arrow_back

Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 267 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
\*\*El Maestro de la Espada que Abrazó las Estrellas\*\* \*\*Capítulo 267 - Historia paralela: La botella de licor al atardecer\*\* El bosque oriental rebosaba de un verde y exuberante follaje. Ausrina. En aquel paraje resguardado por árboles que se alzaban como murallas defensivas, tal como si alguien los hubiese trazado a pinceladas, el aire vibraba colmado por el alboroto de niños correteando y jugando. "¿Será que no es así?". Bajo el Árbol del Mundo, cuyas ramas se mecían complacidas al compás del bullicio infantil, se hallaba sentada una muchacha de cabellera rubio platino bañada por la luz del estío. "Mmm...". En su ceño fruncido por la intensa concentración anidaba una absoluta seriedad. La manera en que alzaba el lápiz para medir los ángulos, como si algo no fuera de su agrado, recordaba con fidelidad la técnica de un auténtico perito. Sin embargo, a diferencia de su semblante riguroso, la lámina extendida ante ella no albergaba más que trazos enteramente pueriles. "No recuerdo que los labios tuvieran esta forma". Era un talento tal que incluso el Árbol del Mundo, inclinándose con curiosidad para atisbar de qué clase de pintura se trataba, terminó sacudiendo sus ramas. Aunque era valorada como la doncella con la más excelsa capacidad de resonancia divina entre todas las que habían sido acogidas hasta la fecha, en lo relativo a sus dotes para el dibujo parecía ser, sin lugar a dudas, la más torpe. "Doncella del oráculo". "¿Eh?". A espaldas de la muchacha, absorta en cavilar qué era lo que andaba mal, apareció Baradis. Ataviado con ropas ligeras correspondientes a un montaraz consagrado a recorrer la espesura, el reluciente emblema prendido en su hombro acreditaba, sin asomo de duda, su pertenencia al cónclave de ancianos. "Por más que estemos en verano, permanecer a la intemperie durante demasiado tiempo resulta perjudicial para la salud". "No, es que...". La joven, que había renunciado a su verdadero nombre para ser investida como la doncella del oráculo, parecía apesadumbrada de que su hermano mayor le hablara con tanta formalidad. No obstante, al advertir que en el rostro sonriente de Baradis aún pervivía el más hondo cariño fraternal, decidió darse por satisfecha con ello. "¿Cuándo partirás hacia Sturma? Her... quiero decir, Lord Baradis". "¿A Sturma?". "Se celebrará la ceremonia de sucesión, ¿no es así? Escuché que el linaje se llama Bayezid". Era la doncella del oráculo del Árbol del Mundo, poseedora de una aguda inteligencia, pero todavía ajena a las vicisitudes de la política continental. Al escuchar cómo de sus labios brotaban repentinamente asuntos concernientes a las tierras del norte, Baradis no pudo evitar manifestar una expresión de desconcierto. "¿A qué viene semejante pregunta tan de repente...?". La Casa Bayezid, uno de los vencedores indiscutibles de la guerra continental. Puesto que la investidura con la que asumiría el nuevo patriarca constituía un acontecimiento que concentraba la atención no solo del norte, sino de todo el continente, Ausrina también tenía contemplado el envío de una delegación oficial. "Me gustaría que fueras tú quien acudiera, Lord Baradis". "¿Por qué motivo?". El semblante de la muchacha, mientras se rascaba la pequeña barbilla, denotaba cierta incomodidad. Moviendo los pies con inquietud como si le resultara bochornoso sincerarse, se cercioró de que no hubiera nadie en los alrededores e hizo un gesto con la mano para que Baradis se aproximara. "Quiero que vayas tú, hermano". En ese instante no hablaba como la doncella del oráculo del Árbol del Mundo, sino con su propia e íntima identidad. Tras iniciar de ese modo, la joven sonrió y susurró con sigilo al oído de Baradis: "Porque si vas tú, yo también podré acompañarte". "......". Aunque su destino ineludible era permanecer ligada al Árbol del Mundo durante toda su existencia, por esta única vez anhelaba disfrutar de una escapada al exterior. Como si buscara una justificación, la muchacha tomó la lámina en la que había estado trabajando y la desplegó frente a Baradis. "No es que desee ir únicamente por simple curiosidad hacia el mundo exterior. Es que quiero enseñarle esto a Vlad". El papel que sostenía la joven estaba repleto de figuras torcidas e irregulares. Era un dibujo ejecutado con un estilo intrincado y difícil de interpretar, idéntico al de las revelaciones de antaño. "¿Se trata de... una revelación profética?". Sin embargo, a pesar de compartir el mismo trazo tosco, no parecía requerir una compleja interpretación en esta ocasión. Pues hasta el mismísimo Baradis fue capaz de discernir de inmediato el significado plasmado en aquel papel. "Creo que esto le gustará a Vlad, ¿verdad que sí?". Pese a que la forma de sus orejas difería, los niños de la raza de las bestias y los infantes de los elfos correteaban y jugaban juntos al abrigo de un mismo árbol. Al contemplar a la muchacha sonreír de oreja a oreja dejando a los pequeños a sus espaldas, Baradis estuvo a punto de confundir qué parte era el dibujo y cuál la palpitante realidad. \*\*\* En la colina erigida sobre el punto más alto de la ciudad de Shoara, un hombre avanzaba cargando un pesado fardo a sus espaldas en dirección al convento emplazado en la cima. "¡Uf! ¿Por qué demonios pesa tanto esto?". ¡Pum! Con un eco sordo y contundente que hizo vibrar el suelo, rollos de carne de un escarlata intenso revelaron su lustroso tono al ser depositados. Eran piezas de una calidad tan selecta que cualquiera advertiría a primera vista su opulencia, cada una marcada con el blasón de la Familia Cannor. "¿...Quién es?". "Marcela. Soy yo". Quizás gracias al estrépito que el recién llegado había provocado a propósito, una mujer asomó desde la cocina. El pañuelo atado con firmeza alrededor de su cabeza ocultaba una densa y oscura cabellera. La falda que vestía se hallaba cubierta de manchas, muestra inequívoca de que acababa de estar enfrascada en las faenas cotidianas. "¿Vlad? ¿Eres tú, Vlad?". "Cuánto tiempo. ¿Ha pasado ya medio año?". Sin embargo, a diferencia de su modesto atuendo, la resplandeciente sonrisa que le dedicó a Vlad conservaba la hermosa calidez de antaño. "¡Pero miren a quién tenemos aquí! ¡Una persona tan ilustre en este rincón deslucido!". "¿Dónde coloco esto?". "¡Cielo santo, mira nada más cuánta carne! Con lo que me estaba quebrando la cabeza pensando en qué darles de comer hoy a las chicas". Madame Marcela, antaño aclamada como la Rosa de Shoara. No obstante, la calidez de su sonrisa era ahora mucho más madura y serena que en aquellos días de vano esplendor, por lo que a Vlad le pareció que la Marcela actual irradiaba una paz infinitamente mayor. "La traje pensando expresamente en que fuera carne adecuada para hervir en caldos y estofados. Ponerse a asar pieza por pieza sería una labor interminable, ¿no le parece?". "Así es, tienes toda la razón. Siempre he adorado esa consideración tan atenta que tienes". Cargando la carne una vez más, Vlad siguió las indicaciones de Marcela y se adentró en la cocina. El mismísimo lugar donde, tiempo atrás, cierta chiquilla pelirroja solía fregar los platos entre lágrimas. "¡Oh, por todos los cielos! ¡Vlad! ¡Tanto tiempo!". "¡Miren a quién tenemos aquí! ¡Fíjense en lo anchos que se le han puesto los hombros!". "¡Cuidado con tocarlo a la ligera! ¡Que es nada menos que el señor Maestro de la Espada!". Al ingresar tras los pasos de Marcela, una multitud de mujeres acudió a recibir a Vlad con algarabía. Cada mano que se estiraba hacia él le resultaba entrañablemente familiar; daba la vívida impresión de que la antigua Sonrisa de la Rosa se hubiese trasladado por entero a este modesto rincón. "Veo que están todas aquí". "Una vez retiradas, tampoco es que tuviéramos adónde más ir". "Cuidar de mocosos es mil veces mejor que lidiar con tipejos asquerosos". Antaño, habían sido mujeres que vendían licor y sonrisas por una reluciente moneda. Sin embargo, las cálidas sonrisas que ahora lucían rebosaban una afabilidad acogedora que el dinero jamás podría comprar. "Me alegra ver que todas están sanas". "¡Ven a visitarnos más a menudo, Vlad!". "¡Sí, y quédate más tiempo en casa de una buena vez! ¡Deja de mortificar a Jemina!". Eran mujeres charlatanas que devolvían diez palabras por cada una que recibían. Tal vez por la grata presencia de un huésped a quien no veían desde hacía tanto tiempo, el bullicio en la cocina fue en aumento, por lo que Marcela se apresuró a tomar a Vlad por el hombro para sacarlo de allí. "Aun así, es increíble que hayas conseguido quedarte con el convento. ¿Acaso la Santa Sede se quedó de brazos cruzados?". "¿La Santa Sede? No tengo ni idea". Siguiendo a Marcela, Vlad pasó junto a la capilla de la que antaño había sacado a Jemina y subió al segundo piso, deteniéndose ante una puerta con un letrero que rezaba: Despacho de la Directora. "Solo le dije al señor alcalde que, ya que el edificio estaba vacío de todos modos, me gustaría darle algún uso". "¿Este lugar estaba vacío?". "Sí. A partir de cierto momento, quedó desierto". Una pequeña estancia en el segundo piso que en el pasado había sido el despacho de la madre superiora, pero que ahora se había transformado en el despacho de la regenta del orfanato. Vlad, que aún recordaba cómo le había rugido a la madre superiora en ese mismo sitio, chasqueó la lengua con una sonrisa amarga al contemplar el emblema eclesiástico que aún permanecía grabado. "Probablemente huyeron todas. Aunque bueno, enemistarse con el mismísimo y formidable Maestro de la Espada y pretender quedarse aquí habría sido lo verdaderamente extraño". Sentándose en una silla, Marcela soltó una sonora carcajada mientras decía que jamás se habría imaginado que hasta las monjas supieran huir al amparo de la noche. "Y aunque vengan a quejarse más tarde, ¿qué importa? Si supieran cuánto dinero les he entregado en donaciones a lo largo de los años...". "Eso es verdad". El convento de Shoara, que en otro tiempo traficaba con el nombre de Dios en beneficio de las hijas de los potentados, ahora se había convertido en un orfanato para niños desamparados. Al contemplar tal transformación, una risa incrédula y henchida de profunda emoción escapó de los labios de Vlad. "Es verdaderamente admirable, Marcela. En ninguna otra ciudad del norte habrá un solo particular que haya fundado un orfanato por su cuenta, sin pertenecer a la Iglesia". "Es algo que hago porque quise hacerlo, eso es todo. Aunque no te niego que es agotador". Por mucho dinero que hubiera acumulado, asumir la carga de alimentar y criar a niños huérfanos no era algo que cualquiera pudiera hacer a la ligera. Y mucho menos siendo una mujer sola. "En vista de eso, ¿por qué no deja un donativo antes de marcharse, Sir Vlad?". Sin embargo, Marcela había logrado lo que nadie más pudo hacer. Del mismo modo en que, en los oscuros callejones, llegó a erigir el edificio más alto que ningún otro capo jamás poseyó. "Eres increíble, Marcela". "¡Te he dicho que te dejes de palabras vacías y sueltes una donación!". Marcela extendía ambas manos hacia el risueño Vlad, apremiándolo a que le entregara algo. Fuera de la ventana del despacho donde estaban sentados, una multitud de niños se agolpaba estirando el cuello con la ilusión de vislumbrar al Maestro de la Espada. En aquel crudo día de invierno, una cortesana de vida licenciosa había llamado a las puertas del convento guiando a doncellas inocentes. Aunque algunos afirmaron que ella no tenía derecho a entrar en el regazo de Dios, este lugar donde Marcela sonreía en ese instante se hallaba más cerca de la voluntad divina que cualquier otro. Con toda certeza, en el invierno que estaba por llegar, nadie volvería a desplomarse derrotado ante las puertas del convento. \* \* \* "¿Por qué la prisa? Quédate a cenar con nosotros". "No, gracias". "¿Acaso Jemina te dijo que volvieras temprano?". "¡Ya le he dicho que no es por eso!". A pesar de la mano de Marcela que intentaba retenerlo para que compartiera la cena, Vlad, que ya tenía otros planes trazados, se limitó a abandonar el orfanato en silencio. "Vendré de nuevo pronto. Al fin y al cabo, estaré aquí mismo, en Shoara". "Está bien. Vuelve pronto". A espaldas de Vlad, mientras se marchaba, una multitud de niños se arremolinaba. Al contemplar aquellas miradas brillantes, tan parecidas a las de los pequeños de los callejones, Vlad se rascó la barbilla por un instante. "Por ahora, usa este lugar a tu antojo. Ya hablaré yo mismo con el alcalde". "Entendido". "Y también esto". Tras vacilar un momento, Vlad extrajo una pequeña bolsa del bolsillo de su pecho y se la tendió a Marcela. "¿Qué es esto?". "Una semilla". Preguntándose qué podría ser, Marcela abrió la bolsita y encontró en su interior un fruto que jamás había visto en su vida. Resplandeciente como una joya preciosa, a ojos de cualquiera resultaba a todas luces extraordinario. "¿Semilla de qué?". "Ni yo mismo lo sé. Es algo que solo sabremos cuando crezca". Tras entregarle la semilla, Vlad sonrió sutilmente y añadió: "Aun así, creo que esa semilla encajará a la perfección con este lugar". "¿De verdad?". Una pequeña semilla traída desde Ausrina. Vlad ignoraba en qué llegaría a convertirse la semilla que Marcela sostenía entre sus manos, pero al menos podía intuir que, tras el paso de mucho tiempo, se alzaría majestuosa como los árboles de Dobrechti o Deomar. "Bueno, me marcho". "Ve con cuidado". Por el bien de las jóvenes posibilidades, alguien debía sembrar una semilla de verdor. Tal como lo había hecho el Maestro de la Espada de la era anterior mientras recorría el mundo en secreto, y tal como lo hacía la mujer que ahora tenía ante sus ojos. "Apenas he hecho nada y el día ya se ha terminado". Despidiéndose con un ademán de la mano, Vlad reanudó la marcha contemplando el arrebol carmesí del atardecer que caía más allá de la colina. "Se suponía que ya era hora de que llegara". Descendiendo de la colina más alta de Shoara, Vlad encaminó sus pasos hacia los muelles impregnados del acre olor a pescado. Quizás a causa de la temperatura que caía a plomo con la llegada de la noche, una tenue neblina fluvial comenzaba a extenderse poco a poco a lo largo de las riberas del río de Shoara. "Por aquí tampoco ha cambiado nada". En aquellos muelles silenciosos, donde no atracaban barcos y hasta los estibadores se habían marchado, Vlad permanecía de pie en absoluta soledad. Levantó una mano hacia el crepúsculo que se teñía de un rojo cada vez más intenso. "Al menos podremos cenar juntos". El ocaso de hoy comenzaba a hundirse por fin bajo el fondo del río. Y a espaldas de aquel crepúsculo, una embarcación surcaba las aguas río arriba. Provista a ambos lados del casco de peculiares ruedas de paletas, ondeaba en ella el estandarte de la rosa roja que hoy en día todo el mundo era capaz de reconocer. "Llegas un poco tarde, Haben". Bajo el ocaso que se apagaba paulatinamente, Vlad caminaba por el muelle a la par de la nave que navegaba a su compás. En la mano derecha del joven caballero, una botella de licor, traída especialmente para su amigo, resplandecía teñida con los últimos destellos del atardecer. \----- • Autor: Q10 • Traductor: Inmensurable ⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨
El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela)

Continúa leyendo

El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela)

Capítulo 268

Siguiente Capítulo ›

El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 267

Estás leyendo el capítulo 267 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.