arrow_back

Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 257 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
La inmensa calzada se hallaba atestada de soldados de un extremo a otro. A simple vista, las huestes parecían ascender con holgura a varias decenas de miles. Portando en su flanco izquierdo el estandarte imperial y en el derecho el blasón que lucía un hermoso jardín, aquella tropa representaba el ejército que el Duque de la Corte, Armand, había despachado exprimiendo hasta el último rescoldo de sus fuerzas. "¡Alto! ¡Todo el ejército, alto!". Avanzando hacia el norte por la Gran Vía del Este tras el rastro de la paloma blanca enviada por el Duque de Acero, las huestes de Armand marchaban pisándole los talones al contingente liderado por el Duque de la Sangre de Dragón, Sarnus. No obstante, aun cuando cada segundo resultaba vital, existía una razón imperiosa que los obligó a refrenar el paso. "...... ¿Qué demonios es aquello?". El conde Arnstein, designado como comandante supremo de aquella fuerza expedicionaria, tragó saliva con dificultad ante la escena inverosímil que se abría ante sus ojos. A pesar de ser un líder que siempre analizaba el curso de los acontecimientos con fría serenidad, lo que se manifestaba en ese instante rebasaba cualquier límite comprensible para la razón humana. "¿Acaso...... es la luna?". Por encima del sol poniente que se hundía en el ocaso, algo comenzaba a alzarse en las alturas. Una luna diminuta que destellaba igual que una perla negra. Ante la presencia insólita de aquel astro que emergía sobre el horizonte cotidiano, no solo el conde Arnstein, sino cada uno de los hombres presentes contemplaba el firmamento en sepulcral silencio. "¿Qué clase de prodigio está acaeciendo......?". Aun habiendo nacido en las entrañas de la penumbra más abisal, ascendía irradiando las incontables posibilidades que albergaba en su seno. Semejante a una pintura plasmada en el lienzo del cielo por manos maestras, aquella luna resplandecía ante la mirada de todos, bañando la tierra con su lumbre. "......". Sin embargo, por razones que nadie alcanzaba a desentrañar, el fulgor de aquel astro recién nacido transmitía una desolación tan desgarradora y melancólica que cualquiera podía percibirla en lo más hondo del alma. ※※※※ "...... Una luna que jamás volverá a descender, desde luego". En aquel dantesco campo de batalla donde yacían amontonados decenas de miles de cadáveres, un hombre sonreía contemplando la luna ascendente: "Junto a ese astro que se eleva, el fragmento perfecto tampoco regresará jamás a este mundo. Ha sido una magnífica elección". "......". Los cuerpos inertes cubrían el suelo y aquel árbol colosal yacía derribado. Entre los escombros de la catedral derruida en la distancia, los clérigos escarbaban afanosamente buscando el cuerpo del pontífice; sin embargo, al margen de ellos, todos los que permanecían en pie en aquel páramo yacían desplomados, incapaces de mover un solo dedo por el agotamiento. "Si tan magnífica os parecía esa elección, ¿por qué demonios no la tomasteis desde el principio?". Todos se hallaban exhaustos hasta el límite de sus fuerzas. Exactamente igual que el hombre tendido a los pies de Vlad. "Porque era incapaz de confiar. Al fin y al cabo, ella era una mujer que ya había perdido el juicio". Con un inmenso vacío perforándole el pecho, el marchito emperador Frausen agonizaba lentamente. Sosteniendo en su torso la despiadada herida infligida por un dragón, clavó sus ojos en Vlad: "...... Acaso ninguno de nosotros fue capaz de confiar en nadie. Ni ella, ni tú. Y mucho menos yo mismo". Sobre su carne que se deshacía paulatinamente, la lumbre de la luna negra derramó su resplandor por un instante. Una tenue claridad que jamás antes había existido en este mundo. Siguiendo ese haz de luz, la mirada de Frausen se posó en el hombre de cabellos renegridos que Vlad llevaba cargado a sus espaldas: "Aun a sabiendas de que los asuntos de la era presente debían confiarse a los caballeros de esta misma era". Solo ahora, cuando todo había concluido, Frausen lograba comprenderlo: quienes debían erigirse en este suelo no eran los muertos del pasado como él, sino los jóvenes que guiarían el destino de esta tierra hacia el porvenir. "El dragón más antiguo ha partido. Marcha resuelto a devorar los fragmentos que aguardan en el norte". Aquel que desconfió de las posibilidades que él mismo había sembrado, ¿en qué se diferenciaba de aquel dragón milenario que codiciaba consumir los brotes más jóvenes? No obstante, si le restaba un solo consuelo en su hora final, era saber que aquel otro reflejo de sí mismo que anidaba en el alma de ese caballero había transitado, a fin de cuentas, por la senda correcta. "Él posee alas de dragón; por ende, jamás seréis capaces de darle alcance". Haciendo un esfuerzo titánico con su cuerpo en desintegración, el resucitado emperador alzó el brazo por última vez. Sus dedos desvaídos apuntaron en dirección a Bastopol, la urbe señorial del Duque de Acero: "Aunque no alcance la perfección absoluta, se volverá más temible y poderoso que ninguna otra criatura. A partir de este instante, tú eres quien debe detenerlo". \[......\]. Vlad giró la cabeza siguiendo la dirección señalada por Frausen, contemplando aquel dedo que indicaba la tierra norteña donde él había nacido, hasta que la extremidad comenzó a disolverse en cenizas en el aire. "...... Poco me importa a dónde se dirija ese hombre". Sin embargo, el destino hacia el que Vlad dirigía la mirada difería del señalado por Frausen: "Porque ya he comprobado en carne propia que con el mero reino de los dragones jamás podré plantarle cara". Habiéndose medido frente a Sarnus en Namarka, Vlad había comprendido con creces que la sola fuerza draconiana resultaba estéril contra él. Por ello, los ojos de Vlad se clavaban en la lejana ciudad de Shoara: "Por tanto, esta vez no resolveré las cosas a vuestra manera, sino a mi propio modo". La ciudad que lo vio nacer, los camaradas que creyeron en su palabra y las incontables posibilidades que había logrado rescatar en las tierras del norte. Aquellos variados colores que aguardaban su regreso acaso constituyeran el único camino capaz de rivalizar contra el dragón más cercano a la perfección. "...... Ya veo". Viendo a aquel caballero de la nueva era mirar hacia un horizonte completamente distinto al suyo, Frausen esbozó una última sonrisa. Tal vez no fuera más que otra tentativa abocada al fracaso; no obstante, incluso el derecho a errar pertenecía legítimamente a los verdaderos señores del presente. "La luna brilla con esplendor". Bajo la lumbre nocturna, los dedos de Frausen se deshicieron en el aire como polvo arrastrado por la brisa. Y mientras contemplaba la figura del emperador evaporarse en silencio como si tan solo hubiera estado aguardando su llegada, Vlad alzó con parsimonia una vieja espada desvaída de entre los restos dispersos. ※※※※ En las lejanas aguas del mar occidental, donde la luna nacida en el este aún no alcanzaba a vislumbrarse. En aquel océano que debía permanecer en calma, inmensos navíos hendían el oleaje levantando marejadas embravecidas. ¡Bum! ¡Pum-pum-baang! Junto al ensordecedor bramido de los cañones, los alaridos de los marineros se entremezclaban en el aire. No obstante, en medio de la marea de estandartes dorados que cubrían el horizonte, una solitaria bandera que ostentaba una rosa roja ondeaba con soberbia gallardía: "¡Otar! ¡Prepara la tercera andanada!". "¡Cargad los proyectiles! ¡Manteneos alerta, panda de holgazanes!". Habiéndose recompuesto de sus reveses pasados, la armada del Duque de Oro se cernía sobre el puñado de navíos norteños que libraban una encarnizada batalla. Aunque su número era ridículo en comparación con la flota enemiga que los asediaba sin tregua, los barcos enanos dotados de ruedas de paletas en ambos costados maniobraban con una gracia prodigiosa, compensando su inferioridad numérica mediante giros inverosímiles. "¡Seguís escabulléndoos como ratas de cloaca, Rosa Roja!". Contemplando a los navíos del norte bajo el dosel de su enseña dorada, un hombre reía a carcajadas con estrépito: "¡¿Por qué no cargáis de frente como hicisteis aquella vez, mocosos insolentes?!". El Duque de Oro, Kazan Barbosa. Una marea colosal que avanzaba rumbo al norte amenazaba con devorar la urbe costera de Nassau: una embestida despiadada destinada a estrangular la última ruta marítima que le restaba al norte. "¡En esta ocasión me cobraré cada una de vuestras deudas con creces! ¡El coste de las naves que me hundisteis en estas aguas asciende a nada menos que treinta y cuatro mil quinientas sesenta y cuatro monedas de oro, de modo que podéis daros por sentenciados!". Habiendo sufrido pérdidas astronómicas en aquel mar occidental, los ojos de Barbosa ardían con un fulgor tan escarlata como su espesa barba roja. Su mirada se clavaba en un único objetivo: el pabellón de la rosa roja. Con todo, bajo aquel emblema, el capitán lisiado le devolvía la mirada con idéntica fiereza: "¡No soy un mocoso! ¡Soy el Capitán Haben!". Al tiempo que hacía virar su barco de costado con asombrosa presteza: "¡Y lamento informarte de que me temo que vas a endeudarte todavía más!". Ante una maniobra de viraje tan cerrada que resultaba impensable para cualquier navío impulsado únicamente por el velamen, el propio Barbosa se quedó desconcertado. En la banda del bajel asomaban incontables bocas de fuego perfectamente alineadas. No obstante, más que los cañones apuntados hacia él, lo que inquietaba a Barbosa era el aspecto siniestro de aquel capitán paticojo que sujetaba su ajado tricornio con mano firme. "...... ¿Acaso pretendes abrir fuego a semejante distancia?". ¡Bum! ¡Pum-pum-baang! Ante un Barbosa que murmuraba incrédulo, la artillería norteña abrió fuego. Aquellos cañones que relucían con un brillo singular habían sido forjados íntegramente por manos enanas: "¡Fuego!". Cargados con toda la rabia acumulada durante meses, los proyectiles surcaron las olas cabalgando sobre el viento descubierto por Haben. "¡Fuego! ¡Descargad otra salva!". "¡Por fin podemos devolverles el golpe!". "¡Malditos bastardos del sur! ¡Hundidlos hasta el último!". Eran proyectiles capaces de alcanzar la mayor distancia jamás vista en este mundo. ¡Baaang! ¡Pum-pum! Las andanadas disparadas por los enanos de Nidavellir volaban en picado hacia las naves de Barbosa. Sin embargo, el vendaval que empujaba la trayectoria de aquellas balas de cañón no procedía únicamente de la pericia técnica de los enanos: era el hálito de los espíritus marinos que ascendían desde las profundidades, guiados por el aroma latente de Vlad. ※※※※ "Padre. Las tropas occidentales que partieron desde la ciudad de Nassau acaban de arribar a las aldeas aledañas". En el despacho de Alicia, en el corazón de Deomar, reinaba un silencio sepulcral. Y no era para menos: las huestes combinadas de Gaidar y del Duque de Oro que se precipitaban hacia esta plaza desbordaban por completo la capacidad defensiva de las modestas murallas de Deomar. "Es un milagro que hayan conseguido enlazar. El bloqueo de Barbosa debía de ser impenetrable". Los señores occidentales que se negaron a jurar vasallaje a Gaidar habían navegado haciendo escala en Nassau hasta alcanzar los fondeaderos próximos a Deomar. Habiéndose sumado al frente norteño bajo el pendón de Charles Rabnoma, constituían aliados de incalculable valor para la contienda venidera. "Me informan de que los capitanes del norte se batieron hasta el límite de sus fuerzas". "......". Ante el parte transmitido por Rutger, Peter asintió en silencio. Decir que se batieron hasta el límite era quedarse corto: se trataba prácticamente de una hazaña milagrosa. A buen seguro, una batalla de dramatismo indecible se había librado en aquellas aguas. "Excelente. Contamos incluso con contingentes que jamás aguardamos". Asintiendo para sus adentros, Peter se puso en pie y se aproximó al ventanal para contemplar el exterior. Aunque se trataba de una comarca sumamente reducida, varias decenas de enseñas ondeaban en el campamento. Sin embargo, entre todas ellas, había un grupo en particular que acaparaba la atención de Peter: "...... Y procedentes de los confines más impensados, además". Hombres que no portaban los blasones tradicionales de los súbditos imperiales, sino telas adornadas con hilos de vivos colores: los bárbaros del norte. Aunque todos los demás habían intentado proscribirlos, Josef había insistido en acogerlos en su seno; y hoy, aquellos guerreros se hallaban alineados en este mismísimo frente. "¿Qué novedades hay sobre el fragmento de dragón?". "Bajo la tutela del mago Ragmus, me comunican que ya ha alcanzado las inmediaciones de Shoara". "Debemos confluir con ellos a la mayor brevedad". No obstante, aun habiéndose congregado semejante multitud, la inferioridad frente a la coalición del oeste y del sur era un hecho indiscutible. Por añadidura, según el urgente despacho remitido por el Duque de Acero, el mismísimo Duque de la Sangre de Dragón, Sarnus, marchaba a la caza del fragmento; para contrarrestar semejante desventaja, Peter requería de murallas infinitamente más formidables que las de Deomar. "¿En qué estado se hallan los preparativos de la evacuación, baronesa Alicia?". "......". Ante las palabras de Peter, todas las miradas convergieron sobre la joven noble. Legítima señora de estas tierras, pero forzada a abandonarlas debido a su falta de poderío, Alicia Heinal mantenía la cabeza gacha, carcomida por una rabia impotente ante su propia flaqueza: "La columna de evacuados, encabezada por los ancianos y los niños, ya ha sido evacuada". "En tal caso, convendría que vos también partieseis hacia Shoara......". Rutger intentó mediar en lugar de su padre al percatarse de lo delicado del asunto; empero, al toparse con las pupilas inyectadas en sangre de Alicia, las palabras se le congelaron en los labios: "Permaneceré en este lugar hasta el último momento". Aunque careciera de la fuerza marcial para defender sus muros, estaba resuelta a cumplir con su deber supremo de despedir a su gente hasta el final. Ante semejante determinación inquebrantable, incluso Rutger tuvo que inclinar la cabeza: "Solo partiré cuando el último de mis vasallos haya cruzado las puertas". Deomar apenas comenzaba a vislumbrar un atisbo de esperanza, pero la marea de la guerra era una catástrofe inexorable. Aquella ola amenazaba incluso con desbordar a la Casa Bayezid, pilar del norte; por lo que verse obligada a abandonar el feudo que debía salvaguardar suponía para ella un dolor tan lacerante como amputarse un brazo. "......". A espaldas de la fortaleza, en las colinas de Deomar impregnadas del perfume de los limoneros, la Serpiente Blanca asomaba la cabeza con aire atribulado. Su mirada melancólica se dirigía hacia el lejano norte, donde un dragón dorado surcaba los cielos en ese mismo instante. ¡Kkyu-! "...... ¿Eh?". De súbito, un chillido adorable e impropio de la gravedad del momento quebró el silencio. Aquel ruidillo tan despreocupado atrajo de inmediato la atención no solo de la Serpiente Blanca, sino de los pequeños espíritus que revoloteaban a su alrededor. ¿Kkyu? "...... ¿¿??". Asomando la hociquera desde una diminuta galería subterránea, un topo emergió a la superficie. A diferencia de cualquier topo ordinario, aquella criatura relucía con un fulgor dorado; al encontrarse con la colosal mole de la Serpiente Blanca que lo miraba desde lo alto, ladeó la cabecita con curiosidad. "Habría sido infinitamente mejor si hubiéramos podido salir directamente en Sturma". "No había otra alternativa. El grabado rúnico que tracé solo alcanzaba hasta este punto. La criatura también necesitaba reconocer el terreno". Desde el túnel horadado por el topo resplandeciente, voces familiares comenzaron a filtrarse. Eran las voces del muchacho rubio que lo había reconocido por primera vez y de Baradis, quien había viajado desde el Árbol del Mundo hasta estos lares. "Aun así, hemos llegado sanos y salvos". Como si hubieran estado aguardando la señal, incontables guerreros comenzaron a emerger de la galería oscura uno tras otro: elfos, hombres de la raza de las bestias y soldados humanos. Mezclados sin distinción de linaje ni estirpe, todos ellos lucían los rostros tiznados por el polvo del subsuelo tras una marcha forzada. "...... Por allí debe de estar lord Peter". La Serpiente Blanca, espíritu protector que velaba por Deomar, parpadeaba desconcertada ante semejante despliegue insólito. No obstante, lo que verdaderamente cautivó sus pupilas no fue la multitud que salía a la luz, sino una diminuta raicilla que se agitaba suavemente hacia ella desde la mano del joven: "¡......!". Una raíz entrañable e inolvidable. Otro Árbol del Mundo nacido del seno de la mismísima Madre. Al reconocer a su pariente, un brillo húmedo y cristalino floreció en los ojos de la Serpiente Blanca. "Os llevaré ante vuestro padre". Mundos que por fin se reencontraban. Sin embargo, Josef, cargado a la espalda de Vlad, permanecía con la cabeza inclinada en absoluto silencio. "...... Por fin podemos regresar a casa". El dragón más antiguo que merodeaba en pos de los fragmentos y un sinfín de huestes enemigas que enseñaban los colmillos contra el norte. Mas, en ese preciso instante, bajo la mirada silente de la luna negra, Deomar se hallaba colmada de todos los matices imaginables: semejante a un jardín donde florecen mil especies distintas, la ciudad encaraba la tormenta venidera desplegando sus propios colores, sin que ninguno de ellos se solapara con el de su vecino. \----- • Autor: Q10 • Traductor: Inmensurable ⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨
El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela)

Continúa leyendo

El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela)

Capítulo 258

Siguiente Capítulo ›

El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 257

Estás leyendo el capítulo 257 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.