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Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 269 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
El verdor que ascendía desde el sur teñía el continente, pero parecía que aún no lograba alcanzar este rincón. Sturma, la más septentrional de las ciudades de Bayezid. Desde cierta habitación de aquel lugar, todavía resonaba el sonido de una tos nacida del invierno. "......¿Te encuentras bien?" La tenue vela encendida junto al lecho iluminaba el rostro de Peter. Sin embargo, como si esa mezquina lumbre resultara insuficiente, su semblante aún permanecía anegado en un sombrío desasosiego. "Me tienes preocupado. Conforme pasa el tiempo, esa tos no hace más que empeorar." Peter Bayezid, ensalzado en el presente como la muralla inexpugnable del norte tras haber repelido las invasiones del Duque de Oro y de Gaidar. No obstante, en su rostro abundaban arrugas hondamente surcadas, testimonio de que el peso de los convulsos dos últimos años había resultado abrumador incluso para un hombre de su temple. "No se preocupe." Hacia donde Peter dirigía la mirada yacía postrada una mujer cuyo color se desvanecía poco a poco. Sus labios lucían tan cuarteados como marchito se hallaba su cabello. En los ojos con los que Peter contemplaba a Oksana, tendida sin aliento como una enferma terminal, anidaba una congoja imposible de disimular. "Al menos me esforzaré por ponerme en pie para la ceremonia de sucesión de Rutger." Sin embargo, las pupilas de Oksana, ya desprovistas de brillo, no miraban a Peter, sino únicamente hacia la ventana situada a su costado. Al verla allí, incapaz siquiera de reunir las fuerzas necesarias para erguir la cabeza que ladeaba hacia un lado, Peter se limitó a musitar en voz baja: "......Mis palabras no llevaban esa intención." Una mujer que languidecía día a día tras haber perdido la voluntad de vivir y que, aun así, se empeñaba en asegurar que cumpliría con su deber. Al verla, el pecho de Peter se encogió en una punzada de dolor, pues su figura evocaba dolorosamente a alguien que ya no pertenecía a este mundo. "¿Sientes frío por la corriente? ¿Quieres que corra las cortinas?" Aunque la ventana permanecía cerrada, el viento que se filtraba por las junturas del marco aún arrastraba un frío cortante. Era el preludio del verano, la estación en que la vida despertaba, pero en las tierras del norte el aire nocturno todavía conservaba su mordedura helada. Preocupado por aquella frialdad, Peter se puso de pie para cerrar el cortinaje, mas la voz de Oksana resonó a sus espaldas: "No las cierre." Por el bien de un cuerpo que declinaba a ojos vistas, habría sido prudente cerrarlas. Sin embargo, tal vez ante la callada determinación con la que Oksana manifestó su deseo de contemplar el exterior, Peter acabó soltando con suavidad el borde del paño que sostenía entre los dedos. "Déjelas abiertas. Si no miro hacia afuera, siento que me asfixio." "......De acuerdo." Con esas palabras, el silencio volvió a adueñarse de la estancia. No se trataba de una mudez nacida de la falta de palabras, sino de una pesada quietud forjada por la cautela con la que ambos intentaban protegerse mutuamente, enrareciendo el aire de la alcoba. "La luna brilla con fuerza hoy." La noche había caído por completo, marcando la hora en que Peter debía retirarse a sus aposentos. No obstante, sus pasos demorados lo condujeron a apostarse frente al paisaje que se divisaba al otro lado del cristal. Aquello se debía a que un detalle del horizonte nocturno retenía de manera inexorable su mirada. "Sin duda, es mejor tenerlas abiertas." Allí abajo, recortada bajo la pálida luz de la luna, descansaba una pequeña lápida. Aquel modesto sepulcro, que parecía haber sido erigido no hacía mucho tiempo, se hallaba lo bastante cerca como para que incluso Oksana pudiera distinguirlo tendida desde su lecho. "......" Peter lo comprendió de inmediato: aquella cortina que acababa de soltar probablemente no se hubiese cerrado ni una sola vez en todo el invierno. Porque una madre que aún lloraba la ausencia de su hijo jamás habría permitido que se interpusiera nada ante su vista. En la hondura de la noche, bajo el azulado resplandor de la luna, el padre, la madre y el hijo contemplaban el exterior sin mediar palabra. Y el viento que soplaba entre ellos parecía calar los huesos más que nunca. ※※※※ "......El té está demasiado dulce." En el despacho del alcalde de Shoara, inundado por la cálida luz de la tarde, Vlad, sentado a la mesa de visitas, frunció intensamente el ceño con la punta de la lengua entumecida y posó la taza sobre el platillo. "¿En serio? Y eso que le eché menos azúcar al tuyo a propósito." "Ya se lo advertí. Si sigue tomando brebajes tan dulces, acabará muriendo joven." Aunque muchas cosas se habían transformado a lo largo de los dos últimos años, el despacho de la alcaldía de Shoara parecía inmune al paso del tiempo. Pese a que algunos rostros ya no frecuentaban aquel recinto, el aire que lo acogía al cruzar el umbral y el empalagoso aroma del té flotando en el ambiente continuaban siendo exactamente iguales. "¿Morir joven? Échale un vistazo a esta cordillera de papeles. De todos modos, estoy destinado a morir antes de tiempo aunque no pruebe un solo grano de azúcar." "......Mmm." Ante el sermón de Vlad instándolo a frenar el consumo de dulces, Bordan dejó caer los brazos en un ademán de abatimiento invitándolo a mirar alrededor. En efecto, dando fe de que sus palabras no eran una queja infundada, legajos y pergaminos se amontonaban formando auténticas montañas sobre cada rincón del escritorio consistorial. Al toparse con semejante maremágnum burocrático, Vlad, contradiciendo el reproche que acababa de soltar, volvió a alzar la taza con disimulo. "Ayer me dejé la piel para despejarlo todo, pero hoy amanece y ya tengo otra pila idéntica esperándome. ¡¿Por qué demonios es tan implacable el trabajo en esta bendita ciudad?!" Apenas daba abasto gestionando las secuelas de la posguerra cuando una oleada incesante de huérfanos comenzó a desbordar las calles; por si fuera poco, en los últimos meses acudían caballeros en tropel atraídos por el renombre del Maestro de la Espada. Lo único que le aguardaba a Bordan en su recién estrenado cargo como alcalde de Shoara no era un prestigio deslumbrante, sino un volumen de trabajo tan abrumador que amenazaba con sepultarlo en vida. "Si no llego al término natural de mis días, ten por seguro que la mitad de la culpa será tuya. Ya me encargué de dejarlo asentado en mi testamento." "Bébese el té, por favor. Se le va a enfriar." La razón por la cual Shoara, convulsa y agitada como un horno al rojo vivo, lograba sostener sus funciones básicas residía precisamente en la presencia de un regente tan eficiente como Bordan. Aunque era un caballero incapaz de empuñar una espada con destreza, el motivo por el que Josef lo había mantenido siempre a su lado era justamente esa intachable lucidez administrativa. "Pero bueno, ¿a qué has venido en realidad?" "......Tenía un favor que pedirle." "¿Qué clase de favor?" Como si sintiera cierto reparo al importunar a alguien visiblemente sobrecargado, Vlad comenzó a explicarse con cautela: "Se trata del convento de allá arriba." "¿Qué ocurre con ese sitio?" "Parece que los derechos de propiedad se encuentran en un limbo legal. Me gustaría actuar como aval de los terrenos." Por muy encumbrada que estuviese la fama de un Maestro de la Espada, existían límites y formalidades que debían respetarse. Y más aún hallándose en los dominios de la Casa Bayezid, hacia quienes guardaba consideración y deferencia. "Y además, esta vez Haben tiene previsto zarpar bastante lejos. Quería ver si sería posible que nos facilitara de antemano mano de obra para carenar la nave y algunos pertrechos." "......Uff." Al escuchar sus peticiones, Bordan, que rebuscaba entre los expedientes, comenzó a masajearse las sienes con gesto de jaqueca. "Qué maña tienes, qué maña. De verdad que sabes caminar sobre el filo con una precisión pasmosa." El entrecejo de Bordan se arrugó en una mueca de severidad mientras clavaba los ojos en Vlad. No obstante, en abierto contraste con su ceño adusto, una tenue sonrisa se insinuaba en la comisura de sus labios. "Solo pides favores planteados de una forma tan ambigua que uno no tiene más salida que concedértelos." Si bien la solicitud formulada por un consagrado Maestro de la Espada resultaba imposible de desestimar, el ruego de Vlad, que bordeaba de manera sutil las líneas de lo permisible, denotaba a las claras un cálculo milimétrico. Era una petición ante la cual ni un Bordan sepultado bajo el trabajo ni una Shoara escasa de holguras podían negarse. "Todo esto lo aprendí aquí mismo." "Sí. Bien aprendido lo tienes." Aquel muchacho de los callejones, que no poseía más que una mirada afilada y desconocía por completo el curso del mundo, ya no existía en este lugar. El joven sentado frente a Bordan en este instante poseía la perspicacia y el juicio necesarios para calibrar la situación en la medida exacta de sus vivencias. "A Lord Josef también le habría agradado". "¿... Eso cree?". Al escuchar brotar aquel nombre tan familiar de los labios de Bordan, una amarga sonrisa se dibujó en el rostro de Vlad. Aunque unas sombras profundas se posaban siempre bajo sus ojos, había sido un hombre que jamás dudó en cederle su propio sitio. La estampa de Josef, grabada en lo más hondo de su memoria, era como un lienzo que difícilmente se borraría de la mente de Vlad. "Entiendo entonces que todo está resuelto; me retiro". "Sí, vete ya". Al ponerse de pie, Vlad no pudo evitar mostrar una expresión indefinible al ver a Bordan, quien de pronto había vuelto a sepultar la cabeza entre los legajos. El panorama ante sus ojos era idéntico al de antaño, pero el despacho del alcalde arrastraba cambios sutiles y casi imperceptibles por doquier. Incómodo ante aquellas diferencias apenas perceptibles, Vlad simplemente apartó la mirada. \*\*\* "Estarás dolido. Si uno es de carne y hueso, es imposible que no le duela". Al ver a Vlad salir del despacho del alcalde y avanzar por el corredor, los funcionarios del ayuntamiento inclinaban la cabeza apresurados a su paso. "Es que no me explico cómo todo el mundo solo piensa en sí mismo. ¿Gracias a quién han llegado tan alto en primer lugar?". Sin embargo, a pesar de que todos contenían el aliento con reverencia ante un Maestro de la Espada, el hombre que caminaba a su lado no mostraba el menor recelo y no paraba de mover la lengua ni un solo segundo. "¿... Te importaría cerrar la boca de una buena vez?". "¿Cerrar la boca? Claro que puedo. Al fin y al cabo, este Goat es un hombre capaz de hacer lo que sea con tal de cumplir las órdenes del jefe". Cualquiera se habría estremecido de espanto ante el fastidio de un Maestro de la Espada, pero Goat respondía con una sonrisa taimada y desvergonzada. "Exactamente como hace unos días, cuando te sostuve mientras estabas ebrio junto a las tumbas. Ya lo ves, al lado de Sir Vlad no puede faltar su escudero Goat. Incluso cuando ese engreído mago o el capitán dicen que se marchan, este fiel Goat permanecerá por siempre al lado del jefe...". "Habías dicho que te callarías". Vlad gruñó hacia Goat, intuyendo que seguiría soltando sandeces a menos que le cortara el paso de las palabras; pero el escudero del más honorable caballero se limitó a retroceder un paso, riéndose entre dientes con insolencia. "Cambiando de tema, jefe, ¿cuándo partiremos hacia Sturma?". "No me sigas". "Pues ya me encargué de prepararlo todo de antemano. Los sirvientes, el carruaje...". "¿Para qué un carruaje?". Aunque su descaro resultaba irritante a la vista, no cabía duda de que Goat era una persona sumamente útil para Vlad. "¿Acaso no vendrá la señorita Jemina con nosotros? ¿O pensabas montarla a pelo sobre el caballo?". "......". "Sería una falta inadmisible que una dama viaje sin un carruaje digno. Por suerte, ya dejé listo uno bastante espléndido". Era el hombre que había permanecido a su lado desde los días en que se disfrazaba de Riman el Devoto. Habiendo cuidado de Vlad incluso después de que este fuera expulsado de Shoara, Goat era una de las contadas personas capaces de adivinar sus intenciones más recónditas sin necesidad de palabras. "¿... Yo jamás he dicho que viajaría con Jemina, sabes?". "Sea como sea, debemos partir dentro de una semana a más tardar. Por más que ya no haya bárbaros asaltando los caminos, las rutas del norte siguen siendo traicioneras". Haciendo oídos sordos a lo que Vlad acababa de replicar, Goat insistió en que debían ponerse en marcha en el plazo de una semana. Como si aquel lapso coincidiera a la perfección con el que él mismo había estimado, Vlad apretó los labios y guardó silencio. "¡Vaya, vaya! Cuánto tiempo sin verte, Noir. ¿Me recuerdas, verdad?". \*Prrrfl.\* Llegando a los establos en un abrir y cerrar de ojos, Goat comenzó a hacer aspavientos con fingido entusiasmo frente a Noir. La virtud más elemental que debía dominar un timador consumado era la simpatía. Al ver a Goat derrochar ese don de gentes a manos llenas, Noir resopló levemente por los belfos, como si a él tampoco le resultara sencillo despreciarlo del todo. "Vámonos juntos, jefe. Tú solo tienes que poner el pellejo". "Menuda sarta de sandeces. En serio". Aunque no llegó a escupirle en la cara a quien le sonreía, Vlad no se privó de soltar una maldición entre dientes. Sin embargo, él mismo ignoraba que aquella expresión taciturna que ensombrecía su rostro hasta hacía un instante se había disipado sin que se diera cuenta. \*\*\* Siguiendo el rastro del sol que se hundía poco a poco en el horizonte, Vlad regresó a La Sonrisa de la Rosa y se dirigió de inmediato a la habitación de Nibelung. "¿Terminaste de empacar tus cosas?". "¿Eh? Ah, sí. Ya está todo listo". Aunque hasta el día de ayer la habitación de Nibelung era un caos absoluto, en ese momento se hallaba pulcra y despejada, como si aquel desorden nunca hubiera existido. El único indicio restante era su abultada mochila, que lucía un aspecto un tanto desaliñado. "Entonces sígueme". "¿A dónde?". "Aunque te lo diga, no sabrías dónde es". Nibelung recordaba al Vlad de la víspera, bebiendo con semblante amargo y desconsolado. Sin embargo, el Vlad que tenía ante sus ojos parecía haber dejado atrás, al menos en parte, la pesada atmósfera lúgubre que lo había envuelto durante los últimos días. "Aparte de lo que empacaste, ¿no necesitas nada más? Ya sean medicinas de emergencia o aparejos para viajar en barco". "De todo eso ya se está encargando Lady Jemina, verá". "¿Por qué no me lo pediste a mí?". "Es que a usted ya no le queda mucho dinero, Sir Vlad". Al no pertenecer ya a la Casa Bayezid, Vlad no tenía salario alguno que cobrar. Demostrando conocer al dedillo sus apreturas económicas, Nibelung ya estaba recibiendo el sustento necesario de manos de Jemina. "¿... Ah, sí?". Sin nada que objetar en lo concerniente al dinero, Vlad comenzó a guiar en silencio a Nibelung hacia algún rincón de los callejones. Avanzaron a través de aquellos senderos intrincados que, si bien ahora lucían mucho más iluminados que en el pasado, seguían siendo imposibles de descifrar para cualquiera que no fuera oriundo del lugar. "Por cierto, ¿lograste reponer tus reservas de misterio? En un lugar tan implacable como la ruta polar, seguro que tendrás que recurrir a él a menudo". "Je, je. Todavía no del todo. En estos últimos años he tenido que usarlo demasiado, ya sabe". El mago Nibelung que Vlad conocía era alguien que canalizaba los misterios a través de herramientas. Era el método de la tribu Burgund, que consistía en obrar magia mediante objetos que, aun pareciendo ordinarios a simple vista, albergaban un significado particular. "Cierto. Usaste tanto misterio que era imposible que pudieras reponerlo". Vlad era plenamente consciente de que, desde que se conocieron, el mago lo había consumido sin darle tregua alguna para restaurarlo. Los artefactos que él mismo le había visto utilizar se contaban ya por decenas. "¿Son ellos?". "¿Cómo?". "Pregunto si son esos mocosos. Los que te ganaron las canicas". Al internarse en lo más profundo de los callejones, Nibelung advirtió que una multitud de miradas convergía sobre ellos desde los alrededores. Eran niños que asomaban la cabeza con cautela entre las sombras de las callejuelas que se oscurecían por momentos. Al divisar a varios rostros que le resultaban familiares entre ellos, Nibelung asintió. "Sí. Son esos de ahí". "Perfecto". Habiendo confirmado su objetivo, Vlad dio un paso al frente. En una de sus manos sostenía una bolsa repleta de canicas. "Que salga el cabecilla de ustedes". El tacto de las canicas que rodaban en la palma de su mano se sentía liso y pulido. Para Vlad, era una sensación entrañable que le traía a la memoria los días de su infancia. "Vamos a echar una partida". Aquel era el mejor regalo que podía ofrecerle al mago que partía hacia tierras lejanas. El muchacho, que al fin había aprendido a despedirse, disparó con el pulgar una canica brillante ante los niños atónitos. \----- • Autor: Q10 • Traductor: Inmensurable ⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨
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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 269

Estás leyendo el capítulo 269 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.