Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 264 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Aquel año, la primavera había sido una época sumamente despiadada. Aunque el aire que rozaba la piel era templado, la tierra bajo los pies estaba cenagosa por la sangre, pues había sido una estación en la que los campesinos, en lugar de empuñar el arado para labrar los campos, tuvieron que empuñar la lanza. Una era de tribulaciones desatada por el dragón más ancestral.
Sin embargo, aun tratándose de una tierra empapada en sangre, la naturaleza continuaba brotando y, tras el cambio de año, daba paso ahora a un nuevo verano.
"… Este lugar no ha cambiado en nada."
Trínova, una ciudad del oeste.
Acompañada por una voz clara y resonante, una figura caminaba por los terrenos de aquella mansión. La muchacha, que avanzaba haciendo ondear una amplia capa que parecía haber conseguido prestada en alguna parte, lucía unos cabellos verdes que recordaban al verdor del verano.
"¿Han pasado ya tres años?"
Su estatura, visiblemente mayor que antes de partir, elevaba la perspectiva de su mirada. No obstante, a diferencia de ella, el paisaje de la mansión, que seguía siendo exactamente idéntico al de aquellos días, hizo que Charl volviera a sentirse, siquiera por un instante, como la niña de entonces.
"…"
En aquel jardín que se divisaba a lo lejos, su madre solía cuidar de las flores. Apenas doblando la esquina inmediata se encontraba el campo de entrenamiento donde sus hermanos solían ejercitarse. Y siguiendo en línea recta este sendero por el que ahora caminaba, se hallaba el gran salón de los Rabnoma, donde solía presidir su padre.
"Retírenlo."
"Sí."
Aquel sitio donde parecía que su padre, el señor legítimo de esta tierra, permanecería sentado por toda la eternidad. Sin embargo, lo que adornaba en ese momento la entrada del salón era el descolorido blasón de la Casa Gaidar.
\*¡Chirrido!\*
Detrás de los estandartes que los soldados descolgaban a toda prisa, las puertas de la mansión se abrieron. En completo contraste con el resplandor radiante del verano, aquel recinto se encontraba sumido en una penumbra absoluta, colmado de polvo disperso y de un hedor a muerte que se extendía de forma nauseabunda.
"… Al fin has llegado, mocosa."
Un hombre desconocido permanecía sentado en el asiento que antaño perteneció a su padre. De su boca, que ni siquiera el sol del mediodía alcanzaba a iluminar, brotaban sin cesar regueros de sangre negruzca.
"Sigmund Gaidar."
El enemigo de su padre y el verdugo de su linaje. Aquel que se convertiría en el último derrotado de la guerra continental desatada por el dragón más ancestral: Sigmund Gaidar.
Al observarlo, los ojos de Charl albergaban una gélida frialdad impropia de su temprana edad.
"¿Ha muerto ya mi hijo?"
"Todavía no."
"Je, je. Ese muchacho tampoco aprende a obedecerme jamás."
Apoyando la espalda con pesadez, dejó escapar un largo suspiro. Un suspiro denso y hondo, exhalado desde los estertores del ocaso de la vida. Con toda certeza, era el último vestigio de aliento que a Sigmund le quedaba por expulsar.
"Le dije que se quitara la vida, que no tendría una muerte piadosa si caía vivo…"
"Nidavellir ya tiene a Istvan bajo su custodia, Sigmund."
Avanzando sobre la larga alfombra, Charlotte Rabnoma subió los peldaños del salón que solo un gobernante tenía derecho a ascender. En sus manos empuñaba ya una espada de filo azulado e implacable.
"De modo que ahora tú eres el único que queda."
La doncella convertida en la última de los Rabnoma se plantó ante quien bien podría ser el último de los Gaidar. La punta de la espada que extendió hacia adelante se detuvo justo contra el cuello de Sigmund, enlazando los mundos de ambos con una tensión cortante.
"Traidor cobarde que engañó a mi padre."
"¡Cof, cof!"
"… Y un cobarde hasta el final, que rehúsa pagar el precio legítimo que le corresponde."
El usurpador del oeste que había bañado en sangre la mansión de la muchacha mediante una emboscada traicionera. Al ver a Sigmund, que había bebido veneno como si pretendiera eludir incluso la derrota que le tocaba aceptar, el entrecejo de Charl se contrajo con desprecio.
"¿Tienes unas últimas palabras?"
"…"
Aun tratándose de un hombre así, Charl se esforzaba por cumplir con los deberes que le correspondían como vencedora. Aunque la punta de la espada, gélida y reluciente, temblaba como si deseara atravesar a Sigmund en ese mismo instante, se obligaba a cumplir con su deber para demostrar que ella era distinta a él.
"… Je, je."
Había tragado veneno para evitar una muerte indigna, pero al final aquel último instante se había forjado por la benevolencia de la vencedora. En medio de ese momento, a la mente de Sigmund acudió el recuerdo de un hombre. Aquel caballero que, en el pasado, protegía tras su imponente corpulencia a los enanos aterrorizados.
"… Jorge."
'Estaba seguro de que vencería, pero al final resulté ser el derrotado y perdí todo cuanto sostenía en mis manos. ¿Dónde comenzó todo esto? ¿Acaso cuando mis tropas no lograron cruzar Deomar? ¿O tal vez desde el instante en que prendí fuego al estandarte de los Rabnoma?'
"Al final, eres tú quien termina por atravesarme."
'No; con toda probabilidad, todo comenzó desde el momento en que me topé con ese muchacho llamado Vlad. Desde el preciso instante en que me encontré con aquel caballero del norte nacido en los fríos callejones.'
"… Con la espada que tú mismo forjaste."
Tras pronunciar su última voluntad, empapada en remordimiento, la hoja azulada cayó implacable sobre la cabeza de Sigmund.
'El nombre de esa espada que ahora se abalanza sobre mí es Charlotte Rabnoma.
El nombre del caballero que condujo esa espada hasta este lugar es Vlad Áureo.
Y quien templó esa espada fue Jorge, el Caballero de las Rameras, aquel que eligió la humanidad y la rectitud antes que el deber.'
\*¡Zas!\*
De espada a espada, de mundo a mundo.
La punta de la espada de la joven, enlazada de esa forma, ponía el punto final a una guerra infinitamente dolorosa.
Acompañada por la cabeza de Sigmund, que descendía rodando peldaño tras peldaño.
Tras el invierno, la primavera.
Y ahora, era el comienzo de un nuevo verano.
\*\*\*
"¡Ah, maldición! ¿Es que esto no se acaba nunca por más que arranque y arranque?"
El paisaje de una pequeña aldea rural, colmada de chozas alineadas tras un vasto y verde trigal. Aunque era un paraje apacible donde a la distancia solo se escuchaban los mugidos de las vacas, en ese instante el lugar se hallaba impregnado por los refunfuños de alguien que desentonaba por completo con aquella calma.
"¿Acaso esto va a terminarse algún día?"
El trigal de verano, que aún no terminaba de madurar, era de un verde absoluto. No obstante, una mata de cabello rubio que sobresalía erguida por encima de él poseía el color del trigo bien sazonado.
"Pedazo de holgazán. Si hubieras movido las manos en lugar de mover la lengua, ya habríamos terminado hace rato."
"¿Qué va a estar terminado hace rato? ¡Si todavía queda una barbaridad!"
Aquel hombre no vestía armadura, pero llevaba una vaina cruzada a la espalda, como si la espada fuera algo a lo que jamás pudiera renunciar. Con excepción de ese detalle, Vlad, ataviado con las ropas de un campesino ordinario, alzó la cabeza de golpe y se puso a contemplar el inmenso campo de trigo.
"No, en serio, con una extensión como esta deberíamos contratar peones."
"Si contratamos gente, se nos va el dinero."
"Pero si ha ganado un dineral. Sé perfectamente que esta vez se llevó una tajada enorme."
Junto a Vlad, que no paraba de refunfuñar, se encontraba Sir Ramund con un sombrero de paja calado hasta las cejas. Parecía un campesino de nacimiento de lo bien que le sentaba aquella estampa; sin embargo, hasta el año anterior había sido un guerrero despiadado que segaba enemigos sin descanso en el frente de Deomar.
"Gastar a lo loco en cuanto ganas algo solo te llevará a la miseria. Desde luego, los jóvenes de hoy en día no conocen la virtud del ahorro."
Al ver a Ramund chasquear la lengua con desaprobación mientras decía aquello, Vlad frunció el ceño con evidente hartazgo.
"Hay que ahorrar donde corresponde. Si sigue así, lo único que va a conseguir es arruinar su viejo cuerpo."
"¡Vaya que eres ruidoso! Desde luego, no niegas ser un tipo de ciudad con esa lengua tan suelta."
Ramund le soltó una reprimenda como si ya no pudiera aguantarlo más. Sin embargo, dándole la razón a las palabras de Vlad, el sol ya se estaba poniendo lentamente tras su espalda.
"Puede que haya nacido en la ciudad, pero sé muy bien que en el campo el sol se oculta temprano, ¿sabe?"
Con el sol cayendo poco a poco, el feudo de Ramund se teñía con el fulgor rojizo del atardecer. De pie bajo aquella luz, Vlad sonreía con socarronería al contemplar cómo los alrededores se iban oscureciendo cada vez más.
"Así que dejemos ya de arrancar maleza y vayamos a cenar."
"... En fin. La culpa fue mía por pedirle a alguien como tú que me ayudara con las labores del campo."
Poner a trabajar a un muchacho de ciudad que jamás en la vida había cultivado la tierra... Quizá era un desenlace natural. Al final, no cumplieron con la faena prevista y la jornada terminó reduciéndose a tolerar las incesantes quejas de Vlad.
"Vamos. Aunque no te hayas ganado el pan, al menos te serviré un plato de sopa."
"Je, je. La comida de aquí me parece deliciosa."
Pese a todo, Ramund no se arrepentía en absoluto de haberle hecho empuñar el arado a Vlad.
Porque, aunque solo fuera por un breve instante mientras dejaba la espada a un lado, el semblante de Vlad había lucido un poco más sereno.
※※※※
"¿Cuántos años tienes?"
"Cuatro."
"... Pero ¿por qué muestras cinco dedos?"
Al pie de la mesa repleta de comida, una niña pequeña extendía la palma de la mano con orgullo.
"¿Acaso vas a cumplir cinco dentro de poco?"
"No. Ni siquiera hace un mes que cumplió cuatro."
Aunque había dado una respuesta equivocada, era una criatura con unas mejillas tan rollizas que cualquiera sentiría el impulso de pellizcarlas. Ramund alzó a su nieta más pequeña, la acomodó sobre sus rodillas y continuó hablando:
"Solo es que aún es muy pequeña y no puede doblar los dedos como quisiera."
"Ah."
Sus puños se veían tan regordetes como sus abultadas mejillas. Sin duda, era señal de que comía bien y crecía sana. Al contemplar a la pequeña, una tenue sonrisa se dibujó en el rostro de Vlad sin que él mismo se percatara.
"Por cierto, me alegro de que la guerra haya terminado tan pronto. A diferencia del año pasado, esta vez podemos esperar una buena cosecha."
En algún momento, la mesa se había llenado del pan blanco que las nueras de Ramund habían servido. Era un pan blanco recién horneado, un manjar que Vlad solo había tenido la oportunidad de probar por primera vez tras conocer al sacerdote Andrea.
"Así es. No esperaba que el Duque de Oro se rindiera tan rápido."
"Decían que era un hombre que anteponía el balance de pérdidas y ganancias como un mercader antes que el deber o el honor. Supongo que calculó muy pronto que le sería difícil alzarse con la victoria."
La guerra continental, desatada por la rebelión del Duque de Sangre de Dragón Sarnus, llegaba ya a su desenlace en este segundo año. Aunque al inicio de la contienda el ejército central poseía un ímpetu tan feroz que parecía dispuesto a engullir el norte, ahora se extinguía como una hoguera sofocada, como si aquella furia jamás hubiera existido.
"Desde luego, el hecho de que perdieran su núcleo aglutinador al comienzo de la guerra también influyó bastante. Gracias a ti, claro está."
"... Bueno, supongo que esa también fue una de las razones."
Junto a la fiera resistencia del norte, las razas divergentes comenzaron a alzarse por doquier. Y aunque las fuerzas del Duque de la Corte, que durante tanto tiempo habían permanecido sometidas por los nobles centrales, se sumaron a la contienda, el mayor factor determinante fue, sin lugar a dudas, el duelo entre Vlad y Sarnus.
"Aun así, ahora eso ya no es lo importante."
Una guerra que bien podría haber teñido de sangre a todo el continente. El mérito de haberle puesto fin con las mínimas pérdidas posibles pertenecía al hombre sentado justo enfrente; no obstante, en ese momento él se limitaba a tenderle trocitos de pan a la niña con el rostro manchado de tierra.
"De cualquier modo, a partir de este año no habrá muchos niños que pasen hambre, ¿verdad?"
"... Así es."
El héroe del continente al que todos colmaban de alabanzas. El nuevo Maestro de la Espada de esta era que emergía tras el Rey Fundador. Pero en ese instante, no era más que un joven de porte ordinario que le ofrecía pan tierno a una pequeña niña.
"Cambiando de tema, ¿cuándo piensas partir hacia la ceremonia de sucesión de Lord Rutger? Alguien de tu talla debería presentarse allí con antelación."
"Tengo que ir."
Vlad, que se había atiborrado la boca de pan como si ahora fuera su turno, sonrió de oreja a oreja hacia Ramund y respondió:
"Además, hay mucha gente a la que deseo ver allí."
"¿Y qué harás? ¿Vamos juntos?"
El feudo de Ramund lindaba directamente con la ciudad de Barna. Por lo tanto, se encontraba en una posición perfecta para subir de inmediato hacia Sturma, donde se celebraría la ceremonia de sucesión; sin embargo, Vlad se limitó a sacudir la cabeza.
"Es que antes de marchar hacia allá, primero debo pasar por Shoara."
"¿Por qué? ¿Qué necesidad tienes de descender hasta allí?"
Shoara, la urbe emplazada más al sur entre los dominios del Condado de Bayezid. Ante la afirmación de Vlad de que debía regresar a aquel lugar, Ramund pareció desconcertado, pero al escuchar las palabras que siguieron, no tuvo más remedio que asentir.
"Es que siempre que voy a alguna parte, debo avisar a dónde voy. He prometido que a partir de ahora lo haría así."
"Tsk, tsk, tsk. Te tienen bien domado, por lo que veo."
De aquel muchacho que solo destilaba aspereza al joven de hoy, que sabía sonreír. Si había podido transformarse de ese modo, era porque ahora no tenía un simple nido precario del que estuviera forzado a huir, sino un hogar que él mismo había forjado.
"Aun así, procura no demorarte demasiado. Con el peso que tiene tu nombre, convendría que llegaras un mes antes para facilitarle las cosas a quienes organizan los preparativos."
"Entendido."
Tras asentir ante las palabras de Ramund, Vlad alzó la mirada un instante y comenzó a grabar la escena en sus ojos.
El pan tierno, la sopa caliente que humeaba con suavidad, y hasta la niña pequeña que lo contemplaba con una sonrisa.
"..."
Estampas apacibles con las que en el pasado jamás se habría atrevido a soñar.
Sin embargo, mientras llenaba su mirada con aquel pacífico cuadro, una inexplicable sensación de soledad anidó en un rincón del pecho de Vlad.
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• Autor: Q10
• Traductor: Inmensurable
⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨

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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 264
Estás leyendo el capítulo 264 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.