Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 258 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Aquello llegó junto con el declinar del crepúsculo. Ocultando su presencia en medio del arrebol rojizo que teñía el firmamento, avanzó de forma silenciosa e imperceptible.
"¿Qué es eso...?".
Por esa razón, cuando los centinelas que custodiaban Bastopol advirtieron aquel diminuto punto suspendido contra el sol, ya era demasiado tarde. Aquel leve titileo que había comenzado como una simple mota distante se había transformado, de pronto, en una sombra titánica que se abalanzaba sobre la ciudad de acero.
"¿Q-Qué demonios es eso?".
¡Kroooooooaaar!
Avanzaba a una velocidad tan descomunal que desafiaba la vista humana. Aproximándose con la rapidez del rayo, la criatura ya había inhalado profundamente un torrente de hálito carmesí mientras clavaba la mirada en las murallas que yacían a sus pies.
"¡Ataque enemigo! ¡Toquen las campanas!".
"¡Maldita sea! ¡Es demasiado rápido!".
"¡Las balistas no lo alcanzan!".
Bajo el fulgor dorado que descendía desde las alturas celestiales, la ciudad de acero comenzó a despabilarse presa del pánico. Sin embargo, las defensas antiaéreas de Bastopol, que apenas acababan de identificar al intruso, eran incapaces de contener al dragón dorado que se precipitaba contra ellos. Dichas máquinas habían sido construidas para lidiar con guivernos, jamás para plantar cara a un auténtico dragón.
"Por todos los cielos...".
Era un mundo colosal al que las murallas de una urbe privada de su señor no podían oponerse bajo ninguna circunstancia. No obstante, para cuando los soldados comprendieron la inmensidad de aquel poder, el aliento que el dragón albergaba en sus entrañas ya había estallado con una violencia arrolladora.
"¡Es el aliento de dragón!".
"¡H-Huyan!".
¡Kro-ooo-ooom!
Se trataba de una ráfaga tan devastadora que amenazaba con derrumbar los baluartes por la pura fuerza de su impacto. Pero el calor abrasador que la acompañaba era todavía más encarnizado que el mismísimo crepúsculo que se vislumbraba a sus espaldas.
"¡Aaaaaagh!".
"¡Quema! ¡Piedad, sálvenme!".
El sol se hundía al compás de los alaridos agónicos de los soldados. Solo que, en esta ocasión, aquel sol poniente no descendía por el horizonte occidental, sino que se inclinaba despacio a lo largo de las murallas septentrionales.
¡Kroooaaar!
Aquel espantoso espectáculo mostraba el acero al rojo vivo fundiéndose y disolviéndose entre una amalgama de incontables cadáveres. Una estampa que evocaba de inmediato las escenas de antaño, cuando el dragón más perfecto pisoteaba a su paso a una multitud de mundos.
"¡Bastopol! ¡Por fin logro reducir esta ciudad a cenizas!".
La mismísima Bastopol, la que había resistido hasta el último aliento junto al primer emperador del imperio. Sin embargo, en el presente, aquella urbe carcomida por el óxido ya no podía seguir siendo la última esperanza de la humanidad.
\*\*\*
"Acaba de llegar el informe de que Bastopol ha caído".
Ante las palabras pronunciadas en voz baja por Peter, un pesado silencio comenzó a extenderse por el gran salón de Deomar. A pesar de que en aquel recinto se hallaban congregados numerosos caballeros procedentes de diversas regiones y razas más allá de las fronteras del norte, la quietud era tan sobrecogedora que ninguno de los presentes se atrevía a quebrar el mutismo.
"Apenas han transcurrido cinco días desde que Sarnus abandonó el campo de batalla de Aciuc".
Apenas cinco días para cruzar desde la villa central de Aciuc hasta Bastopol, la urbe situada en el confín más septentrional del imperio. Ante la noticia de que había cubierto en solo cinco jornadas una distancia que a cualquier ser alado le habría tomado más de un mes de travesía, varios caballeros no pudieron evitar dejar escapar una ahogada exclamación de puro estupor.
"Es una velocidad que desafía abiertamente el sentido común. Quizá todo este tiempo hayamos subestimado en exceso los vestigios del dragón caído".
Eran los restos del dragón más perfecto, divididos de propia mano por el emperador del imperio y cúspide de la esgrima, el Maestro de la Espada. Sin embargo, de entre aquellos despojos desgarrados en pedazos, el dragón que había sobrevivido durante más tiempo se dedicaba ahora a recolectar los fragmentos perfectos, tratando de reproducir la pesadilla de aquella remota era.
"Con esto, tres de los cinco fragmentos divididos por el emperador han caído en manos de Sarnus".
El fragmento que custodiaba la familia imperial. El fragmento que Frausen ocultó al mundo al momento de su retiro. Y el fragmento del Duque de Acero que acababa de ser arrebatado.
"Por lo tanto, sobre esta tierra solo resta un único fragmento: el de Bayezid, que obra en mi poder".
A excepción del fragmento albergado en la luna negra suspendida allá arriba en el firmamento, solo existía una reliquia que Sarnus pudiera codiciar en estos momentos. Aquella que antaño perteneció a la Casa Rabnoma, pero que ahora se encontraba bajo la posesión de Bayezid.
"En ese caso, señor conde, ¿dónde se halla resguardado ahora mismo ese fragmento?".
Tras la interrogante planteada por uno de los presentes, una tensa quietud volvió a reinar entre los caballeros. Se trataba del fragmento de dragón que representaba, con toda probabilidad, la última oportunidad para los humanos. El destino y la custodia de dicho vestigio constituían la variable crucial que definiría la victoria o el fracaso en esta conflagración.
"Dicho fragmento ya ha salido de Sturma".
La vara de mando de Peter, que hasta entonces apuntaba a Bastopol, comenzó a desplazarse con lentitud hacia la siguiente ciudad. Cruzando la planicie de nieve blanca y dejando atrás el nido del lindwurm, su vara recorrió el norte de este a oeste hasta señalar a la urbe a la que solían llamar el Faro del Norte.
"Y en estos momentos se encuentra atravesando Shoara".
Shoara, la ciudad del Condado de Bayezid. El núcleo logístico del noroeste y el rincón que albergaba callejones donde las luces jamás se extinguían.
Y la ciudad donde había nacido el muchacho.
Al contemplar la vara de mando de Peter indicando su urbe natal, una sutil tensión asomó en los ojos azules de Vlad.
"Sin embargo, el problema radica en que Sarnus se encuentra más próximo a ese fragmento de lo que estamos nosotros".
No había margen de tiempo suficiente para que aquel fragmento que descendía llegara a salvo hasta Deomar, donde aguardaban los caballeros. Pues la distancia entre Bastopol y Shoara era mucho más corta que la que había desde Aciuc.
"Por consiguiente... alguien de los aquí presentes debe partir a su encuentro".
Para recibir aquel vestigio y ponerlo a buen recaudo, era imperativo que alguien marchara hacia el norte. Solo así sería factible interceptarlo con mayor presteza que la velocidad de vuelo del dragón más ancestral.
Ante la afirmación de que era preciso acudir al paso del convoy que descendía con el fragmento, las miradas de los caballeros convergieron al unísono hacia un único punto.
"......".
Vlad de Shoara.
El nombre que en ese momento resonaba en boca de todos a lo largo del continente. Todos los representantes reunidos congregaron la vista sobre aquel caballero que albergaba nombres ilustres bajo su modesto pendón personal.
\*\*\*
Había un hombre que caminaba en soledad a lo largo de un corredor estrecho y prolongado. Habiendo entrado y salido de allí en tantas ocasiones, la mansión de Deomar le resultaba ya tan familiar que podía orientarse sin necesidad de un guía. Sin embargo, Vlad no olvidaba que la primera vez que franqueó el umbral de aquella residencia lo hizo en compañía de aquel joven de marcadas ojeras.
\[El juicio del conde Peter es acertado. En este momento, el ejército de la Alianza del Norte no debe moverse de aquí\].
Aunque la amenaza del dragón despojado de su disfraz humano ya había alcanzado sus mismas narices, nadie tenía el poder de detener la guerra que ya había dado comienzo. La desconfianza mutua era tan honda que resultaba más seguro aniquilarse entre sí; sus respectivos mundos estaban divididos por una brecha demasiado profunda.
\[Es una jugada sin escapatoria. Al parecer, llevaba mucho tiempo preparando este preciso instante\].
Tal como señalaba Kihano, en medio de aquella grieta abierta, alguien sonreía en estos momentos.
Al contemplar cómo los mundos que él mismo había separado se obstruían mutuamente entre clamores, y viendo el semblante de una época incapaz de frenar al dragón que verdaderamente debía ser detenido, el viejo caballero no lograba ocultar la amargura de su corazón.
"Qué se le va a hacer."
Había un ejército de oro ascendiendo hacia el norte.
Y también el más ancestral de los dragones aproximándose hacia Shoara.
Sin embargo, incapaz de renunciar a ninguno de los dos frentes, la Coalición del Norte no tenía más opción que ofrecer el pecho y recibir los filos que caían sobre ellos desde ambas direcciones.
"Solo queda dar lo mejor de nosotros."
Al salir del estrecho corredor, una tenue luz se proyectó ante Vlad. Aquella salida que conducía a la baja colina de Deomar era ya, para él, un lugar tan familiar como los callejones de antaño.
"¿Por fin llegas?"
No obstante, allí ya había alguien esperando por él. Con el hombro recargado despreocupadamente contra la entrada que daba al exterior, aguardaba un hombre envuelto en un color que a Vlad le resultaba entrañable y a la vez teñido de nostalgia.
"¿Lord Rutger?"
"Sí. Soy yo."
Aquel hombre poseía el mismo color de cabello que el Josef a quien tanto extrañaba. Aunque sus facciones fueran distintas, la sonrisa que esbozaba a la distancia guardaba un parecido sobrecogedor con la de Josef, a quien con tanta fuerza echaba de menos.
"¿De verdad piensa venir conmigo?"
"Si no va un Matadragones a donde se va a cazar a un dragón, ¿quién más iría?"
El caballero del norte que había cercenado al más recio de los dragones. Con su nombre inscrito en los registros de la Orden de Caballeros Matadragones, el renombre de Rutger bastaba con creces para representar a todo el norte.
"Hacíamos un buen equipo, ¿no? ¿O solo yo pensaba eso?"
"Pero..."
Vlad vaciló por un instante al verlo encogerse de hombros con total indiferencia; sin embargo, Rutger no era el único que aguardaba por él en la colina de Deomar.
"Parece que volvemos a encontrarnos en un sitio familiar."
"...Sir Pablo."
"El Conde Arnstein me envió por delante. Por fortuna, no llegué tarde."
El hombre que había despertado por primera vez el mundo del muchacho: Pablo de Arnstein. Al contemplar su porte, inquebrantable y firme, la rígida expresión de Vlad comenzó a disolverse poco a poco en una sonrisa.
"Me alegra verte con buena salud."
"Sir Rodrigo."
"Ah. A partir de ahora agradecería que me llames comandante de la Gendarmería Imperial. Es que me ascendieron."
Aquellos que en ese momento le tendían la mano a Vlad eran los caballeros enviados desde el centro por el Duque de la Corte.
"Nos vimos una vez en Bastopol, si mal no recuerdo. Soy Ralf de Maringen."
"Soy Ernst de Podmils."
Y también se encontraban allí los caballeros representativos del norte, con quienes había combatido codo a codo en Bastopol, la ciudad de acero.
"Válgame, tras bajarme del barco siento mareos de tierra firme."
"Yo también tengo cierta historia con Shoara. ¿Cómo se llamaba aquel licor de entonces...?"
Eran los enanos de Nidavellir, pertenecientes al Frente de Liberación Enano, a quienes él había rescatado.
"Tender la mano antes de que nos pidan auxilio es la costumbre de nosotros los elfos."
E incluso los elfos de Ausrina, nacidos en la misma tierra que la espada que él empuñaba.
"...Si se marchan tantos caballeros, ¿quién demonios defenderá Deomar?"
Lo que aguardaba a Vlad al cruzar aquel largo y angosto corredor era una multitud de caballeros capaz de colmar por entero la colina de Deomar.
Aquellos a quienes había visto, de quienes había recibido ayuda y junto a quienes había combatido; todos ellos eran guerreros que se habían presentado voluntarios para plantarle cara, hombro con hombro junto a Vlad, a aquel legendario dragón dorado.
"Mi padre convocó a los viejos estandartes."
"¿Los viejos estandartes?"
"Me refiero a los caballeros retirados."
Con la partida de la élite de las fuerzas coaligadas, Deomar quedaría prácticamente como una muralla repleta de brechas. Sin embargo, pese a la inquietud de Vlad, Rutger se limitó a cruzar los brazos y hablar como si no hubiera el menor inconveniente:
"Le pedimos prestada la fuerza a la generación anterior. Si aún conservan las extremidades intactas, seguro que todos ellos están cabalgando hacia aquí en este mismísimo instante."
Aquel vacío correspondía ahora a los caballeros retirados. Sedientos de una gloria largo tiempo olvidada, los veteranos de la generación pasada se congregaban bajo el pendón de Bayezid para demostrar que todavía eran de utilidad.
"Entonces Sir Ramund también vendrá."
"Así es. Seguro que ese viejo será el primero en llegar a todo galope."
Había recorrido aquel corredor en soledad, pero a su término se extendía un sinfín de caballeros aguardándolo. Al contemplar la escena, los jóvenes espíritus encaramados en el árbol agitaban sus diminutas manos hacia Vlad, como pidiéndole que los mirara.
"Está nevando."
"...Eso no es nieve."
La colina de Deomar, que siempre solía desbordar una profunda desolación. Sin embargo, al ver aquel lugar colmado por innumerables mundos, Vlad pudo al fin sonreír con el alma despejada.
"¿Dónde se ha visto que caiga nieve en primavera?"
La Serpiente Blanca entonaba un cántico mientras las raíces del Árbol del Mundo se mecían acompasadas. Y, danzando al compás de esa melodía, la bendición de los jóvenes espíritus descendía cual blancos copos de nieve, impregnando las armaduras de los caballeros allí reunidos.
"¿Nieve en plena primavera?"
"¿Qué tiene de malo? Dicen que la nieve al momento de partir trae buena fortuna."
Sin embargo, el único capaz de ver a aquellas pequeñas criaturas a través de su ojo izquierdo cerrado era Vlad.
"Vámonos. Hacia Shoara."
Por esa razón, Vlad agitó el brazo con todas sus fuerzas hacia el árbol en lo alto. Aquel ademán tan amplio, que los caballeros a su alrededor observaron con extrañeza, no era sino una muestra de sincera gratitud expresada en nombre de todos los guerreros allí presentes.
\*\*\*
"La expedición ha partido, mi señor conde."
"...Entendido."
Desde la espalda de Peter, quien permanecía con las manos cruzadas tras de sí, entró volando un cuervo de plumaje azabache. Aquel cuervo sin nombre, con el rostro repleto de cicatrices, inclinaba la cabeza en silencio hacia el pequeño ataúd que Peter contemplaba desde lo alto.
"¿De verdad estará bien así? Solo con los caballeros retirados y las murallas de Deomar, será difícil contener al ejército del Duque de Oro."
"Aun así, es lo que debo hacer."
El féretro donde descansaba el hombre de pronunciadas ojeras. Al bajar la mirada hacia ese ataúd, Peter comenzó al fin a acariciar con extremo cuidado el rostro de su hijo.
"Alguien debe quedarse a cubrirles la espalda."
Josef Bayezid, habiendo alcanzado por fin una calma imperturbable. El mal padre que lo había enviado a sabiendas de que hallaría la muerte, acariciaba en ese instante el cuerpo helado de su propio hijo.
"En el lugar donde debías estar, cumpliste con lo que debías hacer. Así lo hiciste, hijo mío."
La sangre de los nobles es azul. No obstante, en este mundo no existía nadie cuya sangre naciera fría desde el principio.
"...Tu padre se siente tan orgulloso de ti."
Sostenida entre las manos de Josef, dispuestas con delicadeza sobre su pecho, descansaba una espada. Era la espada de caballero que su hijo tanto había anhelado poseer desde que era un niño.
Acompañados por las silenciosas lágrimas de un padre que resbalaban por sus mejillas, los caballeros se ponían en marcha.
Despedidos por el señor de Deomar, por el caballero que dormía el sueño eterno y por los jóvenes espíritus que danzaban en el aire.
Trascendiendo regiones y razas, aquellos hombres congregados desde todos los confines del continente marchaban con un único destino: la ciudad norteña de Shoara.
Y los cabellos dorados del muchacho ondeaban al viento mientras cabalgaba de regreso al lugar que lo vio nacer.
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• Autor: Q10
• Traductor: Inmensurable
⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨

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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela)
Capítulo 259
El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 258
Estás leyendo el capítulo 258 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.