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Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 249 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Era un tañido sombrío. Aquel repique que descendía desde el campanario erigido de forma insólita. Dong... Doong... Una iglesia calcinada que infundía un mal augurio con solo mirarla y desataba una profunda inquietud con solo escucharla. En el pecho de los soldados que alzaban la vista hacia ella, una vaga zozobra se propagaba y ondeaba como tinta negra. "Ugh...". ¿Acaso se debía a haber estado demasiado cerca del regazo divino? En el interior de la iglesia, tras cesar los temblores residuales, el papa Konrad se tambaleaba con el rostro demudado. Mientras todos los altos prelados que lo acompañaban yacían desplomados por el agotamiento, solo él permanecía en pie, contemplando la iglesia de Aciuc que por fin se revelaba ante sus ojos. "Qué atrocidad". El interior del templo que observaba era, en verdad, desgarrador. Se trataba de un panorama capaz de enmudecer incluso a un pontífice que había dedicado su vida entera a la voluntad divina. "......". Frente a la sala de oración, enteramente tiznada de negro, se hallaba el emblema de Aquel a quien servía. Aunque erigido con rectitud, estaba cubierto de denso hollín. Sin embargo, la mirada del papa Konrad no se posaba precisamente en el emblema del templo. "Ah...". Sino justo debajo: innumerables huellas de manos marcadas en un blanco níveo. Aquellas marcas, que producían agonía con solo mirarlas, parecían clamar bajo el emblema sagrado, como si hasta el último instante en que fueron consumidas por las llamas hubiesen suplicado por la salvación de Dios. "¿Qué fue lo que ocurrió...?". El papa Konrad caminó despacio hacia el emblema y extendió con cautela la palma de su mano hacia una de las marcas impresas. "......". La huella que quedó frente a la suya era sumamente diminuta. Docenas de frágiles huellas que habrían cabido por completo dentro del abrazo de su envejecida mano. Siguiendo aquellas marcas, el pontífice alzó despacio la cabeza y contempló el símbolo de Aquel a quien los niños de este lugar debieron de invocar con desesperación hasta su último aliento. "Dios mío...". Junto con el lamento de Konrad, un haz de luz solar penetró a través de los ventanales rotos. Sin embargo, la claridad que entró al recinto se detuvo frente al emblema sagrado, incapaz de iluminar en absoluto los rastros de los infantes que yacían debajo. Glug... glug... Un espacio gélido y oscuro que nadie en este mundo se había molestado en buscar. Aquellos niños, que no pudieron ser acogidos ni por el regazo de Dios ni por la cálida luz del sol, solo habían permanecido sentados en la oscuridad durante largo tiempo, consumidos por el hollín. "Su... Su Santidad". Habiendo hallado al fin a las desdichadas criaturas, el papa lloraba. Mientras tanto, el emblema de la iglesia comenzaba a invertirse. "¡Su Santidad!". ¡Creeeck! Junto al alarido de un sacerdote anónimo, lágrimas negras comenzaron a brotar desde cada rincón del templo. Mezclándose con las cenizas oscuras para correr por el suelo, aquellas lágrimas eran también el llanto vertido por la mujer que había estrechado a los niños en su regazo completamente a solas. "¡Saquen a Su Santidad de inmediato...!". Al no tener hacia dónde fluir, sus lágrimas estancadas terminaron por pudrirse. Al no haber encontrado consuelo alguno, la cólera que al final floreció en su interior tal vez no fuese más que legítima. ¡Kbooom! Como si alguien lo hubiese desgarrado, desde el emblema divino que estalló con estrépito comenzó a emerger una puerta descomunal. Con una fisura atroz, tras aquella entrada surgida como una burbuja, resonaban los aullidos enfurecidos de entidades malignas que clamaban con ferocidad. "¡Kraaaah! ¡Aaaaargh!". Una cascada de negrura absoluta comenzó a precipitarse por encima de la cabeza del papa Konrad, quien aún continuaba sollozando. Oleadas virulentas que jamás podrían ser contenidas ni por las dos nobles manos del sumo pontífice. Habiendo encontrado al fin por dónde desbordarse, la horda de los difuntos pisoteó a los exhaustos sacerdotes y se abalanzó hacia el exterior de la iglesia como una marea incontenible. \* \* \* "¡Kraaaah!". "¡Bloqueen! ¡Empujen! ¡Maldita sea! ¡Son demasiados!". El choque de lanzas y escudos, las maldiciones vociferadas por los soldados y el sonido escalofriante de la carne siendo ensartada. Un estruendo propio del más encarnizado campo de batalla colmaba la base de la colina. Ante aquel clamor ensordecedor que hacía retumbar los cimientos de la tierra, la comitiva que cabalgaba por la cima no pudo evitar volver la vista. "¡......!". "¡¿Pero qué demonios es eso?!". Junto al grito de espanto de Radu, se extendía abajo el panorama de Aciuc: una aldea en ruinas donde solo un campanario negro se alzaba rasgando el firmamento. No obstante, lo que la comitiva presenciaba en ese instante era un cuadro tan grotesco que costaba creer que perteneciera al mundo de los vivos. "Maldita sea...". Hacia donde habían girado la cabeza, se encontraban los soldados de la Alianza del Norte conteniendo la marea oscura con el peso de sus cuerpos. O, más exactamente, soldados que ensartaban cadáveres reanimados. La horda de los difuntos era tan densa y numerosa que los hombres ni siquiera lograban retirar las lanzas tras una estocada para volver a clavarlas. 'La situación es desfavorable. Están retrocediendo'. Tal como advertía Kihano, el ejército del Duque de Acero cedía terreno poco a poco, como si fuera incapaz de contener el torrente desbordado de un dique roto. A pesar de que el ejército del Duque de Acero había reunido su máxima fuerza bélica para hacer frente a las huestes del Duque de la Sangre de Dragón que avanzaban hacia el norte, la resistencia desesperada de la mayor congregación de magos negros en la historia del imperio no resultaba menos abrumadora. "¡Bajemos!". Bajo el incesante empuje de la marea oscura, los estandartes del norte se tambaleaban con peligro. Al presenciar la escena, Vlad intentó descender a toda prisa por la ladera, pero la voz de Marcus a sus espaldas lo detuvo en seco. "¡... Ese no es el lugar!". Interponiéndose con premura frente a Noir para impedirle bajar, los ojos de Marcus destellaron al clavarse en Vlad. "No hace falta que tu espada se desgaste contra los que están ahí abajo. Las lanzas de los soldados pueden encargarse de ellos". "......". "El lugar al que debe llegar tu espada es otro muy distinto. Yo te guiaré hasta allí". En medio de la aldea reducida a escombros, la iglesia negra continuaba vomitando cadáveres. Las tropas del Duque de Acero repelían a los muertos en silencio para abrirse paso y destruirla, pero forzar un avance frontal a través de toda esa resistencia solo concedería demasiado tiempo a los magos negros atrincherados en su interior. "Entendido". Comprendiendo las palabras de Marcus, Vlad envainó sin decir palabra la hoja que había desenvainado. Dejando atrás a los soldados en combate, el grupo cabalgó en silencio por la colina hasta descubrir al fin a unos hombres que aguardaban con la respiración contenida tras una franja de matorrales bajos. "Es un placer encontrarte de nuevo, Vlad Áureo". Eran paladines que aguardaban su momento apostados en secreto a espaldas de la iglesia. Entre ellos, el hombre que vestía la armadura más resplandeciente reconoció a Vlad recién llegado y esbozó una cálida sonrisa. "Lord Günter". "Me alegra que no hayas llegado demasiado tarde". Günter, comandante de la Segunda Orden de Caballeros de la Iglesia Ortodoxa del Norte. Aquel que había combatido codo a codo contra la Mujer Negra en la ciudad de Mosiam había estado esperando a Vlad hasta ese momento. "Insistí firmemente en que debíamos esperarte. Después de todo, las cosas siempre marchan mejor cuando hay alguien con experiencia previa frente a semejante enemigo". Mientras Günter se encogía de hombros, a sus espaldas se encontraban sacerdotes exorcistas murmurando plegarias en voz baja. Ocultos en la penumbra para discernir la senda correcta, no buscaban la entrada visible, sino otra vía secreta para infiltrarse a espaldas de los magos negros. "¿Estás agotado?". "No". "¿Alguna herida?". "Ninguna". Al percatarse de la llegada de Vlad, las voces de los sacerdotes exorcistas se alzaron. Con ello, el aire en derredor comenzó a ondular con lentitud. Habiendo descubierto al fin otro pasaje hacia el mundo dentro de la burbuja, los paladines que acompañaban a Günter se pusieron de pie con parsimonia. "En tal caso, yo, Günter, en nombre de la Iglesia Ortodoxa del Norte, te hago una petición formal". Rasg... rasg... Con un chasquido agudo, semejante al papel al desgarrarse, un agujero negro comenzó a abrirse tras la espalda de Günter. Parecido a un pozo lóbrego, aquella abertura era tan angosta que apenas permitiría el paso de un hombre adulto, despertando dudas sobre si alguna vez sería posible volver a salir de ella. "Te ruego que nos acompañes una vez más". Y en ese instante, Günter le pedía adentrarse juntos en aquella penumbra de la cual nada podía darse por sentado. Dirigiéndose al caballero del papa, aquel que había hendido las tinieblas de Mosiam: Vlad Áureo. "......". Al escuchar las palabras de Günter, Vlad volvió la mirada en silencio. Lo hizo para contemplar a los tres hombres que tenían los ojos fijos en él. Un mago que perseguía el misterio. Un inquisidor que ejecutaba la palabra de Dios. Y hasta un dragón atado por el pacto. Todos ellos asintieron con solemnidad. "En marcha". Aunque la mirada de una de las bestias denotaba cierta rebeldía, Vlad pudo comprobar que su comitiva estaba lista. "Por fin podré corresponder al pasaje que recibí de Su Santidad el Papa." Acompañando sus palabras, Vlad cerró el ojo izquierdo y se rozó con delicadeza el lado izquierdo del pecho. Al palpar aquel versículo sagrado con las yemas de los dedos, alzó su propio mundo como una antorcha encendida hacia el rincón más tenebroso de la tierra. "Confiaba en que responderías de ese modo, Vlad." El caballero que protegió el aliento de los niños. Vlad aún recordaba a aquellos pequeños a quienes no había sido capaz de rescatar de las tinieblas de Mosiam, adonde se había adentrado a través de los sueños para salvar a Jean. En aquel entonces, falto de poder, no le había quedado más remedio que dejarlos atrás; sin embargo, esta vez estaba resuelto a proyectar para ellos, aunque fuese, un tenue destello de luz. \*\*\* "¡Cof, cof! ¡Agh!" En el mundo encerrado dentro de la burbuja que Lamashtu había creado. En un rincón de un sombrío corredor de aquel lugar, resonaron las arcadas de alguien que vomitaba. "Ugh, ah..." Padecía una tos violenta, pero la forma en que se esforzaba por sofocarla resultaba desgarradora. Tosiendo con extremo sigilo por temor a que alguien lo escuchara, Josef yacía recostado contra el muro del pasillo mientras esbozaba una sonrisa desfallecida. "Al final terminó extendiéndose." Las yemas de los dedos que Josef levantó se estaban tornando de un negro azabache. Idénticas a la horda de cadáveres que allá afuera se revolvía con furia. Al percatarse de que apenas le restaba tiempo de vida, Josef recogió con dedos trémulos la bolsa caída a sus pies. "Así que incluso para la reliquia sagrada de los enanos este era el límite." De la bolsa que Josef había recogido emanaba una tibia calidez. Era el bolso que contenía el juego de té de los enanos, cocido con un aliento destinado a no extinguirse jamás. Pese a tratarse de una reliquia enana capaz de purificarlo todo gracias a la pureza y el ardor del aliento que atesoraba, parecía que ni siquiera ella bastaba para contener aquella ponzoñosa infusión de muerte. "... Después de todo, no podré devolvérselo." Se trataba de un valioso tesoro que había prometido restituir a los enanos, mas ya no parecía quedarle ocasión alguna para hacerlo. Aunque aquello supusiera quebrantar la confianza depositada en él, Josef estaba decidido a entregarlo todo con tal de cumplir una causa a la altura de semejante falta. "¿Adónde vas?" "¡...!" Quizá fuera la oportunidad dorada para desarraigar a aquellas perversas huestes que tanto tiempo llevaban enquistadas. Josef estaba dispuesto a inmolar hasta la última brizna de su ser por aquella ocasión irrepetible, pero se estremeció al percibir una repentina frialdad a sus espaldas. "... Siempre aparece a mis espaldas, señor Frausen." La punta de la espada que le punzaba la espalda ascendió con lentitud hasta su hombro. En cuanto el filo asentado sobre ese hombro se deslizó de forma inexorable hasta quedar pegado a su cuello, Josef sintió que se le cortaba el aliento. "El ejército de afuera. ¿Fuiste tú quien lo trajo?" Sin embargo, para Josef, la voz de Frausen procedente de su espalda resultaba mucho más gélida que la espada plateada que descansaba contra su garganta. "Así es." "Ni siquiera lo niegas." Alrededor del cuello de Josef, quien tragaba saliva con dificultad, comenzaron a brotar oscuras venas lívidas. Frausen, conocedor de lo que entrañaban aquellas marcas, contempló al joven ante él con una mirada teñida de intriga. "Te queda poco para la muerte." "Por eso mismo tenía algo que debía hacer." Pese a que el individuo ante sus ojos no era un dragón, Frausen comenzaba a recobrar gradualmente su color original. La voz de Josef, despojada de engaños o falsedades y pronunciada con una actitud de absoluta serenidad, iba recomponiendo poco a poco las profundas fracturas que durante tanto tiempo habían quebrado el interior de Frausen. "¿Acaso pretendes perseguir el honor incluso en el postrer instante de tu muerte?" "..." Ante la pregunta de Frausen, Josef comenzó a darse la vuelta con parsimonia. La hoja inclinada le rozó fríamente la nuca, mas su actitud denotaba que aquello no le importaba en lo más mínimo. "Perseguir el honor es labor de los caballeros. Por desgracia, yo jamás llegué a prestarle juramento." Aunque su vida pendía de un hilo, la voz de Josef no vaciló ni un ápice. Más bien, aquel tono impregnado de una sutil indignación fue atrayendo paulatinamente la mirada de Frausen. "¿Entonces por qué? ¿Por tu familia?" "... Para beber." "¿Beber? ¿El qué?" La sangre azul de los nobles debía ser gélida. Pues no existía sino para procurar la gloria y la supervivencia de su estirpe. Frausen lo sabía muy bien, mas el joven de marcadas ojeras que se plantaba ante él no era alguien guiado por tales móviles. "El veneno que todos ustedes dejaron atrás." Habiendo perdido la disputa por la sucesión del patriarcado, Josef Bayezid había quedado liberado de los deberes inherentes a la nobleza. Por esa razón, el mundo que ahora podía contemplar con libertad era un paraje ya anegado de ponzoña. "Comprendo a la generación de nuestros antecesores, que al igual que Vuestra Majestad se consagró a la gloria y la prosperidad. Sin embargo, en los rincones donde ustedes no posaron la mirada, abundan los venenos acumulados generación tras generación." Hubo una vez un imperio resplandeciente. Un imperio glorioso que alguien fundó, alguien defendió y alguien hizo florecer. No obstante, el imperio actual gemía hendido en mil pedazos; una culpa imputable a aquellos que ostentaban la responsabilidad, quienes, por perseguir únicamente lo deslumbrante, descuidaron la oscuridad que estaban obligados a disipar. "Mire allá afuera. Al final, este perverso veneno que ustedes dejaron atrás ha recaído enteramente sobre los hombros de nuestra generación." Por tal motivo, aquella ponzoña maligna tan hondamente arraigada brotaba ahora a borbotones junto a las lágrimas negras vertidas por la mujer. La flor de las tinieblas, nutrida por el desdén de cuantos solo perseguían la prosperidad, tal vez terminaría por rebasar Aciuc para propagarse por el continente entero. "... Por eso nosotros debemos beber el veneno. Porque pertenecemos a esa generación." Incluso en este instante, había quienes sonreían en medio de las fracturas. Entre los nobles del centro que despreciaban al norte. Entre los siervos de Dios que menospreciaban a los infieles. Entre la multitud de codicias que pretendían a la despojada raza de las bestias, a los elfos ocultos en el bosque y a los enanos que domeñaban el fuego. Entre tantos mundos divididos por sus diferencias, los perversos exhalaban su ponzoña mientras chasqueaban sus lenguas azabaches. "... ¿De modo que pretendes no legar este veneno?" En medio de aquel lúgubre pasillo atestado de veneno, el emperador que inauguró una era de gloria contemplaba al joven de una época sumida en la desdicha. "¿Por la próxima generación?" Una generación que, sin haberlo deseado, se vio forzada a tragar veneno desde el momento mismo de nacer. A diferencia de los suyos, que perseguían lo luminoso, los jóvenes de ahora pertenecían a una generación condenada a recoger los pedazos de las estrellas que otros dejaron caer. "Menuda historia más ridícula." Tap. Tap. Tap. Como si la historia le pareciera graciosa, la espada de Frausen dio unos toques sobre el hombro de Josef. Una, dos y tres veces. Con cada golpe acompasado, en la mente de Josef afloraban los deberes que aún no había alcanzado a consumar. "Muy bien, inténtalo." "... ¿Cómo?" Acompañada de una fría sonrisa burlona, la espada plateada retrocedió. Aunque su brillo se había marchitado, aquella hoja que aún acompañaba a Frausen se apartó del hombro de Josef para deslizarse de vuelta a su vaina. "Forcejea cuanto quieras. Hasta que te alcance la muerte." En el rostro de Frausen, situado frente a él, se dibujaba una tenue sonrisa. Sin embargo, en medio del corredor en penumbra, Josef era incapaz de descifrar si la expresión que le dedicaba Frausen entrañaba una burla o albergaba otro sentido. "... Gracias." Sin comprender la razón por la que lo dejaba marchar, Josef se dio la vuelta resuelto a aferrarse a la última oportunidad que le concedían. Apretando la pequeña bolsa contra sí, echó a correr a través del tenebroso corredor. Frausen, perdiendo gradualmente su color, contempló su figura alejándose. "Por la próxima generación, dice." Por esa tierna posibilidad que forjaría su propio mundo. "Solo queda ese muchacho." Si uno se encuentra en el lugar que le corresponde, debe cumplir con lo que le atañe. "... Difícilmente tendrá una muerte plácida." Aquel que solo tomaba lo que le correspondía pagando su justo precio. Ahora corría en soledad por el lóbrego pasillo, tragándose con esfuerzo el hálito de muerte que le subía hasta la garganta. "Reúne los méritos debidos, así que no queda más remedio que dejarlo marchar." Hubo una vez un niño que anhelaba ser caballero. Un muchacho de ojos oscuros que soñaba con los caballeros de los cuentos de hadas que le leía su madre y los contemplaba con admiración. Sin embargo, el honor de la caballería, que siempre consideró un sueño inalcanzable, reposaba ahora sobre los hombros de Josef. Sobre aquellos hombros que la desvaída espada plateada acababa de tocar con su espaldarazo. Josef Bayezid. El último caballero investido por el resucitado primer emperador del imperio. En ese preciso instante, corría hacia las más densas tinieblas para beber el veneno que el destino le había asignado. \----- • Autor: Q10 • Traductor: Inmensurable ⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨
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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 249

Estás leyendo el capítulo 249 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.