Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 256 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Los callejones de Shoara siempre habían sido un lugar sombrío y mugriento. Sin embargo, Vlad solía atesorar en su corazón el paisaje de aquel entonces. Quizás no se trataba de nostalgia por los bajos fondos, sino por los escasos recuerdos que aún conservaba de su madre.
"Mamá está bien".
Era uno de los pocos recuerdos que conservaba de su infancia. En aquel entonces, al abrir la puerta y entrar, su madre tenía el rostro terriblemente hinchado. A pesar de que su rostro, el cual bien podía considerarse su único sustento de trabajo, estaba amoratado e inflamado por los golpes, al menos ante su hijo se esforzaba por esbozar una amplia sonrisa.
"Come rápido. Se va a enfriar".
En el tazón de sopa que ella le tendía había gruesos trozos de carne. Al oír los gritos de reproche de la Madame que resonaban al otro lado de la puerta, resultaba evidente que era carne que había hurtado para él.
"¿Robaste esto?".
"Sí".
Una madre que robaba carne para su hijo. Sin embargo, la sopa que ella le ofrecía solo rebosaba de una tibia calidez.
"¿Y qué más da? Es para alimentar a mi propio hijo".
Para cualquier otro sería una sucia ramera o una ladrona, pero en ese instante, ante él, era la única persona preciada en este mundo. Al contemplar la sopa que ella le ofrecía, el pequeño Vlad permaneció allí, de pie y pasmado en medio de la diminuta habitación.
"... Gracias por la comida".
La sopa que ella había traído estaba hecha de pecado, pero también de amor. No obstante, el joven e inocente Vlad solo sentía aflicción en el pecho al ver el rostro amoratado de su madre.
※※※※
"Alguien tiene que dármelo a mí".
En medio de una oscuridad azabache, una mujer que ya perdía hasta su figura tangible le tendía la mano a Vlad. Aquel ademán, teñido de un inexplicable vacío, era a su vez la última convulsión agónica que ella podía ofrecerle a este mundo en tal instante.
"Me prometieron que me lo darían".
No había sido el dragón que tenía enfrente, pero el dragón más ancestral y el emperador resucitado se lo habían prometido: le entregarían un fragmento desprendido del ser más perfecto, capaz de convertirse en cualquier cosa.
"... ¡Por eso, al menos una persona en este mundo debería dármelo a mí!".
Sin embargo, lo único que sostenían sus manos ahora era una luna negra que declinaba poco a poco.
Asesina y apóstata. La instigadora del mal que durante largos años esparció un veneno que el mundo no podía soportar y empujó a incontables personas al infierno.
"¿Acaso usted no piensa lo mismo, Vlad Áureo?".
Sin embargo, la faceta de Lamashtu que Vlad contemplaba ahora no era la de una lunática corrompida por el mal, sino simplemente la figura de una madre entregada a sus niños. Al ver las diminutas manitas acercarse a ella mientras lloraba desconsolada, Vlad apretó los dientes.
'¿Por qué llora, hermana?'.
'No llore'.
En aquel espacio sombrío donde nadie miraba, Lamashtu era, después de todo, la madre de alguien. Sin embargo, Vlad era alguien que ya había presenciado sus incontables atrocidades.
"No".
Las facetas que componían el mundo de cada individuo eran diversas. Aunque en cada una de esas caras existiera una estampa propia que los demás no podían contemplar, aun así, el mundo llamado Lamashtu era un universo que ya había cargado sobre sí demasiados pecados.
"Por mucho que llores de ese modo, no vacilaré".
Había niños que ahora trepaban apoyándose en su propio mundo; niños que avanzaban por la senda recta y justa que un caballero de esta era les había abierto. No obstante, incluso ahora, este rincón tenebroso rebosaba de niños desamparados que lloraban sumidos en la aflicción.
Si abandonaba a esos niños a su suerte, terminarían hundiéndose junto a aquella mujer que lloraba en un abismo del cual jamás podrían ser rescatados.
"Por eso, tú te quedarás aquí, Lamashtu".
"..."
Ante la voz de Vlad, que le sentenciaba que solo a ella no se lo concedería, la cabeza lánguida de Lamashtu detuvo su caída. Al alzar la vista, en su mirada se reflejó una espada que resonaba con un llanto escarlata.
"Porque debes quedarte aquí y pagar el precio".
\*Wuuuung...\* La espada vibraba con un lamento al extraer el fragmento de dragón que anidaba en el interior de su propio mundo.
Aquel mundo, el más perfecto, que otrora constituyó su fundamento pero que ahora ya no necesitaba. Aquel mundo que ni el dragón más ancestral ni el emperador resucitado le habían concedido, brillaba de pronto en la mano de Vlad cual lucero estelar.
※※※※
¡Rumble!
Había una luna que caía sobre Aciuc, una aldea colmada únicamente de tragedias. Aquella luna, izada a duras penas con lágrimas recolectadas, se precipitaba hacia la tierra haciendo vano el ferviente anhelo de alguien.
"¡Ja! ¡Jajaja!".
Y bajo la sombra que proyectaba esa luna, se erguía el dragón más ancestral. Dejando a sus espaldas las raíces lánguidas y desparramadas, el rostro risueño de Sarnus rebosaba de un júbilo aguardado durante cientos de años.
"Aun así, vaya que duele. En verdad fue una daga digna del mejor duelista".
"... ¡Cof!".
Aunque Sarnus se aferraba al corazón como si todavía sufriera un dolor agudo, en su rostro se dibujaba un regocijo imposible de disimular.
"Por fin te tengo a mis pies, Frausen".
Porque ahora, bajo él, yacía postrado Frausen, el caballero a quien más había aborrecido en aquella era. Aunque la luz que hasta el dragón más perfecto había codiciado se hallaba sumamente desvaída, la sensación de conquista que aún podía ofrecerle aquel cuerpo corrompido no había mermado en lo más mínimo.
"... Sorber la sangre de tu propio hijo. Ya no eres un dragón; te has convertido en un monstruo".
"¿Acaso soy peor que tú, que has resucitado de la muerte?".
¡Crunch!
Como si aquellas palabras le resultaran intolerables, la espada de Sarnus atravesó de lleno el abdomen de Frausen.
"Mírate. Ni siquiera te duele".
"..."
Sin embargo, de la desgarrada herida de Frausen solo manaba una sangre densa y en putrefacción.
Un dragón que asesinó a su hijo para sobrevivir. Un emperador que desechó sus convicciones para regresar a la vida. Los caballeros de aquella era, doblegados y corrompidos por sus propios designios, se contemplaban el uno al otro con miradas henchidas de demencia.
"A partir de este instante arrancaré el fragmento que reside en tu corazón. Entonces no serás más que un cadáver putrefacto".
Por muy embriagado de locura que estuviera, en este momento Sarnus pisoteaba a Frausen; como vencedor incuestionable de esta contienda, era un ser con pleno derecho a reclamar su botín.
"Y después volaré hacia Bastopol. Allí reclamaré el fragmento de ese insignificante Duque de Acero".
"¡Gaaah!".
"¡También tomaré el fragmento de Bayezid que se halla en Sturma! ¡Aquel fragmento que la maldita Casa Rabnoma hurtó en secreto!".
"¡Kuaaaagh!".
"¡Y tras haberlos reunido todos, al final...!".
La espada que había perforado su vientre fue subiendo paulatinamente hacia el corazón de Frausen al compás de los bramidos de Sarnus. Y cuando la gélida hoja rozó aquel corazón que disimulaba la muerte, Sarnus sonrió, deleitándose con la sensación.
"... ¡También arrebataré el potencial de mi hijo más amado!".
El dragón más ancestral reía a carcajadas. Un dragón que se hallaba más cerca que nunca de la posibilidad más perfecta. Frausen se había esforzado al máximo para sofocar aquella risa, pero su tentativa de frenar al dragón valiéndose de un fragmento de dragón había resultado un fracaso rotundo.
"Te lo agradezco, Frausen. Por haber criado tan bien a mi hijo durante todo este tiempo".
Las últimas palabras que pronunció Sarnus probablemente no iban dirigidas a Frausen, sino a Kihano. Sin embargo, Frausen, desplomado en el suelo, carecía incluso de las fuerzas para corregir aquel error, de modo que se limitó a contemplar con mirada vacía la espada de Sarnus que se cernía en lo alto del cielo.
"Con esto, pondremos fin a nuestro nefasto destino".
Acompañada de una risa teñida de locura, la espada se alzó para descargar el golpe definitivo directo al corazón de Frausen. La risa de Sarnus, callada pero densa y viscosa, era más oscura que cualquiera de los despojos que cubrían aquel campo de batalla.
¡Rrrroooommm!
"… ¡Ugh!".
No obstante, ante una repentina sacudida que hizo temblar el suelo, la punta de la espada que empuñaba Sarnus vaciló.
"¡¿Y esto qué es ahora?!".
Ante la violenta e imprevista convulsión de la tierra, Sarnus clavó una mirada fulminante en Frausen, pero el emperador resucitado se limitó a contemplar el cielo sobre sus cabezas.
"Ja, ja".
Dejó escapar una risa extrañamente desprovista de fuerzas.
Pues en el firmamento que contemplaba en ese preciso instante, se elevaba surcando lo alto aquel haz de luz escarlata que tanto se había empeñado en ocultar.
"Yo he perdido, pero tú también has quedado derrotado, Sarnus".
"¿Qué?".
El resplandor escarlata más perfecto, disparado por última vez por el árbol que se desmoronaba. Al contemplar aquella posibilidad que él jamás se había atrevido a elegir porque nadie creyó en ella, Frausen comenzó a reír.
¡Rrrroooommm—!
Acompañado de un estruendo de truenos que parecía capaz de hender el mundo, un haz de luz escarlata se disparó directamente hacia la luna negra que poco a poco se desmoronaba. Todos cuantos permanecían sobre la faz de la tierra alzaron la cabeza hacia aquella luz disparada desde un rincón vedado a los ojos mortales.
"Esa tampoco es una mala elección".
Una luna negra que, una vez ascendiera, se despediría para siempre de este mundo. Al contemplar el fragmento perfecto que aquella luna terminaría por engullir, Frausen sonreía.
\*\*\*
¡Rrrroooommm—!
El Árbol que Desafía a los Cielos se venía abajo.
Ya no quedaba en sus ramas ni una sola gota de lágrimas que succionar. Aquella prueba de pecado, forjada a través del sacrificio no solo de Lamashtu sino de incontables existencias, se derrumbaba en ese momento sobre las ruinas de Aciuc.
"¡Ya...! ¡Nosotros también tenemos que irnos!".
Y de aquel precario espacio donde todo se hacía pedazos, Vlad salía arrastrándose a gatas. Con Josef apoyado sobre un hombro mientras avanzaba pisando su propio mundo, Vlad logró por fin distinguir el cúmulo de luz que se vislumbraba allá arriba.
"Son los niños...".
A medida que ascendían, el rostro de Josef palidecía cada vez más, y una escena se reflejó ante su mirada. Pequeñas luciérnagas titilaban sobre las cabezas de ambos, como indicándoles que allí se encontraba la salida. Las almas de los niños, que aún los aguardaban, brillaban hacia los dos como preguntándoles si por fin habían llegado.
"También se oyen sus cantos...".
Al confirmar que los dos subían desde abajo, las luciérnagas, como aliviadas al fin, comenzaron a remontar el vuelo al compás del cántico de los muchachos que resonaba a lo lejos. La voz de Dios que solo ahora lograban comprender. Al ver a los niños volar hacia aquel destino, Josef comenzó a sonreír.
¡Clac!
"¡Aun así... parece que al final regresan al regazo de Dios...!".
Vlad, emergiendo a través de aquel mundo que se desvanecía poco a poco, logró aferrarse al fin al lindero entre la vida y la muerte.
"¡Por eso nosotros también debemos regresar a casa!".
Incluso a solas resultaba arduo escalar aquel sendero tenebroso, y él lo hacía mientras sostenía y cargaba con Josef. Al llegar arriba, sobre la cabeza de Vlad reposaba la luna negra, que ahora emitía una luz un tanto distinta a la de antes.
¡Rrrroooommm—!
"Sí... tenemos que irnos".
Sin embargo, incluso aquí, fuera de los dominios de la muerte, la mano de Josef seguía sintiéndose tan gélida como siempre. Aun así, la sonrisa que curvaba los labios de Josef permanecía dirigida hacia Vlad, quien lo había buscado hasta el mismísimo final.
"Perdóname. Por haberte hecho venir hasta aquí".
"Ya le dije que hablaremos de eso más tarde".
¡Rrrroooommm!
Junto a las palabras de Vlad, el árbol sobre el cual ambos se erguían comenzó a colapsar. Era un árbol que se desplomaba, incapaz de soportar el peso de los pecados que él mismo había apilado.
"… Desde el momento en que tuve uso de razón, siempre me lo imaginaba. Preguntándome cómo sería mi propio fin".
No obstante, incluso en este instante donde todo se hacía pedazos, el semblante de Josef se mostraba sereno. El joven de profundas ojeras, que siempre había vivido librando una lucha encarnizada, sonreía de esa manera, como si por fin hubiera encontrado la paz absoluta.
"Haber nacido débil, haber vivido de este modo... nada de eso fue por voluntad mía. Por eso, al menos en mi último instante, deseaba dibujarlo a mi manera".
"… Por favor, ya le he dicho que dejemos esas palabras para después".
En medio de aquellos escombros que se derrumbaban, Vlad apretó los dientes. En la oscuridad no se distinguía, pero ahora había a su lado una realidad que le resultaba imposible ignorar.
"Quizá por eso siempre pensé que la consumación de mi vida sería la muerte".
A medida que Vlad avanzaba, a medida que se distanciaba del lindero de la muerte, Josef se volvía cada vez más frío. Tanto su mano aferrada al hombro de Vlad como la sonrisa con la que lo contemplaba. Al acariciar aquella mano que se endurecía poco a poco, Vlad no pudo evitar inclinar la cabeza.
"Pero al verlo ahora, parece que no era así".
Con una enorme herida abierta que le perforaba el abdomen, Josef sonreía mirando a Vlad. Las pocas luciérnagas que aún revoloteaban sobre su cabeza parecían advertirle que ya era hora de partir.
"Has alzado una luna. Tú. Por el bien de los niños".
"… La alzamos juntos".
"Sí. Juntos".
Contemplando la luna negra que había elevado en el ocaso de su existencia, Josef abrió los labios.
"Es verdad. Lo hicimos juntos. Intercambiando la espada que yo no poseía por la estrella que tanto deseaba tener".
Habiendo compartido semejante senda, para ambos había llegado la hora de despedirse de la luna que flotaba en aquel firmamento.
"Gracias, Vlad".
Josef Bayezid. El hombre que no pudo tener la vida que anhelaba.
"Tú has consumado el final de mi vida".
Sin embargo, aquel hombre que al menos pudo alcanzar la muerte que deseaba, sonreía mirando a Vlad. Dejando atrás la última despedida que el muchacho ya no tenía más remedio que escuchar.
"… Yo también le estoy agradecido, Josef".
Con esas palabras, Vlad abrazó con todas sus fuerzas el cuerpo de Josef, que se entumecía por momentos. Interponiendo todo su ser para impedir que el polvo que se cernía sobre ellos mancillara su muerte.
"Por haberme encontrado en aquel lodazal".
Sobre la cabeza de Josef, quien cerraba los ojos lentamente con serenidad satisfecha, una pequeña mota de luz comenzó a ascender. En el último instante de su muerte, el mundo de Josef que por fin se revelaba era de un negro resplandeciente. Aunque era oscuro, aquel fulgor, tan brillante como sus propias ojeras, ascendía con lentitud hacia el firmamento.
"De verdad... muchas gracias".
La luna negra ascendía.
Acompañada de pequeños destellos titilantes.
Mundos que ya jamás podrían alcanzarse se contemplaban mutuamente mientras se daban el último adiós.
"… Adiós".
Como la mujer que agitaba la mano hacia los niños desde el interior del árbol en ruinas.
Como el caballero que lloraba balbuceando una oración que ni siquiera había logrado memorizar.
Como el dragón que aullaba por aquel fragmento perfecto que ahora desaparecería para siempre.
"Adiós, Josef".
Una despedida coral hacia la luna que abandonaba este mundo.
Hacia aquella luna que se alejaba junto a las luciérnagas dispersas, una solitaria luz de estrella azulada pronunciaba su despedida final.
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• Autor: Q10
• Traductor: Inmensurable
⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨

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Estás leyendo el capítulo 256 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.