Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 248 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
El viento que soplaba venía colmado del cálido aliento de la primavera. Sin embargo, en el interior de los yelmos encasquetados de aquellos hombres aún anidaba el gélido viento del norte.
Innumerables soldados marchaban hacia el sur. A espaldas de aquella interminable hilera que se extendía más allá de lo que alcanzaba la vista, ondeaban los estandartes de las siete familias que simbolizaban a la Alianza del Norte.
"... ¿Que el enemigo desciende hacia el sur?".
El ejército de la Alianza del Norte había abandonado sus dominios septentrionales y descendía con rumbo a las tierras centrales. Al confirmar el despliegue de las fuerzas comandadas por el Duque de Acero Timur, el Duque de la Sangre de Dragón Sarnus frunció el ceño, incapaz de comprenderlo.
"Así es, padre. De acuerdo con los informes de los exploradores, una hueste de unos cuarenta mil efectivos se está desplazando en este momento por las inmediaciones de Aciuc".
Cuarenta mil soldados de la Alianza del Norte. Ciertamente constituía una fuerza colosal, pero no se trataba de una cifra imprevista. La única razón por la que Sarnus se hallaba desconcertado era que hubiesen abandonado la fortaleza, su posición más ventajosa, para marchar derechamente hacia ellos.
"Es una decisión que escapa a toda lógica".
Optar por una batalla a campo abierto en lugar de atrincherarse en un asedio tras las murallas. Si semejante resolución la hubiera tomado un hombre ordinario, se habría burlado de su insensatez; no obstante, quien descendía al frente de aquellos cuarenta mil soldados era un adversario nada desdeñable: el mismísimo Duque de Acero Timur.
"Alguna intención oculta debe de tener".
Sin duda existía un motivo. Un hombre de la talla de Timur jamás saldría precipitadamente de su castillo sin una causa justificada. Con todo, a Sarnus le resultaba imposible vislumbrar con facilidad el cuadro que su rival pretendía pintar.
"... ¿Acaso...?".
Mientras Sarnus se sumía en tales cavilaciones, una bandada de aves migratorias cruzaba el cielo por encima de su tienda de campaña. Aves que surcaban la inmensidad del firmamento, siguiendo el curso de la primavera al descender desde el norte. Sin embargo, entre ellas había una criatura de plumaje dispar.
\*¡Cra, craaa!\*
A diferencia de la dirección que tomaban las demás aves migratorias, una paloma de un blanco inmaculado volaba rumbo a la capital, Brigantes. Atado a la pata de aquella paloma pendía un mensaje secreto que Timur enviaba a alguien.
※※※※
Un grupo cabalgaba a toda prisa por la desierta Calzada Oriental. A la vanguardia, tras el corcel negro que encabezaba la marcha, ondeaba un pendón heráldico.
Ignorando que el ejército del centro avanzaba a tan solo unos días de marcha a sus espaldas, la comitiva de Vlad proseguía su camino sin descanso hacia la guarida de aquella hueste perversa que Sir Zayar les había revelado.
"¡Aciuc queda por el camino de la derecha!".
"¡Ya lo sé!".
Para ser exactos, se dirigían a un punto situado aún más al norte de aquel sitio. Ante los gritos de Pierre, que le advertía que no iban en la dirección correcta, Vlad respondió alzando la voz:
"¡A partir de ahora nos dirigiremos a la sede principal de la Iglesia Ortodoxa del Norte!".
Vlad no avanzaba hacia Aciuc, sino hacia la Iglesia Ortodoxa del Norte. Aunque la urgencia que sentía por Josef no menguaba en su pecho, la mente de Vlad se mantenía tan fría y lúcida como impaciente era su corazón.
"¡Primero conseguiremos tropas allí! ¡Dijeron que esos malditos magos negros superan el centenar!".
Según Sir Zayar, los magos negros ocultos en la mansión de Lamashtu rebasaban las tres cifras. Parecía como si hubiesen congregado a todos los practicantes de magia negra del continente; infiltrarse en semejante antro de tinieblas con apenas cuatro personas no habría sido más que un acto suicida.
"Has madurado bastante. Pensar que antes eras un mocoso que rasgaba indulgencias sin medir las consecuencias".
"... ¿De qué está hablando?".
Aparentaba arder con vehemencia, pero los ojos azules de Vlad permanecían imperturbables. Se había convertido en un caballero del norte capaz de contemplar no solo lo que se cernía de inmediato ante sus ojos, sino también lo que aguardaba más allá. Aunque la tonalidad que albergaban en su interior fuera distinta, el hecho de que en la mirada de Vlad se vislumbrara un tenue reflejo de Josef no era una mera ilusión.
"¡Sooo, so!".
Sin embargo, un agudo grito de Radu resonó en medio del galope del grupo.
"¡¿Qué demonios son todos esos cuervos de ahí adelante?!".
Hacia donde apuntaba el sobresaltado dedo de Radu en el cielo, una masa semejante a un nubarrón negro se retorcía y arremolinaba.
\*¡Cra, craaa!\*
Desde lo alto del firmamento, una bandada de cuervos comenzó a descender con estrépito ensordecedor. Al ver a aquellos cuervos azabache precipitándose sobre ellos sin previo aviso, Vlad no tuvo más remedio que tirar con premura de las riendas de Noir para frenar su carrera.
"Maldita sea... Nos están bloqueando el paso".
"¿Acaso ya se han dado cuenta de que venimos?".
Como dando la razón a las sospechas de Radu, la bandada de cuervos se desplegó como un telón negro impenetrable, cortándoles el camino. Justo cuando Vlad se disponía a llevar la mano a la vaina de su espada ante aquella ominosa escena, una voz familiar llegó desde el otro lado de la bandada.
"Qué alivio que hayamos llegado a tiempo".
Junto con la conocida voz masculina, la multitud de cuervos que había detenido al grupo batió las alas y comenzó a elevarse de nuevo hacia el cielo. En el espacio despejado por las aves, se reveló una multitud de hombres envueltos en capas negras que momentos antes no se veían en lo absoluto.
"Te estábamos esperando".
"... ¿Marcus?".
Las espadas ocultas de Bayezid y aquel hombre sin nombre que era su capitán. Los agentes primordiales de la red encubierta que abarcaba todo el norte se mostraban ahora ante los ojos de Vlad.
"Tu juicio de dirigirte a la Iglesia Ortodoxa del Norte fue excelente, pero no hay necesidad de llegar tan lejos. Nosotros ya lo hemos preparado todo".
"... ¿Cómo supiste que estaba aquí?".
Vlad adoptó una postura cortante y prevenida ante el grupo que de pronto le cerraba el paso, pero aquello también era algo que Marcus había previsto.
"Sir Zayar nos lo hizo saber. Nos informó de que habías dejado Ausrina y te dirigías hacia Aciuc".
"¿Sir Zayar?".
"Por supuesto, no preguntes de qué manera nos comunicamos. Ese es, después de todo, el secreto reservado de nuestra organización".
Marcus hablaba con serenidad, restándole importancia al asunto, pero la mirada con la que Vlad lo contemplaba se volvía cada vez más gélida.
"¿Llevaban tiempo en contacto con Sir Zayar?".
"Así es".
"... Entonces, ¿significa que tú ya lo sabías todo?".
"En efecto".
Desde Sir Zayar hasta Marcus. Las circunstancias de Josef, que todos los demás conocían, pero que a él se le habían ocultado deliberadamente. Ante el último asentimiento indiferente de Marcus, las pupilas de Vlad finalmente comenzaron a arder con un fulgor azul.
\*¡Zas!\*
"¿Y por qué no me lo dijiste a mí? ¡Hijo de perra!".
"¡...!".
Marcus siempre mantenía la compostura, pero en esta ocasión no pudo evitar el desconcierto, pues Vlad, que se hallaba a cierta distancia frente a él, se había plantado ante su figura en un parpadeo y lo tenía agarrado del cuello por las solapas. A pesar de haber mantenido una distancia de seguridad que solo los caballeros sabían medir, Vlad había acortado el espacio en un abrir y cerrar de ojos, como si semejante precaución careciera del más mínimo valor.
\*¡Clang! ¡Ching, clang!\*
"¡Suelte esa mano, Sir Vlad!".
"¡Cálmese! ¡Nosotros también teníamos nuestros motivos!".
Los cuervos, reaccionando tardíamente, desenvainaron sus espadas con expresiones consternadas; no obstante, la mirada con la que Vlad fulminaba a Marcus continuaba rebosante de cólera.
"¿Te parezco una broma?".
"......".
"Por mucho que importara la discreción, debiste habérmelo dicho a mí. ¿Acaso no es así?".
No era que le indignara haber sido engañado durante todo ese tiempo. La verdadera razón de la furia de Vlad residía en el hecho de haber permanecido excluido, fuera de la cerca de Josef. Para un muchacho de los callejones que necesitaba un lugar al cual pertenecer, aquel cobijo llamado Josef representaba una orgullosa frontera que lo resguardaba del mundo exterior.
"... Me ordenó que a ti, precisamente a ti, no te dijera nada".
"¿Quién?".
"Lord Josef".
"¿Qué?".
La voz sofocada de Marcus se filtró a través del cuello fuertemente atenazado. Sin embargo, ante aquella respuesta, quien sintió que el aliento se le cortaba no fue Marcus, sino el propio Vlad, que aún lo mantenía asido.
"Porque todos tenían los ojos puestos en ti. Desde nosotros en el norte, pasando por el Duque de la Sangre de Dragón, la Santa Sede, la corte imperial...".
Vlad de Shoara. El muchacho nacido en el norte con sangre de dragón en sus venas. El caballero que había rasgado la indulgencia expedida por la Santa Sede y que había obtenido el reconocimiento del Papa de la Iglesia Ortodoxa del Norte, su rival.
"E incluso esa mujer llamada Lamashtu".
Y el único sucesor que portaba consigo el Voto del Maestro de la Espada. La existencia de Vlad, que reunía sobradamente los méritos tanto para ser reverenciado como para ser aborrecido por todo el continente, era quizás una figura que cautivaba las miradas de todos tanto como lo hiciera en su día aquel insigne caballero llamado Kihano Frausen.
"Cuanto más sincera fuera la furia que tú manifestaras contra Lord Josef, más hondo podría adentrarse él en las sombras".
"... Ja".
Ante las palabras de Marcus, Vlad soltó un hondo y amargo suspiro, como si solo entonces lograra comprenderlo todo.
Cuando Josef dio el paso hacia la luna sombría, Vlad había aullado de desesperación hacia él. Mientras se sujetaba el abdomen atravesado por Frausen y suplicaba a gritos que no se marchara, en la voz de Vlad anidaba sin duda una cólera tan genuina que nadie en el mundo habría podido dudar de ella.
"Has cumplido tu cometido a la perfección, Vlad".
"¡Malditos bastardos...!".
Era una misión que ni el propio Vlad conocía. Sin embargo, Josef estaba convencido de que actuaría con rectitud, incluso sin haber recibido instrucciones precisas. Porque, a ojos de Josef, Vlad era alguien que siempre había deseado brillar, aun cuando se encontrara en un rincón donde nadie pudiera verlo.
"..."
"En marcha. Lord Josef nos espera."
Mas la mano alzada de Vlad tan solo temblaba por una cólera que carecía de cauce. Si no fue capaz de descargar la mano que sostenía en alto, fue porque sabía muy bien que Marcus no era el destinatario al que correspondía aquella furia.
"... Guíame."
"De acuerdo."
'Los únicos que pagarán el debido precio por la furia que cargo son Lamashtu y Frausen.'
Al ver a Vlad soltarle despacio el cuello de la ropa, Marcus dibujó una expresión amarga.
"Yo te guiaré. Hasta el lugar que tanto anhelas."
\* \* \*
"¡¿Qué demonios significa todo esto?!"
"¡¿Por qué el ejército de la Alianza del Norte irrumpe en Aciuc?!"
El mundo de Lamashtu fluctuaba como una burbuja. En su dominio, sostenido todavía por un único y endeble árbol, resonaban ahora los gritos convulsos de los hechiceros oscuros.
"¿Qué sucede?"
Aquel clamor impregnado de una angustia incontenible llegó a oídos de Lamashtu, quien yacía postrada en el lecho. Habiendo agotado gran parte de su poder en Ausrina, sus nervios estaban a flor de piel al presenciar semejante imprevisto en pleno reposo.
"El ejército de la Alianza del Norte se abalanza ahora mismo sobre Aciuc."
"... ¿Por qué una fuerza destinada a enfrentar al Duque de la Sangre de Dragón haría tal cosa?"
A ojos de cualquiera, era un ejército movilizado sin duda para frenar el avance hacia el norte del Duque de la Sangre de Dragón. No obstante, ante aquella maniobra del todo imprevista de la Alianza del Norte, incluso Lamashtu frunció sus refinadas cejas.
"No lo sabemos. Sin embargo, el número de tropas que nos cerca es colosal."
Sus movimientos eran tan ágiles que parecían milimétricamente concertados. Así de implacable fue el ejército de la Alianza del Norte, que al irrumpir en las desoladas ruinas de Aciuc ya había cercado el poblado sin dejar fisura alguna antes de que los hechiceros oscuros pudieran tomar medida alguna.
"Corten la conexión. A partir de este instante, clausuren las puertas que conducen a Aciuc."
Si solo se tratara de soldados ordinarios, no habría supuesto mayor contratiempo. Después de todo, el pueblo de Aciuc no era más que una entrada, no su verdadero cuartel general. El mundo oculto en el interior de aquella burbuja mediante perversos misterios no solo era casi imposible de discernir, sino que forzar la puerta que conducía hacia él resultaba una proeza aún más impensable.
"Lady Lamashtu..."
Sin embargo, las llamas espectrales azuladas del caballero decapitado que contemplaban a Lamashtu fluctuaban con marcada inquietud.
"La puerta no se cierra."
"¿Qué insinúa...?"
El pasaje de Lamashtu conectado con Aciuc se negaba a cortarse. Por más que intentaban cerrarla, había quienes sujetaban aquella puerta con tenaz persistencia.
"No solo ha venido el ejército. La Iglesia Ortodoxa del Norte también marcha junto a ellos."
"¡...!"
A las tinieblas profanas se las combate con la luz divina. Contra aquellas aberraciones cancerígenas que se habían gestado durante tanto tiempo, la espada de la Iglesia Ortodoxa del Norte hallaba por fin su destino certero.
"Habían asegurado que descendían para detener al Duque de la Sangre de Dragón."
Pronunciadas aquellas palabras, los pies de Lamashtu bajaron del lecho y comenzaron a levitar en el aire, presa del desconcierto.
"Él dijo claramente que..."
Había sostenido que la marcha al sur de la Alianza del Norte era un hecho perfectamente plausible. Y que, por ende, nada tenía que ver con ellos. Aquel joven de ojos negros que conocía el norte al dedillo le había asegurado que podía estar tranquila.
"... Josef Bayezid."
Al recordar aquel nombre, Lamashtu se mordió los labios con rabia contenida, como si solo entonces hubiera caído en la cuenta. El hombre que les había infundido calma afirmando que no ocurriría nada se llamaba Josef Bayezid. Aquel joven del norte que se había ganado su confianza bebiendo la muerte por propia mano se lo había garantizado con certeza.
\* \* \*
Aciuc, una aldea consumida por las llamas tras una peste desatada décadas atrás. En tiempos ordinarios no era más que un paraje desolado y olvidado, pero en ese instante lo anegaba el tenso silencio fraguado por decenas de miles de soldados.
"Un despacho de los cuervos. Informan que acaban de establecer contacto con Sir Vlad sin contratiempos."
"Excelente. Valió la pena retrasar la marcha."
Al escuchar el parte, Timur, el Duque de Acero, asintió con satisfacción. Aunque el avance se había demorado más de lo previsto, el resultado era favorable, y eso bastaba. A fin de cuentas, todos los que debían reunirse estaban ya presentes.
"Parece que ha llegado el momento."
Habiendo recibido el reporte de la llegada de Vlad, el Duque de Acero inclinó la cabeza con reverencia hacia el anciano a su lado. A simple vista, irradiaba la benevolencia propia de un anciano apacible, pero las vestiduras litúrgicas escarlatas que portaba denotaban una distinción fuera de lo común.
"... Así es."
Ante la deferencia del Duque de Acero, una figura tan encumbrada como los cielos, el anciano se puso en pie. Konrad, el Papa de la Iglesia Ortodoxa del Norte, tomó unas desgastadas Sagradas Escrituras que contrastaban con sus fastuosas vestiduras y sonrió levemente.
"Es un alivio no haber llegado demasiado tarde. Siempre me acongojó el temor de legar esta pesada carga a la siguiente generación."
Pese a tener ante sí una cruenta cruzada santa, el semblante de Konrad solo reflejaba una serena sonrisa. Con el ocaso de su vida aproximándose, se sentía seguro de poder saldar al fin una deuda en favor de la generación venidera antes de partir.
"Andrea."
"Sí, Su Santidad."
Habiéndose erguido con parsimonia, el Papa llamó en voz baja al obispo Andrea, que se encontraba a su lado.
"Si acaso algo me ocurriera... ¿estarías dispuesto a asumir el papado como mi sucesor llegado el momento?"
"... ¿Su Santidad?"
Sus palabras resonaron en voz baja, pero con la firmeza suficiente para que todos las escucharan. Ante la declaración del Papa, pronunciada frente al Duque de Acero y los siete obispos de la Iglesia Ortodoxa del Norte, el obispo Andrea no pudo ocultar su desconcierto.
"¿Q-qué insinúa...?"
"Mi era ha llegado a su fin."
Las manos surcadas de arrugas del Papa cubrieron las de Andrea.
"Fueron tiempos azotados por una tormenta feroz. Una época en la que los tiernos brotes ni siquiera lograban arraigar."
Sobre las yemas de los dedos de Andrea se transmitió una menuda textura. Era el tacto del vetusto rosario que el austero pontífice siempre llevaba consigo.
"Sin embargo, tras el paso de la tormenta, se precisa un tiempo de sosiego y cultivo de la vida. Y jamás he conocido a un sacerdote capaz de hacer florecer las cosas con tanta virtud como tú."
Dios había dicho que, al salvar a los demás, uno alcanzaba también su propia salvación. Vlad de Shoara. Aquel nombre que ahora resonaba más allá del norte para cruzar todo el continente. Quien había acogido en su seno a ese joven por quien nadie daba nada no había sido otro que el sacerdote Andrea; por tanto, él mismo se había consagrado a través de aquel nombre que rescató del fango.
"Hasta aquí llega mi deber, me temo."
Al ver marcharse al Papa tras aquellas palabras, Andrea fue incapaz de articular réplica alguna. La figura del anciano pontífice avanzó hacia el interior de la iglesia totalmente calcinada. A espaldas de sus lentos pasos, los cantos entonados por el coro comenzaron a propagarse por el aire.
"... Qué lugar tan propicio para que Su presencia descienda."
Habiendo penetrado por fin en la penumbra del templo junto a los altos prelados que lo escoltaban, el Papa Konrad contempló el blasón de la iglesia grabado por entero en posición invertida y se persignó en silencio. Con ademán resuelto y reverente.
¡Rrrr-rrrr-rrr!
Al unísono, aquel mundo semejante a una burbuja empezó a estremecerse. Guiado por la señal de la cruz con la que el Papa restituía la orientación del blasón invertido, un mundo hasta entonces sumergido bajo las aguas comenzó a volcarse.
"¡El suelo donde me hallo es Su templo y morada!"
Al compás de los versículos que proclamaba el Papa, el blasón invertido tembló con violencia.
"¡Aaaaargh!"
"¡El edificio está girando! ¡Nos están arrastrando hacia afuera!"
"¡¿Por qué demonios está el Papa en este lugar?!"
En el mundo interior de la burbuja, convulsionado por el rito, estallaron los chillidos incesantes de aquellos seres perversos. Era una vibración tan atroz que ni las falsas raíces del árbol alzado por Lamashtu consiguieron aferrarse al plano.
"El templo de Dios es sagrado, y sagrado será este lugar. Y si alguno mancillare el templo de Dios..."
Tras la solemne misa oficiada por el mismísimo Papa, las oraciones bíblicas recitadas por cientos de sacerdotes colmaron el entorno. El clamor de sus plegarias aferraba los portales del mundo oculto y doblegaba la copa del árbol sostenido por raíces engañosas.
"... Él os destruirá."
¡Cruuuj! ¡Crr-crrr-crac!
Tal como si fuera un navío volteándose de quilla.
Cada vez que el arduo sudor del Papa caía sobre las losas, una mole de burbujas renegridas comenzaba a emerger desde los cimientos de la iglesia. Aquello no era sino la mansión azabache que Lamashtu había mantenido oculta hasta entonces: un mundo en sí mismo consagrado a rechazar a Dios.
"¡Q-qué demonios es eso!"
"¡Aaaah!"
Acompañada por los alaridos de los soldados y el colosal estruendo que brotaba de las entrañas de la tierra, una edificación totalmente negra hizo acto de presencia.
Tan... talán...
Arrancada de las profundidades entre los lúgubres tañidos de una campana, aquella estructura emergida no era sino una iglesia cubierta de hollín azabache, como si alguien la hubiese reducido a cenizas en un incendio atroz.
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• Autor: Q10
• Traductor: Inmensurable
⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨

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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela)
Capítulo 249
El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 248
Estás leyendo el capítulo 248 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.