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Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 265 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Era la mañana en que partía del feudo de Sir Ramund rumbo a Shoara. El aire de la estepa, fresco a pesar de ser pleno verano, esparcía jirones de una tenue neblina por doquier. "¿Qué pasa? ¿A qué viene eso?" Aquel aire estival y vigorizante solo podía saborearse en la estepa del norte. No obstante, Noir permanecía inmóvil, limitándose a contemplar la colina que se alzaba frente a ellos. "¿Qué ocurre?" Al ver a Noir clavado en el sitio sin dar un solo paso, Vlad se preguntó qué sucedía y entornó los ojos hacia la lejana colina. Allí, en lo alto de aquella loma que el corcel negro y el caballero de cabellos dorados observaban al unísono, y que se elevaba como una ola verde, una manada de caballos salvajes los miraba desde arriba, sin que se supiera en qué momento los habían seguido. "... ¿No serán esos tus viejos compañeros?" \*Prrr.\* Al escuchar las palabras de Vlad, Noir fingió desinterés y comenzó a rascar el suelo con el casco. Ahora era el caballo negro Noir, pero antes de que Vlad le otorgara un nombre, había sido el salvaje corcel conocido como el Hijo de la Estepa. La manada que había sobrevivido al asalto del gusano de la muerte, el más resistente de los dragones, avanzaba ahora por la estepa de Barna, contemplando a su antiguo líder. "¿Por qué? ¿Acaso te piden que vayas con ellos?" Ante la voz de Vlad a sus espaldas, Noir alzó la cabeza con lentitud. Sobre aquel mar verde donde, salvo por la distante manada de caballos salvajes, solo se encontraban ellos dos, el corcel pareció dudar por un instante mientras contemplaba el antiguo mundo al que alguna vez perteneció. \*Tilín, tolón.\* Mientras permanecían detenidos, el tenue tintineo de unos cascabeles llegó a espaldas de Vlad y Noir. Numerosas carretas cargadas de mercancías fueron apareciendo, hendiendo la niebla matutina que se disipaba poco a poco. "¡Sooo, soo!" "¿Quién es el señor que está al frente?" Quienes surgieron conduciendo aquella larga hilera de carretas eran buhoneros. Mercaderes pertenecientes a una compañía comercial lo bastante colosal como para movilizar decenas de carros de una sola vez. "Somos gente de la Familia Cannor. Si no tiene ningún asunto con nosotros, le agradeceríamos que se apartara del camino." En una estepa solitaria, recelar de un extraño resultaba de lo más natural. Aunque en tiempos recientes ya no fuera así, apenas unos años atrás estos buhoneros solían sufrir grandes pérdidas a manos de los bárbaros que merodeaban por las llanuras. "... Conque Cannor." Sin embargo, Vlad no contestó a la cortante interpelación de los mercaderes. Se limitó a observar en silencio un blasón familiar que ondeaba en medio del convoy. "Me pregunto si estará aquí." Con un leve murmullo para sí mismo, Vlad extrajo una insignia que llevaba ensartada en la parte trasera de la montura. Era un pequeño pendón de fondo níveo, repleto hasta los bordes de toda clase de blasones heráldicos. Tras señalar uno en particular, que parecía haber sido bordado hacía ya mucho tiempo, Vlad esbozó una sonrisa de medio lado y habló: "¿Conocen por casualidad a alguien llamado Portly Cannor?" "¿Cómo?" Los mercaderes quedaron sumamente desconcertados al escuchar de improviso el nombre del hijo de su patrón. O más bien, para ser exactos, se quedaron atónitos al ver el pendón que el caballero rubio acababa de alzar. "Ese muchacho fue compañero mío cuando yo era escudero." Apenas se podían contar los numerosísimos blasones que abarrotaban la tela. Sin embargo, el emblema de los Cannor que Vlad señalaba ocupaba una posición tan principal que parecía haber sido grabado antes que el de ninguna otra familia. "Si se encuentra aquí en este momento, háganle el favor de avisarle que Vlad de Shoara lo está buscando." En el presente, incontables casas nobles daban testimonio de su renombre; pero unos años atrás, él no había sido más que un muchacho en los huesos que se maravillaba ante una simple salchicha que le regalaban. Aquel chico que en esa época ni siquiera sabía montar bien a caballo estaba ahora pronunciando el nombre de su viejo amigo. \*\*\* "¡Vaya! Jamás imaginé que nos toparíamos aquí." Un joven asomó la cabeza fuera del carruaje con el rostro radiante de alegría. Era un mozo tan regordete que ambas mejillas le relucían de lo bien alimentado que estaba. "¿Dónde has estado metido todo este tiempo? ¿En Sturma? ¿O en Barna?" "En el feudo de Sir Ramund. Fui a aprender un poco sobre agricultura." La voz de Portly, mucho más potente de lo habitual, resonaba con fuerza en medio de la caravana. Avanzaban codo a codo, por lo que no hacía falta alzar tanto la voz, pero el júbilo del reencuentro bastaba para que sus gritos rompieran la calma de la mañana. "A decir verdad, tenía muchas ganas de verte al menos una vez. Sin embargo..." Uno en el carruaje y el otro a lomos de su caballo, ambos marchaban a la par. No obstante, aun compartiendo el mismo camino, la actitud de Portly hacia Vlad traslucía cierta prudencia involuntaria. "Ven a visitarme cuando quieras. Durante un tiempo me quedaré en La Sonrisa de la Rosa." Como si comprendiera la cautela de Portly, Vlad tomó la iniciativa de hablar. Era una verdad innegable que existía una enorme distancia, casi insalvable, entre un Maestro de la Espada al que todo el continente conocía y el hijo de una simple familia de comerciantes. Pese a todo, Vlad le respondió masticando una salchicha, tal y como solía hacer en sus días de escudero. "Pero es que allí también habrá demasiada gente queriendo verte..." "Hablaré con la dueña del local, así que ven a visitarme cuantas veces te plazca." "¿De verdad puedo?" "... Tú parece que no has cambiado en absoluto. ¿Acaso todavía hay alguien que se meta contigo hoy en día?" Aunque el tiempo que pasaron juntos no había sido demasiado largo, no cabía duda de que ambos compartían un vínculo forjado cuando se necesitaban mutuamente. La imponente estatura que Vlad ostentaba ahora, tan lejana a la de sus días de escudero, bien podía deberse en parte a toda la carne con la que la Familia Cannor lo había agasajado antaño. "Pero ¿qué es todo esto? ¿Shoara necesita semejante cantidad de carne?" "Ah, esto." Habiendo cambiado de tema, Vlad chasqueó la lengua al contemplar la prolongada fila de carretas de Cannor. Eran tantos carros que había que estirar el cuello para divisar el final de la hilera. Por mucho que la compañía comercial Cannor hubiera absorbido el territorio de El Oso Negro, uno de los cinco grandes capos, Shoara no era una urbe tan desmedida como para consumir un volumen semejante. "Dejaremos la mitad en Shoara y el resto lo cargaremos en un barco para llevarlo hasta el oeste." "¿Hasta el oeste?" "Sí, hasta el oeste. Concretamente, nos dirigimos a Nidavellir." Nidavellir, el nombre con el que antes se designaba al Frente de Liberación Enano, se había convertido ahora en el topónimo de una ciudad y ya no de una organización. Era la urbe que servía de nuevo hogar a los enanos en sustitución de la isla de Lemnos, que terminó hundiéndose por culpa del más colosal de los dragones. "Dicen que se ha fundado una nueva ciudad enana junto a Trínova. Y resulta que a los enanos de allí les fascina la carne y el alcohol a más no poder." "Eso no se puede negar." Los enanos habían encontrado su antiguo hogar para echar raíces de nuevo. Sin embargo, aquel paraje todavía cubierto por la arena tardaría bastante tiempo en recuperar su antiguo esplendor. "Por cierto, dicen que esos enanos no dejan de pedir un licor llamado Capitán Q. Es la primera vez que oigo hablar de una bebida así. ¿Tú sabes qué es?" "... No, para nada." Aquel licor viscoso de tonalidad parduzca, semejante al color de los callejones oscuros. A pesar de haber escuchado un nombre que jamás podría borrar de su memoria, Vlad fingió desconocerlo por completo mientras, ante sus ojos, comenzaba a vislumbrarse a lo lejos una esquina de las murallas. "¡Ahí al frente está Shoara!" De Sturma a Shoara. Al confín de aquella estepa septentrional que se extendía interminable, la tierra natal de Vlad empezó a mostrarse. "... Pero ¿qué es eso?" Era la tierra donde el muchacho había nacido y la ciudad a la cual había prometido regresar. Sin embargo, aunque las murallas que se alzaban ante sus ojos le resultaban familiares, el espectáculo congregado al pie del portón de la ciudad era algo que no había visto jamás en la vida. "¡Oye, no te cueles!" "¡¿Cuándo me he colado yo?!" Al ser el centro neurálgico del tráfico de mercancías del norte, las puertas de Shoara jamás habían carecido de un incesante tránsito de carretas y viandantes. "¡Llevo esperando aquí tres días enteros! ¡¿Cuándo demonios podremos entrar?!" "¡¿Pero es seguro que Sir Vlad se encuentra aquí?!" No obstante, en ese momento, como si el portón se hubiera transformado en un mercado atestado, incontables personas se apiñaban formando un cerco tan tupido que no se vislumbraba ni una sola brecha por la que colarse. "¿Qué... qué rayos pasa allí?" "La guerra acaba de terminar, ¿no?" "Sí, ¿pero eso qué tiene que ver?" "¿Cómo que qué tiene que ver?" Al observar a Vlad interrogarle con una expresión de desconcierto y fastidio, Portly se encogió de hombros. "¿Adónde crees que irían los caballeros que se quedaron sin campo de batalla donde pelear? Antes de regresar a sus tierras natales, querrán ver al menos una vez al célebre Maestro de la Espada, ¿no crees?" Las relucientes monedas de oro pertenecían a la realidad tangible, pero un Maestro de la Espada pertenecía a la leyenda. Ese anhelo que cualquier caballero albergaba en lo más hondo del pecho por fin había resurgido en esta época, de modo que resultaba comprensible que los caballeros de todo el continente convergieran en Shoara. "¿Y ahora qué se supone que haga yo?" Sin embargo, el mismísimo Maestro de la Espada al que todos ansiaban conocer se limitaba a quedarse estupefacto ante aquel enjambre de espadachines que se extendía ante sus ojos. A simple vista parecían contarse por cientos los que montaban guardia frente al acceso. Al fin y al cabo, estaba claro que ninguno de ellos se había desplazado hasta allí con la mera intención de estrecharle la mano. "Por razones como esta terminó convirtiéndose en emperador, supongo." Al no estar atado a ninguna facción, el Maestro de la Espada de esta era gozaba de absoluta libertad sobre todas las cosas. No obstante, la libertad de la que uno pretendía disfrutar conllevaba invariablemente un precio semejante. \*\*\* En la ciudad de Shoara se alzaba un templo majestuoso, tan elevado como imponente en sus proporciones. Era un edificio cuyo tamaño solo encontraba rival en el ayuntamiento visible a lo lejos; sin embargo, en aquel momento, en lugar del ambiente de piadoso recogimiento que debía imperar entre sus naves, el recinto se encontraba inundado por el eco de los pasos apresurados de niños correteando. "No corran por los pasillos." "Sí..." Frente al obispo ataviado con vestiduras talares de un intenso color carmesí, un puñado de pequeños se retorcía los dedos con timidez. Hacía apenas unos instantes brincaban y alborotaban ajenos al mundo, pero ante una figura tan desmedidamente alta y dotada de unos gélidos ojos grises, a cualquiera no le quedaba más remedio que agachar la cabeza amedrentado. "Si ya lo han entendido, márchense." "¡Sí!" A pesar de haber asentido hace un segundo, los bribezuelos salieron disparados a toda carrera una vez más. Al contemplar a los chiquillos, una vena irreprimible palpitó de forma visible en la sien de Pierre. "Maldita sea esta condenada ciudad..." El obispo de la ciudad de Shoara, Pierre. Ahora prelado de la Iglesia Ortodoxa en lugar de la Santa Sede, solo atinaba a reprimir la bilis en sus adentros al comprobar cómo su templo se había sumido en el desbarajuste en cuestión de apenas unos pocos años. ¡Pum! "¡Ay, santísimo cielo, qué susto!" Pierre, quien había alcanzado los aposentos episcopales moviendo sus largas piernas como una grulla enojada, abrió de golpe los batientes de sus dominios privados, solo para encontrarse con un invitado que no contaba con su autorización. "... ¿Qué diablos haces aquí?" Se trataba de un hombre vigoroso cuya cabellera pelirroja resplandecía intensamente bajo la luz del sol. Sin embargo, la pulcra armadura que vestía bajo aquel llamativo cabello denotaba sin lugar a dudas que se trataba de un paladín de la Iglesia Ortodoxa. "Le estaba esperando a usted, mi señor obispo." "¿Esperar, dices? Patrañas. Simplemente estabas holgazaneando como de costumbre." Ante la réplica del caballero, Pierre, visiblemente irritado, se dejó caer pesadamente sobre la silla y, soltando un largo suspiro, se mesó el cabello hacia atrás. "¿Por qué demonios hay tantos mocosos metidos en la iglesia últimamente?" "¿No será porque el propio señor obispo los ha convocado a todos?" "¿Yo?" Al observar a Radu sonreír con sorna, la mirada de Pierre se tornó feroz; no obstante, el hombre sentado frente a él no era de los que se amilanaban ante semejantes aspavientos. "La ciudad natal del Maestro de la Espada, sumada a un obispo que ha proscrito terminantemente la pederastia. ¿Adónde esperaba que fueran a parar todos los huérfanos de guerra que pululan por la comarca? A eso me refiero." "..." "Si estuviera en sus zapatos, yo también vendría aquí sin vacilar. Tal y como está el mundo, uno nunca sabe qué desgracias espantosas le aguardan si se queda de brazos cruzados." Tal vez fuera exactamente como decía Radu: para los huérfanos que vagaban desamparados tras haber perdido a sus familias en el conflicto, la ciudad norteña de Shoara era posiblemente el único amparo al que podían aferrarse con cierta certeza. "Y por si fuera poco, Madame Marcela ha abierto un orfanato, así que no había mejor oportunidad para ellos." "... Lárgate." Eran verdades tan inapelables que resultaban todavía más exasperantes. A cada instante continuaban afluyendo hacia Shoara caballeros y huérfanos sin descanso. Quisiera o no, Pierre, al ser el obispo de esta urbe, ocupaba una posición a la que le correspondía hacerse cargo de los innumerables percances ocasionados por semejante multitud. "¿Que me largue?" "Sí, fuera de aquí." "No puedo. Si salgo..." "¡¿Por qué?!" Aun ante la cólera del anciano jerarca, Radu se limitó a sonreír con descaro al replicar: "Si salgo ahí fuera, ¡habrá decenas de caballeros abalanzándose sobre mí para desafiarme a un duelo!" "..." "A falta de Vlad de Shoara, el siguiente en la lista sería Radu Dragulia, por así decirlo. Aunque, claro, ya renuncié a mi apellido. Pero, en fin, si salgo a la calle, la seguridad pública de la ciudad sufrirá un golpe crítico..." Radu no cesaba de parlotear con la evidente intención de hacerle perder los estribos, pero lo cierto era que ni una sola de sus palabras carecía de fundamento. "... Te he dicho que te largues." Con todo, por muy certeras que fueran las palabras, no todas eran oportunas. En una época tan ajetreada en la que cualquier mano extra resultaba imprescindible, ver a Radu soltar fanfarronadas colmó por fin la paciencia de Pierre. "¡Llévate a todos esos mocosos y lárgate de una vez!" "¡Uuaagh!" Fue un rugido imponente e impropio de su edad. Como correspondía a un hombre que no había perdido un ápice de su temperamento marcial aun en la vejez, el grito del obispo traspasó la puerta y resonó a lo largo de todo el corredor. \*\*\* "Uf..." A diferencia del tumulto que se vivía al otro lado del portón, en algún rincón de los callejones de Shoara reinaba un silencio sepulcral. De un angosto túnel excavado en la tierra que permanecía oculto en aquel rincón, un hombre asomó cautelosamente la cabeza. "Sí que se ha quedado estrecho... a estas alturas." Aquel paso bajo el lienzo de la muralla era un hueco que únicamente los rapaces de los callejones sabrían reconocer. Erguiéndose bajo la densa sombra que proyectaba el muro defensivo, Vlad se sacudió la tierra que se le había adherido al cuerpo. "Noir sabrá entrar por su cuenta." Noir, al que había encomendado temporalmente a la caravana comercial de los Cannor, accedería a la ciudad en compañía de Portly. Al tratarse de un animal extraordinariamente inteligente, regresaría a La Sonrisa de la Rosa por sus propios medios sin mayores tropiezos. ¡Clac! ¡Claaac! "¿Eh?" Habiéndose infiltrado en Shoara para eludir a los caballeros apostados en el exterior, Vlad se tomaba un breve respiro mientras contemplaba el paisaje que tan familiar le resultaba; fue entonces cuando un sonido insólito comenzó a llegar a sus oídos. "¿Qué es eso?" Aunque el trazado era idéntico al de sus recuerdos, la atmósfera de los callejones de Shoara había cambiado de manera radical. Caminando por una calzada bañada por la luz del sol, como si quisiera demostrar que los días de penumbra perpetua habían quedado atrás, Vlad detuvo el paso al vislumbrar a un grupo de chiquillos congregados más adelante. "¡Hala! ¡Este señor es malísimo jugando!" "¡Jugando así, jamás nos va a ganar ni una sola partida!" Eran niños de los callejones reunidos a plena luz del día, en lugar de aguardar al cobijo de la noche. En otros tiempos habrían estado mendigando un mendrugo de pan ajeno o codiciando las faltriqueras de los transeúntes, pero ahora reían a carcajadas con los puños repletos de canicas de cristal brillante. "... ¿No podríamos jugar una vez más, por favor?" Y en medio de aquellos pequeños se encontraba, con un semblante compungido y en apuros, un varón de la raza de las bestias. "Solo una partida más de canicas." El mago Nibelung suplicaba por una sola ronda más mientras retenía a los niños que ya se disponían a marcharse. Al contemplar aquella estampa francamente cómica, Vlad no pudo evitar soltar un bufido de pura incredulidad. \----- • Autor: Q10 • Traductor: Inmensurable ⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨
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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 265

Estás leyendo el capítulo 265 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.