Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 247 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Había abierto los ojos, pero era como si aún los mantuviera cerrados. Y es que todo cuanto se extendía ante su mirada era una negrura impenetrable.
Al despertar en aquella diminuta habitación de paradero ignoto, Josef contempló aquel espacio por el que no se filtraba ni una sola brizna de luz y dejó escapar un breve suspiro.
"... Al menos es un alivio que Zayar haya logrado escapar".
Aunque ya debería haberse acostumbrado a esa tiniebla, en su seno Josef seguía sintiéndose como un ciego con los ojos abiertos. En el pasado, su leal caballero siempre había estado allí para tenderle la mano en tales momentos; sin embargo, ahora él ya no se hallaba en aquella oscuridad semejante al interior de un ataúd, sino en un bosque rebosante de verdor.
\*Chiiir...\*
Aunque él mismo continuara atrapado en aquellas sombras.
Sintiendo alivio de que Zayar ya no estuviera a su lado, Josef se vistió con ademanes torpes y salió de la estancia.
'Por más que lo contemple, sigue siendo prodigioso'.
El corredor por el que avanzaba tras abandonar la habitación era tan negro y lóbrego como la primera vez que lo vio. No obstante, no experimentaba dificultad alguna para distinguir sus alrededores, merced sin duda a los misterios arcanos dispuestos por aquella mujer llamada Lamashtu.
"..."
Avanzando en solitario por el pasillo que se extendía en línea recta, Josef inclinaba la cabeza en silencio cada vez que un mago negro se cruzaba en su camino, esforzándose al máximo por no atraer sus miradas.
Apartándose con cautela hacia la pared, fingió indiferencia mientras escuchaba a hurtadillas sus conversaciones.
"He oído que el ejército de la Alianza del Norte está descendiendo hacia aquí".
"Era de esperar; no podían dejar al Duque de la Sangre de Dragón a su aire mientras avanza hacia el norte".
"¿No acabarán saltando las chispas sobre nosotros por culpa de esto?"
Eran seres impíos y perversos que en circunstancias normales jamás se dejaban encontrar. Sin embargo, al verlos ahora congregados en tal número que apenas podía erguir la cabeza inclinada, a Josef se le heló la nuca.
'... Jamás imaginé que fueran tantos'.
Como noble de alta cuna, Josef sabía de sobra cuánto presupuesto invertía su padre en dar caza a aquellos seres malignos. Sin embargo, quienes habitaban ocultos en las sombras seguían siendo una multitud, y los desvelos de Bayezid no habían sido más que los golpes ciegos de un capitán que sujetaba mal el timón en medio de un mar equivocado.
"Llegado el caso, bastará con volver a soltar monedas de oro".
"El Barón Salonta es un hombre henchido de complejo de superioridad hasta la médula. Con solo reavivar su hostilidad hacia el norte, como la última vez, colaborará con nosotros sin reparos".
"En efecto. Si detesta a los norteños más que a nosotros, los magos negros, ¿qué se le va a hacer? A veces pareciera que los humanos se consumen en sus propias llamas por culpa de un odio insensato".
"..."
Con esas palabras, la presencia de los magos negros fue desvaneciéndose poco a poco a sus espaldas. Tras cerciorarse de que sus auras se habían alejado lo suficiente, Josef al fin pudo levantar la cabeza que mantenía profundamente inclinada.
'Conque era de este modo'.
Mordiéndose levemente el labio en un gesto de rabia contenida. Al comprender que todos los esfuerzos desplegados hasta ahora no habían sido más que vanas tentativas, Josef se esforzó por sofocar la cólera que comenzaba a arder en su interior.
'Por eso resultaba imposible encontrarlos'.
Magos negros que vivían agazapados en la oscuridad. Seres perversos a los que creía inalcanzables por ocultarse en lo más profundo de las sombras; sin embargo, al adentrarse él mismo en esas tinieblas por propia voluntad, Josef comprendió al fin la razón por la cual jamás daban con ellos.
Había quienes sonreían en medio de las grietas.
En los intersticios que inevitablemente se abrían entre mundos distintos: porque la tierra que pisaban era diferente, porque el color de su piel al nacer no era el mismo, y porque adoraban a dioses distintos. Quienes habían alimentado sin descanso el odio y la discriminación en esas hendiduras, ahora alzaban sus dedos renegridos ordenándoles matarse los unos a los otros.
"... No permitiré que se salgan con la suya".
Desde el exterior era imposible saberlo, mas al rozar las tinieblas con su propia carne, pudo percatarse. De las grietas del mundo que aquellos individuos habían fracturado con astucia, aún manaban venenos funestos en este mismo instante. Con sus dedos renegridos en alto, quienes se ocultaban en la penumbra seguían sonriendo al contemplar cómo el odio y la discriminación se movían al compás de sus designios.
"Ahora no queda nadie más que yo".
Con esas palabras, Josef volvió a reanudar la marcha hacia adelante. En aquella oscuridad desprovista de compañía, la única persona que permanecía en el lugar donde debía estar era él mismo. Aunque no hubiera prestado juramento formal a nadie, Josef avanzaba en solitario hacia una oscuridad aún más profunda con el firme propósito de cumplir con su deber.
\* \* \*
"Nuestra Ausrina jamás olvidará tu ayuda".
Un anciano Gerónimo, con el peso de los años aún más marcado sobre su semblante, sonreía mientras miraba a Vlad. No obstante, el vigoroso apretón que transmitían sus manos entrelazadas rebosaba de una vitalidad que contrastaba con su apariencia marchita.
"Le agradezco que haya acogido a la tribu Luga, Gran Anciano".
Habiendo averiguado su destino, había llegado la hora de partir. Vlad, que intercambiaba un apretón de despedida con Gerónimo, posó la mirada en la Gran Madre de la tribu Luga, de pie junto a él.
"A los niños les ha gustado. Después de todo, un bosque verdeante siempre es mejor que unos callejones inmundos".
Como si hubiera advertido su mirada, la Gran Madre de la tribu Luga asintió con la cabeza.
"Al principio creí que se trataba de un lazo funesto, pero ahora veo que eres un benefactor. Supongo que, a veces, las mayores bendiciones llegan disfrazadas tras una máscara siniestra".
Eran vidas errantes a las que nadie daba la bienvenida; sin embargo, el bosque de los elfos era vasto y el Joven Árbol del Mundo los había acogido con los brazos abiertos. Al ver cómo los pequeños niños de la tribu Luga, que habían caminado a su lado por el túnel excavado por el topo resplandeciente, le agitaban las manos, Vlad sintió que por fin se desprendía del fardo que pesaba sobre su corazón.
"Un... un momento, por favor".
"¿Eh?"
De pronto, una silueta menuda emergió abriéndose paso entre los ancianos. La doncella del oráculo, que avanzaba con el diminuto topo acomodado sobre su cabeza, llevaba vendajes claramente visibles en cada uno de los nudillos de sus dedos.
"... Es la primera vez que hago algo como esto. Se ve un poco extraño, ¿verdad?"
Con una mirada húmeda por un motivo inexplicable, la doncella del oráculo alzó la vista hacia Vlad con timidez o tal vez con aire de disculpa. Sin embargo, más que la turbación que mostraba la muchacha, la atención de Vlad quedó atrapada en el pequeño pendón que ella sostenía entre sus manos.
"No."
Desde los Bayezid en el norte hasta los Arnstein en las tierras centrales. Todos los sellos de innumerables familias nobles que Vlad había ido reuniendo hasta ahora para demostrar su propia valía yacían sobre la palma de la mano de la joven doncella del oráculo. Al contemplar esa multitud de blasones desplegados ante sus ojos, a Vlad no le quedó más remedio que rememorar la travesía que había recorrido hasta ese momento.
"Esto te quedó muchísimo mejor que los dibujos que hacías antes."
"¿Eh?"
Y ahora, al final de aquel pendón, se hallaba bordado un árbol obra de la pequeña doncella del oráculo. Aquel emblema, tejido por ella tras haber empuñado una aguja por primera vez en su vida, guardaba un ligero parecido con el Joven Árbol del Mundo que se alzaba en las alturas.
"Vaya que está abarrotado de blasones. Se diría que la mitad del imperio cabe dentro de este pendón."
Sobre la cabeza de la doncella del oráculo, quien abría los ojos de par en par como si no comprendiese del todo aquellas palabras, Baradis posó una mano con afecto.
"Gracias por todo este tiempo, Baradis."
Más allá de la edad y la raza, el capitán de los montaraces con quien había compartido incontables tribulaciones estrechó sin titubeos la mano que Vlad le ofrecía, para luego añadir:
"En un lazo continuo, saldar deudas o devolver favores carece de sentido. Así que, si alguna vez necesitas auxilio, no dudes en llamarme."
Cuando se conocieron por primera vez, existía entre ellos una brecha que parecía imposible de franquear; sin embargo, ahora solo quedaba una superficie compartida donde ambos convergían, sin necesidad de abismos incómodos ni recelos. Consciente de ello, Vlad se limitó a tirar de las riendas de Noir, entendiendo que cualquier despedida más ceremoniosa resultaría superflua.
"No olvides lo que te dije."
A espaldas de Vlad, mientras se disponía a partir, resonó la sosegada advertencia que la Gran Madre de la tribu Luga pronunciaba en voz baja.
'Por favor, jamás traspases con demasiada profundidad el mundo de otro. Si lo haces, ten por seguro que tu propio mundo también terminará herido de gravedad.'
"......Entendido."
\*Crujido, crujido.\*
Apenas concluyeron las palabras de la Gran Madre, quien se preocupaba por él hasta el mismísimo final, un pequeño sendero comenzó a abrirse entre la espesura del bosque. Aquel camino, forjado por los árboles que apartaban sus propias raíces por voluntad propia, se abría paso con exactitud hacia la aldea a la que Vlad pretendía dirigirse.
\['Parece que se están despidiendo.'\]
"Eso parece."
Al contemplar aquel camino del bosque, que ahora se abría con mayor amplitud que las calzadas construidas por los hombres, Vlad dejó escapar una leve sonrisa. Le parecía que aún podía escuchar la voz de aquel joven árbol, la cual había sido capaz de percibir por haberlo albergado alguna vez dentro de sí.
"Vamos."
\*Prrrff.\*
Ante la orden de Vlad indicando que era hora de partir, Noir giró la cabeza hacia atrás, como si sintiera que dejaba algo pendiente. Era un paisaje que solo él podía reconocer por compartir la sangre de los espíritus. En los ojos de Noir, vueltos hacia la floresta, se reflejaban con total plenitud el Árbol del Mundo que agitaba sus ramas hacia ellos y los jóvenes espíritus posados sobre su follaje.
\* \* \*
Lo que se divisaba por encima de la densa negrura no era el firmamento, sino una superficie de agua. No, para ser más exactos, no era más que la superficie de una masa de espuma que ondulaba intensamente.
"......Eso es..."
Aprovechando la ínfima confianza que se había ganado, Josef, quien al fin había conseguido adentrarse hasta el mismísimo centro del dominio de los magos negros, pudo contemplar el inmenso patio interior que lo aguardaba allí. Y, junto a él, divisó un colosal árbol que colmaba por completo aquel vasto jardín.
"Es el árbol en el que ella echó raíces."
"......¡!"
Ante la repentina voz de un hombre, Josef se sobresaltó conmocionado y giró sobre sus talones. Ahora que Zayar no estaba, las únicas presencias capaces de dirigirle la palabra allí eran únicamente los perversos magos negros.
"Aun así, todavía está incompleto. Parece ser que con solo el núcleo del árbol de los espíritus no es posible consumar la hechicería de creación del mundo."
Sin embargo, quien se encontraba de pie tras Josef no era ninguno de los magos negros que acababa de ver, sino un hombre cuyos colores se hallaban totalmente desvaídos. Frausen, quien pasó en silencio junto a Josef para apoyar los brazos contra la barandilla, se quedó contemplando el árbol del exterior sin mediar palabra.
"......Lord Frausen."
¿Cómo podría justificar el haberse escabullido hasta ese lugar? Josef hacía todo lo posible por aparentar serenidad ante la figura a su lado, pero la voz que se le escapaba entre los labios temblaba de manera irremediable.
"¿Eres tú Josef Bayezid?"
"¿Cómo? Ah, sí. Así es."
No obstante, dejando en nada la tensión que acababa de embargarlo, fue Frausen quien rompió el silencio en primer lugar. Sin siquiera girar la cabeza, como si no le importasen en lo más mínimo las razones de Josef para encontrarse en el núcleo sin haber recibido permiso, Frausen se limitó a hablar:
"Cierto. Quería mandarte llamar en algún momento."
"......"
A pesar de que estaba pronunciando exactamente las mismas palabras que el día anterior. Asaltado por una extraña e inexplicable disonancia, Josef comenzó a levantar lentamente la cabeza, que hasta entonces mantenía rígidamente gacha.
"¿Tiene algo que desearía preguntarme, Majestad?"
Quizás fuera por la sofocante presión que lo rodeaba por doquier, o tal vez por el aspecto grotesco de aquel árbol que jamás había presenciado en su vida. Aunque había pretendido responder con la mayor deferencia posible, Josef se percató al instante de que acababa de cometer un gravísimo error. Había olvidado por un momento la orden que Frausen le había dado el día anterior, prohibiéndole terminantemente que lo llamara Majestad.
"......Te dije que no me llamaras Majestad."
Tal como temía por haber errado en sus palabras, la presencia que emanaba de Frausen comenzó a tornarse feroz. Sin embargo, más que sentirse abrumado por su imponente porte, Josef se quedó desconcertado por las palabras que le siguieron a continuación.
"Cierto. Escuché que fuiste tú el primero en reclutar a ese muchacho llamado Vlad, ¿no es así?"
"......¡!"
Y aquella sospecha que acababa de brotar en su interior mutó al fin en una certeza absoluta. Al levantar definitivamente la mirada, Josef no pudo evitar emitir una muda exclamación de espanto ante el hombre que tenía frente a sí.
"Si me respondes con absoluta franqueza acerca de ese muchacho, fingiré no haber visto la insolencia de hoy."
Un hombre incapaz de recordar siquiera la conversación que habían sostenido el día de ayer. Aquel a quien Josef contemplaba en ese instante no era más que un hombre semejante a una vasija de cristal hecha añicos.
'Jamás traspases con demasiada profundidad el mundo de otro. Si lo haces, ten por seguro que tú también terminarás herido de gravedad.'
En medio de aquel mundo semejante a una masa de espuma desbordada e hinchada, Josef se encontraba frente a frente con un hombre cubierto enteramente de heridas. Un hombre que, en ese mismísimo instante, continuaba perdiéndose a sí mismo poco a poco. Aquel hombre que derramaba sus recuerdos a través de las grietas rotas de su ser se limitaba a observar fijamente a Josef, como si al menos se negara a olvidar aquel nombre: Vlad.
\-----
• Autor: Q10
• Traductor: Inmensurable
⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨

Continúa leyendo
El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela)
Capítulo 248
El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 247
Estás leyendo el capítulo 247 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.