Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 259 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
En la nívea calzada del norte, donde la nieve aún no terminaba de fundirse, un carruaje avanzaba a una carrera frenética por aquella ruta a la que la primavera llegaba más tarde que a ningún otro confín del continente.
"¡Arre! ¡Arre!"
Eran caballeros embutidos en relucientes armaduras y el carruaje de tonalidad castaña al que custodiaban. A simple vista saltaba que se trataba de una comitiva fuera de lo común; en ese instante, sin embargo, devoraban a toda prisa la congelada calzada septentrional, como si una presencia monstruosa les pisara los talones.
"¡Sir Gregory! ¡Debemos darnos prisa!"
El vaho que exhalaban los extenuados caballos se tornaba cada vez más denso, y las gotas de sudor de los hombres, congeladas al instante por el viento gélido, formaban costras blanquecinas prendidas a sus barbas. Con todo, existía una razón apremiante por la que no podían permitirse aminorar la marcha en medio de tan extenuante carrera forzada.
"¡Dicen que la sombra del dragón acaba de ser avistada sobre Shoara!"
Aquello que los perseguía sin descanso no era otra cosa que un dragón surgido de las leyendas.
No se enfrentaban a un enemigo convencional ni a una trampa insidiosa; la presa a la que daba caza semejante catástrofe viviente era la comitiva de escolta enviada por Peter, la cual había partido desde Sturma.
"¡Maldita sea! ¡Vuela demasiado rápido!"
El caballero Gregory, responsable de la comitiva de transporte, se mordió los labios hasta hacerlos sangrar al escuchar la voz de Ragmus proveniente del interior del carruaje.
La silueta del dragón más ancestral, la cual aseguraban haber visto en las alturas del firmamento de Shoara. Lo que aquella sombra perseguía sin tregua no podía ser otra cosa que el fragmento de dragón que ellos transportaban.
"¡Ya me temía yo desde un principio que esto no acabaría bien!"
Aquel día se cumplían dos semanas desde que habían partido con el fragmento de dragón que descansaba en Sturma. Jamás en su vida Gregory había cabalgado con semejante desesperación; sin embargo, el dragón que les pisaba los talones ya había cruzado de un extremo a otro el norte, ganándoles terreno sobre las níveas llanuras nevadas.
"¡Maksim! ¡¿Cuánto falta para llegar a Deomar?!"
"¡Aun así, nos queda al menos medio día de marcha!"
"¡Maldición!"
La distancia restante era poca, pero en aquellas circunstancias se antojaba inalcanzable. Sin necesidad de echar cálculos, Gregory comprendió que a ese ritmo sería imposible cumplir la misión, de modo que volvió la vista hacia Ragmus, quien avanzaba a la par a su lado.
"Adelante."
Del mismo modo en que nadie podía detener la salida del sol, aquel dragón que hendía los cielos era una fuerza que la voluntad humana jamás lograría contener. Constituía un desastre natural con forma de fiera; aun así, no por ello iban a quedarse de brazos cruzados a contemplar su propia perdición.
"... ¡Pasaremos al segundo plan!"
Al ver a Ragmus asentir en señal de conformidad, el dedo de Gregory comenzó a moverse con premura para designar a los jinetes.
"¡Maksim! ¡Cade!"
El dedo de Gregory no elegía a los más recios, sino a los más veloces. Cada vez que su ademán los señalaba, los caballeros espoleaban a sus monturas para cerrar filas a su alrededor.
"Y..."
El caballero Cade, avezado hijo de un cazador, y el caballero Maksim, jinete de insuperable destreza ecuestre, constituían elecciones indiscutibles. Sin embargo, al extender el dedo para la última elección, Gregory vaciló un instante.
"... ¿Nos prestarías tu ayuda?"
El punto donde su mano se había detenido señalaba a un guerrero bárbaro que lucía telas multicolores atadas a la cabeza: Age, combatiente de la tribu Buda-at, aquellos que se hacían llamar Hijos de la Estepa. En el pasado, su relación mutua no había sido más que la de despojar o ser despojados, pero entre todos los hombres allí presentes, probablemente no existía nadie más veloz que él.
"Por fin te dignas a mirarme, caballero del imperio."
Pese a que la petición encerraba una evidente tensión, el rostro de Age reflejaba una serenidad absoluta al responder.
"No te preocupes. Tenía toda la intención de pagar el precio por habernos abierto un espacio al abrigo de sus murallas."
La tribu Buda-at había sido despojada de su tierra natal por obra de la Orden de Caballeros Matadragones y del Lindwurm. No obstante, gracias a la muralla que les había concedido aquel joven de pronunciadas ojeras, habían logrado sobrevivir al frío letal de las nieves septentrionales.
"Por ley de la vida, una deuda de sangre solo se paga con la propia vida."
Norteños y bárbaros habían permanecido separados por la brecha que el dragón más ancestral cavó en el pasado. Sin embargo, el fragmento de dragón que Gregory confiaba cruzaba ahora ese mismo abismo, transmitiéndose con absoluta certeza.
※※※※
Remontando la calzada del norte, donde la nieve se derretía lentamente en dirección a Shoara, cabalgaban Vlad y su mesnada de caballeros. Tan dispares en porte como en los arreos y colores que vestían, devoraban el camino hacia la urbe norteña de Shoara enarbolando con orgullo los estandartes de sus respectivas casas.
"¡Lo veo! ¡Puedo verlo!"
"¡¿El qué?!"
De improviso, en medio del incesante galope, resonó el grito apremiante de Nibelung.
"¡Un dragón dorado!"
La estampa de Nibelung, con las palmas curvadas sobre ambos ojos a modo de catalejo, resultaba cómica en extremo. Sin embargo, cualquiera que contemplara los globos oculares dibujados en sus palmas moviéndose de forma frenética se guardaría de mofarse de sus misterios arcanos.
"Allí... Shoara. No, se me fue demasiado el foco."
Comprendiendo su error, Nibelung desplegó apresuradamente un par de dedos y, al enfocar por fin la escena con nitidez, empezó a relatar en voz alta lo que divisaba a la distancia:
"¡Parece que ya ha sobrevolado Shoara! ¡Por lo que veo, vuela a lo largo de la calzada, en sentido opuesto al nuestro!"
No habló con estridencia, pero sus palabras resonaron con claridad para todos. El dragón más ancestral se aproximaba volando desde el extremo contrario al rumbo que seguían. Al representarse en la imaginación la ferocidad de la bestia con la que tendrían que verse las caras de un momento a otro, varios caballeros tragaron saliva con el estómago encogido.
"¿De verdad?"
Sin embargo, a diferencia de sus compañeros, Vlad, que marchaba a la vanguardia, mostró un semblante de moderado alivio.
"Parece que todavía no llegamos tarde."
Estar en el lugar correcto conllevaba también saber sincronizarse con el instante oportuno. Y que un dragón, destinado a reinar en las cumbres del firmamento, hubiera descendido a ras del camino constituía la prueba irrefutable de que todavía no encontraba lo que buscaba.
"¡¿Eh?! ¡Ah!"
No obstante, el súbito grito de alarma que escapó de los labios de Nibelung advirtió a Vlad de que el margen de tiempo se había evaporado.
"¡Está bajando! ¡Se lanza en picado!"
"¡¿Hacia dónde?!"
Aunque se trataba de una visión reservada exclusivamente a sus ojos, Nibelung pareció olvidarlo por completo mientras levantaba la voz entre jadeos entrecortados por la pura angustia.
"... ¡Hacia el carruaje!"
Más allá de los dedos ahuecados de Nibelung se proyectaba una visión sobrecogedora: la colosal silueta del dragón precipitándose desde el firmamento y el carruaje castaño al que la bestia se aprestaba a desgarrar con saña.
"¡Destrozaron el carruaje!"
Hubo caballeros de Bayezid que hicieron llamear sus auras en un vano intento de hacer frente al dragón en pleno vuelo; no obstante, sus espadas rebotaron inútilmente contra las duras escamas doradas.
"¡Más rápido, todos! ¡No queda tiempo!"
Bajo las descomunales garras de la criatura, las maderas del carruaje estallaron en mil pedazos con un crujido ensordecedor. Ante aquel trágico cuadro atestiguado a través de sus artes, a Nibelung le pareció que los gritos desgarradores de los desventurados alcanzaban a llegar hasta sus propios oídos.
※※※※
"Urrgh..."
Sobre la nieve que aún se negaba a fundirse, la sangre escarlata se extendía en caóticos charcos carmesíes. Caballos reventados en despojos informes y cadáveres de caballeros dispersos en una carnicería dantesca. En medio de aquel desolador escenario, al pie del pendón quebrado de Bayezid, el caballero Gregory yacía tendido como un cadáver, sumido en la más profunda inconsciencia.
"Veo que lograste huir bastante lejos."
"...¿Acaso no es el deber de un mago encontrar un camino en cualquier momento y lugar?"
En el interior de los restos del carruaje, cuyo techo estaba destrozado y del cual apenas subsistía el armazón, el mago Ragmus sonreía con dificultad.
"¿Por qué no entiendes que, hagas lo que hagas, es un esfuerzo inútil? Cuanto más te resistes, más agonizas".
Sin embargo, el Duque de la Sangre de Dragón, Sarnus, se limitó a fruncir el ceño, como si aquella sonrisa no le causara el menor agrado.
"Deberían limitarse a vivir arrastrándose por el suelo, tal como nacieron".
Eran simples humanos que reptaban por la tierra y que, a pesar de ello, habían osado hacer pasar penalidades a alguien como él; aquellos caballeros del norte. A pesar de haberlos despedazado miembro a miembro, la furia seguía ardiendo inextinguible en las pupilas azules de Sarnus, como si su sed de sangre aún no estuviera satisfecha.
"¿Dónde está el fragmento?"
"¡Cof! ¡Cof! Agh..."
Sarnus izó con violencia a Ragmus agarrándolo del cuello, y fue entonces cuando descubrió una caja negra como el hollín sobre la que el mago había estado sentado todo este tiempo. Era la arqueta oscura que aquel anciano ensangrentado se había negado a entregar hasta el último de sus alientos.
"¿Hum?"
Sin embargo, en esa caja que Sarnus contemplaba ahora, no se veían las cadenas plateadas que siempre debieron haber estado enrolladas a su alrededor.
"...Por muy rastrera que sea la vida de quien se arrastra por el suelo, ¿acaso no puede al menos echar a correr?"
En el lugar donde deberían haber estado las cadenas, solo había incontables fórmulas mágicas que parecían haber sido trazadas con sangre. Al observar las muñecas de Ragmus teñidas de carmesí, el Duque de la Sangre de Dragón, Sarnus, comprendió al instante de dónde procedía toda aquella sangre derramada.
"Parece que usted también ha envejecido. Hasta el punto de no ser capaz de reconocer los vestigios del dragón que un viejo le ha ocultado".
El mago Ragmus había borrado los vestigios del dragón con su propio misticismo y, al mismo tiempo, lo había atraído hacia un engaño. Sobre su rostro profundamente marchito, las arrugas dibujaron la última sonrisa de su vida.
"Malditos salvajes..."
¡Crac!
Junto a un crujido siniestro, el cuello de Ragmus se quebró y su cuerpo se desplomó sin fuerza.
"¿Obstaculizándome hasta el final?"
Al mismo tiempo, los ojos azules de Sarnus se clavaron en la blancura del bosque. Solo ahora que el misticismo se había disipado, la presencia del fragmento comenzaba a percibirse con nitidez desde el interior de aquel bosque densamente cubierto de nieve.
※※※※
¡Groooaaar!
Ante el rugido colérico del dragón que resonaba desde la lejanía, la nieve que reposaba sobre las copas de los árboles comenzó a desplomarse impotente.
La furia del dragón más ancestral era capaz de sumir en el pavor incluso al propio bosque. Y el lugar hacia el cual se dirigía semejante cólera era precisamente donde se encontraban ahora los tres caballeros.
"¡Suban a la calzada!"
El sendero de los cazadores serpenteaba en algún punto entre la calzada y la espesura. Galopando por esa senda, Maksim, Cade y Age comprendieron que ya no podían seguir ocultándose, por lo que se apresuraron a subir al amplio camino principal.
"¿Ya cayeron todos?"
"¡Tampoco lo sé!"
Cade sacudió la cabeza mientras respondía; en su pecho llevaba guardado un fragmento que despedía un resplandor rojizo. Envuelto en un pliego de papel saturado de fórmulas mágicas trazadas con sangre, aquel fragmento era lo que el mago Ragmus les había confiado tras liberar el último vestigio de su misticismo.
"¡De cualquier modo, ahora solo quedamos nosotros!"
Incluso en ese mismo instante, el fragmento de la posibilidad más perfecta continuaba susurrando que lo reclamaran. Sin embargo, para Cade, que no era un dragón, no era más que un trozo de gema que brillaba de forma molesta. No obstante, los susurros de aquel fragmento debían de seguir llamando sin tregua al dragón más ancestral que surcaba los cielos allá arriba.
"...¡Se divisa allá adelante!"
Ante los ojos de los caballeros que galopaban a lomos de sus monturas, por fin se desplegó una llanura verde. A diferencia de la calzada del norte, donde la nieve aún no se derretía, era un campo henchido de la primavera que apenas comenzaba a brotar.
"¡Ya viene!"
¡Groaaar!
Sin embargo, antes de que pudieran alcanzar esa primavera, una gigantesca sombra draconiana comenzó a proyectarse a espaldas de los caballeros. La sombra de un dragón dispuesto a someter todas las posibilidades de este mundo bajo sus garras. No obstante, incluso bajo aquel mundo colosal, Age logró divisar un pequeño estandarte que ondeaba tenuemente a lo lejos.
"...Lo encontré".
Era un pendón que se vislumbraba débilmente, como si fuera un espejismo. Sin embargo, aquel estandarte sin duda avanzaba a la carga directo hacia donde ellos se encontraban.
"Dame el fragmento".
"¿Qué?"
"Dámelo a mí".
Desde sus espaldas se percibía el gélido aliento del dragón. A pesar de esa atmósfera espeluznante, Age no vaciló ni por una fracción de segundo y se limitó a encajar el fragmento de fulgor rojizo en su honda.
"Yo me aseguraré de entregárselo".
Habiendo dejado atrás el sendero del invierno, ahora tocaba la primavera. Calculando la distancia que aún no lograban salvar, Age comenzó a hacer girar la honda en amplios círculos sobre su cabeza.
¡Groooaaar!
La sombra que se cernía sobre él se volvía cada vez más oscura, pero jamás igualaría la negrura de aquel corcel negro que aguardaba al frente. El descendiente del unicornio que él tanto había anhelado poseer. Al contemplar al caballero de cabellos dorados a quien esa montura le sentaba mucho mejor que a él mismo, Age esbozó una sonrisa.
"...Así es. Bien sé que a ese sujeto le fascina el color rojo".
¡Groooaaar!
Bajo los cascos que pisaba el Hijo de la Estepa, el suelo se había cubierto de tiernos brotes verdes que emergían con vigor. Siguiendo la dirección desde donde nacían aquellos brotes, Age disparó un único destello carmesí. Aquella luz cruzó por entre las garras del dragón y salió disparada hacia las riendas escarlatas de Noir, que se divisaban en la distancia.
※※※※
¡Brummm!
"¡No!"
Junto al estruendo ensordecedor provocado por el dragón, una densa nube de polvo comenzó a levantarse sobre la calzada del norte. Aquella polvareda, cargada de copos de nieve, se transformó en una ráfaga helada que azotó y agitó con violencia los cabellos de Vlad.
"¡Maldita sea!"
Era una polvareda tan espesa que resultaba casi imposible distinguir lo que había a un paso de distancia. Sin embargo, para Vlad, más dolorosa que todo aquello fue la última estampa de los caballeros que corrían desesperados hacia él.
\[¡Vlad! ¡Arriba!\]
A pesar de todo, el fragmento que habían lanzado salió disparado certeramente hacia Vlad.
¡Pum-pum!
"...¿Arriba?"
Hacia la dirección que señalaba su palpitante corazón, Vlad alzó la cabeza y logró distinguir, entre la espesa polvareda blanquecina, un familiar resplandor rojizo.
"¡Noir-!"
"¡Detente!"
Un único destello carmesí flotaba suspendido en el aire, en medio de los clamores entrecruzados de dos dragones. Hacia aquel fragmento suspendido en la frontera entre el invierno y la primavera, el dragón y el corcel negro se lanzaron a la carrera, hendiendo la verde pradera.
¡Buf!
La imponente silueta del dragón dorado que se alzaba al frente era en verdad colosal, pero en los ojos de Noir, que galopaba a toda velocidad, solo se reflejaba aquel fragmento que brillaba con un rojo incandescente.
¡Hiii-iin!
Sobre la testuz del caballo que corría hacia el fragmento de dragón, comenzó a manifestarse un cuerno inmaculadamente blanco. Aquel cuerno constituía el mundo del unicornio, un don que solo podía poseer un ser nacido sobre la vasta estepa verde.
\[¡Más rápido!\]
Por un instante, la luz rojiza quedó suspendida en el estrecho margen entre las garras del dragón y la mano del muchacho, rozándose apenas por un pelo. Sin saber hacia dónde inclinarse entre las escamas y los cabellos rubios que compartían la misma tonalidad áurea, el último fragmento de dragón vaciló en el aire.
"...¡Lo tengo!"
Allí estaba el fragmento de dragón que los caballeros que atravesaron el invierno habían disparado hacia los cielos. Y quien lo aferró fue la mano del muchacho, extendida desde el umbral de la primavera. Habiendo llegado justo a tiempo, la yema de los dedos de Vlad atrapó con firmeza el último fragmento de dragón que quedaba.
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• Autor: Q10
• Traductor: Inmensurable
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Estás leyendo el capítulo 259 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.