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Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 242 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
¡Rrrrummm! Bajo las raíces del deslumbrante Árbol del Mundo se desataba una violenta vibración. Aquel temblor era tanto el ademán convulsivo con el que el Árbol del Mundo pugnaba por erguirse, como el rugido desgarrador de la Espada Matadragones que pugnaba por conectar un mundo con otro. "Oh, cielos..." Los ancianos abrieron la boca de par en par, incapaces de articular palabra mientras contemplaban una vez más el mundo de los elfos que acababa de reconstituirse. El mundo cónico colmaba el interior del joven Árbol del Mundo. La visión de aquella fórmula de la barrera, erigida a lo largo de incontables eras y que ahora descendía con lentitud, despertaba una extraña y solemne conmoción en medio de una tensión extrema. "¡Por fin!" Al alcanzar por fin la Espada Matadragones, la fórmula de la barrera de los elfos comenzó a fundirse con lentitud. Tras derretirse desde su base hasta convertirse en un polvo resplandeciente, la fórmula, prescindiendo por completo de su abrumador volumen previo, se transformó en un único trazo que fue grabándose con calma sobre la hoja de la espada. "¡Se logró! ¡Lo está logrando!" Al presenciar la escena, exclamaciones de júbilo estallaron de las gargantas de los ancianos. Aquello mostraba un aspecto diametralmente opuesto al de las espadas que habían visto en el pasado. A diferencia de aquellas armas, la Espada Matadragones no estallaba ni se desmoronaba; permanecía erguida revelando con nitidez su fulgor plateado original. ¡Wuuunnn, wuuunnn! Aun cuando las toscas fórmulas que se clavaban en su cuerpo le causaran un suplicio doloroso, la Espada Matadragones resistía con serenidad inquebrantable, esforzándose por soportarlo todo. Pues para un arma nacida de la luz de las estrellas, esta tierra sumida en el peligro representaba algo semejante a la patria donde había visto la luz. "..." Sin embargo, al escuchar desde atrás los alaridos agónicos que profería la Espada Matadragones, la expresión de Vlad se tornaba cada vez más sombría. Aunque los ancianos lo ignoraban, Vlad, que compartía el mismo mundo con la Espada Matadragones, advirtió que su espada había alcanzado su límite absoluto. Y, tal como temía, el mundo cónico que se fundía comenzó a inclinarse lentamente. ¡Ruuuumbaaaa! No era un estruendo perceptible por el oído humano, sino un derrumbe que resonaba de lleno a través del alma. Al contemplar cómo el mundo cónico perdía el centro de gravedad cual árbol que cae desplomado, los rostros de los ancianos, rebosantes de júbilo hasta hacía un instante, se tiñeron de un tono cenizo. El anciano Gerónimo, que presenciaba la escena junto a ellos, soltó un lamento desgarrador, incapaz de digerir la inminente catástrofe. "No es posible... No puede ser." Pese a su clamor desesperado, el mundo de los elfos continuaba inclinándose de forma cada vez más precaria. La Espada Matadragones, que sostenía su base, agotaba todas sus fuerzas intentando equilibrarlo; sin embargo, el deber que debía acoger era demasiado abrumador y el mundo que debía desplegar resultaba excesivamente vasto. ¡Trrr-trrr-trrr! El joven Árbol del Mundo, que contemplaba la escena, se estremecía en llanto. Como si le desgarrara ver aquel mundo de los elfos que amenazaba con derrumbarse sobre él. No obstante, incapaz aún de extender una sola rama hacia un mundo que todavía no se hallaba enlazado, el joven Árbol del Mundo no podía más que temblar con todo su ser ante el colapso del mundo élfico. \*\*\* ¡Grrrrr! ¡Kuaaaah! Las vibraciones que retumbaban en el bosque eran ominosas. No se trataba únicamente del temblor que brotaba desde las entrañas de la tierra; sobre la superficie, incontables entidades pisoteaban con furia el suelo. "¡Son demasiados! ¡Líder de escuadra!" "¡Las trampas no sirven de nada!" Había una marea de cadáveres que avanzaba a la carrera tiñendo de negro absoluto la frondosidad del bosque verde. Con los ojos desorbitados mostrando solo un blanco espectral y arremetiendo a ciegas, aquellos seres avanzaban hacia un único destino, sin importarles en lo más mínimo las andanadas de flechas que disparaban los elfos. ¡Buum! ¡Craaash! El estruendo ensordecedor de las trampas al ceder resonaba por doquier. A pesar de quedar sepultados en fosos profundos o ensartados en estacas de madera que brotaban del suelo, la marea negra que marchaba hacia Ausrina no daba el menor atisbo de detenerse. "... ¡Nos retiramos!" No hacía falta mirar más allá. Al confirmar que la primera línea para contener a los invasores había sido quebrantada, el líder de escuadra apretó los dientes y prendió fuego a la almenara que tenía al lado. "¡Atrás todos! ¡Repliéguense a la segunda línea!" Acatando la orden del líder de escuadra, los elfos apostados para la interceptación comenzaron a retroceder a toda prisa. No obstante, la marea negra de cadáveres que se cernía sin conceder un instante de tregua poseía una velocidad tan feroz que alcanzaba incluso la legendaria agilidad de los elfos. ¡Kuaaaaaah! "¡Maldita sea! ¡¿Cuándo llegaron hasta aquí?!" Por encima de aquel alarido que alguien acababa de proferir, se elevaba una densa humareda negra. Aquel humo, visible incluso desde Ausrina, había comenzado a brotar mucho antes de lo previsto por Baradis. "Se divisa humo, señor Baradis." "..." Baradis, que examinaba la situación frente a la empalizada, se mordió el labio con fuerza ante el informe que llegaba a su lado. "¡Llega un reporte de que la segunda línea ha trabado combate con el enemigo!" "Comandante. Dicen que no se ve a ninguno de los hombres que debían replegarse de la primera línea." Al enterarse de que ni un solo combatiente había conseguido replegarse, el semblante de Baradis volvió a descomponerse. A pesar de haber sido seleccionados con rigurosa exigencia para destinarlos a la vanguardia más peligrosa, la velocidad de avance del enemigo superaba con creces cualquier pronóstico de Baradis. 'Es una velocidad absurda.' Desorientar con flechas, frenar con trampas. Aunque Baradis había planeado ganar el mayor tiempo posible antes de que los adversarios alcanzaran Ausrina, sus intentos se habían desmoronado desde el primer momento. 'Y son demasiados.' Aun cuando el bosque constituía una muralla natural, ni siquiera aquella densa arboleda bastaba para frenar a los millares de cadáveres liberados por los malvados. Además, por alguna razón incomprensible, aquellos muertos en marcha embestían directamente hacia donde estaban los elfos, sin vacilar ni perderse en lo más mínimo a través de los intrincados senderos del bosque. "Es magia negra." En ese instante, una voz sosegada resonó a espaldas de Baradis. Provenía de la Gran Madre de la tribu Luga, quien sostenía una pipa entre los labios. "Al caminar por las tinieblas, no tienen necesidad de buscar el camino correcto." Aunque se tratara de una manifestación abyecta, la magia negra también derivaba del misterio. Reconociendo un ardid que únicamente los de su misma calaña podían descifrar, la Gran Madre de la tribu Luga sacudió la ceniza de su pipa con evidente disgusto. "¿Cuántos enemigos más se avecinan?" "... Echaré un vistazo." Aunque todavía no fueran camaradas ni hermanos de armas, la Gran Madre accedió a la petición de Baradis. Pues tras la empalizada de Ausrina que cubrían con sus espaldas, no solo estaban los elfos, sino también los amados niños de la tribu Luga. Fuuu... De la profunda bocanada expulsada por la Gran Madre brotó un espeso humo acre. Impulsado por el viento, su aliento místico cruzó el bosque en un parpadeo, dirigiéndose hacia las huestes humanas apostadas en el exterior. 'Pensar que tantos magos negros se han congregado aquí.' A través del misterio, pudo ver que más allá del bosque se alineaban varias decenas de magos negros. Cada uno de ellos recitaba extraños encantamientos en sintonía con el mundo que había edificado. No obstante, entre todos ellos, la Gran Madre de la tribu Luga divisó a una mujer que desprendía una presencia descomunal. '¿Es esa mujer?' Saltaba a la vista que era un ser fuera de lo común: una mujer ataviada con ropas negras de luto. Aunque un espeso velo le cubría el rostro impidiéndole verla con detalle, el rojo encendido de sus labios bastaba para intuir la perturbadora belleza que poseía. "¡...!" Al clavar la mirada en ella, un súbito escalofrío trepó por la espalda de la Gran Madre de la tribu Luga, cortándole la respiración por un instante. Pues la mujer, como si hubiera advertido su mirada, sonreía. "Hola." Con una sonrisa pálida como la de un cadáver, sus miradas se cruzaron, y ante aquel gesto, la Gran Madre de la tribu Luga agitó las manos a toda prisa para disipar la densa nube de humo que la rodeaba. "Santo cielo..." "¿Qué sucede?" Al ver a la Gran Madre de la tribu Luga sobresaltada de semejante manera, Baradis inquirió de inmediato; sin embargo, ella se limitó a incorporarse apoyándose en su bastón, sin pronunciar palabra. "Es una maga de un calibre formidable. Jamás en mi vida había visto a un ser semejante." "..." "No será fácil, ni para ti ni para mí." Junto a las palabras de la Gran Madre, un fragor que hacía retumbar el suelo comenzó a aproximarse cada vez más. Al oír aquel estruendo pesado, Baradis tuvo la certeza de que incluso la segunda línea que había dispuesto caería muy pronto. \*\*\* "... Pero ¿qué pretendes...?" El anciano Gerónimo soltó un lamento desolado al contemplar el derrumbe de su mundo. En aquel preciso instante en que todo parecía perdido y no quedaba más que resignarse, Gerónimo sintió una ráfaga de viento rozarle el hombro. "¡Krrrgh!" Era el viento levantado por un hombre que había irrumpido en el altar sin que nadie tuviera tiempo de impedírselo. Con aquella ráfaga, Vlad trepó a la plataforma y, con un gesto ya habitual, aferró su espada con firmeza. "... ¡¿Por qué demonios duele tanto?!" Una sensación punzante, como si colmillos afilados le desgarraran la carne, se clavó de inmediato en ambas manos; aun así, Vlad no aflojó la presa con la que la sujetaba. Al ver a Vlad empujar con todas sus fuerzas para enderezar la Espada Matadragones que amenazaba con venirse abajo, los ancianos, atónitos, se quedaron con la boca abierta, incapaces siquiera de gritar. "\[¡Apártate de inmediato! ¡Es una fórmula despiadada que un cuerpo humano jamás podrá soportar!\]" Incluso Kihano, alarmado por el proceder temerario de Vlad, le exigía soltarla de inmediato, pero el joven persistía en su empeño, esforzándose desesperadamente por sostener la Espada Matadragones que cedía poco a poco. "¡¿Entonces qué quiere que haga?! ¡Dicen que esta es la última oportunidad!" Justo como Vlad acababa de decir, aquel cono que resplandecía en el interior del Árbol del Mundo representaba la última oportunidad que albergaba la esperanza de los elfos. Si esta fórmula de la barrera fracasaba, lo único que podría proteger Ausrina sería la empalizada improvisada que Baradis había levantado, y Vlad sabía de sobra que ni siquiera eso resistiría mucho tiempo. '¡... Pero!' Sin embargo, no debía hacerse de este modo. A simple vista parecía la Espada Matadragones, pero la esencia que aquella espada intentaba albergar era el mundo del joven Árbol del Mundo. La fórmula de los elfos no era más que un intento de tender un puente entre ambos, de modo que lo que Vlad intentaba erigir en ese instante no era una simple espada, sino un universo tan vasto y profundo como la propia Ausrina. "¡Caballero de los humanos! ¡Apártese de inmediato!" "¡Si permanece allí, terminará aplastado por el peso de su presencia existencial!" ¡Rrr-craaac! Junto a los gritos desesperados de los ancianos, las vibraciones que retumbaban bajo tierra se volvían cada vez más violentas. Eran los alaridos del suelo, incapaz de soportar un mundo que se tornaba progresivamente más pesado. "¡Kuaaaagh!" Sin embargo, como si fuera sordo a sus advertencias, Vlad no hacía más que aferrar su espada y continuar empujándola hacia arriba con terquedad. Su mundo dorado, manifestado al cerrar el ojo por mero instinto, fulguraba como si estuviera a punto de estallar; no obstante, aquello parecía no bastar, y las puntas de sus pies resbalaban lentamente hacia atrás. '¡Ciérralo!' "¡Ya lo cerré!" '¡Cierra también el ojo derecho!' No debía erigirla a través de la carne, sino mediante el mundo que portaba en su interior. Sin embargo, Vlad ya había desplegado el suyo propio con todas sus fuerzas, de modo que el único capaz de ayudar a erigir la espada era Kihano, quien moraba en sus adentros. "¡Igh!" Con el ojo izquierdo cerrado debía contemplar su propio mundo, y con el ojo derecho abierto debía observar la realidad terrenal. Vlad había aprendido que ese era el equilibrio necesario para transitar por el camino recto y la única manera de no ser devorado por el universo que él mismo albergaba; no obstante, ahora ya no quedaba otra opción. 'Despacio. Calma la respiración.' Cuando Vlad cerró el ojo derecho dando la espalda a la realidad, lo único que quedó ante su vista fue una oscuridad azabache. No obstante, a partir de ese preciso instante, los ancianos presentes en el plano terrenal pudieron divisar la silueta de alguien emergiendo a través del ojo derecho de Vlad. Aquella etérea figura, colocándose al lado de un Vlad que se crispaba bajo el esfuerzo, intentaba levantar junto a él la espada que amenazaba con venirse abajo. 'Mira a través de la espada que sostienes.' A través del filo que empuñaba, vio la figura del joven Árbol del Mundo intentando abrirse paso hacia esta realidad. El Árbol del Mundo, que hasta entonces no había tenido más vía de acceso hacia el exterior que la joven doncella del oráculo, estaba intentando forjar un conducto alternativo llamado la Espada Matadragones para conjurar la crisis de la tierra en la que había echado raíces. '¿Ahora lo ves?' Aunque era su propio mundo —aquel que escapaba a su control y en cuyas profundidades se iba hundiendo sin remedio—, la voz firmemente arraigada de Kihano continuaba resonando desde lo alto. Al alzar la cabeza siguiendo esa voz, Vlad pudo divisar una pequeña raíz que serpenteaba sobre él. 'Tráelo hacia ti.' La voz de Kihano se desvanecía poco a poco, pero Vlad comprendió lo que intentaba transmitirle. Su propio mundo era como un pincel destinado a colorear la realidad, pero también podía convertirse en un lienzo inmaculado para alguien más. Al contemplar aquel universo esmeralda que anhelaba plasmar algo a través de su ser, Vlad extendió hacia arriba, con cuantas fuerzas le quedaban, la mano con la que sostenía la espada. \*\*\* ¡Bum! ¡Crac! ¡Kuaang! El estruendo que sacudía la empalizada era ensordecedor. Aquel descomunal parapeto temblaba ante las brutales embestidas corporales, embates ciegos y suicidas que jamás cometería un ser viviente. ¡Kroaaar! ¡Kiiik! ¡Kiii-ik! "¡Capitán!" Uno de los cadáveres, logrando colarse a la fuerza a través de la hendidura, enseñó sus fauces con saña sanguinaria. Aunque tenía media cabeza destrozada, había conseguido abrir una brecha, y con sacudidas frenéticas del cuello —sin importarle desmembrar su propia carne— ensanchaba la fisura cada vez más. "¡No retrocedan! ¡Este es el último punto donde podemos resistir!" Con la segunda línea defensiva que tanto empeño les había costado levantar ya desmoronada, y reducidos ahora a la empalizada como último bastión, las únicas palabras que Baradis podía dirigir a los elfos eran la orden inflexible de no dar ni un paso atrás. ¡Fuuuh! Siguiendo el aliento que la Gran Madre exhalaba con dificultad, una humareda acre comenzó a esparcirse. Su humo, capaz de infligir tormento incluso a los muertos, forzó a los cadáveres a replegarse, pero ese respiro apenas duró un fugaz instante. ¡Tum! ¡Tum! ¡Tum! En ese momento, a través del claro que los cadáveres habían dejado libre, apareció una escena aterradora. Incluso en una visión enturbiada por el humo, se distinguía con total claridad una mole colosal. Parecía haber sido construida a base de embutir a golpes cuanto cadáver hubiera disponible, de un aspecto tan grotesco que provocaba náuseas con solo mirarlo; no obstante, el impacto que causaría semejante masa corporal sería descomunal. "¡Ese maldito engendro viene corriendo!" "¡Sostengan la empalizada! ¡No dejen que caiga!" Todos sabían que no podían permitirse el más mínimo agujero. Porque fuera aguardaba un torrente inagotable de aguas putrefactas, listo para desbordarse a través de cualquier resquicio. "¡Disparen las flechas!" "¡¿Qué demonios están haciendo los druidas?!" Como si el grito de alguien hubiera servido de señal, una manada de jabalíes comenzó a precipitarse desde el bosque hacia aquel monstruoso cadáver de retazos colosal. Ante la repentina aparición de los jabalíes, las líneas que amenazaban la empalizada se sacudieron violentamente; sin embargo, las limitaciones de tamaño eran insalvables, y ni siquiera la poderosa carga de las bestias pudo detener el avance del gigantesco cadáver remendado. ¡Craaac! Incapaz de soportar la salvaje embestida de aquella criatura, la empalizada que los elfos tanto se habían esforzado en construir cedió pesadamente hacia atrás. ¡Grroaaar! No: fue reventada. Aunque era una empalizada clavada a gran profundidad en previsión de esta situación, resultó incapaz de resistir la carga de aquel titán de retazos —más atroz que cualquier máquina de asedio—, y un tramo entero colapsó con estrépito. "¡Bloquéenlo de inmediato! ¡No permitan que pasen!" Para tapar la brecha que amenazaba con abrirse definitivamente, todos se lanzaron al frente. Sin distinción entre elfos y miembros de la tribu Luga, los guerreros cargaron blandiendo sus armas en una resistencia feroz; sin embargo, el agujero en la presa rota ya no podía detener la marea que se precipitaba hacia el interior. ¡Kroaaaagh! La inmensa ola que hasta entonces había estado contenida por la empalizada comenzó a deslizarse hacia Ausrina arrastrándose a través de la estrecha abertura. Ante semejante torrente imparable que ya no podía contenerse con el cuerpo, incluso los guerreros que intentaban mantener su posición a duras penas comenzaron a ser barridos. "¡Maldita sea!" ¡Fuuump! Al presenciar la escena, el ojo izquierdo de Baradis ardió hasta el límite. Sin embargo, el pentagrama grabado en su ojo izquierdo resultaba insuficiente para frenar a la marea de cadáveres que irrumpía. "¡No!" Junto al alarido desgarrador de Baradis, las olas oscuras comenzaron a invadir el mundo de los elfos. Aquel dominio de los seres perversos, que a su paso no dejaba posibilidad alguna de supervivencia, se abalanzaba inexorablemente hacia Ausrina. "... Desciende." En aquel instante crítico en que los colmillos venenosos de los perversos se cernían sobre Ausrina, una marea verde comenzó a extenderse en absoluto silencio. Ssssh... Como el viento otoñal acariciando un campo de trigo, la marea comenzó a propagarse con sosiego. La corriente esmeralda, nacida de la trayectoria de esgrima que alguien había trazado en el aire, siguió el curso del viento cortando en silencio a los cadáveres y aproximándose a la empalizada derribada. "¿Vlad?" Lo que llegaba al final de aquella marea silenciosa era únicamente la diáfana quietud que custodiaba el bosque. Al reconocer a la persona que había dado origen a esa corriente, Baradis abrió los ojos con asombro; no obstante, con ambos ojos cerrados, Vlad no lo reconoció y se limitó a sonreír para sí mismo. "Así es. Justo así." Conversaba con la voz del Árbol del Mundo, a la cual ahora podía escuchar a través de su propio mundo interior. Sobre la superficie de la espada que Vlad acababa de alzar nuevamente, yacían grabadas complejas fórmulas mágicas que jamás se habían visto hasta ese momento. "Prueba a echar raíces." Rrrrumbl... Al compás de las palabras de Vlad, la pintura verde volcada sobre este mundo comenzó a plasmar su propia obra. El reino que el Árbol del Mundo pretendía dibujar no a través de la joven doncella del oráculo, sino a través de la espada de Vlad, era enteramente de un fulgor verde y, al mismo tiempo, rebosaba de un verdor infinito. Al contemplar aquel color que brotaba desde la punta de la espada de Vlad, Baradis miró con incredulidad la escena que comenzaba a dibujarse ante sus ojos. "¿Qué demonios es esto...?" La empalizada se estaba levantando. Alzaba sus propios maderos que, sin que nadie lo notara, habían echado raíces profundas. Aunque era una empalizada completamente rota y cubierta de heridas, los brotes verdes que florecían por doquier cicatrizaban en un instante las grietas de la madera. Al ver cómo las empalizadas erguían sus gigantescas estructuras, incluso los resucitados se detuvieron petrificados y se limitaron a alzar la cabeza. Sin embargo, Vlad, ajeno a la vista terrenal de aquel espectáculo, no hacía más que asentir y sonreír como si al fin lo hubiera comprendido. "Ah... Así que este era el color." Un mundo que podía comprenderse plenamente precisamente por mantener ambos ojos cerrados. Estando de pie no en la realidad tangible, sino dentro del mundo de alguien más, Vlad contemplaba un escenario rebosante de verde mientras sostenía una pequeña raíz. 'No extraigas la espada que he clavado. Hasta que los niños dejen de padecer hambre; hasta que este tierno árbol que tengo ante mí eche raíces por completo.' Sin embargo, Vlad ya había arrancado la espada y había tomado la raíz tendida por el Árbol del Mundo. Por lo tanto, ahora era el momento de segar a aquellos cadáveres que miraban a los niños con hambrienta avidez. "Entonces, ¿qué debería dibujarte esta vez?" Para cumplir con ello, Vlad abrió el ojo derecho, y este se hallaba completamente inundado por un mundo de color esmeralda. \----- • Autor: Q10 • Traductor: Inmensurable ⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨
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Estás leyendo el capítulo 242 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.