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Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 245 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
El aire rancio y enrarecido colmaba el pasillo largo y angosto. Aunque a estas alturas bien podría haberse acostumbrado, el hedor de la mansión, que ascendía junto con la humedad, resultaba un auténtico veneno para Josef, obligado a respirar. Sin embargo, en aquel instante, Josef contemplaba al hombre que tenía enfrente, habiendo olvidado incluso el pestilente tufo húmedo que impregnaba cada rincón. "Vistes la muerte con torpeza. Bastaría un solo suspiro para hacerla volar en pedazos." Era un hombre que había perdido todo rastro de color. Y sin embargo, aquel que en tiempos remotos poseyó una luz más resplandeciente que la de nadie se hallaba ahora ante sus propios ojos. "No comprendo del todo a qué os referís, Majestad." Aunque se esforzó por no delatarlo, fue inevitable que el corazón le diera un vuelco al escuchar la voz de Frausen. Y los violentos latidos que sacudían el pecho de Josef en ese momento no brotaban únicamente del peligro. 'El mismísimo Rey Fundador...' Aquel hombre surgido de los libros de cuentos que su madre le leía durante su niñez se encontraba ahora ante los ojos de Josef. La figura del Maestro de la Espada, a quien había admirado con vaga fascinación desde pequeño, siempre había sido para Josef como una pompa inalcanzable. "...No me llames Majestad." Sin embargo, el Josef del presente ya no era el niño de entonces, y el hombre que tenía delante tampoco era ya un caballero glorioso. Caminando por un sendero abismalmente distante de la imagen que alguna vez soñaron ser, ambos avanzaron en silencio a través de aquel pasillo impregnado de humedad. \*Chiiik.\* El lugar al que Frausen condujo a Josef, librándolo de una situación crítica, fue su propia habitación. Era un aposento espacioso y pulcramente ordenado, incomparable con cualquier otra estancia que hubiera visto hasta entonces, y en el que, al menos, no penetraba el repugnante hedor que tanto atormentaba a Josef. "Toma asiento." "Sí." Al contemplar la habitación de Frausen, en la que no ardía una sola vela, el rostro de Josef se endureció, como si recién hubiera espabilado por completo. Después de todo, acababan de traerlo tras haber sido descubierto escuchando a escondidas la conversación de los magos negros, por lo que nada de lo que pudiera suceder a partir de ese momento resultaría descabellado. "Josef de Bayezid. Tenía la intención de reunirme contigo alguna vez." "..." Quizá se debía a que llevaba demasiado tiempo sumido en la penumbra, pues, aun en una estancia desprovista de toda luz, a Josef le pareció distinguir con claridad a Frausen frente a él. "Tengo entendido que fuiste tú quien reclutó por primera vez a ese muchacho llamado Vlad, ¿no es así?" Su rostro permanecía petrificado y rígido como el de un cadáver. No obstante, en el instante en que salió a relucir el nombre de Vlad, en sus facciones pareció cobrar forma un atisbo de expresión. Josef no alcanzaba a discernir qué emoción entrañaba aquel gesto, pero, a diferencia de antes, transmitía con certeza la sensación de estar un poco más vivo. "Así es." "Bien. Entonces cuéntame." \*Fsssh.\* Aquella vela no debía de ser más que un mero adorno; al fin y al cabo, al no encontrarse con vida, Frausen no requería del más mínimo resplandor. "Desde el comienzo, con calma. Dime qué aspecto tenía ese muchacho." Aun así, en ese momento, Frausen raspó una cerilla por su propia cuenta y prendió la vela en el interior del oscuro aposento. Aunque probablemente lo hiciera por consideración al invitado que tenía delante, el propio Josef tuvo la corazonada de que aquella luz que contemplaba no estaba destinada en verdad para él. "Si respondes con sincera devoción, fingiré no haber visto esto." Al otro lado del titileo de la vela, Frausen sonreía con tenue levedad. Sin embargo, a Josef le resultó imposible sonreír junto a él, pues lo que Frausen sostenía en la mano en ese instante era la diminuta taza de té que Josef tanto se había esforzado por mantener oculta. Al contemplar aquella taza de factura enana, que jamás se manchaba a pesar de haber contenido hasta hacía nada una infusión renegrida, a Josef no le quedó más remedio que mudar el semblante. \*\*\* Ya habían transcurrido dos semanas desde aquella atroz batalla. Los asientos vacíos esparcidos por doquier y las tumbas que se habían multiplicado en igual número continuaban trayendo consigo un hondo desconsuelo, pero la frondosa empalizada verde que se había alzado en su lugar servía de inmenso consuelo para los elfos. "¿Cómo sigue vuestro brazo?" Asimismo, desde la habitación donde se encontraba Vlad en ese instante, se alcanzaba a divisar la empalizada verde de Ausrina. Con el dibujo trazado por el Joven Árbol del Mundo a sus espaldas, Vlad contemplaba a Zayar desde arriba y no pudo evitar que una expresión compleja se dibujara en su rostro al mirar las vendas que envolvían el brazo de su maestro. "...El brazo es lo de menos; lo que ahora me incomoda un poco son las piernas." En torno al brazo izquierdo de Zayar, perforado por la espada de Vlad, todavía se enrollaban apretadas capas de vendas blanquecinas. Se trataba de una herida de tal gravedad que cabía la posibilidad de que jamás volviera a empuñar una espada; sin embargo, a Zayar parecían molestarle más las cadenas que le aprisionaban los tobillos que su propio brazo izquierdo, inerte y colgante. "Ni hablar." "Si ni siquiera he dicho nada todavía." "No olvidéis que ahora vuestra condición es la de un prisionero." Aunque para Vlad era un maestro al que lo unían profundos lazos, para los elfos de Ausrina Zayar no era más que un hombre siniestro que había llegado en compañía de entidades perversas. Tendido en la cama, habiéndose quitado ya incluso el parche del ojo, Zayar asintió con la cabeza, concediéndole la razón a Vlad. "Bien pensado, tampoco tendría nada que reprochar si decidieran matarme ahora mismo." Al ver cómo Zayar soltaba una risilla burlona tras decir aquello, a Vlad se le escapó un breve suspiro de perplejidad. Aquel aplomo tan característico de Zayar, capaz de embaucar a cualquiera en cualquier momento y lugar... Contemplando en él esa faceta que tanto había deseado aprender, tanto como su esgrima, Vlad tomó asiento. "Ahora habladme. ¿Por qué demonios hicisteis algo así?" "..." Sin embargo, la atmósfera que se había distendido por un breve instante volvió a congelarse gélidamente con esas palabras. Hasta hacía un segundo Vlad se preocupaba por las heridas de su maestro, pero, en un parpadeo, una determinación implacable anidó en sus ojos azules mientras clavaba la mirada en Zayar. "Os advierto de antemano que lo que os digo ahora no es una súplica." La mirada de Vlad se tornó glacial, como trazando la línea de que las consideraciones dictadas por el mero afecto alcanzaban solo hasta allí. Al percatarse de ello, intuyendo que ya no le sería posible seguir fingiendo ni ocultándolo por más tiempo, Zayar cerró el único ojo que le quedaba. "Lo lamento." "Ahorraos las disculpas. ¿Dónde está ahora esa mujer negra?" \*Chiiik.\* Un sonido áspero y estridente brotó de la silla cuando Vlad la arrastró bruscamente hacia sí. Aquel chirrido que taladró los oídos de Zayar evidenciaba la férrea resolución de Vlad de no ceder ni un milímetro en esa estancia. "Por lo que yo sé, las personas a las que esa mujer ha asesinado superan los centenares. Y si sumamos las que desconozco, sobrepasarán con creces el millar." "..." "Lo que hace verdaderamente vil a esa maldita perra es que solo busca y masacra a los más débiles, como a los niños." "Si hubiera sido cuestión de matar a cualquiera como si libráramos una guerra corriente, ni siquiera me habría molestado en llegar tan lejos." Vlad jamás se había considerado a sí mismo una persona justa. Tan solo creía con firmeza que, por el mero hecho de ser humano, existía una línea infranqueable que debía respetarse. Si no se había extraviado en aquellos callejones inmundos como cloacas, era gracias a esa mínima conciencia que había defendido con ferocidad a lo largo de su vida. "Por eso... ¿dónde está esa perra ahora mismo?" Y en ese instante, Vlad se encontraba sentado allí precisamente para salvaguardar la línea que él mismo se había trazado. Devolver tanto como había recibido y velar por aquellos con quienes compartía un lazo; la determinación de Vlad era tan inquebrantable como la sólida empalizada que se alzaba a la vista en el exterior. "Ni siquiera yo sé dónde se encuentra." "Zayar." "Es que esa perra de la que hablas no es alguien que pertenezca a un 'dónde'." Al advertir semejante determinación en Vlad, a Zayar no le quedó más remedio que hablar. Aunque resultaba un poco antes de lo previsto, alguien como Vlad merecía con creces conocer la verdad. "Esa mujer llamada Lamashtu vive en los recuerdos. No soy hechicero, de modo que ignoro los detalles, pero al menos sé que no pisa esta tierra con los pies." La mujer llamada Lamashtu a la que Zayar había investigado no era un ser que existiera en la realidad física. No era más que una presencia instalada en una quimera inflada cual pompa de jabón, una entidad que emergía de tanto en tanto a la manera de una pesadilla. "Sin embargo, puedo indicarte unos cuantos pasajes que comunican con ella. Aunque ignoro si seguirán abiertos ahora mismo." No obstante, aquella burbuja tenebrosa, que aquellos con responsabilidades debieron haber disipado mucho antes, rebosaba ya a tal punto que amenazaba la realidad misma. "Márquelos." Hacia Vlad, que sostenía el mapa con serenidad, Zayar alzó el brazo derecho, el único que aún le quedaba ileso. La mano con la que iba señalando uno a uno los puntos sobre el mapa le temblaba, pero ni Vlad, que ansiaba respuestas, ni Zayar, que revelaba la verdad, pronunciaron una sola palabra. "¿Por qué no me lo preguntas?" "¿El qué?" "Sobre Lord Josef." Tras marcar el último punto que recordaba, Zayar continuó hablando mientras sus labios resecos se movían con pesadez; sin embargo, la contestación de Vlad tardó largo rato en llegar. "Pienso ir en persona a preguntárselo." "Ya veo..." Zayar intentó transmitirle el último mensaje que le había confiado Josef, pero al oír las palabras que Vlad acababa de pronunciar, decidió desistir. Pensó que, entre dos hombres que pronto se verían cara a cara, no hacía falta ningún emisario. \*\*\* "Mi señor Peter. Traigo un informe." En un despacho de la ciudad de Sturma, donde el gélido aliento invernal aún no terminaba de disiparse. En aquel aposento donde los libros en las estanterías eran tan abundantes como las espadas apoyadas en los rincones, el consejero Ragmus se presentó ante Peter sosteniendo unos cuantos pliegos de papel en la mano. "Se informa de que la Casa Gaidar marcha hacia el norte, en dirección al paso occidental." "..." Peter, que llevaba un largo rato hojeando documentos, enarcó las cejas ante las palabras de Ragmus. La Casa Gaidar del oeste, la cual se había replegado tras recibir un golpe devastador en la gran batalla campal de Deomar hacía unos años. No obstante, como si ya hubiesen subsanado aquellas pérdidas, volvían a erguir la cerviz con la intención de arrancar el escudo del norte que bloqueaba el desfiladero. "Es más rápido de lo previsto." "Todo indica que han contado con el respaldo del Duque de Oro." Aunque, a decir verdad, debían de ser las maquinaciones ocultas del Duque de la Sangre de Dragón. El avance del ejército de Gaidar, que volvía a marchar hacia el norte en sincronía con las huestes que partían de las tierras centrales, era a todas luces una maniobra artera que difícilmente podría concebirse sin alguien moviendo los hilos entre bastidores. "Si intentamos defender hasta esa posición, la línea del frente se extenderá en demasía. Por ahora, debemos ordenar el repliegue." "¿Hasta dónde haremos retroceder a las tropas?" Aunque se tratara de la fortaleza del Paso de Olanbar, donde confluían las fuerzas de los Siete Señores del Norte, aun así resultaría inviable contener al unísono al ejército de Gaidar y al del Duque de Oro. Peter, que ostentaba el mando supremo sobre aquel sector, decidió ordenar la retirada en primera instancia para recortar un frente que amenazaba con dispersarse en exceso. "Hasta Deomar." Tras clavar la mirada en el mapa durante unos instantes, Peter tomó la pluma y trazó una marca sobre el punto donde figuraba Deomar. Deomar, que además quedaba cerca de su propia urbe, Shoara, era un enclave propicio que, a pesar de sus modestas dimensiones, no suponía una carga para congregar a los linajes norteños. "Y... mi señor Peter." "¿Hum?" "Aquí lo tiene. Es el informe de Lord Josef." Aunque Peter había mantenido los nervios en tensión debido a la repentina ofensiva enemiga, fue únicamente ante la nota que Ragmus acababa de extenderle que su semblante severo se suavizó por completo. "Cuánto tiempo..." "Contenía información de semejante trascendencia." A pesar de haber sido doblado con esmero, el pedazo de papel donde constaba el informe presentaba bordes desgarrados con tosquedad, como si hubiese sido arrancado a toda prisa. Al evocar las manos de su hijo jalándolo con desesperación en aquel instante, Peter desdobló la nota mientras en su rostro se dibujaba una mezcla agridulce de emociones. "Hizo cuanto estuvo a su alcance." "Así es." En el centro del pliego figuraba la caligrafía familiar de su vástago. A diferencia de épocas pasadas, era una letra desdibujada y trémula, pero al tratarse de un hijo de su propia sangre, era un trazo que Peter reconoció de inmediato. "Prepara el despacho arcano, Ragmus. Es imperativo notificar al Duque de Acero y a la Iglesia Ortodoxa." Tras leer la nota de principio a fin, Peter examinó minuciosamente el mapa que tenía enfrente y volvió a tomar la pluma. "¿No será prudente informar también al Duque de la Corte?" "A él se lo comunicará el Duque de Acero. No conviene que salgan demasiados despachos de nuestras manos." Aun frente al mensaje que le había remitido su desventurado hijo, Peter no mostró la menor vacilación. Se limitó a juzgar los hechos con fría templanza para cumplir cabalmente con su cometido como señor feudal y gobernante. "Cancelo la orden anterior. Replegaremos a las fuerzas de la Alianza del Norte hasta Shoara." Al compás de las palabras que acababa de dictar, Peter trazó un grueso aspa sobre la marca que había dibujado en Deomar. Más allá de Deomar, hasta la mismísima Shoara. Al contemplar cómo Peter retrasaba al máximo la futura línea defensiva sobre el plano, el consejero Ragmus asintió con solemnidad. "Entendido, señor conde." Al ver la silueta de Ragmus traspasar el umbral del despacho tras pronunciar aquellas palabras, solo entonces Peter se puso de pie en sosegado silencio. Tras desdoblar una vez más con sumo cuidado el mensaje de su hijo que acababa de examinar, extrajo un pequeño tomo de la estantería que tenía a sus espaldas e intercaló con delicadeza la nota entre sus páginas. "Estoy orgulloso de ti... Josef." La portada del libro que Peter sostenía exhibía una ilustración vivaz y colorida, de esas que cautivan la mirada de los niños pequeños. En aquel gastado libro de cuentos infantiles que tanto fascinaba a su segundo hijo durante su tierna infancia, aparecía plasmada la estampa de un valeroso caballero que arremetía a la carga contra un colosal dragón. \----- • Autor: Q10 • Traductor: Inmensurable ⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨
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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 245

Estás leyendo el capítulo 245 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.