Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 274 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
De espaldas al sol poniente, Vlad se encontraba a solas en medio de un campo de trigo, golpeando con el azadón en sus manos la tierra que todavía no se había deshelado. Retrocediendo un poco en el tiempo, a los días en que aún era primavera, en aquella época Vlad se hallaba en pleno aprendizaje de las labores agrícolas en el feudo de Sir Ramund.
"Vaya que es un espectáculo insólito".
Era un trigal yermo en el que ni siquiera se habían esparcido las semillas, donde únicamente se había roturado la tierra. Lo único que resonaba en aquel lugar eran los golpes secos del azadón que Vlad descargaba. Sin embargo, a diferencia del sonoro estrépito que retumbaba, la figura actual de Vlad exhibía a las claras la más absoluta torpeza de un labrador novicio.
"Apenas cambiaste la espada por un simple azadón, ¿y ya consigues verte tan torpe?".
"...¿Tanto así?".
Al ver a Ramund lanzándole reproches a su lado, Vlad se rascó la mejilla con turbación. En realidad, él mismo estaba comenzando a percatarse poco a poco de ello: de que, a todas luces, carecía por completo de talento para ser campesino.
"Por más que lo mire, tú no deberías dedicarte al campo. Dejando a un lado la adaptación y todo lo demás, es que sencillamente no posees madera para esto".
Vlad había nacido en la ciudad y jamás en su vida había tenido contacto cercano con la tierra. No obstante, incluso teniendo en cuenta tales circunstancias, su destreza para la labranza no daba señales de mejorar en lo más mínimo.
"¿Por qué demonios te empeñas en esto?".
Cuando empuñaba una espada, era el Maestro de la Espada al que aclamaba todo el continente. Sin embargo, en aquel momento, sosteniendo un azadón, no era más que un campesino novato y torpe en todo lo que hacía. Incapaz de soportar el tormento que suponía contemplar semejante abismo, Ramund dejó escapar un hondo suspiro.
"¿Por qué de repente te dieron ganas de trabajar la tierra?".
De la cantimplora que Ramund sacó se desprendía un aroma punzante. Era una fragancia a licor tan descarada que no hacía falta preguntar qué contenía.
"...¿Acaso estás fatigado? ¿Por eso quieres descansar un poco?".
"No se trata de eso".
Ante la reacción de Ramund, Vlad intuyó que la faena se daba por concluida. En ese mismo instante, arrojó a un lado el azadón, se desplomó sentado sobre el suelo y abrió la boca:
"Es solo que... pensándolo bien...".
"¿Pensándolo bien?".
"Me di cuenta de que las únicas cosas que sé hacer son robar, hurtar bolsillos o blandir una hoja".
Al oír la voz de Vlad junto a él, Ramund se estremeció por un momento. Un muchacho sin padres que vagaba en soledad por los oscuros callejones. En el sendero que había recorrido únicamente para sobrevivir, solo habían existido cosas frías y afiladas.
"Vivir una vida en la que solo sé de tales cosas es... un tanto vergonzoso, por así decirlo".
Sentía vergüenza de sí mismo por no dominar más que habilidades destinadas a herir al prójimo. Los demás lo aclamaban como un glorioso Maestro de la Espada, pero Vlad lo sabía muy bien: Kihano, el Maestro de la Espada de la era anterior, no lo había guiado únicamente a través de la esgrima.
"Menuda sarta de tonterías. ¿Qué tiene de vergonzoso que un Maestro de la Espada solo entienda de espadas?".
"Es que ese es precisamente el problema".
Ante las palabras de reproche de Ramund, a Vlad se le escapó una leve sonrisa.
"Porque no quiero ser un Maestro de la Espada en todo momento".
A los ojos de los demás podía ser un resplandeciente Maestro de la Espada, pero para otros podía mostrar una faceta completamente distinta. Para alguien era un amigo insuperable; para otro, el benefactor que lo había rescatado del peligro. Y, tal como sucedía ante Ramund en ese instante, un campesino que se antojaba sumamente torpe.
"¿Quién sabe? Quizá algún día haya alguien que me pregunte por algo que no sea la espada".
Ser un Maestro de la Espada no había sido más que una parte de lo que Kihano representaba. Al contrario, la imagen que Vlad recordaba de él era la de aquella voz anónima que siempre se esforzaba por encaminarlo en la dirección correcta.
Quizás la enseñanza más valiosa que Vlad había aprendido de Kihano no fuera la esgrima del golpe letal definitivo, sino la mismísima actitud ante la vida al encarar el mundo.
"Por eso lo estoy aprendiendo. Para que yo también tenga algo que responderle a alguien en el futuro".
Y Vlad deseaba asemejarse a ese aspecto de Kihano: la faceta de aquel que lo había guiado no como un emperador ni como un caballero, sino sencillamente como un adulto. Y para lograrlo, el Vlad actual se dedicaba a recoger las experiencias de vida que hasta entonces se le habían escapado, ensanchando de ese modo su propio mundo.
※※※※
Era una ceremonia de sucesión celebrada con gran magnificencia. Una espléndida ceremonia en la que caballeros vestidos con relucientes armaduras formaban en desfile y distinguidos invitados congregados de todo el continente brindaban sus felicitaciones. Ante semejante panorama, que acaso fuera el momento más fastuoso jamás presenciado en reunión alguna en el norte, Vlad experimentaba una extraña exaltación difícil de describir con palabras.
"Es la primera vez en mi vida que veo a tantos nobles reunidos en un mismo lugar".
"...¿Ah, sí?".
"A decir verdad, esta es apenas mi segunda vez aquí. Cuando recibí la investidura de caballero y ahora".
Al notar a Vlad extrañamente animado, Sir Zayar empezó a ponerse tenso. La actitud que Vlad mostraba en ese momento era una suerte de advertencia. Zayar, que recordaba al Vlad de sus días como escudero, cuando causaba incidentes sin cesar, era alguien que sabía muy bien que un estado de ánimo como aquel era precisamente el momento en que más se debía estar en guardia.
"...Por cierto, ¿por qué la baronesa Alicia está sentada en ese sitio?".
Puesto que acaparaba la atención del continente entero, se trataba de una ceremonia de sucesión que la Casa Bayezid había preparado con esmero. En una ceremonia así, asignar los asientos según los títulos y la posición de los ilustres invitados era la regla más elemental de todas. Por tal razón, Vlad no podía ocultar su perplejidad al ver a Alicia pegada justo al lado de Jemina.
"Pareces inquieto".
"En absoluto".
"Te lo ruego, mantén la calma".
"Estoy más sereno que nunca".
"......".
'¿Cómo iba a ser verdad? Tan solo el sonido de su respiración ya se escuchaba contenido por una tensa rigidez; por no hablar de que, cada vez que aquellas dos mujeres allá al frente cuchicheaban la una con la otra, el retumbar de sus latidos alcanzaba a escucharse hasta aquí'.
"¡Hace su entrada Lord Rutger Bayezid!".
Justo a tiempo, junto con la voz del mayordomo mayor, las puertas del gran salón comenzaron a abrirse. Las puertas de la Casa Bayezid, construidas a semejanza de las murallas de Sturma, se alzaban imponentes y macizas. En cuanto aquellas hojas empezaron a franquearse, el salón, bullicioso hasta hacía un instante, quedó sumido en un silencio sepulcral.
"......".
Una estatura espigada y hombros erguidos. A ello se sumaba la fastuosa armadura de gala que vestía. En el umbral que se abría, se dejaba ver Rutger, plantado con un porte solemne enteramente distinto de su semblante habitual.
"Se le ve tan desconocido".
"Es natural que así sea".
En el punto más encumbrado del salón, en aquel asiento reservado únicamente para el patriarca, Peter hacía un discreto gesto con la mano. Era la señal que anunciaba el comienzo de la ceremonia de sucesión a partir de ese instante.
"Porque a partir de ahora ya no será el Rutger que conocías, sino el conde Bayezid".
Carga sobre sus hombros el nombre del linaje y lleva a sus espaldas el feudo defendido por generaciones. Por ende, con semejante peso a cuestas, Rutger jamás podría regresar a la forma en que lo habían conocido antes. Al contemplar a Rutger avanzar para cargar con tales deberes y responsabilidades, la mirada de Vlad se tornó extrañamente compleja.
"Sube aquí, hijo de Bayezid".
A cada peldaño que Rutger ascendía, la distancia con Peter se acortaba. Al mismo tiempo, Peter Bayezid comenzó a levantarse de su asiento. Sosteniendo en su mano izquierda la capa del patriarca y en la derecha la espada, abrió los brazos de par en par al ver a su hijo aproximarse, como invitándolo a acercarse.
"Cúbrete con la capa".
Aquel era el sitio alcanzado tras subir los escalones paso a paso. Situado al fin en la cúspide de Bayezid, Rutger contempló la capa que su padre le colocaba sobre los hombros con sus propias manos.
"Esta capa que ahora te ciñes es el símbolo del deber. Jamás olvides que a partir de este instante, sobre tu espalda descansa la multitud de vasallos de los que debes responder".
Un señor feudal era un ser consagrado a gobernar la tierra y velar por los vasallos. Por consiguiente, el ineludible deber pesaría a partir de ahora con toda su carga sobre los hombros de Rutger.
"Alza la espada".
Rutger extendió la mano hacia el otro objeto que le era entregado a continuación. Se trataba de la espada preciada de la Casa Bayezid, aquella que únicamente el patriarca tenía permitido blandir.
Transmitida de generación en generación desde los tiempos del padre de su padre, aquella espada era un objeto que en toda la Casa Bayezid solo una persona tenía el derecho de empuñar.
"La espada que sostienes ahora simboliza la responsabilidad inherente al patriarca. A partir de este instante, deberás blandir tu acero no por tu propio honor, sino por el honor de la familia. No por un individuo llamado Rutger, sino por la Casa Bayezid".
Al recibir aquella espada, Rutger se convirtió desde ese preciso instante en alguien destinado a vivir anteponiendo el nombre de su estirpe antes que el suyo propio.
"¡Yo, Peter Bayezid, pongo por testigos a todos los presentes para proclamar...!".
Habiendo entregado todo cuanto debía transferir, había llegado la hora de encarar el desenlace de la ceremonia de sucesión. Peter, quien a partir de ahora debía descender del sitial de patriarca, alzó la voz con firmeza en dirección a los numerosos y distinguidos invitados que lo contemplaban.
"¡... que Rutger Bayezid, aquí presente, se ha convertido en el próximo patriarca que continuará el linaje de nuestra casa!".
Hasta hacía un instante, el único sonido que había resonado en el vasto salón eran las palabras que Peter le dirigía a Rutger. Sin embargo, en cuanto su voz se extinguió, estalló una salva de aplausos atronadores como si el propio recinto estuviera a punto de reventar.
¡Plas, plas, plas, plas!
Los aplausos de los nobles invitados, que parecían incapaces de apaciguarse pronto, resonaban en cada rincón del salón.
De generación en generación.
Eran vítores que celebraban el estandarte de Bayezid, aquel que al final había logrado transmitirse incólume incluso a través de aquella era despiadada en la que el dragón más ancestral sembraba el caos.
Sin embargo, en medio de aquel clamoroso festín de aplausos, Vlad mantenía la atención fija en una voz que apenas lograba distinguirse en lo alto del estrado.
"... Has hecho un gran esfuerzo...".
Era una voz en extremo tenue, audible únicamente para Vlad gracias a la sangre de dragón con la que había nacido. Aquel sonido brotaba de los labios de un padre que estrechaba entre sus brazos a su hijo.
"Te has esforzado mucho para ascender hasta aquí".
Habiéndose despojado tanto de la capa de señor feudal como de la espada del patriarca, Peter Bayezid ya no era nada de aquello. Precisamente por eso, convertido al fin en un padre en el sentido pleno de la palabra, abrazaba a Rutger mientras le susurraba quedamente al oído.
Diciéndole que de verdad se había esforzado muchísimo para alcanzar el sitio donde él se encontraba.
\*\*\*
"Fue algo verdaderamente hermoso de ver".
En la noche posterior a la ceremonia de sucesión, se celebraba un suntuoso banquete en la mansión de Bayezid. Todos los reunidos allí reían y charlaban como si hubieran aguardado ansiosos este momento; sin embargo, en esos instantes Vlad no se hallaba en el salón de recepciones colmado de nobles, sino caminando por un pasillo desierto y envuelto en densas sombras.
"¿Qué se sentirá al heredar algo así? No logro ni imaginármelo".
Caminaba junto a Sir Zayar, quien avanzaba unos pasos por delante. A solas en aquel corredor desierto, ambos sostenían una botella de licor en la mano mientras se dirigían hacia lo que antaño fuera el despacho de Josef.
"En fin, el legado de la Casa Dragulia debe de ser colosal. Seguro que lamentas no haberlo recibido".
"No me refería a eso".
Ante la inesperada mención de Dragulia por parte de Zayar, la expresión de Vlad se tornó hosca, como si le hubieran aguado el momento.
"Me refiero a algo así... ¿cómo decirlo? Algo que un padre le transmite a su hijo".
Tratándose de una sensación difícil de explicar con palabras, Vlad gesticulaba con las manos hacia un lado y otro, pero Zayar, la persona a quien iban dirigidos sus ademanes, ni siquiera se dignaba a mirarlo.
"Esa clase de cosas no son fáciles de experimentar ni para alguien que tenga a sus padres intactos. En este mundo, ya es una fortuna si no te heredan deudas".
"¿Usted cree?".
"Además, si tantas ganas tienes de vivir una experiencia semejante, no tienes más que creártela tú mismo, ¿no?".
\*Chiiik.\*
Un desagradable chirrido metálico brotó del pomo de la puerta al girarlo con suavidad. Sonaba un tanto enmohecido, probablemente debido a que no se había utilizado en mucho tiempo.
"Aunque no puedas tener la experiencia de heredar, estás en perfecta posición para disfrutar la de legar algo a otros".
\*Chiiiik.\*
Pese a que esperaban hallarlo sumido en penumbras, el despacho de Josef se encontraba inundado en la noche por la azulada luz de la luna. Sin embargo, el aspecto de la estancia acariciada por aquel resplandor lunar resultaba por completo ajeno, muy distinto al paisaje que recordaba de antaño.
"... Aquí nada ha cambiado".
"¿Cómo que no ha cambiado nada? Si todos los muebles están cubiertos con telas".
El despacho de Josef, donde el polvo se acumulaba con frialdad al carecer ya de dueño. No obstante, tal vez debido a la visita clandestina de aquellos dos huéspedes, parecía como si aquel lugar recuperara, aunque fuera un poco, el cálido matiz de los viejos tiempos.
"¿Vamos a beber un trago aquí?".
"... Sí. En un principio pensaba hacerlo a solas, pero bueno".
Aunque no habían acordado nada en particular, una vez dentro de la habitación Vlad y Sir Zayar se situaron por pura costumbre en las posiciones que solían ocupar en el pasado. Vlad frente a la mesa para las visitas y Zayar, tal como hacía siempre, de pie junto al escritorio de Josef.
Al ver a Vlad colocado allí como en los viejos tiempos, a Zayar se le escapó una risita burlona.
"Pensar que al principio ni montar a caballo sabías".
"En aquel entonces ni me imaginaba que yo fuera un dragón".
"Siempre moliendo a golpes a los demás escuderos y metiéndote en líos por todas partes".
"Bueno, eso fue porque...".
Evocando por un instante aquellos antiguos recuerdos, Zayar sacudió la cabeza al ver a Vlad balbucear excusas como siempre. Tal vez porque lo conocía desde que no era más que un muchacho, todavía le costaba asimilar que aquel mocoso se hubiera hecho tan grande.
"Después de haber pasado por esa época de renacuajo y convertirte al fin en un Maestro de la Espada, ¿todavía te quedan tantas cosas por envidiar?".
"......".
"Toma. Agárrala".
Quizás por esa razón, a los ojos de Zayar, Vlad continuaba viéndose inmaduro y además terriblemente joven.
"¿Licor?".
"Aunque no lo parezca, es algo sumamente caro. Lleva madurando más de cincuenta años".
El licor que acababa de tenderle a Vlad era uno que Zayar había atesorado y custodiado con especial recelo. Antes de llegar a Bayezid junto a la señora Oksana, desde los tiempos en que era Zayar de la Casa Oscar, había conservado aquella botella, que en su origen había pertenecido a su propio padre.
"¿De verdad está bien que me dé un licor tan valioso?".
"Dijiste que querías heredar algo, ¿no?".
"Bueno, sí, pero aun así...".
"¿Ya estás conforme? Pues entonces descorcha la botella".
Retirando la tela que cubría la vitrina, Zayar extrajo las copas que descansaban en su interior y extendió el brazo hacia Vlad. Era un gesto que lo apremiaba a servir la bebida de inmediato, pero Vlad se limitó a sonreír con picardía mientras ocultaba tras su espalda la botella recién recibida.
"... Beberse un licor tan caro en este preciso instante sería un auténtico desperdicio".
Al verlo deslizarlo con disimulo hacia el interior de su abrigo, daba la impresión de que no volvería a sacarlo con facilidad.
"¿No podríamos beber primero el que traje yo?".
"... Yo esperé veinte años para beberme esa botella".
"Pues si dejamos que repose unos veinte años más, su sabor será todavía mejor".
Habiéndole tomado apego a la botella apenas unos instantes después de recibirla, el movimiento de Vlad al esconderla denotaba una firme determinación.
"¿Qué tal si hoy nos tomamos primero el que traje yo?".
"Si no te lo vas a beber ahora mismo, devuélvemelo".
"Este también es caro. Lo saqué a hurtadillas de las cocinas hace un rato".
Aprovechando la ocasión para sacar con disimulo otra copa más, Vlad comenzó a servir el licor para Zayar mientras decía:
"Por cierto, Sir Zayar. ¿Usted sabe pescar?".
"¿Pescar? ¿A qué viene lo de la pesca tan de repente?".
Esta copa que le ofrecía era para Sir Zayar. La que volvía a llenar a continuación era para sí mismo.
"No, es solo que yo no sé pescar. Sir Ramund me comentó que, como él procedía de agricultores itinerantes de rozas, tampoco tenía mucha idea de pesca".
Y la copa que llenaba en ese momento era para Josef.
Habiendo servido así tres copas de licor, Vlad alzó la mirada hacia Zayar y prosiguió:
"Pensé que sería bueno aprender. Además, la pesca no es algo que uno pueda aprender fácilmente en cualquier parte".
"La pesca... Yo tampoco sé mucho de eso".
"Ah, ¿en serio? Qué lástima".
Vlad chasqueó la lengua lamentando la respuesta de Zayar. Al contemplar aquella escena por encima de la copa que sostenía en alto, Zayar suspiró como quien se rinde ante la terquedad ajena y comenzó a hablar:
"Bueno, al menos sé pescar pejerreyes en el hielo".
"¿Pesca en el hielo?".
"Ya sabes a lo que me refiero. Abriendo un agujero en un lago congelado".
Meciendo pausadamente el licor en su copa, Zayar caminó hacia la ventana. Todo para contemplar el exterior, donde en lugar de la radiante luz solar de siempre, ahora se derramaba el azulado fulgor de la luna.
"Si te conformas con aprender eso, puedes venir de nuevo en otra ocasión".
Al observar la espalda de Zayar, quien le sugería de forma tácita que regresara en invierno, Vlad sonrió con satisfacción. Había dicho que deseaba heredar algo, pero en realidad aquello no era más que una forma indirecta de expresar su anhelo de que aquel vínculo continuara existiendo.
Viendo que Zayar había comprendido a la perfección sus verdaderas palabras, Vlad se llevó a los labios la copa que le quedaba y apuró el licor de un solo trago, con un ánimo ligero y reconfortante.
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• Autor: Q10
• Traductor: Inmensurable
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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela)
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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 274
Estás leyendo el capítulo 274 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.