Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 252 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Era un espacio sumido en la más absoluta negrura. Un lugar donde ni siquiera alcanzaba a distinguir la palma de su propia mano al bajar la mirada.
Sin embargo, incluso en aquel vacío donde parecía no existir nada, se escuchaba un débil canto.
"...¿Un canto?"
De pie y en completa soledad en medio de la densa penumbra, Josef no pudo evitar poner una expresión de desconcierto ante aquella melodía que procedía de más adelante. Ignoraba qué lugar era este en el que se hallaba o la razón por la que había acabado allí, pero la tonada que resonaba al frente se distinguía, sin lugar a dudas, con total claridad.
...Demos vueltas, demos vueltas. Demos vueltas alrededor de la cerilla.
Era un cántico que parecía entonado por niños pequeños. Avanzando como hechizado hacia aquel sonido tenue, Josef no tardó en divisar la lumbre de una pequeña fogata que titilaba frente a él.
Hasta que la canción llegue a su fin. Hasta que todos caigan al suelo. Demos vueltas, demos vueltas. Demos vueltas alrededor de la cerilla.
Más adelante, al compás de la animada cancioncilla, varios chiquillos correteaban y saltaban junto a la fogata. La estampa de aquellos pequeños jugando con inocente alegría, ajenos por completo a la presencia de cualquier recién llegado, parecía a todas luces pacífica; no obstante, en semejante situación provocaba una discordancia imposible de ignorar.
"...No descansan".
Por eso, Josef permaneció largo rato observando a los niños desde la lejanía. En medio de aquella tiniebla insondable, hasta el punto de perder por completo la noción del tiempo transcurrido. Y sin embargo, a lo largo de aquel lapso imposible de medir, la figura de los pequeños, que no se detenían ni un solo instante, resultaba desconcertante.
"..."
Tan solo giraban y giraban sin cesar. Aquellos infantes, incapaces de encontrar un rumbo hacia el que avanzar y reducidos al estancamiento, continuaban dando vueltas sobre sí mismos en el mismo sitio.
"No deberían seguir así".
Sintiendo que alguien debía ponerles fin, Josef comenzó a dar pasos hacia adelante, aproximándose a la escena. Hacia aquellos niños a los que jamás nadie había ido a buscar.
Y a medida que los pasos de Josef se acortaban, las cabecitas de los pequeños que retozaban junto al fuego comenzaron a voltearse una tras otra.
"Viene alguien".
"¿Quién es?"
Aunque en el lugar donde debían estar sus pupilas solo existían cuencas totalmente vacías. Aquellas heridas oculares eran obra de la mujer oscura, quien se las había sellado con el anhelo de que, al menos ellos, jamás contemplaran los rincones lúgubres del mundo.
"¿Qué es eso?"
"¡Está brillando!"
No obstante, a través de aquella mirada vacía que la mujer había clausurado, había un fulgor que lograba filtrarse. A pesar de estar desvaído, en aquel paraje tenebroso resplandecía con más fuerza que cualquier otra cosa. En aquel sitio donde solo existía la fogata encendida por Lamashtu, esa nueva luz centelleante bastaba para despertar la curiosidad de los niños.
"...Es plateado. Qué bonito".
En el sitio donde correspondía estar. Habiendo pagado el precio legítimo de la muerte.
Sobre el hombro de Josef, quien se abría paso entre la oscuridad acercándose a los infantes, brillaba un descolorido resplandor plateado que alguien le había conferido con un solemne toque.
\*\*\*
¡Crac!
Bajo el cielo violáceo que oscilaba en lo alto, Vlad corría a toda velocidad, destrozando sin piedad a los decapitados que se interponían en su camino. Así, sobre el puente blanco inmaculado que enlazaba la vida y la muerte, otro falso difunto caía hecho pedazos.
"¡Krrgh!"
Los fuegos fatuos azulados de la criatura se agitaron con violencia, como si no pudiera creer que Vlad acabara de rebasarla como una exhalación; sin embargo, la vida, por su propia naturaleza, es algo que avanza. Habiendo pagado ya el precio correspondiente, Vlad se limitó a seguir adelante, dejando a sus espaldas aquella muerte petrificada.
"¡Mi señor Vlad! ¡Ahí delante!"
Avanzando sobre el sacrificio de los caballeros que habían quedado atrás, la comitiva corría con premura hacia la muerte. Habiendo saldado el peaje necesario para cruzar el puente, ante los ojos del grupo asomó al fin el árbol que tenían por objetivo.
"¡Es aún más grande que el de Mosiam!"
Más allá del dedo con el que Nibelung señalaba hacia el firmamento, se erigía imponente el Árbol que Desafía a los Cielos. Blandiendo sus monstruosas raíces como advirtiendo que nadie osara aproximarse, la mole vegetal, tal y como había advertido Nibelung, se alzaba con una corpulencia y una altura muy superiores a las del árbol de Mosiam.
"¡...!"
Sin embargo, a los ojos de Vlad, la majestuosidad de aquel árbol ni siquiera existía.
¡Tum!
En su mirada solo cabía la figura de alguien que yacía ensartado por una de las raíces que se proyectaban hacia las alturas. A pesar de la distancia, aquella cabellera negra inconfundible era, sin duda alguna, el color que Vlad había estado buscando con desesperación.
"Ugh..."
'¿Al fin llegaste?'
Al abrir la puerta y entrar, siempre solía estar aquel joven de ojos azabache dispuesto a recibirlo. Con la radiante luz solar a su espalda, apoyando la barbilla sobre sus manos entrelazadas.
'Ven, tómate una taza de té. Ya no puedo beber whisky, ¿sabes?'
A pesar de que las marcadas ojeras denotaban un profundo agotamiento, seguía siendo una de las contadas personas en este mundo que lo acogían con calidez. Su semblante, que parecía destinado a permanecer inmutable sin importar el paso del tiempo, había sido uno de los escasos consuelos en la vida de Vlad.
"¡Aaaaargh!"
Aunque ya nunca más volvería a contemplar esa escena.
Un hombre de cabello negro que colgaba con la cabeza vencida, atravesado por una raíz que ascendía hacia el cielo. Al presenciar la figura desgarradoramente desolada de Josef, los ojos azules de Vlad comenzaron a inyectarse en sangre.
"¡Lamashtu...!"
Hacia la mujer oscura que había pintado este macabro cuadro.
Una madre que derramaba lágrimas negras. Los niños pequeños que morían asfixiados. La desdichada ramera a quien él mismo le había cerrado los ojos en la muerte y el paladín que le había señalado el camino. E incluso el gran refugio que alguna vez lo acogió bajo su amparo.
"¡Juro que te voy a matar...!"
¡Ruuumbido!
Un dragón incapaz de proteger a todos ellos lanzó un rugido feroz y se arrojó de lleno hacia la muerte.
"¡Kgh!"
"¡De-deténganlo!"
El horizonte dorado comenzó a ganar velocidad desde el extremo del puente. El sol de este día, pisando sobre la vida de otros y cruzando la frontera nívea para precipitarse hacia la muerte, pugnaba al fin por alzarse sobre el mundo de Lamashtu.
"¡Vlad! ¡Vlad de Shoara!"
Para borrar aquel mundo de ella hacia el que él ahora cargaba. Reconociendo aquella luz, la mujer de las lágrimas negras comenzó a aullar al pie del árbol.
"¡Es por tu culpa! ¡Todo esto! ¡Es culpa de ustedes!"
Una luz que, pese a resplandecer con fulgor deslumbrante, jamás podría iluminar a todos en este mundo. Sofocada y oculta en la sombra creada por semejantes luces, la mujer extendió sus dedos renegridos, habiéndolo arrojado todo por la borda.
¡Bum!
Morir y matar. Dos mundos que, por tal motivo, resultaban del todo incapaces de coexistir en un mismo espacio. En el cielo nocturno y azabache que sofocaba al sol naciente, no había ni una estrella brillante ni luna alguna; tan solo densos y afligidos nubarrones cargados de lluvia.
"¡Dejen en paz a mis niños de una vez!"
"¡Maldita sea con esos niños! ¡Niños, niños! ¡Ya me tienen harto!"
Vlad alzó su espada contra Lamashtu. Y hacia él se abalanzaron los caballeros decapitados que habían regresado desde el puente.
"¡¿Por qué demonios tuve que ser arrastrado hasta un lugar como este?!"
Sin embargo, desde el ojo izquierdo cerrado del dragón con la garganta encadenada, ya brotaban llamaradas de un rojo carmesí. El mundo de Radu era un mundo colmado de un resentimiento a medio forjar. Su mundo, condenado a arder eternamente debido a que jamás podría alcanzar la perfección, alzaba en ese instante una inmensa muralla de fuego al unísono con el báculo que el inquisidor de herejías descargaba con fuerza.
"...¿Tienes idea de cuántas personas han muerto por culpa de esos niños de los que tanto hablas?"
En medio de aquella frontera entre la vida y la muerte así erigida, Vlad la sujetaba con furia por el cuello de sus ropas mientras derramaba lágrimas.
Y en las pupilas de Lamashtu, que contemplaban desde abajo al sollozante Vlad, también anidaba una densa humedad.
"¡Ustedes lo mataron!"
"¡Tú mataste a Josef!"
¡Bum! ¡Pum! ¡Pum!
Sin embargo, aun cuando lloraban consumidos por el mismo duelo, los dos mundos enfrentados jamás podrían comprenderse. Puesto que yo he perdido, tú también debes perder; y ya que yo sufrí una pérdida, a ti te corresponde perder de igual manera.
"¡Devuélvelo a la vida!"
Por ello, los mundos de Vlad y Lamashtu no tuvieron más opción que colisionar de frente. Como si incluso blandir una espada fuera un lujo innecesario, el puño con el que Vlad aporreaba a Lamashtu estaba empapado de la sangre azabache que brotaba de ella.
"¡Que lo devuelvas a la vida, te dije!"
Pero sin importar cuánto la golpeara, ninguno de los dos allí enfrentados era capaz de restituirle al otro lo que había perdido. En sus pechos vacíos, tan solo crecía la furia que intercambiaban mutuamente.
"...Desearía que todos ustedes murieran."
"¡Aaaaaah!"
Entre aquellos dos mundos que se desmoronaban con cada colisión, las ramas de un árbol azabache comenzaron a retorcerse. Al advertir aquella señal perceptible únicamente para ella, Lamashtu comprendió que el momento por fin había llegado.
"Por eso los voy a matar a todos."
\[¡...!\]
Una sonrisa que Vlad, cegado por la ira, fue incapaz de ver. No obstante, Kihano sí advirtió su sospechoso semblante, cuya ominosa presencia comenzó a teñirse de negrura a lo largo de los dedos que ella entrelazaba de forma siniestra.
\[¡Te advertí que no le dieras tiempo!\]
¡Ruuuum!
La máxima figura entre los hechiceros oscuros de esta era. A partir de los sellos manuales que Lamashtu, la de las lágrimas negras, trazó a hurtadillas, un temblor descomunal comenzó a sacudirlo todo.
"¡¿Qué demonios ocurre ahora?!"
"...¡Los puentes!"
Detrás de un desconcertado Radu, atónito ante la súbita sacudida, los puentes que habían cruzado hasta ese instante comenzaron a derrumbarse. Innumerables puentes albos que se extendían tendidos sobre aquel minúsculo círculo. Al desplomarse aquellas pasarelas que enlazaban la frontera entre la vida y la muerte, el lugar donde se erguía Vlad se convirtió en un reino colmado exclusivamente de muerte.
"¡Maldita sea!"
Al percatarse tarde de la situación, Vlad hundió su espada contra el pecho de Lamashtu, pero ella ya no se encontraba allí. Cual si nunca hubiera existido en ese sitio desde un principio.
"¿En verdad creíste que no lo sabía?"
Pese a lucir de algún modo exhausta, Lamashtu sonreía. Porque el dragón, habiendo caído en la trampa tal como ella lo había planeado, se hallaba ahora justo delante de sus ojos. Y el cebo de aquella trampa no era otro que Josef Bayezid.
"¿Que Josef Bayezid era un espía enviado por ustedes?"
Al ver a Lamashtu de pie con una sonrisa serena, como si nada hubiese ocurrido, a Vlad le recorrió un escalofrío aterrador. Pues la misma mujer que hasta hacía un instante aullaba de dolor hacia él, ahora le dedicaba una sonrisa sumamente radiante. Su arraigado instinto de dragón le advertía que aquel brusco cambio de temple no era fruto de un simple desvarío de locura.
"...Aunque jamás imaginé que quemarías a mis preciados niños."
Bajo la isla que ascendía flotando tras haber desprendido los puentes, yacía aposentado un lago de tinta azabache jamás visto con anterioridad. Aquel lago, que parecía tan hondo que sería imposible escapar una vez hundido en él, había sido llenado con todas las lágrimas negras derramadas por Lamashtu a lo largo del tiempo.
"Aun así, ya que se han reunido tres, todo está listo."
"...¿Qué?"
Tras soltar una breve risita ante aquel joven dragón que nada comprendía, Lamashtu alzó un dedo renegrido y comenzó a señalar el turbulento cielo púrpura.
Uno hacia arriba.
Dos hacia la retaguardia.
Y tres hacia Vlad, que permanecía justo enfrente de ella.
"A pesar de que los fragmentos prometidos por esa persona eran solo dos."
El fragmento más perfecto, capaz de convertirse en cualquier cosa y de transformarse según el propio deseo. A los ojos de la mujer que reía derramando lágrimas negras, se reflejaban los tres fragmentos allí congregados.
"Con esto bastará para que mis niños vuelvan a respirar."
El mundo de Lamashtu, la de las lágrimas negras, era un dominio habitado exclusivamente por la muerte, desprovisto del más mínimo sufrimiento. Tras elevar aquel mundo a las alturas celestes, Lamashtu contemplaba a los dragones atrapados en su trampa con una locura que, sin saberse en qué momento, se había tornado serena.
※※※※
La aldea de Aciuc, convertida ahora en ruinas.
Había un ejército que irrumpía a marchas forzadas hacia aquel lugar.
"¡Los estandartes del ejército de la Alianza del Norte están justo al frente!"
"¡Parece que se hallan en pleno combate!"
El estandarte del dragón dorado, situado incluso por delante del estandarte imperial. Bajo aquel emblema del dragón que desplegaba de par en par sus dos alas, el Duque de la Sangre de Dragón, Sarnus, sonreía.
"...Ha valido la pena cabalgar a toda prisa."
Frente a su sonrisa, la vista se llenaba de soldados del ejército de la Alianza del Norte enfrascados en una encarnizada batalla. Habiéndose enfrentado durante más de un día entero al ejército de los muertos, mostraban una evidente conmoción al ver aparecer de improviso a las huestes de Sarnus.
"Toda esa chusma se encuentra reunida allí."
Entre aquellos mundos enteramente fragmentados, no existía nada que se comunicara con facilidad. Y con el tiempo ocurría exactamente lo mismo. Para el grupo que se había adentrado, apenas había transcurrido un breve lapso, pero las fuerzas de la Alianza del Norte en el exterior llevaban ya más de medio día confrontándose ininterrumpidamente.
"Sería un problema si esto terminara con demasiada facilidad."
El ejército de Sarnus había ganado nada menos que un día entero mediante una extenuante marcha forzada. Por supuesto, el número de bajas y desertores equivalía al tiempo que habían recortado, pero para Sarnus, a quien poco le importaba la victoria o la derrota en la guerra, aquello carecía de toda relevancia.
"A partir de este momento, atacaremos la retaguardia del ejército de la Alianza del Norte."
Bastaba con que muriera una multitud de seres humanos. Aspirando a restaurar una vez más la era de los dragones más allá de la era imperial, el estandarte del dragón más ancestral comenzó a inclinarse lentamente hacia el frente.
"Llegas un poco tarde, Sarnus."
"¡...!"
Sin embargo, el estandarte del dragón que empezaba a inclinarse no llegó a apuntar hacia su objetivo.
"Aunque bueno, siempre fuiste impuntual a la hora acordada."
"...¿Frausen?"
Un hombre cuyo color se había desvanecido por completo. Pues aquel individuo que se erguía inadvertido entre las filas del ejército central comenzó a retirarse lentamente la capucha que cubría su cabeza.
"Así es. He regresado, insensato dragón."
El rostro que se revelaba tras despojarse de la capucha. Aquel rostro, que solo el dragón más ancestral podía reconocer, pertenecía sin duda al primer emperador Frausen, aquel que dio muerte al dragón más perfecto.
"El dragón insensato que quebrantó su juramento con el emperador del imperio: Sarnus Dragulia."
¡Ruuuumbleee!
La tierra comenzó a estremecerse junto a las palabras pronunciadas con serenidad por el Rey Fundador. En medio de aquella tremenda sacudida que descolocó tanto a los vivos como a los muertos, el único ser que mantenía la calma era el emperador retornado.
"Hoy morirás conmigo."
¡Ruuuum!
El ejército de los muertos y el ejército de la Alianza del Norte. E incluso el ejército central que acababa de arribar con retraso. Había unas colosales raíces arbóreas que pretendían aprisionarlos a todos. Emergiendo no desde las ramas sino desde las profundidades del suelo y socavando la tierra en absoluto sigilo, comenzaron a revelar su figura mientras confinaban aquel gigantesco campo de batalla.
"Junto con los fragmentos de dragón que albergamos."
Un árbol que comenzó a erigirse quebrando la iglesia azabache. El Árbol que Desafía a los Cielos, despertando del mundo de Lamashtu para manifestar por fin su silueta en este mundo. Al revelar su forma, comenzó a eclipsar todo cuanto se hallaba de pie sobre el campo de batalla.
"...Frausen."
Todo para devorar la muerte de cada una de las almas allí presentes. El mundo que emergería renovado junto con sus muertes recibiría el nombre del mundo de las lágrimas negras. Y por el bien de aquel mundo donde jamás moriría niño alguno, las espantosas raíces comenzaron a relamerse como lenguas voraces.
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• Autor: Q10
• Traductor: Inmensurable
⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨

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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela)
Capítulo 253
El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 252
Estás leyendo el capítulo 252 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.