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Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 266 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Vlad avanzaba hacia La Sonrisa de la Rosa por un camino familiar. Sin embargo, a pesar de hallarse de regreso a casa, su rostro estaba impregnado de un evidente fastidio. "—Haz algo para que esos dejen de seguirnos." "—¿Y cómo se supone que haga eso?" "—¿No se suponía que eras amigo de ellos?" Y es que, a espaldas de Vlad, los niños de los callejones aún lo seguían pegados a sus talones. Aunque deseaba llegar con sigilo a La Sonrisa de la Rosa para evitar a los incontables caballeros que le exigirían duelos a gritos, al contemplar a la multitud de chiquillos que se le habían adherido en el camino, no pudo evitar soltar un hondo suspiro. "—Por cierto, ¿qué edad tienes para andar jugando a las canicas con unos críos?" Los ojos de los niños centelleaban tanto como las canicas de vidrio que apretaban en sus manos. Al verse incapaz de soltarles un desplante para que se largaran ante aquellas miradas colmadas de admiración, Vlad optó por desahogar su queja contra el blanco más fácil: Nibelung. "—Además, si tantas ganas tenías de jugar a las canicas, debiste haberlo hecho con los niños de los callejones de arriba. ¿Acaso no sabes lo astutos y espabilados que son los de por aquí?" "—¿Usted cree?" Eran niños de los callejones que, al carecer de protectores, habían aprendido cómo funcionaba el mundo demasiado pronto. Puesto que Nibelung lidiaba él solo contra chiquillos que asociaban cada asunto con la mera supervivencia, resultaba enteramente natural que su tasa de victorias fuera desastrosa. "—Aun así, de verdad quería jugar con los niños de aquí." "—¿Por qué?" Sin embargo, el mago en busca de misterios anhelaba a toda costa adueñarse de las canicas de los chicos de este lugar. "—Porque las canicas de los chicos de aquí son las que más brillan." "—¿Eh?" Y era así porque, entre todas las que había visto jamás, las canicas que rodaban por este fango eran las más resplandecientes. El brillo en los ojos de unos niños que contemplaban la estrella más deslumbrante desde el rincón más oscuro era, precisamente, aquello que encajaba con el misterio que Nibelung perseguía. "—...Aun así, te digo que no vas a ganarles nada. Ya te tomaron por incauto." "—Entonces écheme una mano solo por esta vez. ¿No podría hacer equipo conmigo y jugar una partida?" "—Vaya estupidez... No me jodas, de verdad." Un mago insistiendo en que el mismísimo Maestro de la Espada de esta era jugara a las canicas a su lado. Al oír semejante disparate, Vlad soltó una risa seca, atónito, mientras empezaba a palpar con la mano el muro trasero de un edificio al que acababan de llegar. "—¿Se han ido todos los niños?" "—A partir de aquí es mi territorio." Hacía apenas un instante, los chicos le pisaban los talones a Vlad, pero desde este tramo del callejón retrocedían sin atreverse a dar un solo paso hacia el interior. Quizá se debía al respeto por las fronteras territoriales arraigadas desde antaño en los bajos fondos. "—Pero ¿por qué empuja la pared?" "—Esto no es una pared." Así, ante el muro trasero de aquel solitario callejón, Vlad tanteó un punto específico y comenzó a empujar la estructura con toda la fuerza de su hombro. "—...Parece que nadie la ha usado en todo este tiempo." Aquella pared que Vlad empujaba entre resoplidos era, en realidad, una puerta trasera camuflada de muro. Un acceso secreto hacia La Sonrisa de la Rosa que únicamente la banda de Jorge conocía. "—¡Uff!" En los días en que los callejones se hallaban sumidos en su mayor oscuridad, era una puerta que se abría sin descanso. Sin embargo, nadie parecía haberla utilizado desde la sangrienta incursión de Godin, pues las bisagras ocultas estaban cubiertas por completo de una espesa capa de herrumbre. \*¡Creeeek!\* Aquella puerta secreta cedió con pesadez y un chirrido estridente, como si con el paso de los años hasta ella misma hubiera olvidado su condición de puerta. Mientras sacudía el polvo añejo que le caía sobre la cabeza al empujarla de par en par, lo que le dio la bienvenida a Vlad fue un muchacho de piel oscura que abría los ojos con desmesurada sorpresa. "—¡¿Q-Qué demonios?!" "—..." La primera persona en recibir a Vlad a su regreso fue Ned, encaramado a un gran barril de licor mientras sostenía una botella contra la espita. Sin embargo, su sobresalto resultaba sobremanera sospechoso: tenía toda la traza de haber sido pillado con las manos en la masa en algo indebido. "—¿V-Vlad? ¿C-Cuándo volviste?" "—Ah..." Era un panorama que se entendía a la perfección sin necesidad de explicaciones. Después de todo, era una trastada que el propio Vlad solía cometer con frecuencia en su mocedad. "—Repón por tu cuenta el licor que birlaste. Pienso decirle a tu hermano cuánto falta en ese barril." "—¡Espera un momento! ¡Puedo explicarlo todo!" "—Más te vale llenarlo rápido, antes de que Otar te muela a golpes por el valor de lo que falte." Aunque Ned se bajó a toda prisa del barril al percatarse por fin de la gravedad del asunto, Vlad y Nibelung ya alcanzaban el rellano de la escalera que conducía al vestíbulo de la primera planta. "—Ya te he dicho que para robar también se necesita ser listo." "—¡Vlad! ¡Espera un segundo!" Ignorando por completo los ruegos desesperados de Ned a sus espaldas, Vlad abrió la puerta. Al instante, una deslumbrante cascada de luces inundó su mirada. Ante los destellos de la araña de luces que pendía de lo alto, Vlad entrecerró los ojos por un momento. "—Este lugar nunca cambia." Sin embargo, a medida que el bullicio del local lo envolvía y los apetitosos aromas de la comida le acariciaban la nariz, la mirada entrecerrada de Vlad fue relajándose paulatinamente hasta curvarse con suavidad. Aunque los años hubieran pasado y los rostros hubiesen cambiado, La Sonrisa de la Rosa continuaba dándole la bienvenida. Al regresar por fin a su seno, Vlad avanzó con pasos conocidos mientras una tenue sonrisa asomaba a sus labios. \* \* \* Convertida ya no en un burdel, sino en la única posada de lujo de todo el norte, La Sonrisa de la Rosa exhibía un aspecto sutilmente distinto al de antaño. Vlad y Nibelung recorrían sus pasillos. "—La habitación es pequeña." "—Con este tamaño basta y sobra." Tras ingresar sin que nadie lo notara a su habitación en el cuarto piso, Vlad empezó a descargar su equipaje en aquel espacio de apariencia sobria, tan distinto de los fastuosos corredores que acababan de transitar. "—Pero ¿por qué se preparó una habitación tan arrinconada? Parece un piso reservado exclusivamente para usted." "—Es que en aquel entonces nadie podía descubrirme." El pasillo del cuarto piso, al cual solo un único huésped tenía permitido el acceso, resultaba tan solitario que lindaba en la quietud absoluta, a diferencia de la bulliciosa atmósfera de la planta baja. "—Por aquello de que hablaba solo, ya sabes. Para conversar con Kihano." "—Ah. Es cierto, así era." Aquel espacio del cuarto piso transmitía una indefinible soledad. Al contemplar ese corredor que ahora se antojaba todavía más vasto porque ya no le quedaba nadie con quien cruzar palabras en su interior, Vlad se rascó el puente de la nariz en silencio. "—¿Al fin llegas?" "—..." No obstante, aunque Kihano ya no habitara en su interior, había otra persona aguardando por Vlad en aquel lugar. "—Jemina." "—Vaya, al menos esta vez volviste pronto." Apoyando los brazos en la barandilla, la dama vestida de escarlata contemplaba a Vlad en silencio. Luciendo un vestido tan radiante como su propia hermosura, Jemina lo observaba con mirada fija. "—Bueno, medio año es bastante decente. Al menos en comparación con aquella vez en que te largaste un año entero diciendo que ibas a poner fin a la guerra." Sin embargo, en la mirada que Jemina le dirigía en ese instante anidaban las afiladas espinas de una rosa que ni el mismísimo Vlad podía pasar por alto con facilidad. "—¿Cuánto tiempo piensas quedarte esta vez? ¿Estarás al menos una semana?" "—Lady Jemina, ¿me permitiría retirarme a la planta baja?" "—Por supuesto. El gato puede bajar." Al percibir que la atmósfera no auguraba nada bueno, Nibelung se apresuró a escabullirse. Aunque a sus espaldas la mano de Vlad intentó sujetarlo con desesperación implorándole que no se fuera, saber reconocer en qué lugares no convenía estar era una de las virtudes cruciales que todo adulto sociable debía dominar. "—¡Ah, qué aroma tan delicioso! La verdad es que me encanta el estofado de carne." "Eso es estofado de papas. Tú detestas las papas". "He decidido que me gusta a partir de hoy. ¡Ese estofado de papas se ve delicioso en verdad!". A pesar de la tranquila disuasión de Vlad, Nibelung se escabulló con la fluidez del agua. Al verlo descender aprovechando el hueco que Jemina le había cedido, Vlad dejó caer la cabeza, como si le aquejara un profundo dolor de sienes. "Los clientes no dejan de llegar en tropel, pero ya no quedan habitaciones. A este paso, me temo que tendré que abrir el cuarto piso". "No pude evitarlo esta vez. Bien sabes que fue una petición de la Iglesia Ortodoxa". "Sí, lo sé muy bien. Que fuiste a cazar magos negros por encargo de Lord Andrea". Para sofocar las ascuas de la guerra, o en ocasiones para purgar a los magos negros supervivientes. Durante dos años enteros, Vlad había recorrido el mundo empuñando la espada sin un solo instante de sosiego. "¿Pero no deberías descansar un poco a estas alturas? La última vez te pasaste meses enteros postrado en cama". "Por supuesto que yo también desearía descansar, pero..." "Uf. Ahora porque eres joven y no lo notas". Sin embargo, Jemina, que lo observaba a su lado, lo comprendía a la perfección. El Vlad de ahora no vagaba de un confín a otro únicamente para cumplir con sus deberes, sino para intentar llenar el abismo de vacío que tenía horadado en el pecho. "Cuando envejezcas, todo eso te pasará factura en los huesos. Tú sabes mejor que nadie qué clase de final les espera a los mercenarios que maltratan su propio cuerpo sin miramientos, ¿o no?". "......". "Descansa un buen rato esta vez antes de marcharte. Me enteré de que Haben también acaba de regresar". A su alrededor no faltaban personas dispuestas a colmarlo de elogios cada vez que blandía su espada. Sin embargo, al contemplar a la única que le decía que ya era momento de reposar, Vlad no pudo evitar esbozar una sonrisa amarga. "Oye...". Al ver que Jemina se daba media vuelta como si le bastara con haber comprobado que había llegado sano y salvo, Vlad abrió la boca con vacilación. "¿Qué?". "Es que tendré que ir a otro lugar de inmediato otra vez". "¿... Y bien?". Ante las palabras de Vlad, que anunciaba su partida apenas recién llegado, los ojos de Jemina volvieron a tornarse gélidos. "Haz lo que quieras. Estoy ocupada". Aquel muchacho obstinado que insistía en recorrer su propio camino sin importar lo que dijeran los demás. Precisamente porque era ella quien mejor lo comprendía, Jemina sabía que no había nada que hacer; exhaló un leve suspiro y comenzó a bajar las escaleras. "¿Quieres venir conmigo? Esta vez". No obstante, ante aquellas palabras, incluso Jemina se detuvo en seco, atónita. Esta vez no iría solo, sino los dos juntos. Desconcertada por la propuesta, se giró hacia atrás y se encontró a Vlad sosteniendo una carta de Bayezid. "Para la ceremonia de sucesión de Lord Rutger esta vez... ¿no querrías acompañarme?". "¿... Juntos?". La ceremonia de ascensión al liderazgo de la casa por parte de Rutger, donde se congregarían todos los nobles del norte. Jemina comprendía muy bien que invitarla a semejante lugar albergaba una intención de un peso infinitamente mayor que un simple viaje compartido. "¿... De verdad te parecerá bien alguien como yo?". "Por supuesto. Si no es contigo, la verdad es que no tengo a nadie más a quien llevar". "¿De verdad?". Al ver cómo la expresión de Jemina comenzaba a suavizarse poco a poco, Vlad empezó a sonreír junto con ella. Sin embargo, en cuanto ella desplegó una carta ante sus ojos, la sonrisa en su rostro se congeló al instante. "Parece que no es tan así". "...... Mmm". La misiva que Jemina extrajo de su regazo para mostrársela. En el exterior de aquel pliego destacaba el emblema del árbol blanco que Vlad conocía más que de sobra. "Pensaba dártela mañana para que descansaras hoy, pero no me dejas otra opción". Por alguna razón, la sonrisa de Jemina mientras sostenía la carta lucía inquietantemente fría. "Tendrás que decidirte, Vlad. A quién llevarás a la ceremonia de sucesión". Una carta impregnada con un intenso aroma a limón que había sido enviada directamente a La Sonrisa de la Rosa. Quien la remitía no era otra que la otra dama a la que Vlad servía: la Baronesa Alicia Heinal. \*\*\* "La cosecha de este año se presenta verdaderamente espléndida, mi señora Baronesa. Todos celebran con júbilo que hemos tenido un año de gran abundancia". Deomar, una ciudad impregnada del aroma del verano. A través del ventanal que se abría a sus espaldas, el árbol de Deomar, que este año lucía un verdor aún más frondoso que de costumbre, parecía darle la bienvenida a Alicia. "¿... De verdad?". La cosecha del presente año era una auténtica bendición. Gracias al comercio con los elfos, la ciudad rebosaba de prosperidad y las sonrisas jamás abandonaban los rostros de los vasallos en Deomar, el feudo de los Heinal. "¿Y de qué sirve?". "¿Perdón?". Sin embargo, en el rostro de Alicia, la auténtica señora de aquella urbe, no habitaba una sonrisa de dicha, sino una densa y profunda sombra. "¡Digo que de qué sirve! ¡De qué vale que al feudo le vaya tan bien!". A pesar de que todo marchaba a pedir de boca, el corazón de Alicia estaba colmado de una angustia incontenible. "¿De qué servirá que al feudo le vaya de maravilla? Si, en la práctica, la mismísima Casa Heinal se está marchitando hasta morir". "Lady Alicia...". Aun con el semblante ensombrecido, la gobernante de Heinal seguía siendo una mujer de radiante belleza. No obstante, Alicia se lamentaba amargamente por el hecho de que no hubiera absolutamente nadie que contemplara y apreciara semejante hermosura. "¿... Acaso no ha llegado ni una sola carta de propuesta matrimonial para mí? Me daría igual si se trata de un noble o incluso de un caballero sin tierras ni respaldo...". "Verá...". Ante la punzante pregunta de Alicia, el anciano caballero Duncan agachó la cabeza, totalmente abrumado y sin saber qué responder. "Este año, ni uno solo...". "¿Ni uno solo?". "Así es. Ni uno solo". Y es que las misivas de pretendientes, que antaño llovían sin cesar, se habían cortado de golpe en los últimos tiempos. La Baronesa Alicia poseía una inmensa riqueza, gran honor y su propio señorío. Pero, aunque lo tuviera todo, existía una poderosa razón por la cual ningún joven se atrevía a cortejarla con ligereza. "¡Iiiih! ¡Aaargh! ¡Todo esto es por culpa de Vlad!". La estampa de Alicia mesándose los cabellos mientras pegaba alaridos resultaba bastante estrafalaria. Aun así, Duncan se limitó a asentir en silencio, demostrando que al menos él comprendía a la perfección el tormento que la embargaba. "¡¿Por qué demonios tuvo que volverse tan extraordinario?! ¡Me ha cerrado el camino al matrimonio por completo!". El Caballero de Lady Alicia, Vlad Áureo. Con todo el continente al corriente de que ambos ya habían intercambiado pañuelos como prenda de devoción, no existía en el mundo un imbécil tan insensato como para atreverse a pedirle matrimonio a la dama de un Maestro de la Espada. "¿Acaso el linaje de los Heinal se extinguirá aquí mismo? ¿Terminaré convertida en la hija más descastada bajo el cielo?". "¡Oh, Lady Alicia...!". '¡Si pensaba dejarme abandonada de esta forma, más le valía no haberse metido conmigo en primer lugar! ¡Maldito holgazán sinvergüenza, que encima se tragó el tesoro más preciado de esta familia!'. "No. De ninguna manera. Jamás lo permitiré. ¡Con todo lo que he tenido que padecer para proteger a los Heinal!". La mirada de Alicia, clavada al otro lado de la ventana, se volvía por momentos cada vez más glacial. Aquello era algo así como el desesperado arrebato de la última Heinal con vida, engendrado por el orgullo de la sangre azul de la nobleza. "Llegados a este punto, tendré que sacarle la simiente como sea. ¡Tengo que asegurar la descendencia a cualquier precio!". Cabello rubio y ojos azules. Y, por encima de todo, una estirpe avalada nada menos que por el Maestro de la Espada de esta era. Los ojos de Alicia brillaban con un fulgor extraño y obsesivo al soñar con semejante perspectiva. ¡......! Y como si quisiera brindar su más absoluto respaldo a la determinación de Alicia, el sagrado árbol de Deomar, en lo alto, comenzó a mecerse suavemente. La Serpiente Blanca danzaba sobre la copa rebosante de verdor, y bajo ella, los pequeños espíritus sacudían sus cuerpecillos con entusiasmo desenfrenado. "¿Qué les pasa a estos pequeños?". "¿Qué es esto? ¿Acaso están celebrando un festival?". Los espíritus se regocijaban a un nivel tal que desconcertaba incluso a los elfos apostados en la ciudad, y comenzaron a clamar el nombre de Alicia con todas sus fuerzas, apremiándola como si le exigieran que fuera de inmediato a traerles esa semilla. \----- • Autor: Q10 • Traductor: Inmensurable ⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨
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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 266

Estás leyendo el capítulo 266 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.