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Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 246 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
La mirada de la Gran Madre, tras entornar unos párpados densamente pegajosos, se clavaba en Vlad. Al igual que la afilada aguja que sostenía en la mano. \*¡Chsss!\* "¡Kgh!" Junto con el humo de tabaco que exhalaba la Gran Madre, un acre olor a carne chamuscada inundó el recinto. Cada vez que la ardiente aguja perforaba la piel de Vlad, el aire dentro de la habitación se volvía más pesado y la densa humareda se tornaba aún más espesa. "... Te lo advierto una vez más: esto es una maldición". A cada contacto de la mano de la Gran Madre, un patrón en forma de relámpago se iba grabando puntada a puntada. Aquel diseño, que había comenzado en el dorso de la mano de Vlad, trepaba ya hasta el nacimiento del hombro, cubriendo por completo su brazo izquierdo. "Una maldición que introduce impurezas en el mundo ajeno. En su origen, fue un método concebido por nosotros, los magos, para hacer frente a los caballeros". Aunque se esforzaba por aparentar serenidad, en el rostro de Vlad ya afloraban marcados los signos del suplicio. Pues el tatuaje que la Gran Madre de la tribu Luga le estaba grabando en ese instante no quedaba impreso en la piel, sino en lo más profundo de su propia alma. Ante un dolor incomparablemente más atroz de lo que jamás había previsto, densas gotas de sudor frío empapaban el semblante del muchacho. "Y me imagino que tú ya sabes qué clase de impureza es, ¿no es así?". Al ver que Vlad se limitaba a asentir en silencio, acaso vencido por el tormento, la Gran Madre sacudió con un golpe seco la pipa que sostenía entre los labios. En efecto, resultaba imposible que lo ignorara. Pues en el interior de Vlad ya moraba alguien que en el pasado había experimentado los misterios arcanos de la tribu Luga. "Te ruego encarecidamente que, con esta maldición, no penetres con demasiada profundidad en el mundo de los demás". \*¡Fuuuh!\* Junto con aquellas palabras, la Gran Madre expulsó sobre el brazo izquierdo de Vlad el místico humo que retenía en sus pulmones. La humareda, cargada con su sincera advertencia, se filtró en el brazo del muchacho hasta completar una figura entera. "... Pues en la misma medida en que hieras al prójimo, el que al final acabará destrozado será tu propio mundo". Los trazos, que hasta entonces apenas habían sido simples líneas, comenzaron a teñirse de color paulatinamente. Y con ello, el patrón del relámpago negro se volvió todavía más nítido. Aquel misterio primordial de la tribu Luga, del que se decía que antaño había sido empleado para desgarrar al dragón más perfecto, era tan azabache y cortante como el rayo que en su día propició el primer encuentro entre Kihano y Vlad. \*\*\* Dejando tras de sí el lejano páramo que se divisaba en el horizonte, incontables huestes marchaban en perfecta formación. Eran las fuerzas imperiales y del poder central que, tras congregarse en la capital, Brigantes, habían avanzado hasta Namarka, la ciudad de los forajidos. A diferencia de los días en que persiguieron a Vlad, el ejército central se había multiplicado hasta alcanzar decenas de miles de hombres, y en ese mismo instante continuaba su avance incansable hacia el norte. "Comandante en jefe. Me informan de que el Conde Gaidar acaba de quebrar la barrera del paso occidental". "... ¿Ah, sí?". El Duque de la Sangre de Dragón Sarnus, comandante en jefe de la fuerza expedicionaria del norte, abrió desmesuradamente los ojos con genuino interés al escuchar el informe que Mircea le transmitía a su lado. "Tenía entendido que se trataba de una fortaleza que bloqueaba un desfiladero estrecho. ¿Y ya han conseguido atravesarla?". "El asunto es que...". Tal como afirmaba Sarnus, la Fortaleza de Olanbar, que cerraba el paso hacia el oeste, era un baluarte casi inexpugnable erigido a lo largo de un estrecho barranco. Abrirse paso a través de semejante geografía habría exigido forzosamente incontables sacrificios; sin embargo, por algún motivo, aquel incompetente Conde Gaidar la había superado con pasmosa facilidad. "No es que el Conde Gaidar la haya conquistado por asalto, sino que el Conde Bayezid retiró voluntariamente sus tropas". No obstante, la deslumbrante hazaña militar del Conde Gaidar no pasaba de ser un cascarón vacío arrojado a propósito por Peter. Ante el informe de Mircea que confirmaba el abandono deliberado de una posición tan ventajosa, la mirada de Sarnus se volvió aún más sombría y calculadora. "Vaya, hace honor a su fama como el zorro del norte. Tiene en cuenta hasta la más remota de las contingencias". Bayezid y Baranov, los dos grandes pilares que sostenían el norte. Ciertamente, a diferencia de los cascarones vacíos que el Duque de la Sangre de Dragón manipulaba a su antojo, aquellos hombres no eran adversarios fáciles de doblegar. "Pensaba cortar sus líneas de suministro en cuanto se descuidaran, pero parece que ya no podré valerme de esa estratagema". Por formidable que fuese una posición geográfica, si se carecía de la capacidad para sostenerla, resultaba a todas luces inútil. Y Peter sabía de sobra que, para que las fuerzas de la Alianza del Norte apostadas en la lejanía sostuvieran intacta la Fortaleza de Olanbar, tendrían que pagar un coste muy superior a los beneficios que pudieran obtener. "Cambiaremos de rumbo. A partir de este momento, avanzaremos a través de la calzada oriental". Chasqueando la lengua al ver que Peter no había mordido el apetitoso cebo, el Duque de la Sangre de Dragón Sarnus decidió descartar la ruta trazada en un inicio y poner en marcha su segundo plan. "Comenzaremos por la Casa Maringen del norte. Una vez la hayamos tomado, continuaremos directamente hacia arriba". No hacia el noroeste, donde se hallaba Bayezid, sino en dirección al noreste, donde debía de encontrarse el Duque de Acero Timur. Ahora que Bayezid había quedado atado de pies y manos por el Duque de Oro y Gaidar, el ejército encabezado por el Duque de la Sangre de Dragón resolvió dirigirse directamente hacia Bastopol, el corazón del norte donde aguardaba el Duque de Acero. "... Sin embargo, padre. Por muy superiores que seamos en número, no me parece una decisión prudente dividir nuestras fuerzas en dos frentes". Al ver cómo el estandarte de la Casa Dragulia viraba de pronto de dirección, Mircea comenzó a interpelar a Sarnus con evidente preocupación. Por más que figurara entre las alternativas previstas, partir en dos una línea de combate unificada entrañaría inevitablemente una inmensa carga para la fuerza expedicionaria. "Las bajas serán gravísimas". "......". Aun si lograban concluir la guerra en un plazo más breve, era una elección que acarrearía un sacrificio colosal. No obstante, en la voz de Sarnus, resuelto a arrojar a decenas de miles de hombres sobre los gélidos páramos nevados, no se percibió la menor vacilación. "Lo sé todo perfectamente, hijo mío". Se limitó a susurrarle en voz baja a su vástago, con el tono feroz y desgarrador de un auténtico dragón: "Es natural que mueran muchos humanos". ¿En nombre de qué se movilizaban las huestes que ahora marchaban hacia el norte? ¿Eran una fuerza destinada a subyugar a los norteños alzados en armas contra el imperio, o meros espantapájaros que avanzaban al compás del aliento de un dragón ansioso de perfección? "No lo olvides, Mircea. Hacia qué bando se inclina la verdadera victoria que debemos perseguir". "... Entendido". La respuesta a aquella advertencia la ofrecía, en su lugar, el estandarte que ondeaba con violencia frente a los ojos de Sarnus. El estandarte de Dragulia lucía una estampa sutilmente distinta a la del blasón original, que mostraba la cabeza cercenada de un dragón. "Este padre desea mostrarte aquel mundo de los dragones que en la antigüedad fue perfecto". A espaldas de Sarnus, quien le dedicaba una benevolente sonrisa a su hijo, ondeaba un estandarte. Aquella enseña de Dragulia, que flameaba incluso por delante del estandarte imperial, distaba de su antigua y deslucida apariencia: ahora estaba colmada por las descomunales alas desplegadas de un dragón dorado. ※※※※ Era una habitación inundada de una límpida luz solar. Una estancia tan luminosa que bastaba con tumbarse en ella para sentir el mullido tacto de un edredón de algodón. Sin embargo, Vlad, quien en verdad debería haber estado guardando reposo allí, se hallaba sentado ante un pequeño escritorio, examinando con detenimiento los mapas desplegados frente a él. "¿Y dónde más?" "… Aquí". Ante la voz de Vlad, que destilaba cierta irritación contenida, un dedo decrépito y arrugado señaló un punto en el mapa. A medida que aumentaban los círculos trazados conforme indicaba aquel dedo, el ceño de Vlad se fruncía cada vez más. "Esta vez no me estás mintiendo, ¿verdad?" "Jamás te he mentido, hermano mío". "Deja de decir idioteces". Al oír la voz de Radu a su lado, Vlad comenzó a esbozar una sonrisa feroz. "¿Y un tipo así es descubierto cuando intentaba fugarse a hurtadillas?" "…". La luz del sol que se filtraba por la ventana reverberaba con intensidad sobre la dorada cabellera de Vlad. Sin embargo, más que por aquellos cabellos rubios que él jamás había poseído, Radu se sentía abrumado por la opresión de los ojos azul marino de Vlad. Ese azul profundo, que parecía haberse intensificado aún más tras la batalla precedente, rivalizaba con creces con el de aquel padre al que tanto temía. "Si ibas a marcharte, debiste haberlo hecho en silencio. ¿Por qué demonios intentaste robarte a Noir?" "… Porque es rápido". Junto a Vlad, que se reía como si la sola idea le resultara absurda por más que la pensara, el envejecido Radu permanecía de pie, desprovisto de fuerzas. Llevaba dibujada una zarza de espinas de un negro azabache sobre su arrugada nuca. Al contemplar a Radu, sobre quien pesaba un sello prohibitivo idéntico al impuesto por su propio padre, Vlad sonrió con frialdad. "… Hicimos una promesa en aquel entonces. Dijiste que me ayudarías hasta destruir a la Orden de Caballeros Matadragones". En aquella aldea de forajidos envuelta en humo, Radu había prometido, mientras bebía la sangre de Vlad, que detendría a la Orden de Caballeros Matadragones que avanzaba contra la tribu Luga. El pacto grabado al engullir aquella sangre aún circulaba por las venas de Radu, y todavía demandaba su legítimo precio. "Mi sangre no es tan barata. ¿No te parece?" Al ver a Vlad sonreír en silencio, Radu se limitó a asentir con la cabeza. Tal como decía Vlad, el contrato exclusivo que ambos habían sellado en Namarka todavía no se había cumplido. La orden de caballeros liderada por el dragón más ancestral continuaba recorriendo el continente, y la justa retribución para Radu aún no se había saldado por completo. \*Gota. Gota.\* De la yema del dedo de Vlad, cortada sutilmente con una daga, comenzaron a caer gotas de sangre escarlata. Al observar aquel vívido color impregnando con lentitud la taza de té dispuesta sobre la mesa, Radu tragó saliva involuntariamente. "… ¿Dónde queda esto?" "¿Dónde qué?" "El sitio que acabas de marcar". Vlad habló mientras desplegaba los dos mapas que sostenía en las manos. Uno era el mapa marcado por Zayar. El otro, el mapa que Radu acababa de señalar. Rastreando el paradero de Lamashtu a partir de los testimonios de los caballeros que habían tenido contacto con aquellas entidades perversas, Vlad por fin había logrado dar con un enclave en el que coincidían sus relatos. "Aciuc". Aciuc, una de las aldeas pertenecientes a la Casa del Barón Salonta. Sin embargo, aquel poblado en el que decían que ya nadie habitaba se encontraba a tan solo una semana de viaje hacia el este desde Dobrechti, la ciudad que había visitado en el pasado. "Sí, así fue. Allí fue donde nos reunimos con los magos negros". Radu Dragulia, hijo del Duque de la Sangre de Dragón, había sido en el pasado una figura de formidable poderío, al punto de comandar las fuerzas de Dragulia en la urbe norteña de Mosiam. Aunque ahora hubiese quedado reducido a un estado tan lastimero, las informaciones que manejó en aquella época debían de seguir intactas en su memoria. "Allí prometimos cooperar mutuamente. Hasta ese momento, nuestra alianza era indiscutible". "¿Podrías guiarme hasta allí?" "C-Claro que sí. Ya he estado en esa iglesia en una ocasión". Al escuchar la palabra "iglesia", la mirada de Vlad relampagueó al instante. No obstante, el dragón sediento de sangre escarlata no pareció percatarse de ese brillo y se limitó a soltar atropelladamente respuestas a preguntas que nadie le había formulado: "Una iglesia en ruinas. Aquella que seguía en pie en una aldea calcinada por completo". "…". "Era un pueblo que llevaba desierto casi varias décadas. Sin un guía, te s-sería difícil encontrarlo". Una solitaria iglesia que resistía sobre las cenizas de una aldea completamente consumida por el fuego. Evocando aquel escenario, que sentía capaz de vislumbrar aun sin haber estado allí jamás, Vlad dobló en silencio el mapa que sostenía. "Bebe". En cuanto Vlad dio su autorización, el decrépito Radu apuró la taza de té con desesperación. Con ello, la prueba del pacto grabada en su nuca comenzó a desvanecerse, pero Vlad, que ya cruzaba la puerta de la habitación, no se volvió para mirar la escena. \[Tengo una corazonada. Es muy probable que sea allí\]. La aldea calcinada de Aciuc. Un paraje convertido en ruinas donde ya nadie vivía. Al imaginar lo que allí aguardaba, a Vlad le pareció escuchar, de algún modo, las voces de niños entonando un canto en sus oídos. "Sí. Eso parece". A través de los ventanales del luminoso pasillo se abría una vista apacible. Eran los niños de Ausrina que, libres al fin de temores, correteaban a sus anchas. Al ver a los pequeños de los elfos y de la tribu Luga jugando juntos, trascendiendo las diferencias de sus razas, Vlad detuvo el paso por un instante. "… Esta vez acabemos con esto". Se contaba que aquella iglesia calcinada hacía ya tanto tiempo había sido erigida por una noble monja. El nombre de la mujer que había cobijado en su regazo a una multitud de huérfanos desamparados era el de una santa reconocida por la Santa Sede: Tramashu. Vlad bajó la mirada hacia el tatuaje grabado sobre el dorso de su mano y susurró su nombre en silencio. \----- • Autor: Q10 • Traductor: Inmensurable ⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨
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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 246

Estás leyendo el capítulo 246 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.