Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 244 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Unos cálidos rayos de sol se filtraban a través del frondoso follaje. El bosque de hoy lucía tan sereno y límpido que costaba creer que fuese el mismo escenario donde el día anterior se había librado una encarnizada batalla. En aquel bosque en calma donde únicamente se escuchaba el trinar de las aves, incluso los cadáveres que se habían agitado con fiereza yacían sumidos en un sueño profundo del que jamás despertarían, como si por fin hubiesen hallado el descanso.
"¿Despertaste?"
Sin embargo, el reposo eterno solo les correspondía a los muertos. A diferencia de aquellos que permanecerían tendidos para la eternidad, Vlad, que apenas acababa de abrir los ojos, giró la cabeza con lentitud al percibir la voz de la muchacha resonando junto a su oído.
"..."
"Dicen que ese señor no murió. Es un alivio, ¿verdad?"
Como si el precio de haber albergado al Árbol del Mundo no hubiese sido baladí, un dolor lacerante e insufrible aún recorría el cuerpo entero de Vlad. Por eso mismo ni siquiera era capaz de articular palabra como es debido; sin embargo, la joven doncella del oráculo no dejaba de parlotear, como si supiera de antemano todo cuanto él deseaba expresar.
"Pero parece que quedó muy malherido y tal vez pierda el uso de un brazo".
"Ugh..."
Vlad había agotado hasta el vigor necesario para hablar en el encarnizado combate del día anterior. Pese a ello, sintiéndose algo incómodo ante la presencia de la doncella del oráculo, hizo un esfuerzo por incorporarse y erguir la espalda.
"... Si es solo eso, ya es una fortuna".
La brillante luz del sol caía sobre la cabeza de la doncella del oráculo, que se recortaba contra la ventana. Su cabello rubio platinado refulgía con un fulgor tan níveo que resultaba cegador para Vlad, recién despierto; aun así, pudo distinguir el pequeño cuaderno de bocetos que sostenía entre las manos.
"¿Qué es eso? ¿Una revelación?"
"No".
Aunque solía conceder revelaciones por medio de dibujos, hoy esbozó una sonrisa complacida, dando a entender que no se trataba de eso.
"Después de todo, Vlad ya no necesita ninguna revelación, ¿verdad?"
Las palabras que la doncella acababa de pronunciar encerraban, por alguna razón, una resonancia singular. Mientras Vlad permanecía absorto en lo que ella decía, de pronto reparó en una hoja de dibujo blanca depositada sobre su mano.
"Dijo que te daba las gracias. Por haber dibujado una escena magnífica en su lugar".
"... ¿De verdad?"
Era una hoja arrancada de un tirón del cuaderno de bocetos que ella sostenía. Parecía un dibujo hecho sin el menor esmero, pero al contemplarlo, una tenue sonrisa comenzó a dibujarse en el rostro de Vlad.
"Aun así, sigues dibujando fatal".
"¿Eh?"
Tal como siempre, los trazos eran torcidos e irregulares. Sobre aquel papel que parecía el garabato de un niño pequeño, aparecía un retoño que, aun siendo un árbol, sonreía de oreja a oreja, y a su lado se hallaba él mismo, erguido con una espada en la mano.
\* \* \*
En las entrañas mismas de la ciudad de los elfos.
A diferencia del exterior bañado por el sol, en la mazmorra élfica, donde solo reinaban las tinieblas, resonaba el clamor desgarrador de un hombre.
"¡Dios mío! ¡Por piedad!"
Los alaridos desesperados brotaban del Conde Bitskaya, colgado boca abajo. Hallarse bañado en sangre delataba que había padecido un tormento atroz; sin embargo, no se apreciaban heridas letales, clara señal de que el interrogatorio corría a cargo de un consumado experto.
"¡Obispo Pierre! ¡Mi devoción hacia Dios jamás ha flaqueado! Si ahora mismo me ordenara recitar las oraciones, lo haría sin errar una sola letra... ¡Aaaaargh!"
Tsssss.
El conde proclamaba su inocencia con voz lastimera, pero el clérigo apostado ante él no parecía tener intención alguna de escuchar confesiones. Blandiendo un hierro candente en lugar de las Sagradas Escrituras, el obispo Pierre, con semblante impasible, terminó de abrasar y desprender la piel restante, limitándose a inquirir:
"¿Desde cuándo conspirabas con ellos?"
"¡Ugh! ¡Aaaaaaargh!"
"¿Desde hace cinco años? ¿O acaso lleva más tiempo?"
Ante los atroces alaridos que resonaban en la mazmorra, incluso los elfos apostados tras los barrotes apartaban la mirada, incapaces de soportar la escena. Sin embargo, Pierre, como fiel siervo de la voluntad de Dios, ejecutaba su labor en silencio para arrancar la verdad en medio de aquel infierno.
"No te conviene intentar engañarme. Ya eras un elemento subversivo vigilado de cerca por la Santa Sede".
"¡Huuuh!"
El rostro del conde palideció aún más al oír que llevaban tanto tiempo tras su pista.
El obispo Pierre: el Sacerdote Exorcista e Inquisidor del que se enorgullecía la Santa Sede. Frente a un hombre que había purgado a decenas de aberraciones siniestras y consumido en la pira con sus propias manos a centenares de infieles, el Conde Bitskaya no representaba más que un bocado insignificante.
"... Con... conspirar, no fue tanto como conspirar..."
"Los elfos de este sitio afirman que, en su origen, el Absilon no era una sustancia destinada a inducir el suicidio".
Pierre depositó el hierro candente y recogió unas pequeñas pinzas mientras continuaba. Parecían unas tenacillas incapaces de dañar a nadie, pero al conde le inspiraban más terror aquellas tenacillas de propósito ignoto que el mismísimo hierro al rojo vivo.
"Aun cuando poseyera una capacidad adictiva imposible de quebrar".
"..."
El Absilon, la droga de los elfos que había convulsionado la capital, Brigantes. Considerando que tan solo los nobles cortesanos que se quitaron la vida tras consumirla se contaban por decenas, resultaba evidente que nadie podía traficar con semejante ponzoña a menos que albergara una malicia fuera de lo común.
"¿Desde cuándo habrá sido? ¿En qué momento se añadió una ponzoña tan negra a la sed de venganza que albergaban los elfos?"
Sin embargo, incluso los propios elfos que destilaron el Absilon sostenían que jamás lo crearon para matar a nadie. Afirmaban que, si bien pretendían enfermar con lentitud al imperio, nunca desearon una consecuencia tan radical. Sabían de sobra que, de provocar tal desastre, Ausrina correría un peligro letal a manos del imperio.
"A mi entender, da la impresión de que este desaguisado se originó en tu propio feudo, ¿no es así?"
Alguien había inoculado ponzoña en el imperio escudándose tras los elfos. A través de la mirada temblorosa del conde, Pierre pudo cerciorarse de que existían entidades empeñadas en valerse del nombre ajeno para avivar el odio mutuo.
"¿Acaso fue obra del Duque de la Sangre de Dragón, después de todo?"
Trazar divisiones sin tregua, escindir, fracturar. Había quienes sonreían en medio de las profundas simas de discordia que así engendraban. Hacia aquellos que se enroscaban como víboras en cada punto donde convergían los mundos, el devoto siervo de Dios comenzaba al fin a aproximar una pequeña antorcha.
"¡Lo... lo diré! ¡Por favor, piedad...!"
En pos de la senda recta en la que creía, Pierre blandió la cólera en lugar de la sagrada palabra divina.
Sin embargo, el aspecto de aquellas alimañas ponzoñosas, revelado a través de los labios entreabiertos con esfuerzo por el conde, resultó ser mucho más abominable de lo que Pierre había previsto.
\* \* \* \*
A lo largo del húmedo corredor se filtraban voces coléricas. Eran tonos extraños y grotescos que erizaban la piel con solo escucharlos, pero Josef, oculto tras la rendija de una puerta para espiar a hurtadillas, no hacía más que aguzar el oído y concentrar todos sus sentidos.
"Debemos dispersarnos de nuevo, incluso ahora. Ya nos hemos expuesto demasiado".
"¿Dispersarnos otra vez cuando apenas acabamos de reunirnos de este modo? ¡Si hacemos eso, podríamos tardar cientos de años!".
Al otro lado de la puerta frente a la que se hallaba Josef, decenas de magos negros intercambiaban palabras con violencia, hinchándoseles las venas del cuello por la exaltación. Si se sumaban aquellos que permanecían en silencio, probablemente constituirían cientos de individuos; sin embargo, el hecho de que no se escuchara ni un solo sonido de respiración mantenía en vilo los nervios de Josef incluso en ese instante.
"¡Si no es ahora, jamás volverá a haber otra oportunidad! ¡Porque en toda la historia, el imperio jamás había estado sumido en semejante caos!".
Ahora que Lamashtu se había retirado provisionalmente a causa de las heridas infligidas por Vlad, los magos negros convocados por ella comenzaban a enseñar los colmillos con lentitud. Aunque pertenecían a un mismo mundo sombrío, los sueños que albergaban eran totalmente dispares, y alzaban la voz unos contra otros como si este fuera el momento definitivo para alcanzar sus propios objetivos.
"¡Digo que ahora es el momento en que debemos dar un paso al frente y gobernar el imperio! ¡Será, ni más ni menos, el nacimiento de un majestuoso imperio mágico!".
"No me interesan esos asuntos tan banales. A mí solo me despierta curiosidad la hechicería de creación del mundo que ella decía desear".
"¡Ataquemos primero a los bastardos de la Santa Sede y de la Iglesia Ortodoxa del Norte! ¿Acaso son pocos los compañeros que han caído en sus manos a lo largo de este tiempo?".
Algunos lo hacían por ambiciones inconclusas, otros por verdades aún no halladas, y otros tantos por una venganza grabada hasta los huesos.
Josef podía percibir con nitidez que en cada una de las palabras que escupían anidaba un veneno azabache capaz de teñir al mundo entero en tinieblas. No obstante, al situarse en extremos tan radicales, sus palabras, a las que nadie jamás prestaba oído, se habían desvanecido siempre en un vacío estéril sin alcanzar a nadie.
Al menos, así había sido hasta que una mujer llamada Lamashtu los congregó en uno solo.
"...Al menos es un hecho indudable que este es el momento propicio para que alcancemos algo".
En ese instante, Josef reconoció una voz familiar que provenía desde el interior de la sala.
Era el innominado caballero decapitado, el esbirro de confianza de Lamashtu. En cuanto aquel ser, que lo había guiado hasta las profundidades de ese corredor, abrió la boca, los magos negros que hacía apenas un instante discutían acaloradamente comenzaron a guardar silencio.
"Y todos estuvimos de acuerdo en que, para lograrlo, primero debía consumarse la gran hazaña de Lady Lamashtu".
¿Qué clase de hazaña pretendía consumar Lamashtu en primer lugar? ¿Qué tretas habían desplegado hasta ahora con tal de conseguirlo? Con el fin de escuchar la voz del caballero decapitado a punto de revelarlo, la oreja de Josef se pegó todavía más al marco de la puerta.
"Aunque el Duque de la Sangre de Dragón nos haya traicionado, todavía poseemos otro fragmento de dragón".
Ciertamente, el ejército de Radu que había sitiado la ciudad de Mosiam mostraba un proceder sospechoso. Josef no sabía cómo estaban las cosas ahora, pero al menos hasta ese entonces el Duque de la Sangre de Dragón y Lamashtu habían sido cómplices, y parecía que él la había atraído y manipulado mediante aquel objeto denominado fragmentos de dragón.
"Aunado a eso, ya hemos recolectado en abundancia no solo la esencia de los espíritus, sino también el tierno potencial de los niños. Ahora solo nos hacen falta las raíces del Árbol del Mundo".
El fragmento más perfecto del mundo, el tierno potencial capaz de convertirse en cualquier cosa y las raíces del Árbol del Mundo que podían alzarse hasta los confines del firmamento.
"Una vez que reunamos eso, Lady Lamashtu se erigirá como la dueña del mundo que ella misma creará".
A través de todos esos elementos, Lamashtu deseaba convertirse en un dios. Siquiera por el bien de aquellos tiernos niños a quienes el mundo actual simplemente daba la espalda. Probablemente en el mundo que ella soñaba ningún infante sufriría, pero el método que había elegido para materializarlo no era más que la peor de las blasfemias que jamás nadie hubiera podido concebir.
"¡...!".
Al comprender al fin el verdadero propósito de Lamashtu, Josef ahogó un grito en su garganta. Ante aquel colosal plan que rebasaba la imaginación de cualquier mortal, Josef dejó escapar, sin darse cuenta, una bocanada de aire brotada desde lo más profundo de su pecho.
¡Creeeeck!
Y en aquel recinto donde nadie respiraba, el aliento exhalado por Josef resultaba algo demasiado ajeno e insólito. Al percatarse de esa respiración, el caballero decapitado empujó su silla emitiendo un chirrido estridente.
"¿Quién anda ahí?".
Desde el interior de la sala, los pasos pesados del descabezado se aproximaban a paso firme. Sin embargo, Josef, sin tener ningún sitio propicio hacia donde huir, era incapaz de ocultar su consternación sin saber hacia dónde moverse.
"No podía ser nadie más que tú. Josef Bayezid".
A través de la puerta que se abría lentamente, oscilaban los fuegos fatuos azulinos desprendidos por el caballero decapitado. En el momento en que aquella mirada, infinitamente gélida por albergar a la muerte en su interior, lo barrió de arriba abajo, Josef sintió como si el corazón se le detuviera de golpe.
"...".
Sin embargo, el caballero decapitado no dio un solo paso más hacia Josef. Se limitó a quedarse rígido como un témpano de hielo, clavando la vista por encima de la cabeza de Josef.
"¿Ha regresado?".
"Así es".
Josef se sobresaltó profundamente ante la voz que resonó justo por encima de su cabeza en ese instante.
"Parece ser que se perdió en el camino después de haberlo enviado a hacer un recado".
Aunque Josef no era un caballero, poseía una percepción sensorial innatamente aguda. Y sin embargo, tras su espalda se encontraba ya un hombre desprovisto por completo de color. Aquel hombre, del cual era imposible adivinar desde cuándo había estado apostado allí, abrió la boca mientras contemplaba los fuegos fatuos azules situados frente a él.
"Me llevaré a este sujeto".
"...Entendido. Lord Frausen".
"Ah, y otra cosa".
Frausen, quien hizo girar los hombros entumecidos de Josef, habló con ademanes naturales mientras se lo llevaba de allí:
"El corazón de dragón todavía no les pertenece, ¿no es así?".
Mientras señalaba su propio corazón con un dedo en alto, añadió:
"Si desean obtener la legítima posesión de esto, tendrán que matar a Sarnus primero, tal como prometieron".
Tú, la muerte; yo, los fragmentos. Porque ese había sido el pacto que sellaron en aquel bosque ese día.
Con aquellas palabras, el hombre resucitado de la muerte y el hombre que marchaba hacia la muerte comenzaron a caminar por el oscuro corredor. Aunque fuera un corredor del que no pudiesen escapar por más que caminaran y caminaran, aun así avanzaban incesantemente hacia adelante.
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• Autor: Q10
• Traductor: Inmensurable
⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨

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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 244
Estás leyendo el capítulo 244 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.