
La luz del sol naciente acariciaba el rostro de Oksana mientras contemplaba el exterior a través de la ventana.
"A aprender a pescar. Dice que vendrá hacia el invierno."
Hasta entonces había permanecido con la cabeza baja, sin el valor necesario para afrontar el mañana, pero hoy contemplaba por fin el inicio de una nueva jornada. Y mientras ella miraba hacia afuera, la lápida de Josef la observaba en sereno silencio. Aquella lápida, sobre la cual siempre había pesado una desolación infinita, resplandecía hoy en dirección a Oksana, bañada por el cálido fulgor del sol de la mañana que ascendía en el horizonte.
De Sturma a Shoara
Dejando atrás Sturma con rumbo a Shoara.
El carruaje, que avanzaba a toda marcha bordeando la estepa veraniega, fue alcanzado casi sin darse cuenta por los tonos del atardecer que se extendían a su lado.
"Jefe. Me parece que tendremos que pasar la noche al raso."
"De acuerdo."
En la inmensa estepa del norte, célebre por sus vastas dimensiones, resultaba una tarea imposible alcanzar un poblado en apenas una sola jornada. Por tal motivo, ante las palabras de Goat sobre acampar a la intemperie, tanto Vlad como Jemina asintieron como si fuera lo más natural.
"En la estepa el sol se pone muy rápido. Da la sensación de que cae mucho más aprisa que en Shoara."
Jemina, que recogía ramas secas aquí y allá en los alrededores, alzó la mirada hacia el firmamento con asombro mientras hablaba.
"Y las estrellas también asoman en un abrir y cerrar de ojos."
Los estrechísimos callejones de Shoara. El cielo contemplado desde aquel lugar abarrotado de edificios ruinosos siempre se encontraba fragmentado en retazos. Oculto tras los aleros de las construcciones, devorado por las luces que buscaban seducir a los clientes, el firmamento nocturno de Shoara no era más que una penumbra difusa. En un cielo tan partido en pedazos, encontrar una estrella titilante resultaba una labor por demás ardua.
"Vaya..."
Sin embargo, en este preciso instante, el cielo nocturno de la estepa hacia el que Jemina alzaba la vista brillaba tan repleto de astros que resultaba inevitable preguntarse si de verdad podían existir tantos en el mundo. Cautivada por aquel espectáculo puro y diáfano por más que lo mirase, Jemina era incapaz de bajar la cabeza.
"Jemina."
"¿Eh?"
"Ven un momento aquí."
Habiéndose sumergido por un instante en su propio mundo, Jemina giró el rostro al oír la voz de Vlad junto a ella.
"¿Qué ocurre?"
La fogata que Goat había encendido crepitaba con chasquidos rítmicos. Siguiendo ese rumor, Jemina caminó hasta divisar a Vlad, quien sostenía las riendas de Noir.
"Dice que quiere despedirse."
"¿Cómo?"
"Noir quiere despedirse de ti antes de marcharse."
Era un caballo negro que armonizaba a la perfección con la noche recién tendida sobre la tierra. Combinaba tan bien que parecía a punto de disolverse entre las estrellas distantes; y ese mismo corcel se acercaba ahora hacia Jemina.
"¿Despedirse? ¿A qué te refieres con eso?"
Jemina acarició a Noir, quien acercaba su hocico hacia ella, y preguntó con desconcierto. Sin embargo, Vlad, de quien se esperaba una respuesta, se limitó a señalar con un leve gesto de cabeza hacia una colina lejana.
"Significa que para Noir también ha llegado la hora de regresar."
En la colina de la estepa bañada por la luz de las estrellas se hallaba apostada la manada de caballos salvajes que habían visto tiempo atrás. Miraban en dirección a Noir, junto a Vlad, como recordándole que su viaje había concluido y era tiempo de volver a casa.
"¿Lo dejas ir? ¿Así de repente?"
"Ahora es el momento adecuado."
Aunque Jemina se sentía desconcertada por tan repentina separación, Vlad comenzó a despojar a Noir de sus arreos sin la menor vacilación. Retiró la montura sobre la que cabalgó, quitó las riendas que envolvían su cabeza y descargó los bultos que el animal había transportado en su lugar.
"Gracias por todo este tiempo."
Habiendo devuelto a su estado original al Hijo de la Estepa, Vlad le dedicó sus palabras de despedida.
"¿Ya te despediste?"
"¿Eh? S-sí..."
"Entonces vete ya."
En la frontera donde tu mundo y el mío se rozaron, ambos logramos ensanchar nuestros horizontes. Pero la tierra sobre la que tú pisas es esta estepa, y mi mundo es aquella lejana ciudad; por lo tanto, era el momento de decir adiós.
"No mires atrás."
Sintiendo el suave empujón de la mano que se despedía con pesar, Noir volvió el cuello una y otra vez, pero Vlad se limitó a contemplarlo con los brazos cruzados. Cuanto más sobria sea una despedida, mejor. Al ver a Vlad poner en práctica aquellas palabras pronunciadas por alguien en el pasado, Noir dejó escapar un suave resoplido como si le rindiera un último saludo.
"... Ya se marcha."
Al partir, sus pasos estuvieron llenos de titubeos, pero a medida que la colina se aproximaba, la zancada de Noir se fue haciendo más amplia. Al ver al caballo negro lanzarse al galope hacia el firmamento rebosante de estrellas, las lágrimas comenzaron a asomar en los ojos de Jemina.
"Debe de ser porque se parece a su amo. Ese tampoco se digna a mirar atrás ni una sola vez."
Sintiendo el vacío nostálgico de la partida, Jemina se arrimó de forma natural al costado de Vlad.
"No te pongas tan triste."
Vlad y Jemina se quedaron hombro con hombro observando cómo Noir se alejaba. La estampa de ambos tan juntos era el vivo retrato de aquellos chiquillos de antaño frente a la herrería.
"No es como si nos separáramos para siempre."
Mientras miraba a Noir marcharse, Vlad extrajo una lámina de entre sus ropas. Aquel dibujo, que también resultaba familiar para los ojos de Jemina, era el que le había entregado la doncella del oráculo del Árbol del Mundo.
"Ahora que lo veo bien, este girasol... los pétalos se parecen al color de tu cabello."
"¿En serio?"
En aquel dibujo, trazado como por manos infantiles, aparecían un hombre rubio y una mujer pelirroja. Y entre ellos dos, que sonreían, florecía una pequeña flor. Uno solo podía preguntarse por qué la artista se había empeñado en dibujar también un rostro risueño en aquella flor.
"Gracias, Jemina."
"¿Por qué?"
Sintiendo que el viento nocturno era frío, Vlad rodeó con su brazo los hombros de Jemina al verla acercarse. Aunque Jemina lo miró sorprendida ante tan repentino gesto, Vlad continuó observando fijamente hacia el cielo nocturno por el que Noir ascendía. Tal como antaño. Tal como aquel día en que contempló la espada sin ornamentos suspendida en lo alto de la humilde herrería.
"Por haber creído en mí en aquel entonces."
Tras atravesar el invierno en el que nació y la primavera en la que conoció las despedidas, el viaje del muchacho se había prolongado hasta este verano que aguardaba nuevos encuentros. El origen de esa travesía bien pudo haber comenzado con la espada que una muchacha pelirroja puso entre sus manos.
"Ahora regresemos juntos. A Shoara."
Aun con los pies hundidos en el fango, el muchacho y la muchacha habían contemplado juntos las estrellas. Y ahora, sobre ellos dos que se miraban mutuamente, una estrella fugaz surcó la estepa y descendió del cielo.
Aunque no nos encontremos en lo más alto del firmamento. Aunque nos precipitemos en un rincón donde nadie pueda vernos. Si tan solo deseamos brillar por cuenta propia, podremos reconocernos los unos a los otros.
Porque todos nosotros somos estrellas. Porque todos albergamos la luz para poder brillar.
Por tanto, hasta que volvamos a encontrarnos, adiós.
\- El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas \[FIN\]. -
\* \* \*
En una madrugada en la que todos se hallaban profundamente dormidos.
En lo profundo de una noche en la que incluso las estrellas del cielo parecían reposar en letargo, bajo aquel firmamento se escuchó una voz que intentaba despertar a un hombre sumido en un sueño ajeno a todo lo que le rodeaba.
"...ñor. Se... ñor Kihano."
La voz de un muchachito que parecía no haber alcanzado aún el cambio de voz de la pubertad. Por ello mismo, sonaba demasiado débil y desprovista de fuerza como para espantar el sueño pesado de aquel varón.
"¡Ay! ¡Qué dolor!"
"¡Le digo que se despierte de una vez!"
Quizá la picadura de una avispa se sentiría de forma parecida. Sobresaltado por un dolor punzante e inesperado, el hombre comenzó a mirar alrededor con ojos desenfocados.
"¿Qué? ¿Qué pasa?"
"¡Shhh!"
Haciéndole señas de que guardara silencio al hombre, que aún no recobraba la lucidez, el jovencito asomó la cabeza con cautela hacia el exterior del establo. Todo esto mientras sostenía con esmero una pequeña rana resguardada entre ambas manos.
"¡Llevo una eternidad buscándolo! Pero bueno, ¿por qué tiene que venirse a dormir a un establo teniendo una habitación en perfectas condiciones?"
"... ¿Esto es un establo?"
Un hombre atolondrado que ni siquiera sabía en qué lugar se había desplomado. A decir verdad, de no haber sido por su rostro bien parecido, su estampa era tan lamentable que a cualquiera le habría provocado un profundo suspiro.
"Con razón se sentía tan tibio."
A diferencia de la actitud apremiante del muchacho, el hombre, que todavía no terminaba de despabilarse, comenzó a juntar la paja de los alrededores para recostarse de nuevo en el suelo. Al verlo encogerse hasta los hombros buscando calor, hasta la rana que sostenía el muchacho infló las mejillas con un gesto de absoluta incredulidad.
"¡Este no es momento para tonterías! ¡Tenemos que escapar de inmediato!"
"... ¿De qué estás hablando? ¿No podemos hablar de eso más tarde?"
El muchacho se golpeaba el pecho carcomido por la frustración ante la imagen de aquel hombre que volvía a tumbarse despidiendo un denso tufo a alcohol. No obstante, al percibir de pronto el alboroto que comenzaba a formarse en los alrededores, tuvo que contener el aliento.
"¡Dónde demonios se esconde!"
"¡Sabemos que estás aquí! ¡Sal de una buena vez si no quieres que te saquemos a rastras!"
"¿Mmm?"
A juzgar por los alaridos desgañitados, eran voces que a oídos de cualquiera sonaban temibles y hostiles. Por si fuera poco, se escuchaban golpes propinados con tanta furia que parecían dispuestos a derribar las puertas de las tiendas vecinas. Al percatarse de aquella atmósfera que se cernía con un peligro real muy distinto a los aspavientos del muchacho, el hombre recién acostado parpadeó con insistencia.
"¡Kihano Frausen! ¡Maldito libertino de porquería!"
"¿Eh?"
El acre olor a brea y aceite de las antorchas ardiendo quemaba la nariz. Los ladridos de los sabuesos que resonaban en las inmediaciones resultaban feroces. Sin embargo, lo que realmente desconcertó al hombre fue el apelativo de libertino que habían colgado detrás de su nombre.
¡Crac!
Aunque el hombre se incorporó a toda prisa dando a entender que al fin comprendía la gravedad de la situación, ya era demasiado tarde para buscar una salida.
"Miren nada más, conque aquí estabas escondido."
Un sujeto que exhibía unos dientes amarillentos con una sonrisa hosca contempló al hombre al que por fin daba alcance. Aquel individuo, cuya lustrosa calva resultaba imponente, soltó una carcajada mientras observaba al hombre que apenas trataba de acomodarse las ropas.
"Te encontré. Kihano Frausen."
Frente a él permanecían un hombre todavía desorientado, un muchacho con expresión compungida que sentía que todo estaba perdido, y una pequeña rana tocada con un sombrerito que dejaba escapar un discreto suspiro.
"... ¿Podría saber para qué me están buscando?"
Este es un relato de tiempos muy remotos. Una historia que no tiene nada de legendaria ni de sublime.
Aun así, la historia que dio origen a todas las cosas comenzaba precisamente aquí: en el humilde establo de una posada destartalada que ni siquiera contaba con un letrero en su entrada.
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• Autor: Q10
• Traductor: Inmensurable
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Estás leyendo el capítulo 275 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.