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Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 253 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
\*Dududududu—\* Con una vertiginosa sensación de ingravidez, el mundo de Lamashtu ascendía, semejante a una burbuja que pugna por alcanzar la superficie del agua. Cada vez que aquella pompa subía, profundas grietas se abrían en el cielo violáceo de Lamashtu, y los falsos círculos concéntricos cobijados bajo ese firmamento se desmoronaban irremediablemente desde el exterior. "—... ¡Estamos emergiendo a la realidad! ¡En cualquier instante colapsará por completo este mundo en el que nos encontramos!" En medio de aquel mundo de Lamashtu que se venía abajo, tan solo permanecía firme esta isla donde el árbol había echado raíces. Al contemplar cómo los círculos concéntricos exteriores se derrumbaban, cual si hubiesen estado aguardando ese preciso momento, Vlad comprendió que todo aquel escenario había sido planeado desde un principio. 'Pensaba descartarlo todo desde el comienzo.' Al parecer, para Lamashtu lo único importante era la seguridad de los niños. Incluso los magos negros que la seguían no habían sido más que meros instrumentos, arrojados al vacío entre oscuros alaridos. ¡Ruuuumblaaa! "¡Cuidado! ¡La realidad está a punto de alcanzarnos!" Ante la aguda advertencia de Nibelung, Vlad alzó la cabeza y abrió los ojos de par en par al contemplar el espectáculo que se cernía en lo alto. "—... ¿Qué es eso?" Era una escena insólita: el cielo sobre sus cabezas se quebraba en pedazos. Sin embargo, más que el firmamento que se rompía, lo que dejó atónito a Vlad fue la gigantesca sombra que se aproximaba a toda prisa desde el otro lado. "¿El campanario?" La iglesia azabache de Aciuc que había visto antes de ingresar a este lugar. El campanario que colgaba en lo más alto de aquel templo se precipitaba desde más allá del cielo violáceo. Cual paisaje que se vislumbra a través de una ventana, caía en picada contra aquel mundo que se desintegraba. "¡Maldita locura!" ¡Dong! ¡Dooong! Entre los confines de ambos mundos que acababan colisionando irremediablemente, el cielo se desplomaba y el campanario caía. En medio de aquella situación tan irreal, lo único comprensible era el estruendoso tañido de las campanas que resonaba en sus oídos. Ante el choque de mundos contra el cual nada podía hacer, Vlad no tuvo más opción que agachar la cabeza. ¡Bbooooom! "¡Aaaaargh!" "¡Maldita sea! ¡Mierda! ¿Por qué carajos tuve que venir hasta aquí?" Un eco colosal y pesado resonó desde la brecha entre la realidad y el mundo que acababan de chocar con brutalidad. Era como la violenta sacudida de dos planos que, incapaces de coexistir, no tenían más remedio que repelerse mutuamente. Sin embargo, lo que resultó repelido esta vez no fueron las lágrimas negras derramadas por Lamashtu, sino el mismísimo mundo de la realidad. "—... ¡Agh! ¡Cof, cof!" Vlad mantenía la cabeza gacha mientras los escombros de la iglesia caían en cascada sobre él. En medio del denso polvo que apenas dejaba respirar, lo único visible era la campana del templo que rodaba de un lado a otro. Al ver la campana de Aciuc yaciendo inerte, como si ya hubiese cumplido con su cometido, Vlad comprendió al fin que habían escapado al mundo real. \[¡Vlad! ¡Reacciona!\] "¡Levántate deprisa, muchacho!" En medio de aquella espesa polvareda, resonaron voces que se esforzaban por llamar a Vlad. Recobró el sentido gracias a la voz que vibraba en su interior y giró la cabeza al escuchar el grito que venía a sus espaldas, encontrándose con el viejo clérigo que no dejaba de llamarlo. "¡Allí, mira hacia allí! ¡Ya no nos queda tiempo!" "¡...!" Frente al grupo, que acababa de emerger en mitad del campo de batalla, se extendía la hueste enlutada de los muertos que hasta hacía un instante combatía contra el ejército de la Alianza del Norte. No obstante, el dedo de Pierre no señalaba la amenaza inmediata que los rodeaba, sino algo que se retorcía allá en lo alto. "—... ¿Qué es eso?" El árbol alzado eran las ramas, y las raíces emergidas eran los capullos. La mujer que se erguía sobre ellos alzaba ambas manos mientras profería un poderoso clamor. Era su último forcejeo por rechazar este mundo, así como una descomunal rebelión dirigida contra Dios. "¡Es la hechicería de creación del mundo! ¡El peor de los maleficios, aquel con el que se pretende convertirse en un dios!" Una apóstata que no buscaba habitar este mundo creado por Dios, sino engendrar su propio universo: Lamashtu. Desde el conjuro que ella entonaba, emergía una gota de agua negra. Habiendo comenzado como un diminuto punto, aquella gota azabache aumentaba de tamaño poco a poco al nutrirse de las lágrimas negras que Lamashtu había acumulado. "—... En toda mi vida, jamás imaginé que llegaría a presenciar semejante espectáculo." La visión de aquella gota negra obligaba a guardar silencio tanto a vivos como a muertos, forzándolos a alzar la mirada. Sin embargo, aun teniendo semejante estampa sobrecogedora ante sus ojos, por alguna razón en el rostro del obispo Pierre solo se dibujaba una extraña sonrisa. "¿Pierre?" Incluso en aquel instante de desesperación, su semblante sonriente recordaba al de un fanático. El sacerdote exorcista e inquisidor de herejías que había vagado toda una vida en los confines de las tinieblas: el obispo Pierre. En medio de aquella crisis que semejaba una revelación divina, él sonreía como si por fin hubiese hallado la razón de su nacimiento. "—... Estar de pie precisamente en este instante, bajo el cielo más oscuro de todos. ¿Acaso la antorcha que arde en un momento así no es la auténtica voluntad de Dios?" El rostro de Pierre estaba tan contraído de un modo indescriptible que resultaba imposible discernir si reía o lloraba. Al percibir el regocijo ciego que brotaba en sus facciones, ¿por qué motivo se superponía con la sonrisa que Lamashtu había mostrado momentos antes? "¿No será que Dios preparó a un hombre como yo justamente para este momento? ¿No piensas lo mismo, Vlad?" Al compás de esas palabras, una luz de blanco inmaculado comenzó a filtrarse desde el báculo que Pierre sostenía. Era la fe y la voluntad que Pierre había albergado durante toda su existencia. Aunque relucía teñida de locura, aquella luz visible ahora era también la voluntad de Dios manifestándose en el rincón más tenebroso. "Supongo que este debe de ser el destino que Dios me encomendó: ¡arder con el fulgor más brillante de todos!" ¡Claaang! Aquella sacralidad de Pierre, que no había titubeado lo más mínimo ni siquiera al calcinar a incontables infieles, se propagaba ahora a través de la espada que empuñaba el dragón. "¡Así que ve de inmediato y corta en pedazos a esas aberraciones sacrílegas, Vlad Áureo!" A través de la espada que cobijaba su propio mundo, el misterio y la divinidad respiraban con vida propia. Sin embargo, en el rostro de Vlad, al empuñar aquella espada que brillaba más que nunca, tan solo se formaron marcadas arrugas de fastidio. "—... De verdad, hasta el último momento no hace más que clamar a Dios." "¿Qué?" Era un caballero rubio que, pese a portar la voluntad divina, lucía de algún modo irreverente. Vlad, fulminando a Pierre con su ojo izquierdo fuertemente cerrado, se puso de pie con lentitud y comenzó a señalar en dirección al Árbol que Desafía a los Cielos. "¿Solo es capaz de ver al Dios de las alturas y no puede ver a la gente que está muriendo a sus espaldas en este mismo instante?" Por doquier, en los lugares que Vlad señalaba, la muerte azabache lo colmaba todo. Soldados agonizando a manos de la hueste de los difuntos y de aquellas raíces monstruosas. E incluso los fragmentos de huesos blanquecinos de aquellas mujeres que salían a flote desde el lago donde el árbol había echado raíces. Todos ellos eran mundos que jamás llegaron a resplandecer, habiendo sucumbido en un rincón donde nadie posaba la mirada. "—... Si esto de ahora es en verdad la voluntad de Dios, entonces los dos son exactamente de la misma calaña." Sin duda, la causa que cada uno esgrimía pretendía ser justa. Sin embargo, un propósito llevado al extremo terminaba por no reparar en los medios. A los ojos de Vlad, tanto Lamashtu, que había asesinado a mujeres por el bien de los niños, como Pierre, que afirmaba que aquella misma Lamashtu era una oportunidad para demostrar la voluntad de Dios, le parecían exactamente iguales. "Nibelung. Me parece que tendré que subir hasta allá arriba." 'Por eso, al menos yo debo dar fe de ellos. Tanto de las lágrimas negras que derramaron aquellas mujeres, como de la imagen de los niños que correteaban bajo la hoguera.' "Si dicen que Dios lo desea, habrá que concedérselo." Incluso en ese instante, la gota negra de Lamashtu continuaba creciendo mientras tapaba el sol. Vlad, que sabía bien de qué tristeza provenía semejante gota, alzó la cabeza en silencio y contempló las horrendas raíces que se retorcían en su dirección. ※※※※ ¡Bum! ¡Buuum! ¡Bum! "¡Mi duque! ¡Están brotando raíces desde el subsuelo!" "..." Los soldados del ejército de la coalición aullaban presas del pánico ante las raíces renegridas que perforaban la tierra de improviso. No obstante, en lugar de atender al dolor que desgañitaban sus hombres, el Duque de Acero Timur solo contemplaba el estandarte de Dragulia que se divisaba allá en lo alto. "Consoliden la formación." "¡Pero, mi duque!" "¡Les ordené que no rompan la formación!" Al frente se extendía la hueste de los difuntos; a sus espaldas, las tropas del ejército central. Atrapado entre ambos frentes, el Duque de Acero Timur sabía con absoluta certeza que, bajo ninguna circunstancia, la formación debía desmoronarse. "No cedan una sola brecha. Retrocedan despacio, muy despacio." Incluso en ese mismo momento los soldados perecían a causa de las raíces que brotaban sin cesar, pero Timur no vaciló ni un ápice. Sobre el Duque de Acero, máximo representante del norte, pesaba una abrumadora obligación que debía cargar sobre sus propios hombros. "...Un pequeño sacrificio es inevitable. Si el ejército se desmorona aquí, el norte entero estará acabado." Antes que por los alaridos de cualquiera, por la gran causa que sostenía en sus manos. Era una decisión sumamente razonable, pero el precio de aquella determinación era una carga que debían asumir los soldados que aún gritaban en agonía. ¡Bum! ¡Bum! ¡Bum, bum! "¡Aaaagh!" "¡Las raíces! ¡Son las raíces!" "¡Piedad, sálvenme!" "...Frausen." Las raíces de los árboles ondeaban por encima del estandarte de Dragulia. Dejando atrás la muerte de los soldados que aquellas raíces devoraban sin descanso, el emperador resucitado y el dragón más ancestral se miraban fijamente con hostilidad. "Parece bastante debilitado en comparación con el pasado. ¿A dónde se ha marchado aquella divina majestad con la que hendió al dragón más perfecto?" A espaldas de Frausen y Sarnus, que al fin cruzaban sus miradas, un sinfín de raíces continuaba retorciéndose en ese mismísimo instante. Eran las raíces de Lamashtu, hambrientas de fragmentos para consumar la creación de un nuevo mundo. "...Al final terminaste engullendo el fragmento imperial, Sarnus." "Al ser un fragmento del dragón más perfecto, me asiste también la legitimidad para poseerlo." Con las espadas trabadas entre sí, Sarnus sonreía mientras Frausen permanecía rígido. Con todo, al emperador resucitado parecía costarle demasiado hacer frente al dragón más ancestral, quien se había vuelto más fuerte con el mero transcurso de su prolongada supervivencia. Su espada comenzaba a retroceder de manera precaria bajo la tremenda presión. "Sí. Sabía que harías exactamente eso." Sin embargo, a pesar de que el equilibrio se tornaba cada vez más desfavorable, Frausen no perdía la compostura. Sabía muy bien que todavía le quedaba una oportunidad. "Por eso lo dejé a propósito en manos de la familia imperial. Para que lo engulleras tú." "¿Qué?" La esgrima del golpe letal definitivo siempre nacía de lo inesperado. Sin embargo, lo inesperado no tenía por qué brotar forzosamente del acero que uno blandía. "Recordarás muy bien cómo maté al dragón más perfecto, Sarnus." Una gota de sangre espesa y carmesí comenzó a deslizarse a lo largo de las hojas entrecruzadas. Era la sangre del emperador, una de las pruebas que sellaban el pacto. Al ver cómo aquella gota de sangre de Frausen se aproximaba hacia él, los ojos de Sarnus se dilataron de par en par. "...De entre los muchos recuerdos que perdí, al menos aún me aferraba a ese." Pese a hallarse ya quebrado, el fragmento del emperador que se había destrozado a sí mismo una vez más fluía a lo largo de aquella gota de sangre. Como si no oyera los incontables gritos que resonaban a sus espaldas, Frausen se limitó a sonreír mientras contemplaba su propia sangre filtrándose hacia el dragón; contemplando cómo sus mundos interiores se propagarían en el interior de la bestia que soñaba con la perfección absoluta. "¡Frausen...!" ※※※※ Una mujer que intentaba crear un nuevo mundo por el bien de los niños. Un sacerdote que solo miraba a las entidades impías por el bien de Dios. Un señor dispuesto a tolerar hasta el sacrificio por el bien de sus tierras. E incluso un dragón que luchaba a brazo partido por convertirse en la existencia más perfecta, y el emperador resucitado para detenerlo. "¡Acelera, Nibelung! ¡Que aceleres!" Todas las causas que esgrimían eran justas y legítimas, pero para alcanzarlas existían sacrificios a los que no quedaba más opción que dar la espalda. Como los soldados que morían en ese instante, como las mujeres que ya habían perecido. Seres que jamás habían llegado a brillar y a los que, por lo tanto, todos acababan ignorando por completo. "¡Te dije que fueras más rápido!" "¡Que no puedo! ¡Este es el límite absoluto!" Sin embargo, subido a la alfombra mientras trepaba por el árbol, Vlad era el único capaz de ver la tristeza de todos ellos. Porque aquel muchacho de los callejones, arrojado a un rincón donde nadie posaba la mirada, comprendía mejor que nadie el sentir de quienes estaban parados en el fango. "¡Van a morir todos a esta velocidad!" No era un dragón, ni un siervo de Dios, ni un noble, ni el heredero del emperador: solo un muchacho de los callejones. Y sin embargo, únicamente aquel insignificante joven de antaño corría hacia el cielo con la sola determinación de ponerle fin al dolor que todos desgañitaban. "¡Esta era la alfombra que tanto apreciaba mi abuela!" Esquivando a duras penas las raíces que azotaban el aire, trepando por aquel árbol colosal y horrendo cuya cima apenas se alcanzaba a vislumbrar alzando la vista. Montada sobre la maltrecha alfombra, había una estrella que ascendía hacia lo más alto de la bóveda celeste. Esa estrella, que volaba hendiendo a duras penas las horrendas raíces que se abalanzaban contra ella sin descanso, jamás detuvo su marcha, avanzando con firmeza hacia la oscura noche que se abría en las alturas. "...Es la luna." "..." En el firmamento al que había ascendido sobre la maltrecha alfombra, una luna renegrida aguardaba a Vlad. Ocultando el sol como un eclipse siniestro, aquella luna se erigía con porte arrogante, cubriendo con su sombra a todos los que estaban en el campo de batalla. "Odio la luna." "¿Cómo dice?" 'Igual que aquella luna azul que destruyó mi nido.' Aunque el color fuera distinto, al contemplar la silueta de esa luna que continuaba suspendida en lo alto, Vlad no pudo evitar evocar la escena del pasado. Aquel lugar era La Sonrisa de la Rosa. El burdel anegado enteramente en un charco de sangre. El rincón donde el mundo entero de aquel muchacho se había hecho pedazos. "Dije que odio la luna." Y al presenciar el mundo de Lamashtu devorando en ese mismo instante el mundo interior de alguien más, la luna azul de aquel día emergió desde las profundidades de los ojos cerrados de Vlad. 'Esa luna azul a la que tantas veces juré matar, pero a la que nunca pude alcanzar.' Sin embargo, hacia esa luna a la que sentía que hoy sí podría llegar, Vlad alzó la espada que albergaba su propio mundo. "Así que esta vez pienso destruirla." Por aquellas estrellas invisibles a las que todos los héroes reunidos en aquel lugar habían decidido dar la espalda. El nombre de la estrella que se había alzado por cuenta propia para protegerlas era Vlad de Shoara. Y en el interior del mundo de Vlad, que resplandecía a solas en la oscura noche, se había mezclado, sin que nadie lo notara, la luz de aquella luna azul que antaño él mismo solía contemplar al alzar la mirada. \----- • Autor: Q10 • Traductor: Inmensurable ⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨
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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 253

Estás leyendo el capítulo 253 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.